El arte del Islam

Alfombras modernas en el zoco de Fez (Marruecos)

Alfombras modernas en el zoco de Fez (Marruecos)

La mayoría de los occidentales estamos poco familiarizados con el arte del Islam. Conocemos la mezquita de Córdoba y la Alhambra de Granada; sabemos que los árabes, los persas -iraníes- y los turcos tienen fama de ser grandes tejedores de alfombras; hemos paseado la mirada por alicatados de azulejos de formas geométricas en tonos verdes, azules, rojos y blancos; y es probable que hayamos visto alguna de esas preciosas arquetas de marfil y objetos taraceados que, en el Medievo, esculpían con exquisito detalle orfebres y  demás artesanos. Sin embargo, las artes medievales del Islam esconden muchos otros tesoros de gran belleza.

Para empezar, es importante deshacerse de la mirada occidentalizada y de los conceptos que, en general, creemos universales pero que, como vamos a ver, no lo son en absoluto. Lo que en el Viejo Continente llamamos “artes menores”, en el Islam son Artes con mayúscula: metalistería, cerámica, vidrio, taracea, diseño de ropajes y alfombras, libros ilustrados o caligrafía son sólo algunas de estas artes que, en muchas ocasiones, eran más valoradas que la pintura y la arquitectura. Ni que decir tiene que también superaban en dignidad y popularidad a la escultura, de la que hay pocos ejemplos en el Islam, exactamente al contrario de lo que sucede en Occidente.

Un arte anicónico

Por otra parte, el sentido de las decoraciones y la utilidad que tenían muchos de estos objetos nos pueden resultar ajenos o incomprensibles. El arte islámico es, casi desde sus comienzos, anicónico, es decir, no representa ni a Alá ni a los profetas u otros religiosos ni, en general, personas. En la decoración de las mezquitas, en concreto, nunca aparecen seres humanos, y los animales son, según avanza el tiempo, cada vez más raros de encontrar.

Talla en yeso y madera; pequeños conjunto de mocárabes en yeso (Fez, Marruecos)

Talla en yeso y madera; pequeños conjunto de mocárabes en yeso (Fez, Marruecos)

En las pinturas miniadas sí que se representaban personajes aunque, a veces, se escondían sus rostros tras rocas, follaje o edificaciones. Curiosamente, se han conservado algunos ejemplares en los que algún purista religioso ha dibujado, a posteriori, una raya horizontal cortando las cabezas de los personajes.

También en las pinturas, se pueden ver personajes de todo tipo con halos alrededor de la cabeza. Aunque estamos acostumbrados al halo como símbolo de divinidad, en las miniaturas árabes se utilizaba para realzar o destacar el rostro sobre el fondo.

Influencias

En sus comienzos, el arte islámico no existía como tal. Los árabes no partieron de las características del arte mesopotámico o sirio, sus regiones de origen, sino que conformaron sus creaciones con préstamos e influencias de dos de las culturas más poderosas del período: la bizantina y la sasánida. Los capiteles en avispero, tallados profundamente con trépano, son característicos del imperio Bizantino, por ejemplo. Los encontramos coronando muchas de las columnas de las mezquitas y edificios civiles islámicos, como en el palacio de Medina Azahara, en Córdoba.

Capitel trepano del palacio de Medina Azahara, Córdoba.

Capitel trepano del palacio de Medina Azahara, Córdoba.

El Imperio sasánida, desaparecido tras la conquista árabe de Persia, dejó una clara influencia en la pintura, como se puede ver, aún hoy, en los murales policromados del palacio Jawsaq al Jaqani, de época omeya. “Las bailarinas de Samarra” es una de las pinturas mejor conservadas.

Hubo otro pueblo cuyo arte influyó en sumo grado sobre el de los árabes: el chino. Los árabes admiraban profundamente el blanco refulgente de la cerámica china, para el que, en origen, se empleaba caolín y hornos que alcanzaban altísimas temperaturas, de ahí que los artesanos islámicos fueran incapaces de obtenerlo. Probablemente, fueron la cerámica de Iznik, con una tradición que perdura hasta nuestros días, y la cerámica mudéjar, fabricada en la España musulmana, las que más se acercaron al deseado resultado.

De China también provienen dos figuras que entraron a formar parte del acervo ilustrado de los pueblos árabes, como representantes de la buena suerte: el ave Fénix y el dragón.

Destrucción y abandono de edificios

La antigua ciudad de Samarra, en el actual Iraq, es una de las zonas arqueológicas más interesantes del primer período árabe aunque apenas quedan restos de las decenas de palacios y construcciones que se llevaron a cabo en ella. Fue abandonada en favor de Bagdad, que en 892 se convirtió en la capital abasí.

Una de las características de la conquista árabe, cuando unos califatos sustituían a otros, dentro del territorio ya islamizado, era que se llevaba a cabo una destrucción casi sistemática de la arquitectura de los gobernantes anteriores. De ahí que apenas queden restos de los palacios del desierto y de otras muchas edificaciones civiles. Por el contrario, las mezquitas solían ser respetadas.

Detalle geométrico labrado en una puerta (Fez, Marruecos)
Detalle geométrico labrado en una puerta (Fez, Marruecos)

El arte del Islam fue evolucionando desde sus inicios, cercanos a sasánidas y bizantinos, hasta crear obras originales que, hoy en día, casi todos reconocemos como características de los árabes: el arabesco -cuyo origen se remonta a la Antigüedad griega, romana y asiria-; los mocárabes; el arco polilobulado; la talla sobre yeso; la taracea, la cerámica vidriada y de reflejo metálico

Mucho más que mera decoración

Una de las preguntas que casi todos nos hacemos frente a la decoración árabe de los edificios es ¿por qué ese horror al vacío, por qué no hay ni un solo centímetro sin un azulejo o yeso o madera tallados primorosamente? Parece ser que, por una parte, los materiales que utilizaban para construir eran muy pobres: ladrillo, madera, el propio yeso, de ahí que quisieran “esconderlos”. Además, la arquitectura no era considerada una de las grandes artes y no solían contar con arquitectos renombrados (digamos que eran buenos constructores pero no precisamente unos estilistas); de ahí que se le dejara a éstos meramente la parte estructural y, después, ésta se embelleciera.

Con el tiempo, la decoración arquitectónica pasó a ser un fin en sí misma. Las trazas geométricas, la caligrafía y los motivos vegetales se estilizaron cada vez más. El trabajo era minucioso, detallista y paciente. Los mocárabes, que inicialmente fueron empleados para sostener bóvedas, pechinas o arcos, entre otros elementos arquitectónicos, terminaron convirtiéndose en abigarrados panales de colmenas de yeso o madera, puramente decorativos.

Uno de los muchos azulejos que cubren paredes y suelos de construcciones árabes (Fez, Marruecos)

Uno de los muchos azulejos que cubren paredes y suelos de construcciones árabes (Fez, Marruecos)

La caligrafía

La caligrafía, que acabamos de mencionar como elemento decorativo, es un arte mayor en el Medievo de los territorios del Islam. Los calígrafos fueron, probablemente, los especialistas más respetados de todo el imperio árabe y, los Coranes, los libros que mejores ilustradores y encuadernadores reunían para su elaboración.

La caligrafía árabe es compleja. Hay diferentes estilos caligráficos, entre los que encontramos seis principales. El que se considera más antiguo y, probablemente, sea el más utilizado, es el cúfico. La caligrafía la encontramos en todos los tamaños y sobre todos los materiales: en azulejos para revestimiento de mezquitas; en cuencos para beber o comer; en arquetas de marfil y en armas de metal, entre otros muchos objetos.

En Europa, se dio una cierta tendencia a copiar la caligrafía árabe en las obras de arte, para crear efectos exóticos o decorativos. Solía ser un “pseudoárabe“, ya que las palabras no tenían sentido, si no que se unían letras al azar, por puro sentido estético. Este tipo de escritura lo encontramos, por ejemplo, adornando el peto con el que está vestido el David de Andrea Verrocchio.

Caligrafía árabe sobre azulejo (Fez, Marruecos)

Caligrafía árabe sobre azulejo (Fez, Marruecos)

Los tejidos

La fabricación de ropajes y de alfombras constituía, también, un arte en la Edad Media del Islam. Muchos gobernantes regalaban túnicas a sus súbditos como símbolo del favor real. La confección de alfombras comenzó en telares al aire libre, en mitad del desierto. Sin embargo, la creciente demanda, tanto interna como de otras regiones allende los límites del Islam, llevó a abrir talleres en las ciudades.

En Europa, las alfombras árabes eran consideradas bienes de lujo y se pagaban precios elevadísimos por las más bellas y de nudo más pequeño. Contradictoriamente, algunos de estos tipos de alfombras, pese a su origen musulmán, reciben nombres occidentales, como las conocidas alfombras estilo Holbein que son de la localidad turca de Uşak, pero que aparecen en el famoso cuadro “Los embajadores” del pintor alemán Hans Holbein.

Hoy en día, en Fez, por ejemplo, continúan funcionando las enormes curtidurías donde se trabaja y se tiñe el cuero.

Curtiduría grande de Fez (Marruecos)

Curtiduría grande de Fez (Marruecos)

Aunque en los territorios árabes medievales no existían los gremios, como en Europa, sí que se llevaba a cabo un minucioso control de la calidad de todos los objetos artesanales que se fabricaban. Existía la figura de lo que hoy podríamos llamar el inspector del mercado y se publicaban libros en los que se desgranaba el peso, la textura, la forma, el tono y demás características que debían tener las diferentes piezas según el tipo de material que se utilizara en su fabricación.

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El arte islámico Robert Irwin

El arte islámico Robert Irwin

 

Este artículo está inspirado por la lectura del erudito pero accesible ensayo “El arte islámico”, del investigador y novelista Robert Irwin, editado por Akal.

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El gran retroceso de la democracia

El_gran_retroceso_de_la_democracia

Vivimos tiempos convulsos: se alza un griterío de odio y rechazo, la ciudadanía se revuelve, el terrorismo nos atenaza, los Estados se vuelven aún más conservadores, la democracia -que apenas se componía ya de una cita con las urnas cada X años- se resiente.

Casi siempre nos parece que son convulsos aquellos años en los que transcurre nuestra vida. Echando la vista atrás, no encontramos parangón a nuestras ansiedades y desvelos actuales. Aunque miremos al siglo XX y leamos que ha sido la centuria de las guerras mundiales, el crash del 29, la Guerra Fría, la solución final y el stalinismo.

Nosotros tenemos el 11-S, la gran crisis económica de 2007-2015, el ISIS, decenas de miles de refugiados árabes y africanos llamando a las puertas cerradas de Europa. Vivimos tiempos convulsos, es cierto. El ensayo coral “El gran retroceso” nos ilumina sobre algunas de las cuestiones más acuciantes, sobre las más preocupantes.

El neoliberalismo ha muerto, ¡viva el neoliberalismo!

Una de las ideas que sobrevuela, con insistencia, la mayoría de los ensayos incluidos en el libro es la de que el neoliberalismo ha alcanzado su paroxismo y sólo puede caer. La crisis económica que, dicen, estamos dejando atrás, ha sido su epitafio. Muerto por acumulación de pecados capitales: gula, avaricia, envidia, soberbia y, de una forma figurada, lascivia. Lo quiso todo para unos pocos. Cada vez más para cada vez menos personas. Murió aplastado por la reacción de las masas, pisoteado, pateado.

Yo aún no lo doy por muerto, tantas veces lo he visto resucitar. Ninguna religión se ha atrevido a tanto: una resurrección cuela pero ¡tantas! Habrá que empezar a creer en la transmigración de las almas pitagórica para darle una explicación.

El caso es que, neoliberalismo mediante o ausente, la gran perdedora de las dos últimas décadas es la democracia. Cuando el neoliberalismo aprieta, a quien estrangula es a la democracia, nuestra querida e imperfecta gran creación política. El poder del pueblo, como quisieron los griegos, que no dejaban votar ni participar en “su” democracia a las nueve décimas partes de los que vivían en el país.

El languidecer de la democracia de las urnas

Sucede que la democracia que tan perjudicada ha salido de la crisis, es la de la urna y el voto cada cuatro años. Gracias a las papeletas, hemos visto llegar el Brexit, al infame Donald Trump, a Le Pen (y a Macron, no olvidemos que ganó porque era menos malo que su contrincante, no porque fuera mejor). A Erdogán, a Duterte, a Modi, a la AfD. En fin, que vemos retroceder el cosmopolitismo auspiciado por la globalización y aparecer, en su lugar, un nacionalismo ultraconservador que encuentra en los inmigrantes y los refugiados su chivo expiatorio perfecto.

Hemos salido de la crisis maltrechos, precarizados, empobrecidos, sin esperanza y sin futuro. Así que votamos a los que nos prometen que nuestro país (y con él nosotros) volverá a ser grande –Make America Great Again-; a los que nos explican que son los inmigrantes los que nos están “robando” nuestros legítimos puestos de trabajo; a los que abogan por más Estado y menos Europa, menos Mundo.

Como si la globalización fuera reversible, como si la migración fuera un accidente temporal y no un estado permanente de aquí en adelante. Como si las grandes multinacionales y los ricos fueran a volver a suelo patrio para crear puestos de trabajo y pagar impuestos.

Demos: pueblo; cracia: gobierno/poder

La democracia que ha salido fortalecida de estos tiempos convulsos es aún débil pero está asomando la cabeza. Es la democracia de la calle. Es la democracia de los indignados, de las plazas y las sentadas; de la protesta no violenta; de la solidaridad con quien tiene menos que nosotros; de las asociaciones de barrio, las iniciativas populares, los colectivos variopintos, los huertos urbanos; la del trueque, las monedas sociales, la economía colaborativa (la de verdad, no Airbnb ni Uber ni ninguna otra empresa multimillonaria).

Esa es la democracia que realmente hace honor a su etimología: el gobierno del pueblo. La democracia de las urnas debe de ir por detrás y aprender que, en política, han dejado de valer los partidos y los nombres de siempre. Y que, si no queremos ir a peor, si no queremos más Trumps, más cerrazón, más odio y más miseria, estamos obligados a ponerlo todo patas arriba.

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"El gran retroceso", varios autores

El gran retroceso” es un ensayo coral, escrito a muchas manos, por humanistas y pensadoras que quieren llevar a los lectores a la reflexión y a la acción sobre la realidad política actual: Brexit, Trump, movimientos nacionalistas populistas, crisis de los refugiados, concepto de democracia, deriva de la UE…

El feminismo como alternativa al neoliberalismo

El_feminismo_como_alternativa_al_neoliberalismo

El feminismo no es un movimiento, es una ideología, una “narrativa” -como gustamos denominar últimamente a los corpus teórico-prácticos de pensamiento-. No nació hace cuatro décadas con los movimientos reivindicativos de los 70 ni a finales del siglo XIX con el sufragismo. No, el feminismo tiene una historia mucho más larga que podemos rastrear allá por el siglo XVII, el Barroco, para seguir sus huellas en los salones del XVIII (el siglo de las luces y la conversación) [“¿Qué es el feminismo y qué retos plantea?” por Amelia Valcárcel, pdf].

Cuando hablamos de feminismo, constantemente nos referimos a lo que no es porque, para desacreditar un movimiento o una ideología, sus detractores intentan minimizarla, encasillarla, negativizarla. De ahí que nos veamos en la obligación de insistir en lo que no es el feminismo:

  • No es la contrapartida del machismo ni su opuesto.
  • No es un movimiento.
  • No es una ideología de clase.
  • No pretende situar a las mujeres por encima de los hombres.
  • Y no, no es exclusivo de las mujeres. Bien al contrario, es inclusivo y pretende ir más allá de la dicotomía de género incluyendo, por igual, a hombres y mujeres.

El feminismo, en su esencia, se opone al capitalismo, al neoliberalismo, a la inequidad y a la desigualdad. En positivo, podemos decir que es una ideología universal que busca la igualdad económica, social y cultural de todos los seres humanos.

Desde la caída del muro de Berlín, en 1989, no hay -dicen- alternativa al capitalismo (o a su última etapa, la que vivimos en la actualidad, el neoliberalismo). El fin de la historia fue proclamado por Francis Fukuyama. La filosofía política actual chapotea entre los escombros del comunismo, las revisiones de la revisión de la revisión del pensamiento marxista y el conocido programa neoliberal, que todos conocemos, basado en el laissez-faire.

Mientras la teoría parece haber entrado en barrena en las dos últimas décadas, los movimientos sociales estallan por doquier. Sin ser exhaustiva, puedo mencionar un buen puñado: en América latina, en los países árabes (la “primavera árabe”), el conocido como 15-M, las revueltas en Grecia… Quizás podríamos incluir algunas de las corrientes feministas más en auge: el movimiento queer, la visibilización del trabajo doméstico, la lucha contra la violencia machista (o patriarcal), las reivindicaciones de las mujeres musulmanas o indias. Son sólo unos ejemplos.

Aunque el feminismo parece un movimiento atravesado por cientos de corrientes que sólo tienen como común denominar la presencia de mujeres, no es así. Cuando nos fijamos en las partes, es fácil que perdamos el sentido del todo: “el bosque no nos deja ver el claro”. El feminismo es una ideología con unos principios comunes y compartidos por todas sus ramas.

En mi opinión, el feminismo es el sustituto del comunismo como contrapartida ideológica del capitalismo (y de su última ola, el neoliberalismo). Para convertirse en una alternativa plausible y deseable al capitalismo, tiene que mantener, por encima de cualquier otra reivindicación parcial, sus dos principios fundamentales: la universalidad y la igualdad.

El feminismo es una forma de ver el mundo, es una ideología política, es un corpus formado por millones de pequeñas iniciativas que ya se han puesto en marcha y que se seguirán poniendo en práctica.

En mi opinión, existe un “credo” feminista que está por encima de las pequeñas diferencias de los micro (o macro) movimientos que lo forman. Pienso que sus principios se oponen radicalmente a aquellos propios del neoliberalismo. Son éstos…

El feminismo como ideología universal está a favor de:

  • La globalización (frente al proteccionismo, el nacionalismo, el regionalismo, un mundo a varias velocidades, la explotación de los países ricos por los pobres etc.)
  • La democracia.
  • La igualdad.
  • La diversidad.
  • El desarrollo cultural.
  • La educación (para todos).
  • El progreso (social, no meramente económico).
  • El reparto equitativo de la riqueza.
  • La sostenibilidad y la defensa del medioambiente.
  • La desmilitarización y la no proliferación de armas (de cualquier tipo, incluidas, obviamente, las atómicas).
  • La política de la no violencia.

Este texto es el resultado de hilar muchos pensamientos sueltos y algunas lecturas. Me encantaría que aquellas personas que lo hayáis leído, dejarais vuestros comentarios (constructivos y respetuosos, por favor, sólo pido eso). El pensamiento, el debate y la acción son las tres formas que tenemos de seguir construyendo nuestro propio camino.

Los sonidos de la lluvia

Los sonidos de la lluvia: reflexiones sobre la película "Notes on Blindness".

Los sonidos de la lluvia: reflexiones sobre la película “Notes on Blindness”

Un texto que trata sobre los sonidos de la lluvia en pleno verano, con 34 grados ahí fuera y un sol radiante, puede parecer un ejercicio de nostalgia de los días otoñales o invernales. Nada más lejos de mi intención. Este artículo bebe de las impresiones que ha dejado en mí una película titulada “Notes on Blindness” (“Apuntes sobre la ceguera”, en castellano).

Para ubicarnos, os diré que la película trata sobre la experiencia vital de un profesor universitario y teólogo inglés que, en los años 80, se quedó ciego. Para intentar explicar y dar un sentido a su nueva situación, decidió grabar, en cientos de casetes, sus pensamientos y experiencias. Intentó verbalizar la ceguera.

Uno de los momentos más iluminadores de la película, para mí, es la secuencia en la que el protagonista, ya totalmente ciego, siente que se ha puesto a llover. Está dentro de su casa cuando, de pronto, oye las gotas de lluvia. Se acerca a la puerta, tanteando, husmeando la lluvia, y sale al porche. Un mundo de sonidos le espera. El silencio visual que le concede la ceguera le permite concentrarse en el golpeteo de las gotas de lluvia sobre las diferentes superficies.

Todos hemos oído, alguna vez, el sonido de la lluvia, sobre todo cuando es torrencial y va acompañada de relámpagos, truenos y amenazantes nubarrones negros. El repiqueteo sobre el alfeizar de la ventana o contra los cristales es de sobra conocido. Pero no se trata de eso.

En “Notes on Blindness”, la lluvia crea una sinfonía de sonidos tan rica como las piezas de un compositor de música clásica. Como espectadores de la película, no sólo oímos sino que también miramos. Vemos un hombre ciego en el porche de su casa, escuchando las notas emanadas de la lluvia. Dan ganas de cerrar los ojos aunque nos perdamos las imágenes, que seguirán corriendo delante de nuestra mirada vacía.

La lluvia cae, con más o menos fuerza. Se cuela entre las ramas y las hojas de los árboles. Golpea la carrocería de los coches aparcados. Cala la barandilla de madera. Gotea desde las vigas horizontales del techado del porche. Crea ondas en los charcos ya formados.

El contínuum de la lluvia se convierte, para el oído atento, en un conjunto de notas diferenciadas: blancas, corcheas, negras, fusas. Antes de extinguirse, cada gota, cada ráfaga de lluvia, produce un sonido diferente con cada elemento con el que choca: un tintineo, un rumor, una melodía, un eco metálico, un susurro.

Me pregunto cuántas veces me paro a escuchar la lluvia. Si alguna vez he respirado, honda y profundamente, el olor que trae. O cualquier otra de esas pequeñas cosas que componen la vida. Si cierro los ojos alguna vez, además de cuando me voy a dormir. Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que sentí en mis oídos la respiración o los latidos del corazón de otra persona (o los míos propios).

Me pregunto si alguna vez, realmente, me paro a escuchar, a respirar, a sentir. Pocas veces. Tal vez ninguna. Y me digo que, justamente, es de eso de lo que tratan las grabaciones de ese profesor de universidad inglés que se quedó ciego y pensó que, con todo lo que perdía, también ganaba.

España, gran feudo del capitalismo clientelar

España, feudo del capitalismo clientelar

España, feudo del capitalismo clientelar

Pese a que España es un ejemplo muy ilustrativo de capitalismo clientelar, la expresión, en sí misma, no es excesivamente conocida. Fue acuñada por primera vez en inglés: crony capitalism. En nuestro país, nos identificamos más con su forma vulgarizada: capitalismo de amiguetes (o de contactos o de favores).

Aunque no llamemos a las cosas por su nombre, lo que es evidente es que la economía y la sociedad españolas conviven en la turbia ciénaga creada por este tipo de capitalismo. Sólo hay que echar un vistazo a los titulares de los medios de comunicación o escuchar cualquier conversación entre amigos o familia para darse cuenta de que está a la orden del día. Con el consentimiento de casi todos y para nuestra vergüenza.

Cómo se inicia y cuáles son sus características

El capitalismo clientelar empieza en los políticos, continúa por los banqueros, empresarios y altos directivos para pasar a extenderse, cual mancha de aceite o petróleo en el mar, a toda la sociedad española, incluidos los medios de comunicación.

Algunas de sus características nos resultan muy familiares: las llamadas puertas giratorias; los rescates estatales del sector privado, con dinero público (a la banca, a las autopistas de peaje…) -socialización de las pérdidas-; los lobbies que mantienen reuniones secretas y a puerta cerrada con los políticos en el poder; las comisiones ilegales a individuos y la financiación ilegal de los partidos políticos etc.

¿Qué perdemos?

Parece que también las consecuencias del capitalismo clientelar son claras. Recientemente, varios economistas y juristas han llegado a la conclusión de que el escaso incremento -e incluso el descenso- de la productividad agregada de la economía española (entre 1995-2007) y la escasa innovación que se da en nuestro país son causadas por el capitalismo clientelar. Por no hablar de que genera una situación de clara injusticia en la que se socaba el concepto de igualdad de todos los ciudadanos.

El marco en el que se inscribe el capitalismo clientelar está formado por instituciones débiles, leyes partidistas, una clara desafección generalizada por el concepto de interés general y una sociedad civil débil o conformista.

 El concepto de “captura”

En uno de los pocos libros dedicados a esta distorsión del sistema económico vigente, “Contra el capitalismo clientelar“, se habla de la captura del estado, de las instituciones y de los medios de comunicación, por parte de intereses privados.

Esta captura se produce cuando el interés individual se pone por delante del interés general. Y esto, en España, pasa muy a menudo. A todos los niveles.

  • Los nombramientos de los altos cargos de las instituciones públicas se hacen “a dedo”, eligiendo, no a los más válidos y talentosos, sino a los más cercanos.
  • Los políticos y los empresarios se hacen favores mutuamente. Es el clásico intercambio de licitación concedida o ley favorable por futuro puesto en la empresa privada. Sobre todo se da en los sectores económicos que más dependen del Estado: construcción, energía (petróleo y electricidad), telecomunicaciones, farmacéutico…
  • Los favores de la banca suelen ir en forma de créditos a partidos políticos, sin necesidad de reembolso, e inversión en publicidad (o directamente en el accionariado) de medios de comunicación. Estos mismos bancos son los que compran la deuda pública emitida por el Estado.
  • La sustitución de las leyes y la normativa regulada, emanada del poder legislativo, por códigos de buen gobierno y responsabilidad social corporativa de las empresas privadas (facultativos y no potestativos).

¿Por qué se da el capitalismo clientelar en España?

Una buena noticia: aunque lo parezca, el capitalismo clientelar en España no está inscrito en los “genes” nacionales y, por lo tanto, es superable. Eso sí, la cultura de amiguetes y favores no va a desaparecer por sí sola, porque hay muchos individuos que, como se suele decir, sacan tajada.

Más allá de que las instituciones sean débiles y la sociedad civil española acomodaticia, lo más preocupante es que no sólo se soporta esta situación (con resignación cristiana o con cinismo, según el caso) sino que se llega a aplaudir y hasta se aspira a estar ubicado entre esta élite de amiguetes.

En fin, que en nuestro país se tiene la idea de que quien no tiene contactos, es un mindundi, y el que no roba -en la medida de sus posibilidades-, idiota.

Pero, ¿se puede superar el capitalismo clientelar?

El primer paso es tomar conciencia de su existencia y de los mecanismos por los que se rige. En segundo lugar, hay que construir una visión ética de la sociedad, poniendo, por delante de los intereses particulares, el interés general.

Muchos de los cambios y las revoluciones que han acontecido a lo largo de la Historia se han producido gracias a la presión social. Si los ciudadanos no queremos seguir siendo los grandes perdedores del capitalismo clientelar, tenemos que oponernos a él, denunciarlo, avergonzar a sus protagonistas e incluso boicotearlos.

Hoy en día hay alternativas socialmente responsables en la mayoría de los sectores (intercambios no dinerarios, cooperativas, pequeños negocios…); en Internet y en las redes sociales se pueden denunciar las malas prácticas y presionar para que dejen de llevarse a cabo; la información fluye como nunca antes lo ha hecho y el que elige ignorar lo que sucede a su alrededor no puede escudarse en la falta de medios.

El cambio tiene que venir de los ciudadanos de a pie, de abajo, porque, los que están arriba, son los primeros interesados en que todo siga igual.

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Blog “Hay Derecho”, creado y dirigido por los autores de “Contra el capitalismo clientelar”.

Web del economista Josep Pijoan-Mas y artículo sobre el capitalismo clientelar en España.

Pdf del trabajo “Growing_like_Spain_1995-2007” de Josep Pijoan-Mas y otros sobre la debilidad de la productividad agregada en España (en inglés).

Libro del colectivo Sansón Carrasco,

Libro del colectivo Sansón Carrasco, “Contra el capitalismo clientelar”