Los sonidos de la lluvia

Los sonidos de la lluvia: reflexiones sobre la película "Notes on Blindness".

Los sonidos de la lluvia: reflexiones sobre la película “Notes on Blindness”

Un texto que trata sobre los sonidos de la lluvia en pleno verano, con 34 grados ahí fuera y un sol radiante, puede parecer un ejercicio de nostalgia de los días otoñales o invernales. Nada más lejos de mi intención. Este artículo bebe de las impresiones que ha dejado en mí una película titulada “Notes on Blindness” (“Apuntes sobre la ceguera”, en castellano).

Para ubicarnos, os diré que la película trata sobre la experiencia vital de un profesor universitario y teólogo inglés que, en los años 80, se quedó ciego. Para intentar explicar y dar un sentido a su nueva situación, decidió grabar, en cientos de casetes, sus pensamientos y experiencias. Intentó verbalizar la ceguera.

Uno de los momentos más iluminadores de la película, para mí, es la secuencia en la que el protagonista, ya totalmente ciego, siente que se ha puesto a llover. Está dentro de su casa cuando, de pronto, oye las gotas de lluvia. Se acerca a la puerta, tanteando, husmeando la lluvia, y sale al porche. Un mundo de sonidos le espera. El silencio visual que le concede la ceguera le permite concentrarse en el golpeteo de las gotas de lluvia sobre las diferentes superficies.

Todos hemos oído, alguna vez, el sonido de la lluvia, sobre todo cuando es torrencial y va acompañada de relámpagos, truenos y amenazantes nubarrones negros. El repiqueteo sobre el alfeizar de la ventana o contra los cristales es de sobra conocido. Pero no se trata de eso.

En “Notes on Blindness”, la lluvia crea una sinfonía de sonidos tan rica como las piezas de un compositor de música clásica. Como espectadores de la película, no sólo oímos sino que también miramos. Vemos un hombre ciego en el porche de su casa, escuchando las notas emanadas de la lluvia. Dan ganas de cerrar los ojos aunque nos perdamos las imágenes, que seguirán corriendo delante de nuestra mirada vacía.

La lluvia cae, con más o menos fuerza. Se cuela entre las ramas y las hojas de los árboles. Golpea la carrocería de los coches aparcados. Cala la barandilla de madera. Gotea desde las vigas horizontales del techado del porche. Crea ondas en los charcos ya formados.

El contínuum de la lluvia se convierte, para el oído atento, en un conjunto de notas diferenciadas: blancas, corcheas, negras, fusas. Antes de extinguirse, cada gota, cada ráfaga de lluvia, produce un sonido diferente con cada elemento con el que choca: un tintineo, un rumor, una melodía, un eco metálico, un susurro.

Me pregunto cuántas veces me paro a escuchar la lluvia. Si alguna vez he respirado, honda y profundamente, el olor que trae. O cualquier otra de esas pequeñas cosas que componen la vida. Si cierro los ojos alguna vez, además de cuando me voy a dormir. Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que sentí en mis oídos la respiración o los latidos del corazón de otra persona (o los míos propios).

Me pregunto si alguna vez, realmente, me paro a escuchar, a respirar, a sentir. Pocas veces. Tal vez ninguna. Y me digo que, justamente, es de eso de lo que tratan las grabaciones de ese profesor de universidad inglés que se quedó ciego y pensó que, con todo lo que perdía, también ganaba.

España, gran feudo del capitalismo clientelar

España, feudo del capitalismo clientelar

España, feudo del capitalismo clientelar

Pese a que España es un ejemplo muy ilustrativo de capitalismo clientelar, la expresión, en sí misma, no es excesivamente conocida. Fue acuñada por primera vez en inglés: crony capitalism. En nuestro país, nos identificamos más con su forma vulgarizada: capitalismo de amiguetes (o de contactos o de favores).

Aunque no llamemos a las cosas por su nombre, lo que es evidente es que la economía y la sociedad españolas conviven en la turbia ciénaga creada por este tipo de capitalismo. Sólo hay que echar un vistazo a los titulares de los medios de comunicación o escuchar cualquier conversación entre amigos o familia para darse cuenta de que está a la orden del día. Con el consentimiento de casi todos y para nuestra vergüenza.

Cómo se inicia y cuáles son sus características

El capitalismo clientelar empieza en los políticos, continúa por los banqueros, empresarios y altos directivos para pasar a extenderse, cual mancha de aceite o petróleo en el mar, a toda la sociedad española, incluidos los medios de comunicación.

Algunas de sus características nos resultan muy familiares: las llamadas puertas giratorias; los rescates estatales del sector privado, con dinero público (a la banca, a las autopistas de peaje…) -socialización de las pérdidas-; los lobbies que mantienen reuniones secretas y a puerta cerrada con los políticos en el poder; las comisiones ilegales a individuos y la financiación ilegal de los partidos políticos etc.

¿Qué perdemos?

Parece que también las consecuencias del capitalismo clientelar son claras. Recientemente, varios economistas y juristas han llegado a la conclusión de que el escaso incremento -e incluso el descenso- de la productividad agregada de la economía española (entre 1995-2007) y la escasa innovación que se da en nuestro país son causadas por el capitalismo clientelar. Por no hablar de que genera una situación de clara injusticia en la que se socaba el concepto de igualdad de todos los ciudadanos.

El marco en el que se inscribe el capitalismo clientelar está formado por instituciones débiles, leyes partidistas, una clara desafección generalizada por el concepto de interés general y una sociedad civil débil o conformista.

 El concepto de “captura”

En uno de los pocos libros dedicados a esta distorsión del sistema económico vigente, “Contra el capitalismo clientelar“, se habla de la captura del estado, de las instituciones y de los medios de comunicación, por parte de intereses privados.

Esta captura se produce cuando el interés individual se pone por delante del interés general. Y esto, en España, pasa muy a menudo. A todos los niveles.

  • Los nombramientos de los altos cargos de las instituciones públicas se hacen “a dedo”, eligiendo, no a los más válidos y talentosos, sino a los más cercanos.
  • Los políticos y los empresarios se hacen favores mutuamente. Es el clásico intercambio de licitación concedida o ley favorable por futuro puesto en la empresa privada. Sobre todo se da en los sectores económicos que más dependen del Estado: construcción, energía (petróleo y electricidad), telecomunicaciones, farmacéutico…
  • Los favores de la banca suelen ir en forma de créditos a partidos políticos, sin necesidad de reembolso, e inversión en publicidad (o directamente en el accionariado) de medios de comunicación. Estos mismos bancos son los que compran la deuda pública emitida por el Estado.
  • La sustitución de las leyes y la normativa regulada, emanada del poder legislativo, por códigos de buen gobierno y responsabilidad social corporativa de las empresas privadas (facultativos y no potestativos).

¿Por qué se da el capitalismo clientelar en España?

Una buena noticia: aunque lo parezca, el capitalismo clientelar en España no está inscrito en los “genes” nacionales y, por lo tanto, es superable. Eso sí, la cultura de amiguetes y favores no va a desaparecer por sí sola, porque hay muchos individuos que, como se suele decir, sacan tajada.

Más allá de que las instituciones sean débiles y la sociedad civil española acomodaticia, lo más preocupante es que no sólo se soporta esta situación (con resignación cristiana o con cinismo, según el caso) sino que se llega a aplaudir y hasta se aspira a estar ubicado entre esta élite de amiguetes.

En fin, que en nuestro país se tiene la idea de que quien no tiene contactos, es un mindundi, y el que no roba -en la medida de sus posibilidades-, idiota.

Pero, ¿se puede superar el capitalismo clientelar?

El primer paso es tomar conciencia de su existencia y de los mecanismos por los que se rige. En segundo lugar, hay que construir una visión ética de la sociedad, poniendo, por delante de los intereses particulares, el interés general.

Muchos de los cambios y las revoluciones que han acontecido a lo largo de la Historia se han producido gracias a la presión social. Si los ciudadanos no queremos seguir siendo los grandes perdedores del capitalismo clientelar, tenemos que oponernos a él, denunciarlo, avergonzar a sus protagonistas e incluso boicotearlos.

Hoy en día hay alternativas socialmente responsables en la mayoría de los sectores (intercambios no dinerarios, cooperativas, pequeños negocios…); en Internet y en las redes sociales se pueden denunciar las malas prácticas y presionar para que dejen de llevarse a cabo; la información fluye como nunca antes lo ha hecho y el que elige ignorar lo que sucede a su alrededor no puede escudarse en la falta de medios.

El cambio tiene que venir de los ciudadanos de a pie, de abajo, porque, los que están arriba, son los primeros interesados en que todo siga igual.

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Blog “Hay Derecho”, creado y dirigido por los autores de “Contra el capitalismo clientelar”.

Web del economista Josep Pijoan-Mas y artículo sobre el capitalismo clientelar en España.

Pdf del trabajo “Growing_like_Spain_1995-2007” de Josep Pijoan-Mas y otros sobre la debilidad de la productividad agregada en España (en inglés).

Libro del colectivo Sansón Carrasco,

Libro del colectivo Sansón Carrasco, “Contra el capitalismo clientelar”

Industrias del yo

Las industrias del yo en Internet: identidad y producción masiva de imágenes

Las industrias del yo en Internet: identidad y producción masiva de imágenes

Internet y las nuevas tecnologías están modificando nuestra forma de estar en el mundo y nuestra manera de entender las relaciones personales. Conceptos tan arraigados como la privacidad o la intimidad están perdiendo su preponderancia, arrastrados por las aguas embravecidas de lo líquido, lo inmediato y lo excesivo.

Es posible que estemos frente a uno de los cambios de paradigma, antropológico y sociológico, más importantes de los últimos siglos. Se me ocurre que deberíamos de pararnos a pensar.  Sí, pararnos, apagar el ordenador y el móvil, sentarnos frente al vacío, mirar hacia delante y reflexionar sobre lo que estamos viviendo.

Pantallas, conexiones, enlaces, clics, Me gusta, votaciones, recomendaciones, estrellas, críticas, insultos y hasta amenazas de muerte. Miles de impactos sociales virtuales cada día. Si tuviéramos capacidad, los tendríamos cada hora, cada minuto, incluso cada segundo. La Red tiende al infinito, la capacidad de nuestro cerebro no (salvo que algún neurocientífico nos anuncie lo contrario un día de éstos).

¿Tiempo para pensar? Poco, casi nada, cada vez menos. Como dice la escritora y teórica Remedios Zafra, “no hay pensamiento sin tiempo para pensar”. A priori, nos puede parecer una afirmación tan obvia que nos haga perder su auténtico sentido: tiempo para pensar implica disponer de minutos, horas y días en los que los estímulos exteriores estén apagados.

Hoy en día, este tiempo para pensar es casi una utopía debido a la sobreabundancia de estímulos y de información, a la constante vibración de nuestro móvil, a esa sensación de que perdemos el tiempo si no estamos haciendo algo. Cada vez más, sólo nos quedan las ideas preconcebidas, las que ya han sido inoculadas en nuestro cerebro, las heredadas, aquellas que no requieren el esfuerzo de construirlas.

Ser en el mundo es ser visto en Internet

Remedios Zafra es una de las personas que, profundamente inmersa en el mundo virtual, en el Estado Mundial de las Pantallas, está intentando explicar qué cambios se están produciendo y qué consecuencias tienen.

En el ámbito cultural y social, la preeminencia del sentido de la vista sobre el resto no es, en absoluto, nueva; lleva siglos existiendo. Sin embargo, en las últimas dos décadas, con la llegada masiva de pantallas que intermedian nuestras relaciones laborales, personales y hasta las que tenemos con nuestro propio yo, su primacía es incontestable.

Hoy, vivimos, vemos y miramos la realidad –y lo que no es real pero tampoco ficticio: la pose, la representación- desde las pantallas de nuestros portátiles, televisiones y móviles. La visibilidad en Internet, en las redes sociales sobre todo (Youtube incluido), es lo que da sentido a la vida de muchas personas, que lo que más temen es perder esta visibilidad: ser menos populares, recibir menos Likes o ver reducido el número de sus seguidores.

Este fenómeno de la exposición total de uno mismo a través de vídeos, de fotografías, de enlaces, de comentarios, está llevando a una renuncia a la privacidad. Las generaciones jóvenes, los llamados Millenials o nativos digitales, han crecido en un ámbito tecnológico que ha cambiado la privacidad por (una nueva forma de) libertad, la intimidad por la visibilidad. No creo que sea una construcción social de estas generaciones sino la consecuencia del desarrollo de las industrias tecnológicas (industrias del yo, como las denomina Remedios Zafra).

Las industrias del yo –Youtube, Instagram, Facebook…- se alimentan de las personalidades y  las imágenes de sus usuarios. Digámoslo claramente: se forran gracias a todo lo que compartimos con ellas sobre nosotros mismos. Facebook sabe más de ti que tu madre, afirmaban hace unos meses los medios de comunicación. Y ya existen algunas herramientas de software que, con la información que corre por las redes sociales, pueden suplantarte, decidir por ti lo que te gusta y ¡acertar!

Identidad

Me pregunto qué implicaciones tiene esta exposición intensiva a las pantallas y las redes sociales en relación con la identidad. Antes, nuestro sentido de la pertenencia estaba vinculado a una familia, un grupo humano, una religión, una corriente de pensamiento o una clase social (o económica).

Ahora, como afirma Zafra, formamos parte de colectividades online y nos dejamos llevar por el gobierno de la muchedumbre, de la masa. Nuestra identidad se transforma con cada nueva foto subida a las redes, con cada nuevo Me gusta. En las redes, somos poliédricos, líquidos e inestables, pero ¿y fuera de ellas, en la realidad, en el mundo material?

¿Quiénes somos, realmente? ¿Ese personaje que posa en los selfies, ese que se presenta a diario frente a sus seguidores a través de la webcam?¿Ese comentarista incansable que reparte sus opiniones por cientos en todo recuadro que se le presente? ¿Esa persona perseguida, insultada y amenaza por gentes anónimas a través de Twitter? ¿El creador de contenidos virales, del post más leído, del tweet más enlazado?

¿Somos la misma persona dentro y fuera de Internet?

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Os dejo el vídeo de una conferencia que ofreció Remedios Zafra en el Círculo de Bellas Artes de Madrid: “El público en la pantalla”. Poco más de media hora en la que hace preguntas de calado, encuentra respuestas y, sobre todo, nos invita a pensar.

 

¿Y qué si la tecnología sustituye al empleo humano?

Un trabajador en una curtiduría de Fez (Marruecos)

Un trabajador en una curtiduría de Fez (Marruecos)

El debate está en su apogeo, ¿los robots sustituirán a los seres humanos en el ámbito laboral? ¿Desaparecerán la mayoría de los empleos humanos? ¿O, por el contrario, la tecnología terminará con ciertos empleos y creará otros nuevos, en la misma medida? Estas son algunas de las preguntas que, una y otra vez, se lanzan en los medios de comunicación, en los foros de opinión, en las mesas redondas sobre el futuro del empleo.

He escuchado argumentos en pro y en contra, más extremos y más tibios, deslumbrantemente optimistas y ferozmente pesimistas. Supongo que es lo que tienen las hipótesis que se enfrentan al futuro, se enfrentan a la incertidumbre desde todos los posibles puntos de vista.

En 2015, le dediqué una entrada de este blog a este mismo tema, analizando los cambios que había habido en el mercado laboral en las últimas décadas e intentando situar en el mapa del empleo el modelo de la economía colaborativa: “El incierto futuro del empleo“.

Hoy, con más información, más charlas y más debates acumulados en mi cerebro, me gustaría retomar el asunto y plantear la siguiente pregunta: ¿Y qué si la tecnología sustituye al empleo humano? Me explico.

Las teorías actuales sobre la futura evolución del empleo

Hay dos posiciones enfrentadas:

Los que creen que, como ha pasado a lo largo de los últimos 150 años -desde la primera revolución industrial-, los cambios que se avecinan destruirán ciertos tipos de empleos pero crearán otros nuevos, menos rutinarios y, probablemente, más deseables.

Por otro lado, están aquellos que proclaman que los decenios de crecimiento de la productividad y del PIB han llegado a su fin -en los países más desarrollados económicamente- y que es imposible que se generen, en la misma medida que van a ser destruidos, nuevos empleos humanos. El futuro es de las máquinas.

Entre medias, también están los tecnófilos que no están tan seguros de que el “pleno empleo” se vaya a recuperar y los tecnoambiguos que no se decantan claramente por la desaparición del empleo humano.

A mi modo de ver, los primeros son demasiado optimistas en sus previsiones y, tal vez, pequen de exceso de confianza. El futuro no tiene por qué ser un calco del pasado. Recientemente, asistí a unas conferencias impartidas por el economista Josep Pijoan. Basándose en la evolución del empleo desde la revolución industrial, su tesis habla de “la falacia del trabajo finito“:

  • Cada nueva revolución -industrial, tecnológica o del conocimiento-, ha acabado con una serie de empleos pero ha creado otros. Unas industrias se destruyen y otras nacen. Los empleos pasan de un sector a otro: de la agricultura a la industria (revolución industrial) y de la industria a los servicios (revolución tecnológica). Sólo nos falta saber a qué cuarto sector se van a verter los empleos destruidos por la revolución del conocimiento -la actual-. De momento, o no lo conocemos o no tiene nombre.
  • La destrucción de empleo neto se ha compensado con la creación de empleo neto -en los últimos 150 años-. Además, las condiciones laborales han mejorado: ha descendido el número de horas trabajadas, los salarios se han incrementado, las condiciones laborales han mejorado etc. (todo esto, claro es, hablando del mundo económicamente desarrollado).

La duda que me asalta en este último punto es la siguiente: si en la última década y media estamos viendo que las condiciones laborales cada año empeoran y que los salarios reales bajan -lo que se conoce como la precarización del empleo, menos el del famoso 1%, que vive cada vez mejor-, ¿qué calidad va a tener el empleo futuro? 

Si hoy en día hay millones de personas que, teniendo un trabajo -o varios-, viven por debajo del umbral de la pobreza, ¿cuántos millones más estarán en esa situación dentro 10, 20 o 30 años? El modelo pseudofilosófico que pretende que el empleo otorga dignidad a la persona y da sentido a su vida se está desmoronando.

Niño pescando en un río de Camboya, cerca de Battambang (norte del país).

Niño pescando en un río de Camboya, cerca de Battambang (norte del país).

  • Otro de los puntos del argumentario del economista es el relativo a qué empleos destruye la tecnología. Los ordenadores, la robótica y la inteligencia artificial no sólo van a terminar con los trabajos más repetitivos y rutinarios sino que también van a sustituir muchos de los empleos altamente cualificadosSiri y Watson, desarrollados por Apple e IBM respectivamente, son dos ejemplos que ya existen de cómo las máquinas son capaces de generar conversaciones o de gestionar cantidades ingentes de datos.

Sobrevivirán los trabajos manuales en el sector servicios (camarero, por ejemplo) y los eminentemente creativos.

Se me ocurren varias cuestiones que el profesor Pijoan, y otros analistas que comparten sus puntos de vista, no tiene en cuenta en su modelo. Existen varias diferencias entre la situación actual y el pasado.

  • El crecimiento de la población mundial es exponencial. De 1.000 millones de personas a principios del siglo XX a 7.000 millones en los comienzos del siglo XXI. Para 2050, el planeta Tierra albergará -o soportará- cerca de 10.000 millones de habitantes.
  • Los países más poblados del mundo están en -rápidas- vías de desarrollo: China, India, México, Brasil. La tasa de natalidad en los países menos desarrollados económicamente es elevada. Cientos o miles de millones de personas están por sumarse al mercado laboral mundial.
  • Los recursos no son infinitos. Las energías fósiles están en decadencia. Se habla desde hace varios años del crash oil, el final del petróleo, y del modelo económico asociado a él desde hace décadas. El sistema de producción y consumo actual puede estar tocando techo.
  • El desarrollo sostenible. La incógnita sobre el ritmo de crecimiento futuro de las economías de los diferentes países y la necesidad, más o menos apremiante, de convertir el modelo económico actual en ecológicamente sostenible es otra más de las diferencias con el pasado.
  • La tendencia al oligopolio y las sinergias de las grandes empresas. Cada vez las compañías son más grandes y necesitan menos empleados; la relación entre crecimiento de una firma (a nivel mundial) y empleo no es proporcional, ni mucho menos.
  • Las empresas tecnológicas son gigantes en capital y enanos en empleo. El valor de las cinco más grandes es equivalente al PIB de la quinta economía mundial, la del Reino Unido. El total de empleados de las cinco compañías ronda los 340.000 (en el enlace faltan los datos de Apple y los de Facebook; Alphabet es Google).  Reino Unido tiene una población superior a 65 millones de personas y una tasa de población activa (en edad de trabajar) que ronda el 62%, es decir, más de 42 millones de personas “empleables”. 340.000 empleados frente a 42 millones de potenciales buscadores de empleo, mismo nivel de capitalización. Hummm, algo no encaja.

 

La relación entre el crecimiento financiero de las grandes empresas y el del número de sus empleados no es proporcional.

La relación entre el crecimiento financiero de las grandes empresas y el del número de sus empleados no es proporcional.

¿Y qué si se va a la mierda el trabajo?

La frase “A la mierda el trabajo” es el título de un artículo de James Livingston, profesor de Historia en la Universidad de Rutgers, Nueva Jersey, EE.UU. ¿Qué pasa si las máquinas y los robots sustituyen a los humanos y hacen todo el trabajo -o la mayor parte-? Creo que no me equivoco si afirmo que muchos se lo agradeceríamos. La mayoría de los empleos son monótonos, aburridos, rutinarios, estresantes, peligrosos o desagradables. No todos, pero muchos de ellos sí que lo son.

La mayoría de los trabajadores agradeceríamos trabajar menos horas, jubilarnos antes o tener que cotizar menos años para obtener una (más o menos) digna pensión. Claro es que esta reducción no puede ir acompañada de una caída en los salarios porque los mil euristas (y los menos que mil euristas) difícilmente podrán vivir con ingresos inferiores a estas cuantías.

Dejamos a los ordenadores y a nuestros amigos los robots que hagan el trabajo (sucio), perfecto. Ahora llega la parte interesante, el cambio de modelo social, donde tenemos que hablar los ciudadanos, donde tienen que enfangarse los gobiernos. Hay que repensar y cambiar el clásico “el trabajo otorga dignidad y realiza a las personas”. Nuestras vidas deben dejar de girar entorno al eje “trabajo”. Debemos sustituirlo ya que las máquinas nos van a sustituir a nosotros.

Se me ocurre que este cambio de paradigma debe conllevar un nuevo modelo de Estado del bienestar: adiós al paro, adiós a las cotizaciones, adiós a las pensiones. También es imprescindible que varíe la relación de las personas con el dinero, con la retribución dineraria, con el salario. El concepto de inflación quedará obsoleto; habrá que medir la subida del coste de la vida con otras variables -si es que seguimos queriendo medirlo-.

¿Utópico? Bueno, hay mucho camino que recorrer y muchas mentalidades que cambiar; las de todos, básicamente. Pero que no nos parezca tan descabellado; hoy en día ya hay muchas personas, y no precisamente las menos acaudaladas, que no trabajan y, sin embargo, viven de forma muy acomodada: los rentistas y los especuladores. Imaginar una tercera figura, la del no-trabajador, no tiene que ser tan complicado, ¿no os parece?

Artemisia Gentileschi, el Barroco en la mirada de una mujer

Artemisia Gentilesch, "Judith decapitando a Holofernes"

Artemisia Gentilesch, “Judith decapitando a Holofernes”

La mayor parte de los textos que he encontrado sobre la pintora barroca romana, Artemisia Gentileschi, hacen hincapié en el valor redentor de sus obras, en de qué manera sus cuadros significaron, para ella, una venganza contra el hombre que la violó. Sin embargo, no creo que las figuras de sus óleos, ni su tratamiento narrativo y pictórico, deban de reducirse a esa agresión sexual y al denigrante juicio posterior.

Personajes femeninos míticos, históricos o bíblicos como Judith, Cleopatra, Susana o Ester pueblan muchos de sus lienzos. Mujeres fuertes, poderosas, astutas o valientes. Ciertamente lo fueron. También pintó a María Magdalena, a Clío o a Dánae. Se llamaba Artemisia como Artemisa -con una “i” incrustrada-, la diosa de la caza, hija de una Leto violada por el dios máximo del Olimpo (Zeus), virgen y hermana melliza de Apolo, entre otras atribuciones.

Vida de una mujer pintora en el siglo XVII

Artemisia fue la hija mayor de Oracio Gentileschi, pintor pisano afincado en Roma, coetáneo del creador del tenebrismo, el pendenciero Caravaggio. Desde pequeña, ayudó a su padre en el taller; parece ser que se pasaba las horas muertas observando cómo pintaba su progenitor; le ayudaba a limpiar los pinceles, a mezclar pigmentos. Su madre murió cuando ella era aún una niña y tuvo que encargarse, no sólo de la casa, sino también de sus hermanos pequeños.

En aquella época -siglo XVII-, como a lo largo de toda la Historia anterior, las mujeres debían quedarse en casa encerradas, llegar vírgenes al matrimonio, aceptar al marido que les buscara su padre y darle a éste un buen montón de hijos. Incluso las reinas y las hijas de reinas tenían un papel similar aunque, a veces, se rebelaban contra él.

Artemisia nació y creció en esa Roma barroca de vida agitada y violenta, de cruenta competición entre pintores por los encargos, de nobles y cardenales, del maniqueísmo entre hetarias de mala vida y mujeres honrosamente casadas. En esa Roma de artistas y bohemios, de tabernas y peleas, no había sitio para el pincel de una mujer. Pero Artemisia supo hacerse hueco, con tesón y tozudez, con sufrimiento y esfuerzo, con talento y fatigas.

Artemisia observó la luz, buscó modelos, creó colores, combinó pigmentos en su paleta, dio brochazos, un día y otro y otro. Fueron años de aprendizaje, de colaborar con su padre en las obras que a éste le encargaban. De admirar a los hombres como pintores, a Caravaggio en particular; y de temerlos como hombres.

Siempre encerrada en casa, entre las labores del hogar y el taller. Una joven virgen, bella y talentosa como ella no podía salir sola de casa. Debía ser acompañada siempre por alguien: su hermano Francesco, la vecina, su propio padre. Para evitar las habladurías, las malas lenguas y la violencia de los hombres. Aún así, un joven amigo de su padre, un pintor llamado Agostino Tassi, la violó. Prometió casarse con ella, claro, no era un violador de taberna. Pero resultó que, además de pendenciero y busca-broncas, ya estaba casado.

Artemisia guardó silencio durante cerca de un año sobre los abusos de Tassi. No podía denunciar, una mujer no tenía derecho a hacerlo; como mínimo, no estaba bien visto. Fue su padre quien denunció a Tassi frente al Papado. En defensa de su honor, del suyo como padre y pintor, no del de su hija, de la que habían abusado, a la que habían violentado. Porque Artemisia era un bien de su padre, hasta que lo fuera de su futuro marido.

¿Olvidada?

Artemisia Gentileschi es hoy más famosa que su padre y mucho más que el hombre que la violó. Sus obras están en los museos más importantes del mundo, en los Uffizi, en el Prado. Aunque en vida fue reconocida y tuvo encargos de nobles adinerados y de aristócratas de Italia, España, Francia e Inglaterra, tras su muerte, su nombre desapareció casi sin dejar huella.

Pintora y mujer, Artemisia reivindicaba una mirada femenina a la hora de narrar las historias que pintaba…, ¿quién quería recordar semejante asalto al poder masculino dominante?

A Artemisia Gentileschi, como a tantas otras mujeres de siglos pasados, la recuperó el movimiento feminista de los años 70. Más allá de la calidad pictórica de sus obras -indudable-, lo que destaca en sus cuadros es una mirada diferente, una forma distinta de leer las historias míticas y las Escrituras. Los mismos temas que tantas veces se habían llevado al lienzo, se convertían, gracias a su paleta, en obras originales, nunca antes contadas de esa manera.

¿Dónde radicaba la originalidad? Más allá de las circunstancias personales y vitales de Artemisia, que influyeron, claro es, todos esos cuadros están pintados bajo una mirada novedosa: una mirada de mujer.

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Obra de Artemisia Gentileschi en el Prado.

En los Uffizi, una de las múltiples versiones de la historia de Judith pintadas por A. Gentileschi.

Programa sobre Artemisia Gentileschi en “Sin distancias”, Radio UNED: