Obertura

He de reconocer que siento extrañeza frente a muchos de los términos que hoy en día, y con creciente frecuencia, utilizamos. Suelen ser nombres comunes, provenientes del inglés, ramas tiernas del gran árbol digital que desde hace apenas cuatro décadas estamos construyendo en lo que yo denominaría, ya perdidas sus connotaciones religiosas, el limbo.

Hace unos años, ni siquiera existían. Iniciaron su andadura semántica como miembros privilegiados de la excelsa familia del lenguaje técnico: desconocidos para el común de los mortales, sólo eran utilizados, casi clandestinamente, por unos pocos, los connaisseurs aunque, si mal no recuerdo, de aquella los legos los llamábamos frikis, otro de esos términos que, en una carrera espectacular, ha pasado de peyorativo a ser común moneda de cambio y objeto verbal de culto.

Recuerdo, tiempo ha, lo que le costó a la palabra marketing implantarse en nuestra sociedad de medios de comunicación tradicionales y campañas de publicidad analógica. Cuando empezó a funcionar la Red de Redes conseguíamos, a duras penas, hablar de ella denominándola “La Interné” (muchas veces incluyendo al final de la frase ese sufijo independiente que nos es tan querido, “esa”, y decíamos cosas como “Búscalo en la Interné ésa que me han dicho que tienen una wes –y, de nuevo- de ésas”, ¡de cuántas nos ha salvado, en los tiempos modernos, el pronombre demostrativo! A “ése” sí que deberíamos erigirle un monumento por los servicios prestados.

Homenajes aparte, continuamos nuestra singladura hasta traspasar el umbral del siglo XX, una nueva era se cierne sobre nosotros, acontece el gran cambio, se produce el fenómeno de no retorno hacia el futuro: empezamos a hablar en digital. Y en inglés. Sorprendentemente pero de forma indiscutible, los españoles entramos en lo que Lyotard popularizó, tal vez a su pesar, con el nombre de “posmodernidad”.

Entran en liza las redes sociales, el online, todos esos vocables que comienzan por e- (el e-commerce, el e-mail, el e-learning), el smartphone, la tablet, los blogs, el cierperiodismo ciudadano, las cámaras de foto y vídeo móviles, los selfies y tantos otros conceptos de significado amplio y repercusiones inimaginables. Los sociólogos dicen que la era digital es el tiempo del yo, de la inmediatez y de lo efímero.

Nos acercamos a la ubicuidad, propia de los dioses, pero somos etéreos; somos palabras escritas, imágenes fijas o móviles, bytes que viajan miles de kilómetros a través de las ondas; somos acontecimientos que se convierten en recuerdos que se pierden en el olvido.

A mí me queda la esperanza de que, como escribió el poeta Mario Benedetti, “el olvido esté lleno de memoria”, para poder guardar en él un puñado de historias. Este blog es la materialización de esa esperanza.

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