La cultura boca abajo (título-plagio homenaje a Julio Cortázar)

Para empezar por el principio, ¿qué es la cultura? Difícil pregunta; probablemente, si debatiéramos en serio sobre el tema, no nos pondríamos de acuerdo. Hay quien considera cultura todo aquello creado, de forma artificial, por el ser humano. Otros, acotan su sentido y pretenden que, tan sólo, abarque los aspectos estéticos de las creaciones humanas. Unos pocos, los que escriben la palabra con letra capital, hablan de canon, de antologías, de “los/las cien mejores –lo que sea- de la Historia –también con mayúscula, no vayamos a faltarle al respeto a esa buena señora que tiene tanta memoria y tantos enemigos-”.

Por lo visto, hay una “alta” cultura, una cultura “popular” y, por supuesto, la cultura “del botijo”, de la que casi todos hacemos gala de vez en cuando, curiosamente, o eso me parece a mí, para intentar quedar bien, pese al nombre. Aunque desde que se democratizó la cultura -¿cuándo fue aquello, llegó con las urnas en los ochenta o tuvimos que esperar un poco más?-, las fronteras se diluyeron: alguien inventó la fusión, estilo musical que ha engendrado subgéneros del tipo rap-flamenco, punk-reggae, electrónica con cualquier mezcla que se nos ocurra y, la hasta hace poco intocable, música clásica con hip hop, por poner algún ejemplo; en fin, algo parecido a lo que hacen los cocineros que tienen dos o tres estrellas Michelin: foie de sobrasada con miel, chutney de mango y esferificación de tomate. Reconozco que no lo he probado pero, en la fotografía, que es a lo máximo a lo que puedo aspirar económicamente hablando, tiene buena pinta.

Pero no sólo se democratizó la cultura en el ámbito de la música. En absoluto. Los cambios más radicales se produjeron en el arte. Primero fue el Pop Art, con sus retratos de latas de sopa de tomate, personajes célebres en bicolor, viñetas de cómic agigantadas y collages hechos con recortes de cupones de descuento. Después, nos dimos cuenta de que el arte vende; no la propia obra, que es única y sólo está al alcance de los Estados o los coleccionistas adinerados: la copia de la obra. Cualquiera puede tener un Van Gogh colgado en la pared del salón de su casa. El nombre del artista holandés no está elegido al azar: me resulta paradójico que, en vida, tan sólo vendiera un cuadro y apenas tuviera, a diario, un mendrugo de pan que llevarse a la boca; le mantenía su hermano Theo, marchante desesperado de su obra, pero el dinero que éste le mandaba se lo gastaba en lienzos y botes de pintura al óleo.

Y aquí es donde nos topamos con el “pero”, con lo bien que íbamos. Ha sido llegar la crisis –la de las subprimes, la del mercado inmobiliario, la de la economía- y nos vemos obligados a entonar un réquiem por la cultura. Yo pensaba que las “crisis”, la falta de recursos, aguzaban el ingenio, nos hacía ser más creativos: no en vano, en los años precedentes, volvíamos la mirada hacia Argentina o Brasil y nos maravillábamos de su capacidad para soñar y crear, con medios tan pobres que, nosotros, desde nuestra atalaya, ni los veíamos. Estaba equivocada: si se mete la tijera, se recorta la creatividad. Tal vez es que, con el tiempo, hemos convertido la cultura en una industria, sea la cinematográfica, la del libro, la de la música, la del arte. Una industria creada para producir ganancias, para ser rentable. Quizás lo que esté en crisis es un modelo de cultura estatalizada, subvencionada, patrocinada. Es posible que los creadores, y el público, tengamos que aprender a creer en otro tipo de cultura, la de proximidad, la local, la de la Red, la del café-teatro, la de la librería-sala-de-exposiciones, la de la danza callejera. La cultura, el arte, seguirán siendo los mismos, pero retomarán un significado arcano, el que tenían en las cuevas prehistóricas, en la voz de los aedos, en el proscenio de los teatros de la Antigüedad. ¿Nostalgia? Sí, he de reconocerlo, siento cierta añoranza de algo que creo que hemos perdido, algo invisible, intangible, incomprensible: la magia.

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