Hannah Arendt: En clave de Re (sin pentagrama)

Recientemente, he retomado la lectura de un libro de la filósofa Hannah Arendt [podéis seguir leyendo, os prometo que esta entrada no es una sesuda reflexión filosófica: es demasiado temprano para semejante hazaña]. Lo tenía abandonado en la mesilla de noche, a medio leer, a medio subrayar, desde hacía tiempo. “La condición humana”, se titula. Apenas he pasado del prólogo así que no es del libro en sí del que os quiero hablar sino de un concepto, de una forma de ver la vida, de lo que podríamos llamar, quizás, “vitalismo” o, simplemente, “esperanza”.

Para que os situéis, os puedo hacer una semblanza de la autora, una al uso, demasiado impersonal, facilona incluso: filósofa política, alemana, judía, alumna de Heidegger; huyó del nazismo, primero a Francia, poco después a Estados Unidos, refugio de tantos intelectuales europeos que huyeron de la guerra y la persecución. Murió en Nueva York, casi septagenaria, habiendo escrito y publicado varios libros sobre el nazismo, los totalitarismos y el mal, entre otros temas. Con su filosofía, Arendt dio sentido a una expresión que parecía paradójica, la “banalidad del mal” –en su escrito sobre el juicio a Eichmann-. Pero tampoco es de este concepto del que quiero hablar. En realidad, me gustaría escribir –y sé que es posible que fracase- de una idea bastante menos original,  más terrena, más “a pie de calle”, por decirlo de un modo llano: “los hombres [los seres humanos, decimos hoy en día, con un lenguaje con tintes menos machistas], aunque han de morir, no han nacido para eso sino para comenzar”.

Hemos nacido para comenzar, maravilloso redescubrimiento. Comenzamos al nacer, qué duda cabe, antes no éramos y, de pronto, somos. Pero no sólo entonces, al principio, con el primer llanto, sino que seguimos empezando, una y otra vez, cada vez que creamos, que imaginamos, que sentimos sensaciones nuevas, que damos inicio a algo que antes no existía. Si nos resignamos, si nos aburrimos de nosotros mismos, si la rutina es todo lo que llena nuestros días, entonces, la frase de Arendt deja de tener sentido; será más bien al contrario: los seres humanos, aunque han de nacer, no lo han hecho para empezar sino para encontrar su propio fin, para acabar.

Puesto en palabras de esta manera, ninguno nos identificamos con este pensamiento: todos tenemos proyectos nuevos en la cabeza, cien actividades pendientes de llevar a cabo, amigos por conocer, parejas a las que enamorar, momentos que vivir. Sólo nos falta dar un pasito para avanzar, un empujoncillo, una frase de ánimo; a veces, lo conseguimos nosotros solos: nos aupamos, nos jaleamos, nos hacemos propósitos. Otras veces necesitamos una pequeña ayuda, una mano tendida, una palabra de ánimo. Para que, cuando lleguemos al final, cuando un puñado de tierra nos cierre la boca -como escribió el poeta Heinrich Heine-, hayamos nacido incontables veces.

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