Recetas contra el aburrimiento

Viendo el tiempo pasar, Estambul (Turquía)

Viendo el tiempo pasar, Estambul (Turquía)

Previsión meteorológica: cielos encapotados, viento racheado y fuertes lluvias. Lo de la marea vamos a dejarlo que, de momento, no vamos a echar la barquichuela al mar.

Miras por la ventana para chocar con un techo de nubes grises que no dejan penetrar ni un misérrimo rayo de sol. Hace un rato parecía que sólo chispeaba pero, ahora, el fuerte repiquetear de las gotas contra el alféizar y los cristales de la ventana consigue incluso interrumpir tus pensamientos. Menudo fin de semana me espera: o me encierro en casa o cojo una pulmonía. Bueno, esto lo piensas si eres, como yo, de secano; los del norte sonríen ante nuestras siluetas amilanadas frente a un triste txirimiri (o calabobos para los que nos cuesta pronunciar la “tx” y preferimos no hacer el ridículo con nuestro sonido “ch” que más parece un escupitajo que una letra del alfabeto).

Una vez que has desechado la osada idea de ir a danzar bajo la lluvia, desnudo, con sombrero y gabardina -“Singin’ in the rain”, para que caigan chuzos de punta- o pertrechado con paraguas y chubasquero, te quedan las opciones de interior. Dejemos a un lado la bucólica imagen de la chimenea en la que chisporrotean los maderos ardientes y las dos copas de vino francés de 150€ la botella. Seamos realistas; acordémonos de aquella vez que intentamos recrear esta escena y descubrimos que hacer un buen fuego es mucho más complicado que hacer un montaje con Photoshop de esa misma chimenea y dos enamorados besándose al calor de las llamas -ni siquiera éramos nosotros los de la foto, ¡hay que fastidiarse!-; evitar que se queme la alfombra o el parqué con las chispas que saltan es tarea ardua -y que no se te olvide que tienes que estar vigilando el fuego y, por supuesto, dejar apagados los rescoldos antes de acostarte-; elaborar una pantagruélica cena gourmet con los 25€ de presupuesto que tenías quedaba en manos de la diosa Fortuna; y, para terminar, ¿no discutiste con tu pareja por alguna estupidez? Olvidémonos del romanticismo tanto si has tenido que pasar por una situación así como si has tenido la suerte de esquivarla. Llueve, el día está gris, nos amenaza la melancolía, ¿qué hacemos?

Otoño en el jardín del Castello Sforzesco (Milán, Italia)

Otoño en el jardín del Castello Sforzesco (Milán, Italia)

 Inventario de un día de lluvia

Una ronda de clásicos: lee un buen libro -o uno malo, hay que esperar a la página 30 para saberlo-; visiona la última película que te has descargado -¿alguno va todavía al videoclub? Esta pregunta es mera curiosidad; hay quien me ha asegurado que todavía queda alguno abierto, luchando contra tempestades más terribles que la tormenta que nos ha hecho quedarnos en casa-; sumérgete en el mundo artificial de un videojuego -en tu consola o en línea-; invita a algunos amigos y monta una timba de cartas, de dominó, de parchís, de cualquier juego de mesa o de rol; haz palomitas, encarga telecomida; sube el volumen y escucha cuatro álbumes que te encantaban años ha y que habían quedado sepultados por las novedades del último lustro.

Invita a tus amigos a casa (o convéncelos para que monten algo en sus respectivos nidos): retoma las ideas de “ronda de clásicos”, esta vez en compañía. Acuérdate de que la última vez tardásteis dos horas y media en decidir la película que íbais a ver -a consecuencia de lo cual se hizo tan tarde que tres de tus colegas se quedaron dormidos en el sofá nada más empezar a verla- así que vete haciendo un Doodle para que todo el mundo opine de forma previa y gane la cinta más votada.

Improvisa una fiesta, haz un llamamiento a través de las redes sociales, di que es una apuesta, que tienes que juntar el mayor número de botellas de X -tu bebida favorita- en el menor tiempo posible. Si alguien pregunta cuál es el premio, hazte el sueco -otra duda que me asalta, ¿alguien sabe de dónde proviene la expresión “hacerse el sueco”?-

Enciende el ordenador -o coge el móvil-, abre el navegador -o entra en el historial de Whatsapp- y ponte al día. Ya no hay excusa, por fin tienes tiempo de ver, leer y consultar las decenas de vídeos, imágenes, enlaces y noticias que han ido dejando tus amigos, tus contactos de Linkedin, tus twiteros y blogueros favoritos y, si te descuidas, algún miembro de tu familia. Ya que te pones, añade tu granito de arena al mundo social virtual reenviando todo lo que puedas de ese “nuevo” material a tus contactos.

Dedícate a cocinar, prueba a hacer recetas nuevas, enciende el horno -agradecerás el calorcito que emana de él-, estrena aquel molde que compraste hace tiempo para magdalenas y que nunca estrenaste; consulta el blog de algún chef o las recetas de toda la vida de la abuela de algún internauta; desempolva el cuadernillo de espirales que te regaló tu madre cuando te independizaste, ese en el que ella apuntó con mimo los pasos a seguir para que pudieras hacer los ahora llamados platos tradicionales: legumbres con verdura o chorizo, pescado al horno o a la sal o a la espalda, croquetas de bechamel ligada en la sartén -de la era pre-Thermomix-. Haz un postre y sorprende el lunes a tus compañeros de trabajo, endúlzales la semana con una tarta de manzana o unas rosquillas o ese bizcocho de zanahoria -integral- que, incomprensiblemente, aparece en las dietas más rigurosas.

Abre el cajón de los recuerdos, vacía el altillo, dale la vuelta a los cajones de la estantería de la habitación del fondo. Haz limpieza, tira lo que ya no quieres o guárdalo en bolsas y monta un mercadillo de trueque el próximo fin de semana; entretente con los álbumes de fotos de antaño, con esos que ya has dejado de apilar en lo alto de la estantería porque, hoy por hoy, ¿quién imprime en papel las fotografías?

Cuélgate al teléfono, aprovecha ahora que tienes tarifa plana y pagas lo mismo por un minuto que por seis horas. Acuérdate de cuando te pasabas horas hablando con tus amigos y tus padres querían ahogarte enrollando el cordón del aparato alrededor de tu cuello cuando el banco les cargaba la factura a final de mes.

Crea: escribe una canción, un poema, una carta o la entrada de un blog; haz manualidades, construye una lámpara con pinzas de tender la ropa, da vida a un cisne siguiendo un tutorial de origami japonés, compón un ramo de flores hecho con globos de colores; arráncale unas notas al teclado, al violín, a la flauta, al djembé que tienes en el rincón del salón, cogiendo polvo.

Duerme. Tengo entendido que las horas de sueño perdidas no se recuperan así que, supongo, lo contrario también será cierto: por mucho que duermas, no estás echando horas de sueño de más.

Sueña: piensa en lo que vas a hacer cuando escampe, en tus próximas vacaciones, en la tarde del sábado que viene, en cada momento de tu vida que quieres arrebatarle a la rutina fagocitadora.

Hacía tiempo que no te alegrabas tanto de que lloviera.

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