Podemos®

Detalle del monolito central del parque Vigeland, Oslo (Noruega)

Detalle del monolito central del parque Vigeland, Oslo (Noruega)

Hace un año, escribías podemos en un buscador de Internet (si es que acaso se te ocurría hacer semejante cosa) o utilizabas esta palabra en una reunión de amigos y su único significado era “primera persona del plural del verbo poder; ser capaz de”. Hoy, podemos se ha dejado de escribir con “p” minúscula para pasar a deletrearse como Podemos -marca registrada, si se me permite mercantilizarlo de esta manera tan vil-.

Podemos, el partido político de crecimiento más rápido de la historia de nuestro país; o esa sensación da, al menos según las estadísticas de intención de voto y su constante presencia en los medios de comunicación y en las redes sociales (para ser vituperado o elogiado, según las preferencias de cada uno). Probablemente ocupe el podio del desarrollo exponencial junto a otros partidos políticos de otros países que, no por casualidad, hayan estado sumidos en alguna crisis económica o social grave: el desencanto es insuficiente para crear un movimiento de masas como el que parece haber generado Podemos.

Reconozco que miro el nuevo partido con cierta susceptibilidad. Cuando se acercaba la fecha de la votación en las pasadas elecciones europeas, y asomaba con descaro la figura del partido y de su cabeza visible, Pablo Iglesias, yo intentaba escrutar aquello que creía que estaba detrás del fenómeno. Me parecía populista a la manera de los partidos de América del Sur y Central. Y no me gustaba. En fin, pensaba, un partido tan mediático, con un líder tan pagado de sí mismo, tan seguro como un dios (lo pongo con minúscula para no hacer de menos a mis dioses preferidos, los de la antigüedad, los “paganos”). Los propios nombres parecían elegidos por un Zola o un Víctor Hugo del siglo XXI para escribir la novela de la emancipación del nuevo proletariado, el mileurista, la madre soltera, el inmigrante, el parado: “Podemos” y “Pablo Iglesias”. También parece que quieren jugar con el concepto de “predestinación”: ¿el sucesor del fundador del PSOE? ¿El partido de la gente? ¿Un nombre que es, en sí mismo, una consigna: Podemos?

Recelo, sí, entonces y ahora, pero me alegra que estén haciendo temblar los cimientos del bipartidismo, inamovibles hasta ahora salvo en las comunidades con partidos regionalistas fuertes que no pueden aspirar al gobierno del país en su totalidad.

Me planteo si Podemos existiría sin la figura sólida y omnipresente de Pablo Iglesias. Lo dudo. El partido me recuerda mucho a esas asociaciones de izquierdas que nacían, se desarrollaban y morían por desgaste de sus miembros en las facultades, en las universidades públicas. La asamblea, la búsqueda de la transparencia (en el programa, en las ideas, en las cuentas…), las discusiones ideológicas o pragmáticas interminables, los círculos de intereses que luchaban por ocupar un lugar destacado en los encuentros decisorios y tantas otras fórmulas democráticas que animaban y entorpecían la labor del conjunto.

Podríamos -o podemos, con minúscula- tratar punto por punto el programa que se está debatiendo: si el modelo de economía neokeynesiano puede sustentarse dentro de la estructura neoliberal de la Unión Europea; si es posible implantar todas las políticas sociales de las que se está hablando; si proclamar la eterna “subida de impuestos a los más adinerados y terminar con los paraísos fiscales” es una idea realista; si la tasa Tobin va a entrar en vigor algún día -a nivel nacional o europeo- sin que masas de capitales huyan allende nuestras fronteras; si podemos convertirnos en un país de vanguardia en la explotación de energías renovables y en I+D+i; y tantos otros. No hay espacio suficiente en esta entrada para tantos temas así que me conformo con dejar aquí un buen puñado de cuestiones abiertas, de pensamientos deshilvanados o recién nacidos y aún por desarrollar. Para que cada cuál decida por sí mismo, piense por sí mismo, actúe por sí mismo. Esa es la lección más importante: qué, cuándo, cómo… Ya se verá. Lo que por fin es cierto es que PODEMOS.

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