El precio de la dignidad

El título es un poco rimbombante, ¿no te parece? Gracias a él, me puedo permitir dar una lección de moral, escribir uno de esos relatos entre lacrimógenos y culpabilizadores con los que tantas veces nos damos de bruces en los medios, del tipo de los utilizados por las ONG’s en sus campañas o, por poner un ejemplo sin pretender ofender, de esos que, semana tras semana, publicaba Rosa Montero en El País Semanal.

Pienso que es muy sencillo crear, en las mentes ajenas, incluso en la propia, remordimientos, esas sombras de culpa y duda que nos persiguen, nos atenazan y, la mayor parte de las veces, nos inmovilizan. Solemos descargarnos de ese peso de la manera más rápida y menos eficaz: haciendo una pequeña donación de dinero, de ropa o de comida -las conocidas iniciativas del “kilo” que, por lo visto, terminan siendo del “kilo de pasta y arroz”, básicamente-. No estoy en contra del voluntario ni de las organizaciones sin ánimo de lucro ni de los microcréditos ni de tantos otros proyectos altruistas; simplemente considero que son parches, gotas de agua en el océano, granos de arena en mitad del desierto.

He escrito “dignidad” y “precio”. Las dos palabras juntas me causan desazón, desearía que sus caminos nunca se encontraran. Pero me temo que, constantemente, están el uno al lado de la otra. Nos los encontramos -en los últimos años más aún gracias a la infame crisis económica, ¿crisis o revitalización del neocapitalismo a base de depauperar a la clase media?- cuando oímos hablar de desahucios, de paro, de pobreza, de despidos, de indigencia, de inmigración…

Me pregunto ¿cuánto vale la dignidad de un ser humano? ¿Cada uno tenemos un precio, hacen ofertas si llegamos en bloques, por decenas, por miles, por millones, como los inmigrantes africanos, como los parados, por ejemplo? ¿En qué bolsa cotiza la dignidad? ¿Está en el Ibex-35, tal vez en el Dow Jones, en el parqué de la City londinense?

Es un valor estable, la dignidad, podemos contar con que va a existir siempre, su precio no debería de fluctuar demasiado. Tal vez no vaya a darnos grandes réditos, como las acciones de las .com en su momento -antes de que dieran grandes pérdidas- o las de la banca o las de las grandes empresas de telecomunicaciones. Pero es un valor seguro: todos tenemos, al menos, un poquito de dignidad, incluso cuando las circunstancias nos la están robando.

Fotograma de la película "Dos días, una noche", dirigida por los hermanos Dardenne

Fotograma de la película “Dos días, una noche”, dirigida por los hermanos Dardenne

Imaginémonos que salimos a subasta, con un precio mínimo, ¿cuánto pagarías por tu dignidad? ¿Y por la de la persona que tienes enfrente? ¿Y por la de alguien a quien no conoces? Hablemos de cifras, ¿1.000€? ¿Más? ¿Menos? En la última película de los hermanos Dardenne, “Dos días, una noche”, el empleo de una de las 17 personas que forman parte de la plantilla está en juego, precisamente, por esa cantidad. La oferta es simple; la dirección de la empresa propone a sus empleados -todos compañeros de la persona que puede ser despedida- una votación: o la prima -bonus- de 1.000€ que les corresponde o la permanencia en plantilla de su compañera.

Llegados a este punto, surgen las frases exclamativas: ¡lo que hace la empresa es inmoral! ¡El Estatuto de los Trabajadores o el convenio colectivo no lo permite! ¡No se puede elegir entre un ser humano y el dinero! Bien, de acuerdo, a lo mejor es inmoral; puede ser incluso ilegal; cierto, la falta de ética es rampante. Pero la pregunta sigue ahí. Consignémosla con la misma frialdad con la que fue pensada:

¿Tu dinero o el puesto de trabajo de tu compañera?

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Un comentario en “El precio de la dignidad

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