El patio de mi casa

Graffiti (espacio alternativo mercado de La Cebada, Madrid)

Graffiti (espacio alternativo mercado de La Cebada, Madrid)

Cuando éramos pequeños, cantábamos una canción que se llamaba “El patio de mi casa”, esa que decía una tontería así como “es particular, cuando llueve se moja, como los demás”. Nunca entendí el sentido de la cancioncilla pero, como tantas otras cosas, forma parte del baúl de los recuerdos de infancia por razones puramente sentimentales.

Cerca de tres décadas más tarde, he podido comprobar que lo que sí que es el patio de mi casa, realmente, es particular, en el sentido de peculiar, singular, único. He vivido en muy pocas casas diferentes a lo largo de mi vida pero estoy segura de que cada patio, cada vecindad, cada comunidad (de propietarios y/o inquilinos) es un ejemplo único de ecosistema humano. El mío, en concreto, tiene una particularidad -abusando del nombre, con vuestro permiso- que lo hace aún más especial: las ventanas de las viviendas dan hacia uno u otro de los dos patios. La distancia entre vecinos de la misma planta es de unos dos metros. Los apartamentos izquierda y derecha dan a la fachada, a la calle, y, por lo tanto, son mucho más aburridos. El mío tiene una letra, la D en concreto, y está a mitad de edificio así que tengo la suerte de que no se me escapa nada de lo que sucede en mis queridos patios: el vecindario al completo está al alcance de mis ojos y oídos.

Lo primero que me llamó la atención cuando me mudé a la que es ahora mi casa -a medias con el banco, por supuesto- fue el trajín que hay siempre en las escaleras y en el portal. Pareciera que fuéramos cien vecinos porque es raro bajar de la calle o subir o salir un momento a tirar la basura o ir al buzón -a por publicidad que es lo único que recibo- y no toparse con, al menos, un ocupante del edificio. Si no tuviéramos telefonillo, lo mismo daría porque, cuando alguien viene a verme, suele encontrar la puerta abierta: alguien entrando o saliendo le cederá el paso.

A los pocos meses de ocupar el piso, vi un cartel informando sobre una reunión de vecinos. Me dejé llevar por un sentimiento de ingenuidad que sólo nos encuentra dispuestos a escucharle la primera vez que entramos en posesión de una casa. Tras ser testigo de una bochornosa reunión en la que hubo gritos, insultos, sarcasmos e improperios, me prometí a mí misma que nunca volvería a caer en la tentación de asistir a uno de tales eventos. Lo sé, en este caso no tengo derecho a protestar si estoy en desacuerdo con las decisiones que se tomen en las juntas: escaso precio me parece para la tranquilidad de mi alma. Eso sí, reconozco que agradezco infinitamente que haya dos vecinas que se presenten, “legislatura tras legislatura”, para presidenta y vicepresidenta. No entenderé nunca qué las lleva a ser voluntarias en semejante “fregado” pero, con lágrimas en los ojos se lo digo, tienen mi eterno agradecimiento.

El patio de mi casa

El patio de mi casa

Si habéis leído hasta aquí, ¡enhorabuena! Por fin llega la parte interesante: el patio en sí mismo. La foto que hace más entretenida esta entrada es del mencionado patio: no intentemos adornarlo, es feo. Podría pasar por patio andaluz, con ese blanco inmaculado -hasta que lo miras de cerca y ves los chorretones de pintura y el libre efecto “gotelé muy grueso” en ciertas zonas-, pero le faltan macetas con plantas y flores que le den un poco de alegría. Visualmente, mi patio es aburrido; de vez en cuando hay ropa colgada; cada cierto número de semanas la vecina de arriba tiende alguna prenda que ha lavado a mano y ha escurrido poco y, por lo tanto, consigue salpicar de gotas el alfeizar de la ventana de mi habitación y, lo que es mejor aún, los cristales.

En relación con los olores, es un poco más entretenido, fundamentalmente gracias a los guisos que, según mis investigaciones, hace una vecina en concreto: le encantan los sabores fuertes y los escabechados, “Eau de Vinagre” en estado puro. Como veis, estoy dejando lo mejor para el final: los sonidos. ¡Ah, qué placer la vida sonora en comunidad! Siempre bullendo, hormigueando, un antídoto contra la abulia. Para empezar, debemos constatar la regla de oro: el ruido es sagrado. Todo el que puede, lo hace, de la mejor manera posible.

Empiezo por lo menos original: el batiburrillo de músicas que van desde salsa y reguetón –sobrecantado por una voz femenina llevada hasta el éxtasis por esas cimas de la poesía lírica del tipo “Donde quiera que va yo soy su nene” o, atención a la conseguida rima, “Ella tiene lo que a otras le falta, ella es de esas mujeres que resaltan” hasta música española de cantautor o pop y algún clásico del rock setentero que se cuela de vez en cuando. Recuerdo las maravillosas tardes que me dieron, durante el mes de julio que estuvieron pintando el piso superior, los chavales que vinieron a hacer el trabajo: los 40 Principales edición para sordos; como la radio estaba en un cuarto y ellos iban pintando de acá para allá, el transistor lo tenían a todo volumen. En esa época aprendí a aborrecer tres o cuatro canciones que, de no haber sido por la insoportable repetición, habrían podido gustarme.

El fenómeno “patio” se acentúa en verano, cuando las ventanas están abiertas de par en par y los ruidos de la vecindad se amplifican. Durante estos meses, una de mis vecinas, una señora mayor que cuida a otra señora aún más mayor, vocea durante horas, con un tono de voz entre insufrible y martilleante. Lo único que consigue tapar sus exabruptos es -o era, ya no sé si lo siguen poniendo en la televisión- un concurso presentado por el inigualable (sic) Carlos Sobera. A veces, en lugar de taparme la cabeza con la almohada, juego a contestar las preguntas del concurso, ¡tan nítidas llegan a mis oídos sus palabras! Hace unos tres años, la mujer tuvo insomnio y, por ende, los demás vecinos también -al menos yo-: hablaba sin descanso desde las nueve o diez de la noche hasta las dos o las tres de la madrugada. En esa época le deseé algún que otro mal, pensamiento que no es muy propio de mí: demuestra el grado de desesperación al que llegué. Sospecho que esta vecina es la misma que, por temporadas, grita improperios a su hijo, un hombre que, por la voz, debe de pasar la cuarentena: lo más bonito que le he oído decirle es que es un vago y que no le soporta.

También tengo un vecino cubano -reconozco el acento- que se dedica a temas de importación de bienes. Os preguntaréis por qué lo sé; es muy sencillo: a veces se lleva trabajo a casa y sus conversaciones por el móvil, viviendo él en el semisótano, ¡las oye hasta el del cuarto!

Por último, no puedo dejar de mencionar a la vecina que con más ahínco se esfuerza por acabar con mi paciencia. He de decir que mujer más tenaz no he hallado en mi vida. Desde que vine a vivir aquí, hace ya más de cuatro años, día tras día, por la mañana y por la tarde (o noche, según), ella ensaya y ensaya y ensaya. Estoy pendiente de percibir alguna mejora en su timbre de voz, en su entonación o en cualquier elemento reseñable pero aún no me ha sido posible: canta cual gato callejero maullando mientras es desollado vivo (o esa es la imagen sonora que asalta mi cerebro cuando la oigo interpretar). Su repertorio es corto pero de calidad: destroza por igual “El hombre del piano” que “Como una ola” que “Si tú eres mi hombre y yo tu mujer” aunque, en mi inexperta y humilde opinión, los momentos más sublimemente infernales los alcanzamos (ella cantando y yo escuchándola) cuando entona, en francés del bueno, “Je ne regrette rien”: ¡el delirio, el súmmum!

Dedicado a todos los vecinos, con cariño.

Decoración de un bar en Madrid

Decoración de un bar en Madrid

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Un comentario en “El patio de mi casa

  1. Constato las palabras, los olores y sobre todo los sabores, ese patio que a mi me recurda a un patio totalmente cubano, donde se escuchan las voces de las personas llamando (gritando) a sus hijos y maridos. Nunca mejor dicho como “El patio de mi casa”,, un besooo

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