Dioses de nuestro tiempo

El Muro de Berlín (graffiti)

El Muro de Berlín (graffiti)

El concepto de dios me resulta antipático. Un ser único, ubicuo y omnisciente. Un ser perfecto, más allá de la vida, de la muerte y, evidentemente, de la moral. Pienso que ser un dios así es aburrido, me pregunto qué interés puede tener tenerlo todo resuelto, saber siempre lo que va a pasar, desconocer la sorpresa y la incertidumbre, el calor y el frío, estar en posesión de la verdad indiscutible. Entre nosotros, los seres humanos, no podría sobrevivir un dios así; si existiera, creo que se asemejaría al psicópata perfecto: sin empatía, sin favoritismos, sin remordimientos. Imaginemos que tal dios estuviera entre nosotros, ¿qué significarían para él los conceptos de justicia, de libertad, de responsabilidad? Nada, serían palabras vacías, vanas, vacuas. Todo lo conocería, todo le sería ajeno. Sería el super hombre de Nietzsche –lo siento, Friedrich, acabo de resucitar a Dios abusando de tu nombre aunque ¿no es cierto que, cuando lo mataste, lo hiciste, tan sólo, para poder colocar a ese super hombre tuyo en su lugar?-

Si prescindimos del peliagudo y nimio detalle de la inmortalidad, afín a todo dios que se precie, encontramos varios dioses que tienen pies de carne y hueso, respiran y poseen un poder inabarcable: son los poderosos de nuestros días, los ultraricos –decir millonarios, hoy por hoy, suena a cuchufleta, ¿quién no tiene un milloncejo por ahí? Aquí hablamos de miles de millones-. Algunos son empresarios, otros políticos, otros banqueros, unos pocos mafiosos de profesión. La revista Forbes se ocupa, cada año, de colocarlos en una lista, por orden de riqueza, que no de importancia. Cuando se hace público el elenco, hay quienes se alegran y celebran la presencia de españoles; yo siempre me pregunto qué más dará que sean chinos, españoles, mexicanos o filipinos. Nacionalidades aparte, y olvidándonos del listado forbiano, se me ocurren otros nombres que son más discretos: no aparecen en revistas ni periódicos pero sí que suelen estar escritos con letra gótica en las invitaciones de encuentros del tipo del foro de Davos, el G-20 (o por el número que vayan ya, reconozco que con tanto sumatorio me pierdo), el club Bilderberg, el club de Roma y otros que dejo en el tintero por no ser exhaustiva o por desconocimiento.

"Bruderkiss", el beso de Breznev y Honecker (muro de Berlín)

“Bruderkiss”, el beso de Breznev y Honecker (muro de Berlín)

Dado que hay dioses, como hemos constatado, también tiene que haber creyentes. Los primeros no pueden existir sin los segundos, probablemente a su pesar. Ah, ¡el talón de Aquiles de nuestros dioses somos nosotros, los creyentes! La forma que toman los nuevos dogmas difiere de la antigua pero no por ello deja de ser, justamente eso, una creencia. Se me ocurren puñados de ejemplos, sin darme ni tiempo a pensar sobre ello: millones de personas creen en Ebay o en Amazon o en Google o en Facebook o en Microsoft; millones de personas son adeptos a Nike, a Nescafé, a Coca Cola, a Colgate; millones de personas idolatran a Cristiano Ronaldo, a Messi, a David Beckham; millones de seres humanos se deben a Madonna, Beyoncé, Lady Gaga; millones de mujeres y hombres son fieles a Carrefour, a Inditex, a Wal-Mart, a Desigual. Incluso creemos en los presidentes de los gobiernos y en los candidatos de la oposición. La religión de nuestro tiempo es el consumo.

Graffiti pintado en el muro de Berlín

Graffiti pintado en el muro de Berlín

Con nostalgia, recuerdo a los infatigables dioses del Olimpo griego, a los elitistas egipcios, a los belicosos nórdicos, a los sobrenaturales hindús o nipones. Evoco con añoranza a estos dioses paganos a los que hemos matado con nuestra racionalidad y nuestro sentido común y nuestra indiferencia hacia la naturaleza. Respeto su memoria con celo porque eran más humanos que los todopoderosos dioses monoteístas –llámense Yahvé, Alá, Ahura Mazda o Dios con mayúscula- y eran, sobre todo, mucho menos letales que las divinidades actuales, los dioses del capitalismo.

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