Picaresca

Antiguo mercado de La Cebada

Antiguo mercado de La Cebada

No son las manzanas, es el cesto” es el título de una columna de opinión que he encontrado hoy en El País digital. Está relacionada con la que el diario ha considerado la noticia del día, la puesta en marcha del llamado Portal de la Transparencia. Me ha llamado la atención el encabezamiento de la columna: “No es que los alemanes o los nórdicos no puedan ser pícaros, es que gozan de instituciones bien diseñadas que no dejan espacio a la posibilidad de picaresca”.

Tras leer el texto completo, admito que estoy de acuerdo con la tesis del autor, pero sólo con la segunda parte: es el cesto, sí, el cesto es el culpable o el causante de este manantial de corrupciones y corruptelas en el que vivimos inmersos. Son las instituciones, el sistema electoral, la mala costumbre de que decidan los de arriba; en fin, la falta de democracia, o sea, de participación de los de abajo o de los que, como cualquier ciudadano, no formamos parte de la tela de araña que forma la política y sus profesionales –por denominarlos de alguna manera neutra aunque, con gusto, utilizaría un término más bien despectivo-.

La culpa es del sistema

Sucede que como lo que no funciona es el sistema, los que participamos en él quedamos eximidos de toda responsabilidad: somos las manzanas con las que se hace la sidra -o la compota o el zumo- aunque, en realidad, supongo que preferiríamos ser manzanas que pudieran decidir sobre su futuro. Ah, pero esto no es posible, el sistema nos lo impide; ergo, hay que cambiar el sistema. El “como” se me escapa, me pregunto si tenemos que esperar a que sean los propios políticos los que lo hagan; ahora es cuando me da la risa y tengo que dejar de escribir.

Recupero el hilo: estoy de acuerdo con que las superestructuras están por encima de los ciudadanos de a pie, de los trabajadores –en el caso de las empresas-, de los súbditos –en el caso de las monarquías-, de los fieles –en el caso de las iglesias- y así ad infinitum. No son eternas ni indestructibles pero, seamos sinceros, es una tarea ardua el derribarlas o modificarlas. Nos queda el consuelo de que, al menos, evolucionan.

Pero hablemos aquí de una de esas superestructuras que no suele tratarse como tal y que, en  mi opinión, está a la altura tanto del “marco económico” como del cacareado “orden mundial”: la educación, la historia, lo vivido, la costumbre. No me atrevo a llamarlo esencia porque, de ese modo, parecería invariable y no lo es.

Estatua ubicada en un claro de un bosque en Nikko (Japón)

Estatua ubicada en un claro de un bosque en Nikko (Japón)

El “ser” español

Empecemos por el principio. En el terreno de las generalizaciones, nos vemos obligados a abandonar todas esas peculiaridades que, como individuos, nos hacen únicos. En este caso, no nos queda más remedio que olvidarnos de los regionalismos, las diferencias de clase, de ingresos, de nivel de escolarización, de desarrollo industrial y comercial y de tantas otras características que matizan y enriquecen.

Hablemos del conjunto, de los españoles como noción genérica; de un pueblo que ha sido, durante siglos, cristiano –católico-; de un país que se fue formando a base de encolar reinos de uno u otro rey; de una tierra tomada, invadida o, simplemente, habitada por celtas, griegos, romanos, visigodos, árabes, judíos y, ya en la edad moderna, hasta franceses. España conquistada y conquistadora, según el siglo; lugar de acogida o brazo de hierro utilizado para la expulsión; campo de batalla por la independencia o cementerio de una guerra fratricida.

Tenemos tanta Historia que hay enciclopedias de decenas de tomos dedicadas a plasmarla que no llegan a conseguirlo más que de forma resumida. Son, precisamente, todos los capitulos de esta Historia los que nos han hecho ser como somos, a nosotros, los españoles, y a nuestras instituciones, porque los políticos que tenemos ahora no se han generado espontáneamente de la nada sino que beben del caciquismo, del clientelismo, del nepotismo que salpican siglos pasados. ¿El bipartidismo es una excrecencia del sistema actual? Preguntémosle a Cánovas del Castillo quien consideró que el ”mal menor” consistía en repartirse, por turnos, el poder con los liberales, liderados por Sagasta.

Barrio del Conde Duque, Madrid (entrada a un café)

Barrio del Conde Duque, Madrid (entrada a un café)

Picaresca, uso y abuso

En cuanto a la mentada  picaresca, me temo que no es un lugar común ni una etiqueta falaz: el español es pícaro en mucha mayor medida que, retomando los ejemplos del artículo de El País, los nórdicos o los alemanes. Al Lazarillo, la picaresca le sirvió para sobrevivir; tal vez a los españoles nos haya servido, durante cientos de años, y nos sirva aún, en nuestros días de crisis y paro cuasi a perpetuidad, justo para eso, para sobrevivir.

Si ha perdurado durante tantísimo tiempo es por alguna razón profunda, enraizada en la vida; en este caso, bien está. Pero, como todo, tiene un reverso oscuro, ofrece la posibilidad del abuso. Es ésta la picardía que pudre las manzanas: la que corrompe, la que acepta regalos por favores, la que lleva al ”enchufismo”, la que vacía de sentido el verbo “dimitir”, la que prefiere la trampa o el engaño a pagar el precio que se pide. Es la misma picardía que otorga (triste) realidad a la repetida apostilla “aquí el que puede, se aprovecha”, en el sentido de “se aprovecha en detrimento de alguien o algo”.

Las mimbres del cesto están podridas, sí, pero no las han corrompido ni la lluvia ni el viento ni el sol, agentes externos: la gangrena comienza en el interior, en nuestras biografías, las históricas, las presentes y las por venir. Siendo así, no tenemos que esperar a que sean los demás los que cambien: tenemos que hacerlo nosotros mismos.

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