“Mr. Turner”

Timothy Spall como J.M.W. Turner. Fotografía de Simon Mein, cortesía de Sony Pictures Classics

Timothy Spall como J.M.W. Turner. Fotografía de Simon Mein, cortesía de Sony Pictures Classics

J. M. William Turner, genio incomprendido. Otro más, y ya son legión. De hecho, diría que la etiqueta es, al menos hoy en día, un lugar común. En el fondo, es una idea romántica y, al mismo tiempo, sublime: sirve para alejarnos de los grandes creadores, para poner distancia entre ellos, que son seres especiales, talentosos, dotados, y nosotros, los que no vamos a dejar huella en la historia. Generalmente, además de geniales, son insoportables, gruñones, ariscos, solitarios… O así los recuerda la enciclopedia que compila el pasado. Van Gogh estaba loco –pudo haber sido maníaco-depresivo según los cánones actuales-; Dalí era un excéntrico; Picasso, misógino, al igual que Tolstói; Arthur Schnitzler, entre hipocondríaco y paranoico. Incluso he leído alguna teoría que desarrolla, como hipótesis, una posible relación entre la creatividad y la locura. Pudiera ser aunque dudo que la locura cree al genio; tal vez sea lo contrario lo que suceda.

En cualquier caso, lo que más me llama la atención es la reconstrucción de la personalidad del artista que hacemos. La mayoría de las biografías que los estudiosos y entusiastas de uno u otro maestro han conseguido compilar parecen más una obra de ficción que un estudio sobre hechos constatables. A base de husmear y rebuscar entre papeles, cartas, bocetos o garabateos en servilletas, de buscar el sentido a frases enigmáticas, de interpretar lo que un amigo o un enemigo dejó escrito sobre el personaje en cuestión, de contemplar, escuchar o leer sus obras, reproducimos la vida. Imposible eludir la subjetividad. Más que descubrir, recreamos, como hizo Evans en el palacio de Minos, en Knossos, con sus vistosas columnas cilíndricas rojas y negras.

Fotograma de "Mr. Turner", fotografía de Simon Mein, cortesía de Sony Pictures Classics

Fotograma de “Mr. Turner”, fotografía de Simon Mein, cortesía de Sony Pictures Classics

El ojo indiscreto de la cámara

“Mr. Turner”, la película de Mike Leigh, es un retrato tan exacto como imaginario del pintor inglés, de las personas que le rodearon durante sus últimos años de vida, de la sociedad artística londinense de la época. Probablemente el director haya intentado acercarse a la figura de Turner con la mayor verosimilitud posible –la anécdota de la boya roja la había yo leído por algún sitio tiempo ha- aunque, pensándolo bien, poco importa porque, al menos en mi caso, no me he adentrado en la oscuridad de la sala de cine para ver “Mr. Turner” con la intención de obtener datos sobre el artista sino para sentir como lo hiciera él, para ver a través de sus ojos, para trazar borrones con sus pinceles, para escupir sobre el lienzo como lo hacía él, incluso para gruñir en forma de respuesta como lo hace el actor Timothy Spall, o el mismo Billy Turner, ya que ambos son uno, unidos en una simbiosis increíble que tan pocas veces se da en el cine, a partir de la cual, como le sucedió al malogrado Philip Seymour Hoffman con Capote, persona y personaje quedan indivisiblemente unidos en nuestra cabeza.

Marion Bailey, la señora Booth. Fotografía de Simon Mein, cortesía de Sony Pictures Classics.

Marion Bailey, la señora Booth. Fotografía de Simon Mein, cortesía de Sony Pictures Classics.

No pretende ser ésta una crítica al uso de la película, para eso ya están los Boyeros, Isbert o Costa, los miles de blogs sobre el séptimo arte escritos por cinéfilos, todos ellos mejor informados que una servidora, mera aficionada al celuloide y a la pintura. Los actores están enormes, podría decir. La fotografía es fabulosa, sin duda. El guión es equilibrado, con sus dosis de tristeza, su pizca de humor, su goteo de brillantes líneas de diálogo. Hay una mezcla de dureza y ternura en varios de los personajes, en el mismo Turner, en su ama de llaves; hay guiños pedantes en los miembros de la Academia y, especialmente, en el ampulosamente redicho crítico John Ruskin; hay seres entrañables como la señora Booth o el padre del pintor; hay lunáticos, perdidos, inadaptados y endeudados pintores como Benjamin Haydon. La galería de personajes es tan rica que no queda más remedio que terminar la enumeración con un trío de puntos suspensivos.

Creo no arriesgarme demasiado si digo que lo más destacado de la literatura y del cine ingleses son sus personajes; pienso en Jane Austen, en Ken Loach, en Virginia Woolf, en Winterbottom, en los victorianos, en Dickens, en Stephen Frears, hasta en la correspondencia de Walpole, todos ellos profundos observadores de la naturaleza humana, psicólogos de tinta y pluma, exploradores de almas.

Luz evanescente

Incomprendido, leo el adjetivo entre las palabras elegidas para presentar la película. En su tiempo, unos pocos lo celebraron, otros muchos lo ridiculizaron y vilipendiaron. La Corte, mecenas aún fundamental a principios del siglo XIX en Inglaterra, le volvió la espalda con disgusto. Aún así, el pintor continuó creyendo en sí mismo y donó toda su obra al Estado para que fuera expuesta, tras su muerte, de forma conjunta y gratuita.

Por encima de todo lo enumerado con anterioridad, más allá de la interpretación dramática, del guión, de las localizaciones, del retrato de los personajes, está la obra, los cuadros de Turner, esa pintura obsesionada con la luz, con el color, con los efectos lumínicos de los reflejos, con lo efímero que consigue eternizarse en la pintura, sobre el bastidor de tela.

El taller del pintor según Mike Leigh. Fotografía de Simon Mein, cortesía de Sony Pictures Classics.

El taller del pintor según Mike Leigh. Fotografía de Simon Mein, cortesía de Sony Pictures Classics.

La belleza de los últimos cuadros de Turner reside, tal vez, en la intangibilidad que nos transmiten, en la atmósfera de ensueño real que nos envuelve, en la explosión de vida que nos arrastra. Unas pinceladas negruzcas sobre un fondo ocre, ambarino, amarillo, se convierten en una locomotora atravesando un campo sembrado o llegando a una estación de paso. Una espiral truncada que esconde el sol funciona como metáfora de la muerte y el sufrimiento que se puede observar en la parte inferior del lienzo, donde un puñado de figuras humanas diminutas son devoradas por la inmensidad del paisaje que habitan. Un barco remolcado hacia el desguace que, de cerca, se convierte en unas manchas oscuras sobre un mar tranquilo.

En su lecho de muerte, Turner susurró las palabras que podrían resumir, aunque no agotar, la búsqueda de toda su vida como artista: “El sol es Dios”.

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