La toma del poder (versión consumidor)

La verdadera igualdad no reside en el hecho de que la riqueza sea absolutamente la misma para todos, sino que ningún ciudadano sea tan rico como para poder comprar a otro y que no sea tan pobre como para verse forzado a venderse.”

Jean-Jacques Rousseau, “El contrato social”.

Escultura en el conocido como "Triángulo de Oro" de París (Francia)

Escultura en el conocido como “Triángulo de Oro” de París (Francia)

El fenómeno de la autogestión ciudadana dista mucho de ser novedoso: la agrupación de gentes que comparten intereses, que buscan alianzas o que sacan partido a la convivencia es tan antigua como el propio ser humano y es evidente en los primitivos grupos de Neandertales o de Cromañones, por ejemplo. A lo largo de la Historia, el Homo Sapiens ha creado ágoras, mercados, asociaciones, gremios y un sinfín de formas de agrupación más cuyo objetivo ha sido, en primer lugar, la supervivencia e, inmediatamente después, la mejora de las condiciones de vida. De ahí al enriquecimiento hay un paso pero éste hay que darlo, siempre, dejando a otros atrás, digamos utilizando a unos cuantos como escalón para el ascenso. La ley de la propiedad privada, si pudo llamarla así utilizando el término en un sentido muy amplio, se cumple inexorablemente: cuanto más se enriquecen unos, más se empobrecen otros, por mucho que la teoría económica capitalista defienda el –insostenible- paradigma de que la producción de bienes tiende a infinito.

Élites contra ciudadanía

Aunque parezca que estoy aprovechando la ocasión para introducir, subrepticiamente, una crítica a los adinerados que pisotean –digámoslo claramente- a los que tienen debajo, en los escalones inferiores, mi intención no es esa. Ni siquiera creo haber abandonado el tema del que trata esta entrada. He empezado diciendo que la organización de los ciudadanos, más allá de las instituciones y empresas, no es nueva. Hablo aquí de los ciudadanos en contraposición a eso que se suele denominar élites y que yo, un poco más arriba, he denominado ricos o gentes adineradas (suele coincidir que el dinero y el poder conviven en las mismas manos así que me ahorro aquello de “poderosos”). Me parece inadecuado utilizar el término élite para nominar a estas gentes ya que proviene del verbo elegir –en francés, en este caso- y, por tanto, significa “lo elegido”. Las élites deberían estar formadas por intelectuales –si es que queda alguno a salvo de la codicia o de la pobreza-, artistas, humanistas, estudiosos, científicos y demás personas preocupadas por algo más que su propio enriquecimiento y envanecimiento.

La cuestión es, desde mi punto de vista, que el incremento exponencial de la autoorganización ciudadana, que hemos vivido de unos años para acá y del que continuamos siendo testigos, es consecuencia del desencanto de las personas de a pie –llámense ciudadanos o consumidores o trabajadores- con estas mal llamadas élites. Evidentemente, el detonante de este desengaño ha sido la archinombrada crisis económica que, con el tiempo, se ha convertido en crisis social, de valores, de creencias, probablemente por dos razones: su duración y su naturaleza aniquiladora de la clase media. Agrego, sin querer ser agorera, que también ha hecho añicos el futuro, o la idea que teníamos de él; sólo hay que preguntarles a todos esos veinteañeros –y a sus familiares y amigos- que han tenido que emigrar o se lo están pensando y todos esos otros que, con un poco de suerte, conseguirán (sobre)vivir en España -peor que sus padres, por supuesto-.

Graffiti en un muro de Jaén (España)

Graffiti en un muro de Jaén (España)

¿El resurgir de la ciudadanía?

La respuesta de la ciudadanía a esta abrupta modificación de sus condiciones de vida, a este asesinato de la esperanza, ha sido múltiple. Por una parte, ha habido un intento de cambiar por los medios tradicionales, mediante la basculación del voto y la aparición en la escena electoral de partidos nuevos, generalmente más radicales o extremistas que los existentes, sea hacia la derecha o hacia la izquierda. En el vértice opuesto, han nacido, se han desarrollado e, incluso, han proliferado grupos o individuos que han considerado que la violencia, la destrucción e incluso la inmolación de la propia persona eran la solución a la situación, por desesperación, por ideología o por pura simplicidad –siempre es más difícil crear que demoler-. Entre el continuismo o conservadurismo de los primeros y el nihilismo de los segundos, encontramos el laboratorio social más prometedor de las últimas décadas, algo así como el resurgir de los fantasmas de mayo del 68, de los movimientos por los derechos civiles de la década de los sesenta, del feminismo, el ecologismo y tantos otros “ismos” que perduran aún en nuestros días.

Este nuevo espacio social abarca todos los ámbitos de la vida: desde la política hasta la intimidad, desde el consumo hasta la propiedad privada, desde la salud y la educación hasta una miríada de minorías. Como hemos podido comprobar tras unos primeros pasos más tradicionales, está menos en las calles –aunque en España tuvo su gran empujón tras el movimiento 15M que ocupó, físicamente, una plaza- que en las redes sociales, en nuestros portátiles o nuestros móviles. Es un híbrido que crece entre dos mundos, el físico, el de los bienes tangibles, el de los desahucios, los comedores sociales y las colas en las oficinas del INEM (SEPE dicen que se llama ahora), y el virtual.

Plaza de la Cebada, centro autogestionado (Madrid)

Plaza de la Cebada, centro autogestionado (Madrid)

Emancipación del consumidor

Son tantas las iniciativas de reagrupación, de autogestión, de ayuda mutua, que, si las consignara todas, la lista terminaría siendo más aburrida que esos largos párrafos del Antiguo Testamento en los que, inopinadamente, se menciona nombre tras nombre en una retahíla interminable de “hijo de” que sólo he visto igualada en la “Rihläh” -Crónica de sus (muchos) viajes- de Ibn Battuta y que perdura en el insufrible compendio de títulos de los reyes y otros aristócratas de rancio abolengo.

Pondré algunos ejemplos para ilustrar: como los bancos no conceden créditos, los emprendedores, los creadores, todos aquellos que tienen una idea que quieren poner en marcha acuden al “crowdfounding” (micromecenazgo parece ser el término elegido –y poco usado- para castellanizar el sustantivo anglosajón); como los sueldos están a la baja, el paro al alza, los impuestos disparados, la electricidad cada vez más cara y la gasolina anclada en un precio exhorbitado pese a la bajada del barril de Brent, para mantener el nivel de consumo de bienes los antiguos clientes nos hemos convertido en cooperativistas, en revisionistas del trueque, en expertos en “compartir gastos”; hemos montado huertos urbanos, nos asociamos a cooperativas de energía eléctrica, de productos ecológicos, de emprendedores; trabajamos en coworkings, llevamos en el coche a desconocidos en los viajes largos, nos unimos a otros internautas para comprar los billetes económicos de la mesa de cuatro en los trenes de Renfe; publicamos, compartimos, editamos y subimos a la Red noticias, vídeos, audios y cualquier fragmento de información que pueda ser útil a otros, desde descuentos hasta actividades gratuitas o teléfonos alternativos a los enervantes 902; apuntamos los libros que ya no queremos al “BookCrossing”, ofrecemos microteatro por la gorra, participamos en bancos de tiempo, nos pasamos por las asambleas de barrio, entorpecemos los desahucios, hacemos scratches.

Los trabajadores tomamos conciencia de nuestros derechos en el siglo XIX. Los ciudadanos nos politizamos en la década de los sesenta. En el siglo XXI, los consumidores, por fin, hemos empezado a emanciparnos de las empresas. Cuánto durará y hasta dónde llegaremos es, aún, una incógnita.

Nota: Los enlaces que he incluido en esta entrada no agotan, ni mucho menos, las iniciativas de las que sirven como ejemplo ni tienen por qué ser los más significativos; simplemente, me permiten ilustrar los diferentes puntos que establezco.

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2 comentarios en “La toma del poder (versión consumidor)

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