Derecho a matar

Graffiti en el Muro de Berlín (Alemania, 2009)

Graffiti en el Muro de Berlín (Alemania, 2009)

En la carta de Naciones Unidas no aparece. Ni en los acuerdos de Ginebra sobre derechos humanos. Es extraño, la verdad, que un derecho tan omnipresente en la Historia, que continúa teniendo plena vigencia y que, si no me equivoco, la mantendrá en el futuro, haya sido, durante siglos, ninguneado, relegado al rincón de las  cosas que suceden pero que carecen de nombre. Dudo que haya alguien que pueda mantener que el derecho a matar no existe. En mi opinión, visto lo extendido que está entre los seres humanos, debería ocupar un lugar preeminente en la lista de derechos inalienables. Se nos llena la boca con el derecho a la vida, a la dignidad, a la propiedad, a la educación, a profesar la fe de nuestra elección y tantos otros mientras que nos olvidamos de que tenemos derecho sobre los demás, sobre sus bienes, sobre sus mentes, sobre sus cuerpos, sobre su misma existencia.

El Estado

Para empezar por lo más evidente, hablemos de los gobiernos, con sus instituciones judiciales y penales y sus cuerpos de seguridad, la policía, el ejército. Los Estados ejercen violencia, sistemáticamente, sobre nosotros, los ciudadanos, y, en especial, sobre los “seres social o políticamente indeseables” y sobre “el otro”. Los límites más extremos de este ejercicio del poder los podemos situar en la pena de muerte –extinguida en muchos países pero aún vigente en bastantes- y la guerra, sea ofensiva, defensiva o esa modalidad tan en boga denominada “preventiva”. En este contexto, por supuesto, las dictaduras, las autarquías, los gobiernos nacidos de golpes de estado y demás formas más o menos unipersonales de ejercer el poder se llevan el premio gordo ya que se permiten llegar al asesinato, el secuestro, la humillación y el empobrecimiento de sus enemigos por razones tan variadas como la ideología, la distribución de los recursos, la xenofobia, la homofobia… En fin, la diferencia que se considera amenazante.

Las fuerzas de seguridad y el ejército

Detrás de los Estados, y más allá de las órdenes que se reciben, están los individuos y grupos de individuos que, ejerciendo la violencia en nombre del poder, se extralimitan. Con cierta frecuencia llegan hasta nuestros oídos noticias de “muertes accidentales” de personas que han sido detenidas –o que, en el transcurso de una detención, debido a los golpes recibidos o por asfixia, por ejemplo, han fallecido-. Sin duda, las noticias que más llaman nuestra atención por su brutalidad e, incluso, inmoralidad –si es que hay grados de moralidad en el asesinato-, son las que nos asaltan, de vez en cuando, en contextos bélicos: torturas, decapitaciones, ejecuciones sumarias… Por lo visto, para liberar a unos hay que condenar a otros, no hay sitio para todos en nuestro pequeño planeta.

En el nombre de…

En la misma lista, encontramos a aquellos que ejercen la violencia en nombre de símbolos, de creencias, de simpatías, de ideas. El poder de estas personas (o grupos) es fáctico, no en el sentido tradicional del poder que ejerce la prensa o la banca o la Iglesia, sino en el más concreto de la posibilidad de dañar o dar muerte a otros. Cualquier persona con un arma puede matar; en Estados Unidos –y en otros países-, los adolescentes compran armas y entran en sus institutos disparando contra sus compañeros y profesores; en París, tres personas suben a la redacción de un semanario y disparan contra los trabajadores; en Madrid, en Londres, en Kabul, en Jerusalén, individuos forrados de explosivos se inmolan o dejan una mochila cargada de bombas que hacen estallar segando la vida de decenas de personas; en las calles de miles de ciudades se cometen asesinatos a diario fruto de vendettas, de luchas por el territorio, de intentos de robo…

También está, no me olvido, la violencia gratuita, es decir, la que ni siquiera pretende escudarse en una excusa, la de los ultras de fútbol, la de las tribus urbanas, la de los sádicos que matan por el gusto de matar, la denominada de “género”, la impuesta a algunos niños por padres o parientes desquiciados.

Derecho a matar

El tabú de la muerte parece evaporarse detrás de la noción de asesinato. Morir es inconcebible pero matar es fácilmente digerible, por lo visto, lo hacemos constantemente, sin pesar, sin remordientos. Matamos al otro, al que piensa diferente, al que es distinto, pero también a nuestros propios familiares, a nuestros compañeros, a nuestro conyuge, a nuestros hijos. El derecho a matar sobrevuela nuestras conciencias sin dejar huella, sin explicación alguna, como una incógnita que, a los espectadores, nos deja estupefactos, anonadados. Simplemente sucede que, en ocasiones, dejamos de ser espectadores para ser ejecutores, ¡metamorfosis tan vacua y tan terrible!

La pregunta asalta mis pensamientos, me da miedo incluso formularla, temo que la respuesta sea afirmativa: ¿tenemos derecho a matar, a segar la vida de otra persona, a terminar con su existencia, a atentar contra lo único que es, realmente, sagrado –principio y fin de todo-: la vida?

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