Verdades inamovibles

Las cuentas nacionales son una construcción social, en perpetua evolución, reflejando siempre las preocupaciones de la época” Thomas Piketty, “El capital en el siglo XXI”

Graffiti (Estambul, Turquía)

Graffiti (Estambul, Turquía)

Nuestras vidas están llenas de verdades inmutables, imperecederas, eternas. La propia Historia está trufada de ese encadenamiento de ideas que, según la época y los tiempos que toca vivir, se vuelven prístinas, por riguroso orden de adecuación a la situación. Son anclas que nos permiten mantener bajo control un mundo que nos sobrepasa, que suele situarse más allá de nuestro entendimiento, en el que los dioses y los poderosos se rifan la cumbre del Olimpo y, el resto, mendigamos salud, amor y dinero. Pero sucede que la realidad se desmiente a sí misma con una sistematicidad rayana en la demencia: lo que hoy es inapelable, mañana será refutado.

A lo largo de los siglos, la verdad ha estado siempre a nuestro lado; cuando una verdad era desmentida, la reemplazaba otra, ésta sí, por fin, la definitiva, la Verdad (con mayúscula). A esto lo llamamos razón: tener razón, llevar la razón. Antiguamente, los griegos, padres de la filosofía, cuando hablaban de “razón” ponían el acento no en la capacidad de reflexionar que implica sino en la más contradictoria y enriquecedora de “cuestionar”. Sin embargo, desde hace tiempo “tener razón” se utiliza para situar una idea o un pensamiento en la cúspide de la pirámide de las certidumbres. Da la sensación de que a esta palabra la rodea un aura de irrefutabilidad. “Razón” es, como no puede ser de otra manera, muy amiga de “verdad”; la primera se emplea más para juicios y, la segunda, para hechos. Pero muchas veces se confunden, ¿quién lleva la razón y no está diciendo la verdad? ¿No están las verdades fundamentadas en sólidos razonamientos? En esta ecuación, el único elemento que crea un cortocircuito es el factor tiempo, el transcurso de las estaciones, la sucesión constante de un año detrás de otro. El pasado nos afianza en nuestras creencias, el presente nos permite apuntalarlas. Es el futuro el que nos traiciona con su estandarte en forma de incógnita.

Necesitamos certidumbres para poder levantarnos cada mañana y dar los pasos imprescindibles para recuperar, tras el sueño, nuestra rutina diaria. Estas certezas, estos dogmas, nos los ofrecen desde la cuna hasta la tumba, empezando por nuestros padres cuando somos niños, los profesores y los libros de texto en el período de escolarización, los medios de comunicación a lo largo de toda nuestra vida, nuestro círculo de amigos, nuestro entorno laboral, nuestros vecinos, los científicos que investigan, los políticos que gobiernan, los ingenieros que construyen, los literatos que escriben y tantos otros eslabones de la cadena de cromosomas que conforman el ADN de nuestra realidad.

Según vamos navegando por las diferentes etapas de la vida, hacemos lo que hemos dado en llamar “madurar”, una actividad intelectual (y física, claro es) que podríamos resumir con la frase “¡Qué tonto/inocente/alocado/simple era yo cuando tenía X años!” Cuando somos pequeños, pensamos en los bebés como indefensos renacuajos sin juicio; cuando llegamos a la adolescencia, nos acaloramos recordando lo naïf que éramos durante la infancia; la juventud, la veintena, los primeros treinta, nos hacen renegar de esa época de rebeldía ciega e idiotez profunda que, no sabemos cómo, nos poseyó durante algunos años antes de cumplir la mayoría de edad; ni que decir tiene que, llegados a la cuarentena o la cincuentena, estamos seguros de haber alcanzado, al fin, un punto de equilibrio entre el sosiego y la acción, entre la estulticia y la sapiencia. Nos metemos ahora en los sesenta, los setenta y más allá, cuando, ahora sí que sí, somos detentadores de las verdades únicas, inamovibles y definitivas. Exactamente igual que durante las décadas anteriores, para ser sinceros, porque la verdad siempre está con nosotros, incluso si somos escépticos, incluso si pensamos que somos los campeones de la incredulidad.

Después de esta reflexión, lo único que tengo claro es que todo lo que he escrito más arriba es tan cierto como falso, tan exacto como incorrecto. Como todo lo que hace y piensa el ser humano. Aunque nos pese reconocerlo, es la única manera de que seamos personas verdaderamente libres: sin dogmas, sin axiomas, sin certidumbres. Sin cadenas.

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