I Love Gourmet

De pintxos por la Cava (La Latina, Madrid)

De pintxos por la Cava (La Latina, Madrid)

No se trata simplemente de vender alimentos; hablamos de vender sueños”, afirma un asesor italiano de grandes grupos de alimentación, hablando del mercado de productos gourmet. Suena a reclamo marketiniano, a descarada estrategia de venta, a eslogan de agencia de comunicación orientada al cliente. Es cierto, hay mucho de humo en las propuestas gourmet. Pero también hay un poso de verdad sociológica e, incluso, psicológica en el auge de estos productos.

Es imposible poner en duda que la alimentación gourmet está de moda. Incluso con la más grave crisis económica arreciando. Al fin y al cabo, los ricos siguen siendo ricos, ¿no? El mercado del lujo bascula pero no desaparece: de los rusos se vuelve hacia los chinos, de éstos a los árabes, a los indios, a los multimillonarios de esa América del Sur que tantas imágenes de pobreza y revuelta social nos brinda semanalmente. No me olvido de los adinerados banqueros y empresarios de los países occidentales, de la antigua aristocracia, de los nuevos ricos, de los herederos de grandes imperios comerciales. Ahí siguen, constituyendo una minoría que posee apartamentos o villas de  500 metros cuadrados, coches de gama alta, jets privados. Paladean caviar iraní, beben champán francés de 200€ la botella y piden esferificación de tomate y aceite de oliva en restaurantes cuya carta no presenta ningún plato por el que haya que pagar menos de tres cifras.

Pero constatemos un hecho: el apogeo de lo gourmet no se debe a este selecto clan de gente rica y privilegiada que antes, como ahora, consumía productos de alta calidad inalcanzables para el bolsillo de la clase media. Precisamente es este grupo mayoritario de la población, la afamada (y en vías de extinción) clase media, la que demanda y consume la alimentación gourmet. No se pueden permitir comprar un Ferrari o un Rolls Royce, ni un vestido de Dior ni unos zapatos Manolo Blahnik o Jimmy Choo, ni unas vacaciones exclusivas en yate privado. Pero sí que pueden  pagar 5 o 10 o 20€ por un bote de 25 gramos de mousse de canard trufado o de melva canutera del Cantábrico o de Oro del Desierto (aceite de oliva, solía llamarse). A mitad de camino entre el capricho y la necesidad.

Lo sibarita se populariza

El negocio de lo gourmet, de la excelencia alimentaria, de lo premium (un nuevo concepto que podría traducirse como “lujo asequible”, ofrecido por destilerías de ginebra, gastrobares, cerveceros artesanos, queserías ecológicas y demás negocios que podríamos mencionar bajo esta etiqueta) empezó a desarrollarse en los años 80 en Estados Unidos, precisamente en uno de los países con menor tradición gastronómica del mundo, el centro neurálgico del fast food (o junk food, comida rápida o basura), el paraíso de las grasas saturadas, el emporio de los kilos de sobrepeso y obesidad. De cualquier modo, no nos extraña que los comienzos fueran en la meca del liberalismo económico, del capitalismo, de la sociedad del consumo. De ahí, se extendió a Japón, a Australia, a Europa. Años más tarde, llegó a España. De hecho, en nuestro país continúa creciendo el negocio de este tipo de alimentación, pese al 25% de paro, los recortes de los salarios y de los servicios públicos, las subidas de impuestos…

Es difícil acotar el mercado de productos de alimentación gourmet. Por una parte, encontramos las “Denominaciones de” Origen, Específicas, Protegidas o la variante Indicaciones Geográficas Protegidas. En nuestro país, además, como somos evidentemente contrarios a la homogeneidad, cada comunidad autónoma tiene una o más “marcas” propias: “Marca de Garantía de Calidad”, “Marca de Calidad Alimentaria”, “Denominación de Calidad”, “Registrado y Certificado” o “Marca Q”. La alimentación biológica/ecológica también suele ser incluida en el apartado. Hay quien prefiere el término delicatessen. Todo muy francés, en cualquier caso: da caché el idioma galo, que duda cabe.

Podemos encontrar estos productos en tiendas y supermercados especializados, en rincones acondicionados de grandes superficies del segmento alto (de ingresos) e, incluso, formando parte de la línea de “marca blanca” de algún que otro distribuidor mayorista de alimentos. En los hipermercados low cost, de vez en cuando, publicitan una serie de productos de gama “deluxe” –le robo el ejemplo al Lidl- que suelen presentarse en envases pequeños, de cuidado diseño, tipografía elegante y fondo negro. Son más caros que el resto de productos que los rodean pero no tanto como para ser prohibitivos: tienen su público, fiel pese a lo esporádico de la compra.

Bar en la Cava (La Latina, Madrid)

Bar en la Cava (La Latina, Madrid)

Ser o parecer

Me pregunto a qué principios responde la moda de lo gourmet. Y si es pasajera o ha llegado para quedarse. A priori, podríamos pensar que las clases medias y bajas pretenden emular –a la manera enunciada por Thorstein Veblen-, a las clases altas: un toque de snobismo, una pincelada de glamour, un paso más en ese “quiero y no puedo” tan caro a nuestra época de consumismo exacerbado y hedonista. Pero, detrás de las meras apariencias, parece que hay algo más, una cierta tendencia sociológica, un destello de la eterna búsqueda de la felicidad.

¿Os acordáis cuando le pedíamos las recetas de cocina a nuestra madre (o a la abuela o a la tía)? Ahora nos las brindan cocineros con estrellas Michelín, a través de programas-concurso de la televisión, de blogs o de vídeos colgados en YouTube. Hasta hace un lustro, “rotavapor” nos sonaba, tal vez, a barco; nitrógeno líquido a tratamiento médico; gelificación a chino y olla “a depresión” no podía ser otra cosa que un chiste malo. Hoy en día, la cocina molecular nos resulta casi tan familiar como el tradicional “sofreír la cebolla hasta que esté bien dorada”. Una vez al año, tiramos la casa por la ventana y vamos a cenar a uno de esos restaurantes en los que los platos de la carta necesitan dos líneas de texto para expresarse en todo su esplendor. Si tenemos que hacer un regalo a alguien que “ya tiene de todo”, nos salva del oprobio un buen vino o una selección de quesos artesanos o esa botella de aceite de cerámica y aquel paté de aceitunas negras presentado en vidrio, con su elegante etiquetado. Sin olvidarnos de nuestro propio disfrute, cuando entramos en la tienda de delicatessen y husmeamos aquí y allá, babeando por dentro, para terminar escogiendo un único paquetito o botecito que, durante horas, hará las delicias de nuestra mente, justo antes de hacer las delicias de nuestro paladar.

Demostramos estima a los demás, nos valoramos un poquito más gracias al consumo de productos gourmet, el objeto se torna experiencia, compramos felicidad. Y, además, nos cuidamos: por fin hemos dejado atrás el afán por engullir; ahora, disfrutamos con la comida, nos deleitamos. Visto así, ni lo gourmet es (demasiado) caro ni es una moda pasajera. Es un pedacito de otra vida que sólo se puede construir a retazos. Pero, sobre todo, es un gran negocio: sólo hay que preguntarles a los grandes “capos” de la moda italiana del lujo –los dueños de Prada, Vuitton o Diesel-, por ejemplo, que han empezado a invertir con gran interés en este tipo de productos. Empezaron con el vino y ya están en los postres. Hablamos de vender sueños, con G de Gourmet, con G de Ganancias.

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Un comentario en “I Love Gourmet

  1. Pingback: Consumidores imperfectos | A la atención de quien proceda

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