Planeta Deuda (I)

La deuda vista desde Argentina (fuente: http://museodeladeuda.econ.uba.ar)

La deuda vista desde Argentina (fuente: http://museodeladeuda.econ.uba.ar)

No dispongo de la estadística pero estoy segura de que la palabra “deuda” es una de las más utilizadas, publicadas y voceadas desde el comienzo de la infausta crisis financiera, sea por los gobernantes, los medios de comunicación, los “líderes” económicos o, en la vida diaria, en el bar o en el hogar. Ya antes se empleaba con soltura, y hasta con alegría, pero en menor medida. En el último lustro, se ha vuelto ubicua.

Me llama la atención que las connotaciones que ha adquirido la palabra “deuda” son, a menudo, antitéticas de aquellas que han cargado el término durante siglos. Antes, estar endeudado era deshonroso. Hoy, no sólo es conveniente, necesario, sino que nos convierte en dignos y respetables ciudadanos: alguien sin deudas es sospecho.

Caída libre del crédito

Desde 2008 somos, comprensiblemente, más infelices que antes: el dinero ya no fluye como antaño, en forma de préstamos, de bonos, de créditos. Los tipos de interés están por los suelos y el mercado inmobiliario hundido así que, para rascar algún beneficio, hay que recurrir al mercado de valores y a los grandes fondos de inversión, siempre que tengas un buen puñado de, como mínimo, varios miles de euros o dólares.

Me pongo a pensar y las exclamaciones borbotan en mi cerebro:

¡Qué sufrimiento el del consumidor de a pie que no puede tener acceso a tantas tarjetas de crédito, tantos préstamos y tantas hipotecas como quisiera! Le recriminan su insolvencia ahora que ha sido desahuciado o está en el paro o tiene que mantenerse o mantener a la familia con su sueldo de –casi- mileurista.

¡Qué desazón la soportada por las entidades bancarias que no pueden prestar dinero por falta de liquidez, que tienen que tragar con unos tipos de interés cercanos a cero, que no reciben los préstamos deseados de los bancos centrales!

¡Qué resignación tan triste la de los Estados que emiten deuda y no consiguen colocarla toda o se les imponen altos intereses que la hacen menos atractiva!

La imposibilidad de endeudarse (más) es una losa que pesa terriblemente sobre todos nosotros, ciudadanos, empresas, Estados.

Deudas de ayer y de hoy

Durante las décadas de gobierno de Felipe II (siglo XVI), cuando en España se decía aquello de “en nuestro imperio no se pone el sol”, el país estaba en bancarrota. El descubrimiento de América y de todas sus riquezas, importadas a la fuerza en galeones repletos de oro y joyas, sirvió para enriquecer a algunos españoles –los conquistadores exitosos que, salvo excepciones, lo invirtieron en banquetes, bebida y mujeres- y a un puñado de comerciantes ingleses y holandeses, además de a los estados que amparaban sus operaciones financieras y mercantiles. España se endeudó profundamente.

Durante siglos, la figura acreedora por antonomasia, denostada y odiada a partes iguales, ha sido el usurero. Desde tiempos inmemoriales, los judíos han llevado este sustantivo adherido al de su origen semítico y su religión. Nadie los consideraba prestamistas –esos eran los nobles, la aristocracia y los ricos mercaderes- porque esta palabra carecía de las connotaciones negativas que sí que tiene el término “usurero”. En los últimos tiempos hemos oído llamar “usureros” a los bancos, tras los sonados casos de corrupción –de Bankia y la CAM, los más sangrantes en nuestro país-, la venta de productos financieros fraudulentos y la marea de desahucios que hemos vivido.

La deuda vista desde Argentina II (fuente: http://museodeladeuda.econ.uba.ar)

La deuda vista desde Argentina II (fuente: http://museodeladeuda.econ.uba.ar)

Hoy en día, salvo en grupos minoritarios de tradiciones muy arraigadas, la “deuda de sangre” suena a rancia venganza. Responde más al palpitar del corazón que a intereses económicos aunque éstos, en verdad, aparecen muchas veces escondidos entre sus pliegues: reyertas familiares por herencias, envidias vecinales hijas del tener o no tener, engañosas vendettas entre mafias y pandillas criminales por el control de un territorio o de un mercado (probablemente, ilegal).

Aún perdura, aunque sin el lustre de otros tiempos, la deuda debida al préstamo pecuniario de amigo a amigo o de familiar a familiar. Una desviación evidente de esta práctica es la que llevan a cabo esos personajes de la novela rusa –entresacados de la realidad- que vivían de abusar de la confianza y de la paciencia de los demás o de hacer favores y quedarse con los rublos del cambio (pululan en las obras de Tolstoi, de Dostoievisky, de Chéjov, en el “Oblomov” de Goncharov…)

En “Las correcciones”, novela finisecular de Jonathan Franzen, Chip le debe a su hermana 20.000$, deuda que le pesa en la conciencia y le lleva a tomar decisiones vitales que cambian el rumbo de su vida. Si Chip le hubiera debido esos mismos 20.000$ a un banco, ¿habría actuado de la misma manera? Evidentemente no. Es más, probablemente se hubiera visto obligado a coger cualquier trabajo detestable, con un salario misérrimo, en lugar de meterse en embolados fraudulentos en Lituania -y no habría habido novela-.

¿A qué se debe esta diferencia? El crédito bancario –si hubiera conseguido obtenerlo-, le obligaría a quedarse dentro del sistema, porque la deuda la tendría con una institución, con un ente y no con una persona. A Chip su hermana le puede condonar la deuda a cambio de una mirada, de un gesto. El banco le embargará –si puede-, le desahuciará –de nuevo, si puede- y luego le cobrará intereses por las molestias. “Money makes the world go round” como cantaba Liza Minelli en el archifamoso número de “Cabaret”.

(“Planeta Deuda II”)

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Un comentario en “Planeta Deuda (I)

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