Desolación

Leviatán” y “Sueño de invierno”, dos antiepopeyas sobre la soledad

Leviatán y Sueño de invierno, dos antiepopeyas sobre la soledad

Leviatán y Sueño de invierno, dos antiepopeyas sobre la soledad

La costa se recorta en la penumbra del anochecer. Las olas del mar de Barents rompen con fuerza contra los riscos oscurecidos tras la caída del sol. Un camino ancho, polvoriento, bordeado de rastrojos quemados por el frío, choca contra una torreta eléctrica: la huella del hombre en ese paisaje agreste, inhóspito, calmo. Estamos en Rusia, en un lugar indeterminado al norte del país. Varios fotogramas se suceden. Los personajes dialogan, gritan, ríen, sufren, hacen el amor. Entre sus semejantes, están solos. En su soledad, parecen perdidos, incomunicados, taciturnos.

Leviatán”, del ruso Andréi Zviáguintsev, es un canto afónico y melancólico sobre el abuso de poder, sobre la corrupción de las autoridades públicas en los dominios geográficos de Vladimir Putin. Es, que duda cabe, cine-denuncia, una película con mensaje, un ovillo formado a base de tensar los hilos de la realidad. Pero, sobre todo, es una mirada desapasionada y brutal, que cae como un martillo sobre el alma eslava.

Los personajes poderosos nos resultan antipáticos: ese alcalde corrupto, zafio, entrado en carnes, con su traje impoluto, la conciencia tranquila y las manos sucias de injusticias; esa jueza que lee, con voz impersonal, monótona y exasperante, la condena injusta; ese pope que vive como un faraón y exuda empalagosa falsedad. Pero también nos resultan ajenos y un tanto fastidiosos los personajes “del pueblo”: el abogado moscovita, tan pagado de sí mismo; el marido, padre y defensor de su casa familiar, alcoholizado y violento; el policía fanfarrón y sanguijuela; el niño atormentado hasta convertirse en repelente; la mujer aún joven pero de rostro marchito, perpetuamente apenada.

Aunque el mensaje principal que quiere transmitir es evidente, el director se encarga de destruir la imagen idealizada del luchador solitario, del héroe sin tacha. Pero tampoco construye un antihéroe. Sólo es un hombre, una mujer, un niño: un ser humano luchando contra la maquinaria de un Estado corrupto, contra la herencia del comunismo, contra la historia.

Fotograma de “Leviatán”, del director ruso Andréi Zviáguintsev

Fotograma de “Leviatán”, del director ruso Andréi Zviáguintsev

El título de la película proviene de la Biblia, del libro de Job, el personaje del Antiguo Testamento más paciente y desgraciado (no creo yo que compense lo que el hombre sufrió con la longevidad que le fue concedida). El párroco local pretende convencer de su punto de vista al protagonista con palabras extraídas del libro santo: “¿Sacarás tú al leviatán con anzuelo,/ O con cuerda que le eches en su lengua?” Fácilmente podría también tratarse del Leviatán de Hobbes, la ley del más fuerte, su categórico “el lobo es el lobo del hombre”. De eso trata, al fin y al cabo, el guión de la película. Detrás de esa idea, hay mucho más: hay vida y muerte, risas y lágrimas, belleza y monstruosidad.

Por una razón que a mí se me antoja evidente, “Leviatán” me trae a la memoria la última película del turco Nuri Bilge Ceylan, “Sueño de invierno, un nuevo paso del director hacia la destrucción (la del yo y la de los otros) como catarsis, como salvación, como modus vivendi. Ambas obras se sumergen en las gélidas aguas de la instrospección llegando a cotas de soledad tan elevadas que el paisaje yermo e infértil termina pareciéndonos, frente al sufrimiento de los personajes, sutil, quebradizo, poético.

Incapaces de aspirar tan siquiera a su pequeña parcela de felicidad, la prometida por la religión (“Leviatán”) o por la creación literaria (“Sueño de invierno”), los hombres y mujeres que respiran entre los fotogramas se empeñan en ser infelices. Los diálogos duelen, los actos que llevan a cabo son, en su nimiedad, definitivos. Una palabra, una mirada, un gesto, una negativa, cualquier pequeño movimiento vital provoca un terremoto emocional silencioso.

Fotograma de “Sueño de invierno”, del director turco Nuri Bilge Ceylan©

Fotograma de “Sueño de invierno”, del director turco Nuri Bilge Ceylan©

Leviatán” está protagonizada por un hombre de mediana edad que lucha por conservar la casa de su familia. “Sueño de invierno” tiene como personaje principal al dueño de un hotel horadado en las singulares rocas de Capadocia. Encontramos dos mujeres junto a estos dos hombres: mujeres enamoradas, sufrientes, esposas jóvenes aún, víctimas de los egos de sus maridos, castigadas con crueldad por otros miembros de la familia (el hijo, la hermana).

En las dos películas, la fotografía es dolorosamente bella; la luz se vuelve tangible, palpable, acaricia los objetos y a los personajes, dejándolos inermes, como congelados en el tiempo y el espacio.

Ninguno de los dos directores pertenece a una corriente cinematográfica concreta pero ambos parecen beber de la fuente inagotable del neorrealismo italiano y de la Nouvelle vague francesa, de la contención lírica del Tarkovski de “Sacrificio”, de la impenetrabilidad de “El sabor de las cerezas” de Abbas Kiarostami, del Kieslowski del “Decálogo”. Una obra personal, la de ambos realizadores, que no pretende desligarse ni de la realidad ni de la historia del séptimo arte.

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