Bratislava (Eslovaquia)

Comunismo a pedazos, cosmopolitismo estilo siglo XXI y reminiscencias de la Gran Moravia: si la mezcla fuera factible, sólo podría llamarse Bratislava

La torre St. Michael (Bratislava, Eslovaquia)

La torre St. Michael (Bratislava, Eslovaquia)

Bratislava es una de esas ciudades europeas que te suenan pero no sabes bien de qué.  Desde que Checoslovaquia fue divida en dos países, la República Checa y Eslovaquia, Praga se ha llevado todo el protagonismo y, su hermana pobre, la capital de la mitad situada más al Este, fue a parar al cajón de sastre de los libros de Geografía del colegio: ¿Capital de Eslovaquia? Humm, humm, humm, ¿Sofía? No, no… ¿Bucarest? Espera, no, era esta otra de nombre divertido: ¿Tirana?

Cuando el tren de la línea Budapest-Cracovia para en la estación de Bratislava (ida y vuelta unos 18-20€ al cambio), te das cuenta de que los 160 kilómetros que separan ambas ciudad –alguno más de los que hay entre Madrid y Segovia, por ejemplo- no sólo son una distancia física: la atmósfera budapestina, esa mezcla de nostalgia elegante, decadencia floreciente y modernidad perezosa, se ha transformado en algo un tanto más vulgar, tal vez sucio, desastrado. Esa es la primera sensación que tienes cuando sales de la estación por un lateral, al que dan las vías, y ves unos cuantos puestos ambulantes y tres vulgares quioscos de comida rápida. Una hilera de paradas de autobús semitechadas flanquean la orilla izquierda de la avenida que desciende hacia lo que, intuitivamente, pensé que sería la ciudad: no pude encontrar ni rastro de un mapa o de alguna señal que indicara por dónde se iba al centro.

El antiguo ayuntamiento (Bratislava, Eslovaquia)

El antiguo ayuntamiento (Bratislava, Eslovaquia)

Avanzando hacia el casco antiguo, mi mirada se cruzaba con edificios decimonónicos en avanzado estado de decadencia: fachadas con la pintura desconchada, piedras o ladrillos arrancados -¿por el viento, por el propio paso del tiempo?-, balaustradas oxidadas… Al llegar a una gran plaza en la que había una fuente con una bola metálica del mundo, de bastante mal gusto, me topé con el primer edificio significativo, el palacio de Grassalkovich, bautizado con el nombre del Consejero de la Emperatriz María Teresa y erigido a mediados del siglo XVIII, un antiguo palacete de verano, de estilo rococó, blanco inmaculado, cerrado por una verja de hierro con terminaciones doradas, en el que montaban guardia dos impertérritos soldados en atuendo de gala. Hoy en día es la residencia del presidente de la república eslovaca.

Por fin encontré la señal que indicaba dónde estaba el centro. Bajé un poco más y, al girar por una calle muy ancha por la que sólo podía circular el tranvía, lo vi, erguido en toda su mole sobre el altozano, contemplando impasible el fluir del resto de la ciudad: el castillo de Bratislava, que se comenzó a construir en el siglo X; un castillo que más parece sacado de un cuento para niños que de la Historia: perfectamente cuadrado, sin murallas, de un blanco inmaculado, con cuatro torrecillas coronadas por chapiteles en forma de cono, de teja anaranjada. Desde aquella altura, el visitante divisa la ciudad moderna, que se expande al otro lado del Danubio con sus coloridos bloques de viviendas de hormigón y cristal.

El casco antiguo es como una pequeña alcachofa de hojas apretadas; hay que ir separando con delicadeza cada una de ellas para descubrir los pequeños tesoros que guarda, hasta llegar al corazón, tierno y efímero: el antiguo ayuntamiento, un edificio de piedra amarilla cubierto por un encantador tejado a dos aguas, de brillantes tejas verdes esmaltadas recorridas por un dibujo geométrico en tonos rojos y naranjas. La torre del ayuntamiento se yergue por encima de los tejados de la ciudad y, en las alturas, hace compañía a la única torre medieval conservada, la de St. Michael, de cuerpo blanco rectangular, cubierta bulbosa y un reloj sin agujas en el que el tiempo se ha detenido para siempre.

Escultura en la calle (Bratislava, Eslovaquia)

Escultura en la calle (Bratislava, Eslovaquia)

Paseando por las calles, una se topa con el buen humor de los bratislavos: esculturas labradas en el suelo, una incluso con forma de botón con los hilos cruzados; una figura de bronce saliendo burlonamente de una alcantarilla de pega; un pequeño personaje plateado que nos invita, con un ademán del brazo, a penetrar a través de un portalón; graffitis multicolores que adornan las otrora tristes columnas de la estación de autobuses… Una ciudad que vive, que palpita, que se deja mecer, que renace. Un punto y seguido en la Europa Central, escondida en el centro del triángulo formado por Viena, Praga y Budapest.

[Nota: Esta entrada inicia una serie, discontinua, caprichosa e intermitente, sobre ciudades europeas que he visitado. El título de la colección, “Mis andanzas por Europa“, es el título de un libro de Charles Chaplin; lo tomo prestado para darle un nuevo uso, con su imposible aquiescencia.]

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