Copenhague (Dinamarca)

Piel escandinava, corazón mediterráneo

La ciudad desde la torre de San Salvador, Copenhague (Dinamarca)

La ciudad desde la torre de San Salvador, Copenhague (Dinamarca)

Al desembarcar en el moderno aeropuerto de Copenhague, coger el metro para llegar hasta el centro de la ciudad y pasear, por primera vez, por sus amplias y bien pavimentadas vías, una tiene la sensación de haber puesto pie en otra de esas ciudades europeas que, aunque no carecen de encanto y de carácter, resultan un tanto asépticas, algo aburridas, demasiado tranquilas. En cuanto empieza a anochecer, un velo de sueño cae sobre la urbe, los ruidos se amortiguan, los murmullos callejeros se apagan y sólo quedan los destellos luminosos de las bombillas de algunos apartamentos, de un puñado de televisores y de los luminosos de contados comercios, especialmente los dedicados a la venta de comida rápida, regentados por inmigrantes en su mayor parte.

Como también sucede en otras poblaciones del norte, las viviendas tienen grandes ventanales sin persianas ni cortinas, para aprovechar todo lo posible la escasa luz natural que les brinda el sol a lo largo del año. Los ojos extranjeros, los míos al menos, se paran en el interior de las viviendas y se sorprenden al percibir la rutina diaria enclaustrada en su prisión de cristal y cemento. Los habitantes de los países mediterráneos estamos acostumbrados a hacer vida en la calle, en las terrazas de los bares, en los parques y, en cambio, somos bastante celosos de nuestra intimidad de puertas para adentro, más allá de las rejas, los portalones, los visillos, los toldos y los cortinajes detrás de los que nos parapetamos del sol y de las miradas ajenas.

Jardínes del Tívoli, Copenhague (Dinamarca)

Jardínes del Tívoli, Copenhague (Dinamarca)

Resulta complicado definir a un pueblo con pocas palabras, ni siquiera es sencillo hacerlo cuando se ha vivido durante varios años en un mismo lugar o cuando se trata de hablar del propio origen. Desde el punto de vista del turista, podemos jugar con los tópicos, que suelen estar salpicados de parte de razón, y decir que los daneses son educados, desapasionados, ecologistas, amantes del aire libre y del diseño sencillo, práctico y funcional. Incluiría en este cuadro definitorio y comprensiblemente reduccionista que han aprendido a ser grandes gastrónomos a base de reinterpretar –y reinventar- sus propias recetas de cerdo, pescado y verduras; con una inconfundible influencia de la cocina francesa, eso sí.

Dinamarca es un país de navegantes y mercaderes, de sagas y epopeyas de reyes conquistadores, de Hamlets a los que consume la culpa. Mira hacia el mar y éste le devuelve la atención con rotunda furia, royendo las orillas de sus costas, golpeadas también por el constante viento, esbozando un paisaje de hierbas altas y arena, el que ve el viajero al recorrer la compartida península de Jutlandia, mitad danesa, mitad alemana. Los fiordos y los conjuntos de pequeñas islas son los accidentes geográficos más característicos del país. En Selandia, la isla más grande del conjunto, se sitúa Copenhague, la capital, enfrentada a la ciudad sueca de Malmö y unida a ésta por un gigantesco puente de esbelto trazado (puente de Oresund).

Detalle de un restaurante en Christianshavn, Copenhague (Dinamarca)

Detalle de un restaurante en Christianshavn, Copenhague (Dinamarca)

Copenhague invita a pasear por las calles de su concentrado centro histórico, peatonales la mayoría, entre edificios de ladrillo y coloridos escaparates; a alquilar una bicicleta y recorrer a fuerza de pedales los suburbios, tan diferentes a los de ciudades de pasado industrial como Manchester o Hamburgo; a deambular en busca de los numerosos parques y rincones tranquilos que nos ofrece. Resulta extraño pensar que en esta urbe y en su extrarradio vive un cuarto de la población de toda Dinamarca, tan espaciosa y calma le resulta al viandante. Durante nueve meses, los habitantes de Copenhague se refugian del frío y la lluvia en sus coquetos apartamentos, esperando que los primeros rayos de sol anuncien la corta primavera; es entonces cuando salen a la calle, ocupan las terrazas de bares y restaurantes, las plazas públicas, los espacios alfombrados de verde césped.

Voy a evitar hacer un recorrido por los monumentos y reliquias del pasado que nos ofrece cualquier guía sobre la capital danesa. Allí encontraréis el famoso parque de atracciones, el Tívoli, recoleto y animado punto de encuentro de oriundos y extranjeros; la iglesia de San Salvador, al otro lado del canal principal, con su estilizada torre negra en espiral desde la que se puede otear la amalgama de tejados que se pierde en el horizonte; la conocida ciudad libre de Christiania, un barrio fuera de la ley, un experimento comunitario de los setenta que se ha convertido en un extravagante centro comercial abierto 24 horas, lleno de puestos de camisetas con mensajes libertarios y puestos de comida grasienta; tal vez detrás de las fachadas de las naves cerradas a cal y canto se encuentre el verdadero espíritu del Christiania primigenio: al visitante temporal esta visión le está vedada.

Barco herrumbroso en el canal principal de Copenhague (Dinamarca)

Barco herrumbroso en el canal principal de Copenhague (Dinamarca)

Los barcos surcan el canal de límpidas aguas, los turistas pulsan convulsivamente el botón de toma de sus aparatos fotográficos, en modo panorámico, a poder ser, mientras buscan la archiconocida –y poco impresionante- escultura de bronce de la Sirenita. A ambos lados de las mansas aguas del canal, edificios antiguos y modernos se confunden, armonizan y conviven en una complicada simbiosis que, en muchas otras ciudades, resulta estéticamente antipática. No es el caso de Copenhague; en ella conviven el cubo acristalado que lleva el letrero de Teatro de la Ópera, la residencia oficial de la realeza -el palacio de Amelienborg– o la innominada iglesia de Mármol, con el bien conservado y rehabilitado patrimonio arquitectónico industrial.

Sólo un detalle más, en este caso práctico, antes de poner el punto final a esta entrada: si visitáis la ciudad, probad el arenque (os recomiendo un restaurante con mucho encanto y buena relación calidad/precio, MaVen) y tened en cuenta que el nivel de vida en Copenhague es mucho más elevado que en España.

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