Viajes desde el sillón

Isla Tristán de Acuña vista desde el espacio

Isla Tristán de Acuña vista desde el espacio

Parafraseando a Mario Benedetti, él hablando de amor, yo de libros, podríamos decir que la literatura de viajes no es un viaje “sino un informe de la ausencia, un pobre sustituto de la experiencia real. Pero también podríamos pensar que recorrer lugares a través de las palabras y los ojos de otras personas nos puede aportar, además de información, otro punto de vista, sensaciones diferentes, tal vez imposibles de obtener de otra manera. Veamos, pues, esta literatura como lo que es: una narración subjetiva, ficticia incluso.

El Estambul de Orhan Pamuk, descrito en su libro homónimo “Estambul: ciudad y recuerdos”, es la historia de una infancia y una familia, las suyas, con el telón de fondo de la Constantinopla moderna. El recorrido que realizó D.H. Lawrence, a principios del siglo XX, por la isla de Cerdeña, en su “Cerdeña y el mar” es una singladura llena de anécdotas, con su pizca de mordacidad y su relente de burgués británico acomodado: conocemos con más detalle su dieta que los lugares de interés por los que va pasando.

Y tantos otros: los colores y olores del Marruecos de “Las voces de Marrakech” de Elias Canetti; la encantadora y extraña isla de Corfú dibujada por Gerald Durrell; ese Estados Unidos de carretera y auto-stop tan querido como odiado por Jack Kerouac; países desgarrados y en guerra atrapados por la máquina de escribir de Kapuscinsky o de Manu Leguineche

Los libros de viaje resultan atractivos y, aunque llevan siglos existiendo, en las últimas décadas se ha producido una explosión de publicaciones de este género que acompaña, que duda cabe, al espectacular incremento del turismo en todo el mundo. También los canales temáticos y las revistas especializadas de viajes forman parte de este fenómeno social y económico. Hoy en día lo difícil es visitar cualquier punto del planeta sin tener, a priori, toneladas de información y de imágenes, sobre él, a nuestra disposición. Incluso hay quien opina que las fotografías, las postales, los reportajes y los artículos inflan las expectativas de tal manera que, cuando se pone pie en el rincón elegido, sólo cabe quedar defraudado.

Cerdeña (Italia)

Cerdeña (Italia)

Hace unos meses, llegó hasta mis manos un libro titulado “Atlas de islas remotas”, de una autora alemana totalmente desconocida para mí, Judith Schalansky. Lo primero que me llamó la atención fue el subtítulo: “Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré”. Obviamente pensé que se trataba de una frase marketiniana, incluida, probablemente, por el editor para llamar la atención del posible lector.

La obra, más allá de las palabras, es un hermoso ejemplo de primorosa edición: encuadernación en cartoné, páginas de alto gramaje, tipografía clara y sin pretensiones barrocas, gama de colores escogidos, del gris azulado al amarillo anaranjado, bellos y legibles mapas de cada isla. Podría pasarme un buen rato mirando la portada y hojeando el ejemplar sin necesidad de comenzar su lectura que, por otra parte, es interesante. Pese a lo anecdótico y lo breve de los textos que acompañan a cada mapa, encontramos suaves pisadas, entre las palabras, que nos llevan a reflexionar sobre el ser humano, la soledad, la ambición, la crueldad, el amor o la destrucción de la naturaleza.

Entre sus páginas encontramos a Charles Darwin, a los amotinados del Bounty, a militares, científicos, exploradores, aventureros o ermitaños. El personaje que dio lugar al afamado “Robinson Crusoe” de Defoe naufragó en una de las islas que pueblan este tratado, perteneciente al archipiélago Juan Fernández; islotes yermos o paradisíacos que fueron convertidos en presidios naturales también tienen su hueco en este Atlas; las islas de Pascua y Pitcairn, explotadas hasta la extenuación por la presencia del ser humano, reconstruyen su pasado con tinta y papel.

Muchas de estas islas están deshabitadas o apenas cuentan con una población formada por un puñado de hombres y mujeres. La mayor parte son inhóspitos pedazos de roca en los que sólo sobreviven algunas especies vegetales y animales acostumbradas a un hábitat en el que las condiciones de vida son, cuando menos, difíciles. Lo que sí que es común a todas ellas es que fueron descubiertas y profanadas por el pie de uno u otro conquistador de tierras y mares. En todos los mapas aparecen escritos los nombres de montañas, ríos, llanuras, puertos naturales, playas, golfos y cabos; en inglés, en francés, en ruso, en noruego o en alguna lengua autóctona.

Todas ellas son islas con nombre propio, salpicadas por accidentes geográficos bautizados por sus descubridores, protagonistas de querellas interminables entre naciones que litigan por clavar en la piedra o el hielo su bandera nacional. El afán de descubrimiento y posesión del ser humano no tiene límites.

"Atlas de islas remotas" de Judith Schalansky

“Atlas de islas remotas” de Judith Schalansky

Título: Atlas de islas remotas.

Autora: Judith Schalansky.

Traducción: Isabel G. Gamero.

Editorial: Nórdica Libros y Capitán Swing.

Páginas: 160.

Encuadernación: Cartoné.

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