Sobre la fotografía

Una imagen vale más que mil palabras; mil imágenes valen apenas una palabra

Fotografía modificada estilo Warhol ("Chico con móvil")

Fotografía modificada estilo Warhol (“Chico con móvil”)

Hace más de cuatro décadas, Susan Sontag escribió un libro de ensayos titulado “Sobre la fotografía. Por aquel entonces, se llevaban las cámaras Polaroid para los aficionados y las Leica para los profesionales –entre otras marcas-. Las cámaras era de carrete, de rollo o de película, como lo seguirían siendo veinticinco años más tarde, antes de que el formato digital lo desbancara para siempre; se hablaba de exposición, de líquido de revelado, de cámara oscura, de negativo y de positivado, en papel Kodak o AGFA, según su origen estadounidense o europeo.

Una de las afirmaciones de la autora que más llama nuestra atención, vista desde la atalaya del año 2015, es que ya en la década de los 70 le parecía que había demasiadas imágenes, que todo había sido fotografiado y que la fotografía había cambiando nuestra forma de ver el mundo. En una frase un tanto enrevesada, con reminiscencias marcusianas, Sontag sostiene que “hacer fotografías ha implantado en la relación con el mundo un voyeurismo crónico que uniforma la significación de todos los acontecimientos”. O sea, que la cámara fotográfica venía a ser el instrumento mecánico para hacer realidad el Gran Hermano de Orwell, cumplía el papel que hoy tienen, por ejemplo, las cámaras de seguridad en un centro comercial: controlar, vigilar, clasificar, etiquetar a las personas y los sucesos, cada gesto, cada movimiento, cada sombra.

Fotografía modificada estilo blanco y negro selectivo ("Recién casados en Budapest")

Fotografía modificada estilo blanco y negro selectivo (“Recién casados en Budapest”)

Releyendo el conjunto de ensayos de la polifacética escritora neoyorkina, me encuentro con frases que hoy me parecen de actualidad y que nunca hubiera pensado que alguien pudiera haber escrito en 1976. Haciéndose eco de los inicios en la explosión del fenómeno del turismo, menciona, casi de pasada, que “el viaje se transforma en una estrategia para acumular fotos. ¿A alguien le suena? ¿Cuántas veces hemos estado un buen rato esperando nuestro turno para fotografiar un monumento, un cuadro, un paisaje, un atardecer? ¿Y cuántas más hemos tenido que armarnos de paciencia para “ver” algo porque había demasiadas cámaras captando el momento, el lugar, la atmósfera o lo que fuere y no había hueco por el que colarse?

Cuando en la década de los noventa hacíamos chistes sobre la capacidad de los japoneses para realizar cientos (o miles) de fotografías de sus tournées por Europa, riéndonos de esa cualidad tan japonesa que consistía en mirar a través del objetivo de sus cámaras en lugar de hacerlo sin mediación alguna, no se nos pasaba por la cabeza que pocos años después, nosotros mismos, seríamos víctimas –o devotos seguidores- del dios Objetivo.

Fotografía modificada estilo mapa de calor ("Pantalla en el Museum Quartier de Viena")

Fotografía modificada estilo mapa de calor (“Pantalla en el Museum Quartier de Viena”)

Los viajes son, que duda cabe, la excusa más propicia para sacar la cámara o el móvil y no parar de fotografiar todo lo que nos rodea, la novedad que queremos aprehender, aquello que, quizás, no volvamos a ver nunca más. Y a nosotros mismos en esos lugares, a poder ser, no vaya a dudar alguien que hemos estado allí y que hemos sido felices. Cuando nos ponemos delante de una cámara para que nos saquen una foto o para hacer(nos) un selfie, tenemos la obligación de salir lo mejor posible, lo mismo da que estemos derrengados, hartos, enfadados o tristes: al objetivo se sonríe y punto. Ya ni siquiera los retratos de políticos o empresarios, salvo los de dictadores y militares, tienen esa pátina de gravedad y seriedad que tenían antaño. Bueno, con la excepción de Angela Merkel, a la que aún no he visto posar sonriente en ninguna instantánea.

Pero considerar la fotografía un mero inventario de lugares, paisajes y autorretratos como turista sería reduccionista. En el siglo XXI, la imagen mediada es ubicua; cámaras de fotos, de vídeo, móviles, tablets, pantallas, lentes, objetivos y flashes nos persiguen, surgen de la nada, están presentes en un atentado terrorista, en un maremoto, en un partido de baloncesto, en una cena de amigos, en una excursión al campo, en un cumpleaños, por doquier; cualquier persona, en cualquier momento, se convierte en un “parapazzi” de lo vulgar, de lo cotidiano, de lo extraordinario, de lo imprevisto; imagen fija o en movimiento, la fotografía nos rodea, nos absorbe, nos informa (da forma, nos forma) y hasta nos niega –Ah, ¿pero tú no fuiste a la fiesta de X/no estuviste en la comida/reencuentro/evento? Como no sales en ninguna foto…-.

Fotografía modificada estilo Sobel ("Chico tomando una foto con su móvil")

Fotografía modificada estilo Sobel (“Chico tomando una foto con su móvil”)

Hasta hace relativamente poco, un puñado de años, los únicos que podían vivir de la fotografía y de la cámara de vídeo eran los fotógrafos profesionales, los fotoperiodistas, los “reporteros” de bodas, bautizos y comuniones, los técnicos de tv y los directores de cine. En la actualidad, hay quien vive, e incluso quien se enriquece, a base de subir vídeos a YouTube u otras plataformas de vídeo. Otros venden la construcción cotidiana de su propio yo a través de un liveblog. Cualquier reportaje emanado del conocido como periodismo aficionado o amateur tiene que ir refrendado por fotografías o vídeos del suceso; si has estado allí, no vale con tu palabra, tus impresiones, tus sensaciones: hace falta la imagen. Si no, no tienes nada.

Me pregunto si el impacto de ciertas noticias hubiera sido el mismo de no haber ido acompañadas de dramáticos vídeos realizados con un teléfono móvil. Pienso en el terremoto/tsunami de Japón (2011) o en esas imágenes espeluznantes que muestran a la víctima de un acto violento justo antes de ser golpeada, empujada o asesinada. Mucho se ha escrito y debatido acerca de la sobreexposición a imágenes violentas, sean reales o ficticias, sobre sus efectos o sus posibles consecuencias. En relación con este debate, ya hace cuarenta años Susan Sontag adelantó en el ensayo mencionado que “el impacto ante las atrocidades fotografiadas se desgasta con la repetición”; no en vano fue testigo de la guerra de Vietnam, el primer gran conflicto de carácter mediático. Esta pérdida de efectividad es la razón por la que las atrocidades a las que tenemos acceso visual son cada vez más –justamente- atroces. La última película de Clint Eastwood, “El francotirador” (“American Sniper”), es un claro exponente de esta tendencia. También lo es la desasosegante “Nightcrawler” sobre la que ya escribí una entrada. O cualquier telediario.

Por una vez, le voy a ceder el punto final a las palabras de otro (el hedonismo del que escribe es, cuando menos, equivalente al del fanático de los selfies: nos cuesta reconocer que otros han dicho lo que pensamos mejor de lo que lo haríamos nosotros mismos): “La fotografía implica que sabemos algo del mundo si lo aceptamos tal como la cámara lo registra. Pero esto es lo opuesto a la comprensión, que empieza cuando no se acepta el mundo por su apariencia” (Susan Sontag).

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