Tergiversar la Historia

Detalle de la vidriera de la Casa de Juntas de Guernika (Vizkaya)

Detalle de la vidriera de la Casa de Juntas de Guernika (Vizkaya)

La literatura es historia y la historia es literatura. No es un trabalenguas aunque lo pueda parecer a primera vista. Es la conclusión a la que he llegado tras reflexionar sobre lo que nos cuenta la Historia y, especialmente, sobre cómo nos narra la Historia lo que ha acontecido. La Historia la hacen los pueblos, afirmó en su famosa última elocución el presidente chileno Salvador Allende. “La Historia es nuestra y la hacen los pueblos” resonó a través de las ondas radiofónicas aquel 11 de septiembre de 1973. Ciertamente. La hacen los pueblos o las masas o el conjunto de dirigentes o los vencedores, en fin, un conjunto de personas, nunca un individuo solo, como suele ser el caso de la literatura. Los mismos que la “hacen”, la escriben, la transmiten, la seleccionan y la censuran.

Sucede que en contra de lo que el sentido común nos dice, la Historia cambia, se modifica, se engrandece o empequeñece, se vuelve ruin o majestuosa o pérfida. Lo que sucedió ayer no va a ser lo mismo visto desde la perspectiva de hoy que la de dentro de un año, de un siglo, de un milenio. El paso del tiempo modifica los sucesos pasados, a veces porque estamos mejor informados, otras veces porque cambian los intereses del discurso dominante. Tampoco es idéntico mi punto de vista que el de la persona que tengo enfrente; depende de la raza, del género, de la posición social, de la edad, de los principios éticos, de la ideología, de los prejuicios y de las creencias de cada cual.

La Historia miente porque pretende ser verdadera, única y unívoca. La Literatura nos ofrece veracidad porque es parcial, caleidoscópica y múltiple. La verdad absoluta no existe, de ahí que los seres humanos inventaran el concepto de Dios (o dioses): es lo único que, para cualquiera, puede ser, al mismo tiempo, real y ficticio, eterno y efímero, informe, inmaterial, imperecedero. Lo más próximo a Dios en la Tierra es aquel que escribe la Historia; no el soldado que va a la guerra, sino el que le manda a batallar; no el científico que investiga, sino la institución que respalda y admite su descubrimiento; no el inventor o el artista que crea, sino la sociedad que lo reconoce y encumbra. No el ciudadano, sino el político, el presidente, el rey. A Miguel Servet, el primer estudioso occidental que describió la circulación menor de la sangre, lo quemaron en la hoguera por hereje. Vincent Van Gogh no vendió un solo cuadro en vida pero sus obras, en la actualidad, cotizan por decenas de millones de euros en el mercado de subastas de arte. Nikola Tesla, hoy un “visionario”, fue tratado de loco utópico y murió solo, arruinado.

Escultura en Bilbao (Vizcaya)

Escultura en Bilbao (Vizcaya)

La Historia debería de llevar una “s” al final y convertirse en lo que es realmente, un conjunto de historias, de narraciones, de sucesos. Los nacionalismos y los regionalismos la tergiversan, la llevan al extremo, la simplifican. Las mayorías raciales, étnicas, ideológicas y religiosas imponen su punto de vista histórico. Las minorías crean sus leyendas, construyen sus héroes, se recrean en la intolerancia y el menosprecio que sufren. Cuando las tornas cambian, los de arriba pasan a estar abajo y la Historia hace el pino. Aunque, tal vez, justo es entonces cuando nosotros estamos en el hemisferio opuesto y por fin lo vemos todo del derecho. Lástima que haya otros a los que la sangre les debe de estar bajando a la cabeza a raudales.

Blancos y negros.

Japoneses y chinos.

Izquierda y derecha.

Nacionales y republicanos.

Católicos y hugonotes.

Ustachas y chetniks.

Colonizadores y autóctonos.

Capitalistas y comunistas.

Oriente y Occidente.

Nosotros y ellos.

La lista es interminable. Mientras, la Historia se sigue reescribiendo, como narraba George Orwell en su clásico “1984”: los amigos de hoy son los enemigos de mañana y los enemigos de mañana son los amigos de pasado mañana. Las alianzas se modifican, los intereses siguen siendo los mismos. Curiosamente, el presente y la historia más reciente también son inestables. En tiempo de elecciones, como el que estamos viviendo en estos momentos, las medidas impopulares, los recortes, la falta de subvenciones y ayudas, la carencia de políticas sociales y demás desaparecen; unas por obra del olvido y de la mala memoria; otras tapadas, encubiertas, encaladas, disimuladas por brillantes y novedosas políticas populares (¿o, debería de decir, populistas?)

Eva reinterpretada (grafiti, Santa Cruz de Tenerife)

Eva reinterpretada (grafiti, Santa Cruz de Tenerife)

Muchas veces la reescritura de la Historia pasa desapercibida porque no se produce durante mítines multitudinarios o grandilocuentes eventos, en forma de desfiles militares o en proclamas lanzadas a través de los medios de comunicación. La encontramos en detalles casi insignificantes que hallamos entreverados en párrafos de libros de texto de primaria, en folletos turísticos, en anuncios de campañas publicitarias, en eslóganes pintados en camisetas, en expresiones comunes del habla cotidiana. La Historia es nuestra, que duda cabe, de ese nosotros que compone la primera persona del plural, de ese nosotros que es “ellos” cuando “nosotros” somos los otros. ¿De quién es, entonces, la Historia?

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