Santorini (islas Cícladas, Grecia)

Vista de Oia (Santorini, Grecia)

Vista de Oia (Santorini, Grecia)

A primera vista, el nombre de Santorini (Santa Irini, Santa Irene, Pax en latín) retumba en nuestros oídos como el típico lugar idílico, artificialmente perfecto, construido para el disfrute del turismo de masas, con hoteles y apartamentos minimalistas de un blanco escrupuloso, piscinas infinitas que miran al mar Egeo y espectaculares puestas de sol vistas desde la punta norte de la isla, la localidad de Oia. Los seis mil habitantes permanentes de la isla viven, en su mayor parte, de los servicios y los productos que ofrecen a los visitantes que llegan por millares hasta sus accidentadas costas, bien por mar, en gigantescos cruceros o en ferrys, bien por aire, hasta el pequeño aeropuerto construido en la cara oeste de la isla, donde los abruptos cortes geológicos del extremo contrario han dejado paso a suaves llanos cultivados y extensas playas de fina arena multicolor.

Aunque la postal que se vende de Santorini está compuesta por sol, playa, pueblecitos pintorescos y deportes naúticos, nos equivocaríamos si pensamos que es tan sólo eso, un destino turístico más, otro de esos lugares de “todo incluido” en el que pasaremos una semana de relax, comeremos bien y compraremos media docena de inútiles souvenirs. Santorini, la antigua Thera, tiene unos 5.000 años de historia, interrumpida, mediado el segundo milenio a. C., por la conocida como “Erupción minoica” del volcán que terminó conformando la orografía actual de la isla. Por supuesto, las ofertas de excursiones para llegar, en goleta, hasta la Caldera –los lugareños utilizan el término como nombre propio- y bañarse en aguas sulfurosas son múltiples.

La Caldera -volcán- visto desde Imerovigli (Santorini, Grecia)

La Caldera -volcán- visto desde Imerovigli (Santorini, Grecia)

De la cultura minoica, cuyo centro fue la Creta del fabuloso rey Minos y su fantástico laberinto del Minotauro, se preservan restos aún, una ciudad entera llamada Akrotiri, desenterrada con paciencia por varias generaciones de arqueólogos encabezados por su descubridor, Spyridon Marinatos, desde principios del siglo XX hasta hoy. Los hallazgos más llamativos no se conservan in situ sino que han ido a parar al museo arqueológico de Atenas y, en mayor medida, al museo de Fira, la capital de la isla. Los frescos y las figurillas siguen la tradición artística cretense (minoica) que, a su vez, bebe del antiguo arte egipcio pero preservando sus características peculiares: mujeres con pechos desnudos y serpientes enroscadas, representaciones de animales marinos, de monos azules o ese simpático y delicado ibis tallado en oro.

La mejor manera de recorrer la isla es alquilando un coche, un quad o una motocicleta sin olvidar, por supuesto, los paseos por las callejas adoquinadas, estrechas y laberínticas de sus ciudades, en especial las de Pyrgos, la que para mí es la localidad menos explotada turísticamente y, por tanto, más auténtica: la mayor parte de las empinadas calles dibujan requiebros o terminan en azoteas o muros de viviendas particulares, infranqueables para el foráneo.

Calle de Pyrgos (Santorini, Grecia)

Calle de Pyrgos (Santorini, Grecia)

Aunque Santorini es pequeña, no llega a 100 Km2 de superficie, las constantes pendientes, junto con el corte central que divide la zona de playas de la parte aterrazada que cae hacia la Caldera, producen un efecto montaña rusa y, al mismo tiempo, ofrecen unas vistas subyugantes: los reflejos pintados por el sol en las aguas del Egeo, la combinación de colores del cielo a lo largo del día, las puestas de sol sobre la Caldera, los naranjas, rojos y púrpuras arrancados por los rayos del ocaso a la blancura de las casas o la gama de tonos ocres y rojizos ofrecidos por las recortadas tierras de Finikia, Imerovigli y Fira. En la cara opuesta, aparecen los cultivos y las playas de origen volcánico: la roja, por el color de la arena y las rocas, en la punta más meridional de la isla; las de suave arena negra en Perissa y Perivolos; la blanca, también llamada Aspri, con muros rocosos que parecen encalados; la playa nudista de Kolumbo, recogida sobre sí misma entre paredes cortadas.

La playa Roja (Santorini, Grecia)

La playa Roja (Santorini, Grecia)

Caminando entre las tiendas de recuerdos y los restaurantes con su ineludible relaciones públicas en la puerta, invitándonos a entrar con promesas de apetitosos platos, una puede olvidar, por descuido, que la isla de Santa Irini atesora huellas de un pasado de invasiones y grandes reinos. Además de la civilización minoica de origen cretense que la habitó, también se asentaron en sus fértiles tierras volcánicas los espartanos y, posteriormente, los Francos; reinaron sobre ella, durante varias decenas de años, los dogos de la República de Venecia que, al desaparecer, dieron paso al Imperio Otomano.

En 1830 la isla pasó a formar parte del Estado griego moderno. Indudablemente, el sabor, el color y los olores de Santorini son típicamente griegos pero en ellos siempre encontramos una pizca de esa historia de invasiones y asentamientos de otros pueblos, de otras culturas; tal vez lo hallemos en los mosaicos de las iglesias ortodoxas o mezclado en las especias empleadas para preparar moussaka o souvlakis (brochetas) o en las calles sinuosas que traen al recuerdo los caminos truncados de los zocos árabes. Santorini es mucho más que un destino vacacional artificialmente encantador. Eso sí, hay que evitar viajar en verano, temporada alta para los turistas y muy baja para sentir el embrujo de la antigua Thera.

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