Reflexiones sobre el exilio

Grafiti pintado en el muro de Berlín (Alemania)

Grafiti pintado en el muro de Berlín (Alemania)

Dice el diccionario de la RAE, que tantas veces parece que yerra con el sentido de las palabras, tantas veces el uso y el significado oficial aparentan ser divergentes, que exilio significa, en primer término: “Separación de una persona de la tierra en que vive.” Cuán exacta es esta definición tan breve y, en apariencia, tan árida, incluso yerma. Cuando los labios la pronuncian, comprendes y sientes; con la cabeza se lee “separación” y “tierra”, con el corazón, memoria y olvido.

Exilio es una de esas palabras que tiene tal carga de connotaciones que es imposible desembarazarla de ellas o pretender ser objetiva en su tratamiento. Quienes han tenido que dejar su hogar, quienes se han visto obligados a emigrar o a huir del país o de la ciudad de sus antepasados, en la que prendieron y crecieron sus raíces originalmente, saben que respira como un ser vivo, que está hecha de carne, de sangre, de piel, de lágrimas y de risas. Está cincelada en una aleación imposible de dos materiales intangibles: el recuerdo y la vivencia.

Las razones que llevan al exilio son casi tan diversas como el número de personas que han dejado atrás las tierras que los vieron nacer, millones de motivos que, lamentablemente, debemos reducir a generalidades, más que para entender el fenómeno, para poder, al menos, abarcarlo. El primero que nos viene a la mente es la violencia, en todas sus acepciones: las guerras, las persecuciones por motivos políticos, religiosos o ideológicos, la pertenencia a una minoría rechazada y expulsada. Hay tantos ejemplos que nos eternizaríamos consignando aunque fuera una pequeña parte; que cada cual elija los suyos.

Al lado de estas formas evidentes de violencia, podemos situar también la pobreza y la falta de recursos que obligan a muchos a llevar una vida nómada, a la semi-esclavitud laboral en países con más recursos que el propio, a arriesgar (y muchas veces perder) la vida en viajes que se convierten en odiseas.

Mural en Orgósolo (Cerdeña)

Mural en Orgósolo (Cerdeña)

La naturaleza, junto a esa costumbre humana de luchar contra ella, de pretender doblegarla a su voluntad, lleva igualmente, muchas veces, a la emigración o al destierro. Las sequías, los terremotos o maremotos, los ríos que se desbordan, los mares que se secan, los bosques que desaparecen… tienen como consecuencia la pérdida de lo (habitualmente poco) que se posee. Incluso ha habido casos en la historia de desaparición de pequeñas civilizaciones por causas naturales –con la inestimable ayuda de la mano del ser humano-. La isla de Pascua es el ejemplo más conocido; la población autóctona desapareció dejándonos el enigma de sus gigantescas esculturas de piedra.

El sistema económico y sus movimientos tectónicos ocupan un lugar privilegiado en los anales del exilio, sobre todo en los de los tiempos modernos. Antiguamente se fundaban colonias: unas pocas decenas de griegos o fenicios o romanos se liaban la manta a la cabeza y partían a conquistar tierras inexploradas; no solían hacerlo por gusto, sino por necesidad, en busca de esa promesa, siempre por cumplir, que hemos dado en llamar “una vida mejor”.

En la Edad Media, las cuadrillas de albañiles y constructores, con sus maestros al frente y sus aprendices en retaguardia, cruzaban las fronteras en un eterno deambular de obra en obra que los alejaba de sus lugares de origen durante años –sino para toda la vida-. A lo largo de siglos, las caravanas de comerciantes, en su mayor parte árabes, se formaron gracias a mercaderes que pretendían enriquecerse y que, en ocasiones, encontraban la ruina, la muerte o la esclavitud.

En el último siglo, los movimientos poblacionales de tipo económico están ligados al concepto de trabajo. La búsqueda de empleo, para subsistir o para medrar en la escala social, lleva a muchos a dejar el hogar familiar y cruzar naciones, continentes u océanos.

Todas estas andanzas tienen en común un sentimiento último de nostalgia, de lo que el portugués llama con dulzura “saudade” y el gallego “morriña”. La literatura y la música creadas hasta en el confín más recóndito del mundo están plagadas de alusiones a este vagar de las gentes entre pueblos y países. El exilio duele, no cabe duda, pero también enriquece, al que lo sufre y, sobre todo, a los reciben a aquellos que han tenido que dejar su patria –grande o chica- para buscar refugio y para alcanzar “la vida buena”.

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