Lecciones de una crisis infructuosa

Ocio en el paseo marítimo de Split (Croacia)

Ocio en el paseo marítimo de Split (Croacia)

La tendencia hacia la segmentación dentro de la clase media, que empezó a asomar tímidamente a finales de la década de los noventa, se ha agudizado en el último lustro, gracias a la crisis económica mundial o, mejor, hablando en términos ideológicos, a la autocorrección del sistema para la supervivencia del capitalismo.

Durante el siglo XX, el desarrollo de los derechos laborales -y sociales- alcanzó sus más altas cotas. Son propios de esta centuria, entre otros muchos, términos como lucha obrera, convenio, estatuto, inserción de la mujer en el mercado laboral, jornada de ocho horas, condena de la explotación de la mano de obra infantil, vacaciones pagadas, movilidad vertical. El XX ha sido el siglo de los horrores y el siglo de los derechos.

Tras la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de tambaleante recuperación, la economía de todos los países desarrollados, occidentales y no-comunistas, desde Estados Unidos y Europa hasta Japón –ubicado en Oriente pero gran valedor de los principios económicos de Occidente-, ha progresado a buen ritmo. Este avance se evidencia en la evolución de casi cualquier parámetro: incremento del PIB nacional y per capita, nivel de vida más elevado de la mayor parte de la población, erradicación casi total del analfabetismo, tasas de desempleo bajas, mejora de la calidad de vida y de la esperanza de vida.

A finales de la década de los noventa se percibía claramente un giro en el eje del desarrollo internacional. Nuevos países habían entrado en liza, como los “dragones” del Sudeste asiático; algunos llegaban con fuerza, véase los BRIC (Brasil, Rusia, India y China), mientras que algunos se estancaban, léase Japón, y otros ponían un pie fuera, los sarcásticamente bautizados como PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España). El resto de Europa se mantenía en niveles aceptables de crecimiento, considerados “preocupantes” sólo por los neoliberales más acérrimos.

Montando un árbol de Navidad hecho de luces (Madrid, España)

Montando un árbol de Navidad hecho de luces (Madrid, España)

Y llegó el siglo XXI. Frente a las pantallas de nuestros televisores, fuimos testigos de grandes acontecimientos, el mundo “cambió” –o eso nos contaron- y nos vimos inmersos en la vorágine de la especulación y el dinero fácil. Hemos vivido atentados terroristas a gran escala, guerras “preventivas”, levantamientos sociales y choques culturales. Entre bambalinas, los fondos de inversión soberanos o privados, la banca, los dueños y directivos de multinacionales y los ricos por herencia compraban bienes inmuebles, deuda “basura”, bonos, acciones, futuros, artículos de lujo y obras de arte a precios astronómicos.

Mientras tanto, la clase media, confiando en el principio del eterno progreso, se olvidaba del ahorro y vivía al día, incrementando exponencialmente sus niveles de consumo, endeudándose cada vez más, accediendo a bienes que, antes, eran prohibitivos. El crédito se convirtió en liquidez y la liquidez en historia. Nadie se privaba de nada: viajes a las antípodas, cruceros de lujo, las últimas novedades tecnológicas, todo tipo de electrodomésticos, productos gourmet, bodas por todo lo alto, experiencias al límite tirándose en paracaídas o sobrevolando la ciudad en helicóptero o globo aerostático. Nada era suficiente, se aspiraba a lo máximo.

2008. Pongámosle nombre: el año de la crisis. Del comienzo de la crisis, quiero decir. El anuncio oficial aparece en forma de titular “Lehman Brothers en bancarrota”. Aunque la noticia llevaba rumiándose varios meses, nos pilló por sorpresa. En general, la clase media no entendió lo que había sucedido hasta que se empezó a hablar de ella directamente. De los grandes artículos sobre Wall Street y las subprimes, las pérdidas de la banca y los rescates financieros masivos, pasamos rápidamente a titulares anónimos, genéricos, sin nombres propios: paro, desahucios, recortes, subida de impuestos indirectos, privatización, emigración de los jóvenes en busca de trabajo… En esas noticias es donde encontramos a la clase media. Y su decadencia.

Monumento funerario en el cementerio de Père Lachaise (París, Francia)

Monumento funerario en el cementerio de Père Lachaise (París, Francia)

A mediados de 2015, llevamos siete años de “crisis”, con recesión económica incluida. Se ha hablado de revolución, de cambio, de desesperanza, de salida de la UE y del euro, de nacionalización de la banca, de regeneración, de cambio de paradigma económico, de economía participativa, de nuevos partidos políticos, de manifestaciones, de asambleas populares y hasta de huertos urbanos. Las redes sociales han estallado ya tantas veces que lo raro es encontrarlas “tranquilas”. De hecho, cada vez “estallan” más a menudo; sucede que es un estallido controlado y, sobre todo, breve, transitorio.

Algunos políticos se atreven a agitar la mano y decir adiós a la crisis. Nos queda mucho camino pero hemos tocado fondo y ya estamos subiendo otra vez, cual ave Fénix. Poco a poco se está creando empleo. Pasito a pasito se está recuperando el ritmo de consumo interno. La industria turística crece, la construcción vuelve a levantarse sobre sus maltrechos pilares de cemento. El tándem turismo-construcción se recompone.

Dentro de un lustro volveremos a ser lo que éramos, a estar igual que estábamos. En 2020 la cifra de desempleo verá la decena en lugar de la veintena. El PIB crecerá un 3% anual. Algunos emigrados regresarán. Se volverán a conceder más de un millón de hipotecas al año y el mercado inmobiliario retomará su costumbre de inflarse como una burbuja. Y el sol brillará, casi seguro, para que los alemanes, los suecos, los rusos y los chinos puedan disfrutar de él en nuestras magníficas playas de bandera azul y fina arena.

Se oyen voces de que lo peor ha pasado; yo diría que lo lamentable es que lo peor se ha quedado.

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