Evitar lo inevitable

Grito mudo, Museo Judío, Berlín (Alemania)

Grito mudo, Museo Judío, Berlín (Alemania)

La mera existencia del concepto “inevitabilidad” es una condena. Si prevalece, dejamos de ser libres. Nada es inevitable salvo, como bien sabemos todos los seres humanos, la muerte, que antes o después “cubrirá nuestros ojos” como narraba Homero en su epopeya sobre la conquista –o el saqueo, según se mire- de Troya. Por supuesto, no estoy hablando de fenómenos fuera del control de las personas, como puedan ser los propios de la Naturaleza.

Cada vez que escucho o leo que algo es inevitable (o que ha sido inevitable, si ya ha sucedido), dentro de mí ruge la rabia de la impotencia. Desde un punto de vista determinista, sólo hay un camino, una vía, una forma de hacer –o de que sucedan- las cosas. Supongo que a todos nos suena la cantinela, muy utilizada por los políticos y las instituciones de peso, de que “éste es el único camino”, “ésta la única forma de superar la crisis”, “el mío el único partido que puede llevar al país a buen puerto” y tantas otras. Algunos fundamentan sus categóricas afirmaciones en principios económicos, morales, psicológicos o, meramente, en la ideología. Otros, ni siquiera se molestan en buscarles unos cimientos: la autoridad del que las enuncia es suficiente para dotarlas de verdad.

Entre mis preferidas, están las lecturas acertadas hechas a posteriori. Porque, claro, es evidente que ya sabíamos lo que iba a pasar: ahora que ha pasado, justamente. Los hechos son difícilmente refutables, si es que lo son de algún modo. Sin embargo, los puntos de vista sobre ellos son infinitos. Y ninguno es verdad ni mentira de forma absoluta.

Tendencia hacia el extremo

Se me ocurren varios sinónimos imperfectos del término que, de forma reiterada, constante, gotean o se deslizan desde los medios de comunicación, los discursos públicos, los documentos corporativos y demás fuentes de información subjetiva y parcial.

Inapelable” es el primero que me viene a la mente; suele utilizarse con las victorias, sean deportivas o políticas, lo mismo da. Al fin y al cabo, ambas se practican en un terreno de juego, más limitado en el caso de las primeras.

También está “ineludible”; el uso de este vocablo tiene un cariz de urgencia, sirve para asumir con un cierto matiz de atropello. Las reformas (fiscales, educativas, sociales etc.) suelen ser “ineludibles”; también todos esos ingredientes que acompañan a las revoluciones, sean científicas, industriales, digitales o políticas.

Inexcusable” valora, sobre todo, comportamientos y conductas, siempre ajenos a los del emisor del discurso, por supuesto.

Obligatorio” y “forzoso” pueden ser empleados en este mismo sentido.

Si escribís cualquiera de estos términos en la caja del buscador de Internet que utilicéis y, seguidamente, vais al apartado Noticias, encontraréis una larga lista de ejemplos como los que he puesto –y muchos otros que se han quedado fuera-.

Torre de vigilancia del Muro de Berlín (Alemania)

Torre de vigilancia del Muro de Berlín (Alemania)

Lo que consideramos como justicia es a menudo una injusticia cometida en favor nuestro

Paul Claudel, poeta y diplomático francés

Hace más de un siglo, el teórico Georg Jellinek, alemán de origen austríaco, describió un fenómeno que él bautizó como “el poder normativo de lo fáctico”. El término tiene resonancias jurídicas pero se puede aplicar, sin duda, a la vida cotidiana: los hechos, los sucesos, los procesos se convierten en normas, se aceptan, se asumen de mejor o peor talante y se vive con ellos. Muchas veces, sustituyen a sus predecesores en la mentalidad de los pueblos y las sociedades.

En el fondo, este “poder normativo” es un principio psicológico de autodefensa: las personas nos acomodamos a las circunstancias en las que vivimos. Un ejemplo extremo de este principio es la supervivencia de los internados en centros de detención y tortura, en los campos de concentración nazis, en los gulags soviéticos, en los lagoais maoístas (campos de reeducación). El infame síndrome de Estocolmo podría ser otro.

Más allá de los casos extremos, este “poder” lo encontramos en cualquier lugar y momento: en la pérdida de libertad en una dictadura o durante un momento histórico concreto de “recortes” por el bien de la “seguridad ciudadana”Patriot Act en Estados Unidos, Ley Mordaza en España, Ley de Presión Transparente en Inglaterra-; en la asunción de que se pertenece a la misma clase social desde que nacemos hasta que morimos; en la imposición de ideas religiosas, credos, prácticas o costumbres ajenas que pisotean las propias (desde los crucifijos en las escuelas, la sharia, la ablación del clítoris, hasta la discriminación de la mujer en la jerarquía eclesiástica o en el Muro de los Lamentos); en la obligación de seguir ciertas políticas o modelos económicos; en la sustitución de los servicios públicos gratuitos – financiados a través de los impuestos- por otros privados de pago (los peajes de las carreteras o los seguros médicos y los planes de pensiones, por nombrar algunos)…

Aquello que ya ha sucedido podría haber acaecido de otra forma. Pero no lo hizo. Lo que aún no ha sido es un acto en potencia y, por lo tanto, tiene posibilidades de terminar de varias maneras. Son las circunstancias, los actores que participan, las diferentes opciones que se plantean y las posibilidades que se abren frente a nosotros los que van a marcar, y definir, el devenir. Por eso lo inevitable siempre es evitable hasta que sucede. Mientras tanto, ninguna política, ningún régimen, ningún estado o afirmación son inevitables, inapelables o ineludibles. Ni indiscutibles. Sólo el silencio impuesto, forzoso, obligatorio, es una derrota.

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