Todo es culpa de…

Ernst Ludwig Kirchner,

Ernst Ludwig Kirchner, “Grupo del artista”, 1912

A menudo hay que echarse hacia atrás y mirar lo que tenemos enfrente desde la distancia, para tener un enfoque diferente, más amplio, libre de coerciones mentales o físicas, ideas preconcebidas y prejuicios. Los investigadores tienen este principio como leit motiv de sus actividades –o deberían de tenerlo- y no estaría de más que el resto, en nuestras vidas cotidianas, lleváramos a cabo este mismo ejercicio de distanciamiento. Es sano y enriquecedor.

También deberíamos dejar de leer y escuchar, continuamente, los puntos de vista que refrendan los nuestros y debatir con personas que no opinan como nosotros, ojear publicaciones de una u otra tendencia y confrontar idearios, a priori, incompatibles o contradictorios. Es una manera sencilla de ver más allá de nuestro propio mundo construido a través de nuestras circunstancias vitales y nuestra personalidad.

El revisionismo, considerado una corriente de pensamiento aunque que para mí es, más bien, una actitud mental, es la clave para avanzar en la compresión de los fenómenos. Esto no quiere decir que cualquier “revisión” que hagamos conlleve, por principio, la negación de aquello que es revisado. En absoluto. Lejos de ideologías y posicionamientos extremistas, siempre debemos partir de los conocimientos acumulados con anterioridad y, a partir de ellos, generar nuevas teorías, hipótesis o ideas, si es posible.

Reduccionismo vs revisionismo

La figura del culpable es una de las creaciones discursivas más contraproducentes con la que nos podemos topar. Encontramos un culpable y nos olvidamos de las causas, el cómo y los porqués. De ahí que sean tan útiles los chivos expiatorios, esa infame imagen retórica que, convertida en un individuo de carne y hueso (o en un conjunto de individuos o en una sociedad), pasa a encarnar el Mal, con mayúscula. En los tiempos pretéritos, era el Diablo. Después fue el invasor, el usurero, el bandolero, el terrorista, el pobre, el inadaptado, el inmigrante y tantos otros. Las culpas pasan a ser pelotas en el tejado de los otros. Dependiendo de cual sea nuestra posición inicial, así será nuestra pelota-culpable. Lancémosla lejos y esperemos los resultados. Con un poco de suerte, no vuelve y podemos seguir tranquilos con nuestra vida.

El caso es que, ciertamente, suele haber culpables. Es innegable. Pero el hecho de que los haya, o los pueda haber, no nos exime de intentar comprender qué ha sucedido, cómo y por qué. En último término, tal vez, incluso aprendamos algo que nos ayude a evitar que vuelva a pasar lo mismo o de la misma manera.

Oh la amarga hora del ocaso, cuando contemplamos un rostro pétreo en negras aguas

George Trakl, poeta austríaco (1887-1914)

Pongo un ejemplo concreto que me ha llamado la atención. Acabo de terminar de leer el documentadísimo y muy ameno –a pesar de las apariencias- ensayo “Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914”, del australiano Christopher Clark, profesor de Historia en la Universidad de Cambridge –Regius Professor en la jerga docente británica-. Las seiscientas y pico páginas del libro rebosan de citas y conclusiones extraídas de todo tipo de documentos oficiales y privados emanados de los cientos de personajes que compusieron la sinfonía ¿cacofónica? que llevó a la Primera Guerra Mundial.

La idea que ha prevalecido hasta ahora en relación con el “culpable” de la Gran Guerra ha sido que ésta fue provocada por las ansias de dominio y expansión de Alemania. Esta culpabilización tiene su origen en la visión de los vencedores. La mayor parte de la literatura sobre el particular apunta hacia esta conclusión: las declaraciones de los líderes y políticos de Francia, Rusia y Gran Bretaña; los términos de la Paz de Versalles, redactados por estos mismos países; la cobertura de la prensa aliada. Dos décadas más tarde, la aparición del partido Nacionalsocialista (nazi) y su recuperación del concepto imperialista del “espacio vital” (“Lebensraum”, en alemán), que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial, refrendaron esta visión de una Alemania siempre amenazante. La posterior exaltación del mea culpa por parte de los propios germanos profundizó, aún más, en la misma dirección.

Egon Schiele,

Egon Schiele, “Los eremitas”, 1912

En contra de esta visión del, digamos, “mainstream”, los documentos contemporáneos y la realidad política de los años precedentes ofrecen una pintura mucho más confusa, abstrusa y poliédrica. De hecho, Alemania parecía más bien un segundón con un ejército moderno y poderoso al que se quería mantener en ese papel secundario mientras las potencias europeas se repartían los territorios “vírgenes” de Asia y África –las colonias, fundamentales en el desarrollo económico de Europa-, Rusia extendía su control sobre todos los territorios con los que tenía frontera y los Imperios maduros o ya en decadencia, Austria-Hungría y  la Sublime Puerta –los otomanos-, iban perdiendo importancia en la escena internacional. Entre medias, encontramos decenas de minorías étnicas y nacionales que reivindicaban su propio espacio “vital”.

Italia estaba en el mismo caso que Alemania pero carecía de fuerza militar para enfrentarse a las otras potencias. De hecho, su sombra apenas aparece esbozada en las páginas de la Historia que precedieron a la Gran Guerra. Lo hizo después, como bien sabemos, con Mussolini y sus camisas pardas.

La otra aportación que me parece interesante del libro de Clark es que pone sobre la mesa la responsabilidad individual. Las decisiones no se tomaban solas, Europa no estaba abocada irremediablemente a la guerra, a embarrarse en el Somme, a quedar mutilada en Verdún, a ser bombardeada y a crear el caldo de cultivo de los totalitarismos y de la futura Segunda Guerra Mundial. Los monarcas, los políticos en el poder, los militares de alta graduación, los periódicos e incluso la “opinión pública” decidieron que Europa fuera a la guerra. El asesinato del archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofía en Sarajevo no fue el detonante del conflicto: fue su excusa.

Sonámbulos de Christopher Clark

“Sonámbulos” de Christopher Clark

Título: “Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914”

Autor: Christopher Clark.

Traducción de Irene Cifuentes y Alejandro Pradera.

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