La Increíble, Inabarcable y Excitante Historia de… ¡La Casta!

Escultura de un personaje de cómic, museo de la caricatura (Krems, Austria)

Escultura de un personaje de cómic, museo de la caricatura (Krems, Austria)

El ciclo de la vida es una circunferencia perfecta. Nacemos, nos desarrollamos, nos reproducimos (a veces) y morimos. Y vuelta a empezar. Hay otros ciclos que también cumplen meticulosamente con todos (o casi todos) los pasos que los convierten en un círculo trazado con compás. El del poder, por ejemplo. En su formación y en su conceptualización, el ciclo del poder es una rueda que gira ad infinitum, constantemente, sin pausas, como la rueda de la Fortuna, sólo las diferencia un pequeño detalle: el azar, adscrito tan sólo a la segunda. La primera evita los sobresaltos, nos puede incluso parecer que algún ser superior ha escrito su devenir como un literato escribe una novela, conociendo el inicio, el desarrollo y el final.

¿Y los personajes? Se suceden como en las mejores sagas, cuando uno cae, otro se levanta en su lugar, no es cuestión de dejar algún espacio vacío que pueda ser ocupado por un cualquiera salido de vaya usted a saber dónde, por alguien ajeno, por un advenedizo.

El guión del ciclo del poder se escribe a varias manos, es una sinfonía de decenas de instrumentos.

El Establishment, las élites, la antigua aristocracia (con sus nobles, su clero y sus terratenientes), la burguesía decimonónica (los empresarios y banqueros de hoy en día), en fin, el edificio del poder, está constituido, al igual que una orquesta, por diferentes grupos, por camarillas que cuchichean entre sí y con el resto, que defienden sus intereses utilizándose los unos a los otros.

Quién es quién

Owen Jones, el enfant terrible de la izquierda inglesa, niño mimado y odiado, azote de los conservadores, saltó a la vida pública inglesa –e internacional- hace un puñado de años, cuando apenas tenía 26, con un libro titulado “Chavs, la demonización de la clase obrera”.  El estudio abrió viejas heridas, vendió bastante y le catapultó hasta las páginas del diario The Guardian. La continuación de ese primer libro, al menos en espíritu, fue publicada hace unos meses bajo el título “El Establishment (la casta al desnudo)”. Es apocalíptico, poco original y no exactamente clarividente. La mayor parte de lo que cuenta son historias conocidas.

El mérito del libro, el mismo que encuentro en las obras de la canadiense Naomi Klein, es la sistematización del contenido, la división en capítulos, los nombres propios, la claridad con la que cuentan lo que ya sabemos pero que anda disperso en diferentes partes de nuestra memoria, desligado, desvinculado, líquido. El mayor logro de “El Establisment” es, a mi modo de ver, su solidez. Una idea, una serie de argumentos, un puñado de ejemplos, una conclusión cristalina y varios consejos. Ni más, ni menos. Reconozcámoslo: es difícil conseguir transmitir, sin ambages, sin ambigüedades, lo que pensamos. Owen Jones lo consigue. Tanto si estamos de acuerdo con él como si no.

Aunque el libro se centra en “la casta” británica, es perfectamente extrapolable a cualquier otro país, especialmente a los denominados occidentales o desarrollados, con pequeñas variaciones o desvíos propios de la cultura y la historia de cada lugar. A España, por ejemplo. Los grupos de poder pueden tener otros nombres y las personas llamarse de forma diferente, haberse enriquecido en otro tipo de negocios, estar vinculados los otros a los otros con lazos de otros colores. En el fondo, la casta, las élites, el Establishment son conceptos cuyo modelo y pautas se repiten aquí y allá.

"El Establishment, la casta al desnudo" Owen Jones

“El Establishment, la casta al desnudo” Owen Jones

Los teóricos

Dícese de aquellas personas que fundan o pertenecen a asociaciones, grupos de presión (o lobbies), escuelas, movimientos ideológicos conservadores o neoliberales etc. En España no tenemos una gran tradición en este sentido pero, por ilustrar el punto, mencionamos uno: la FAES, Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales. Los nombres de estas instituciones suelen ser bastante asépticos; es detrás del título donde encontramos sus principios rectores. Y detrás de aquellos que firman bajo éste: José María Aznar, en nuestro ejemplo. Su trabajo es más subterráneo que público, se mueven entre bambalinas y, de cuando en cuando, dan una nota discordante, para hacerse notar, para que se hable de ellos, incluso para distraer la atención de los temas que, realmente, están tratando.

Los políticos y la puerta giratoria

Bien conocida por todos, aunque en ocasiones no tratamos el fenómeno por su nombre de pila, “la puerta giratoria” es una de las características más sobresalientes y lucrativas de la vida política. Consiste en sacar provecho del paso por la esfera política para colocarse en algún consejo administrador o como asesor de alguna empresa privada de gran tamaño, muchas veces, qué casualidad, de una compañía pública privatizada o de una firma relacionada con alguno de los pilares económicos del país que, como no podía ser de otra manera, tienen un ministerio asociado: fomento y construcción, energía, comunicaciones y demás.

Los sueldos de estos políticos metidos a consejeros suelen rondar o superar las cinco o seis cifras anuales. Las condiciones laborales son muy flexibles y ventajosas: no tienen horario de trabajo ni fichan ni hacen horas extras ni suelen necesitar una oficina física. Se dedican, más bien, a realizar llamadas de teléfono –de forma esporádica-, asistir a fiestas, cócteles y comidas pantagruélicas, hacer presentaciones (X quiere conocer a Y para hacer negocios con él) y dar informaciones valiosas fruto de su “experiencia” en tal o cual puesto gubernamental –general, provincial o municipal, según-.

Dejo fuera de este apartado los tan queridos asuntos relacionados con corrupción, favores políticos, tráfico de influencias y otros más que también tienen como protagonistas a los políticos.

Los subsidios, las sanguijuelas y el “quien puede, no paga”

Escribe Owen Jones en su libro “El Establishment” que la permanente queja de los conservadores sobre las ayudas estatales (o subsidios) es un arma de doble filo. Airear, como lo hacen, el supuesto despilfarro que suponen las ayudas a estratos sociales poco favorecidos mientras ponen la mano para recibir sus propios subsidios, es un juego muy audaz.

Llaman defraudadores, vagos y delicuentes a los que reciben subsidios por desempleo o acceden a alquileres sociales de vivienda, por ejemplo, sin acordarse de que la mayoría de las grandes empresas defraudan sistemáticamente a Hacienda decenas o centenares de millones de euros gracias a operaciones “alegales” en paraísos fiscales.

El círculo es vicioso: el gobierno redacta la ley asesorado por “expertos” que forman parte de compañías que se dedican a la auditoría y consultoría, las conocidas como “Big Four” – PwC, Deloitte, Ernst & Young y KPMG-, y éstas asesoran, a posteriori, a sus clientes –las empresas defraudadoras- sobre cómo saltarse esa misma ley. Por cierto, las consultoras cobran por sus servicios por vía doble: del gobierno y de las empresas-cliente. Parece un buen negocio aunque un poco tramposo.

Recuerdo aquella vez que Sarkozy llamó “escoria” a la población de los arrabales parisinos o los calificativos, cuando menos despectivos, que recibieron los vecinos de Gamonal –Burgos- el pasado invierno. Pero todavía no he oído a ningún miembro de la casta afirmar algo semejante respecto a, pongamos, Google o cualquier otra multinacional o empresa que hace todo lo posible por no pagar impuestos en los países en los que saca beneficio. Más bien he escuchado defensas ardientes del derecho de estas firmas a no pagar impuestos porque están creando riqueza en el país y porque los “injustos” impuestos pueden hacer que decidan marcharse a otro país “más económico” –el famoso outsourcing-.

Si os estáis preguntando cuánto defraudan las grandes empresas la respuesta es “no hay datos, ns/nc”. La escasa información que se ha publicado no es fiable. El Ministerio de Hacienda no se pronuncia; el sindicato de inspectores, Gestha, publica notas de prensa aludiendo a cantidades pero no publica el informe; la batalla de cifras oscila entre mil y pico millones y 42.000 millones. La desinformación también es poder.

Me pregunto a cuánto ascenderá el fraude de los subsidios por desempleo, por ejemplo –práctica que tampoco me parece aceptable, por supuesto-. Tampoco me queda muy claro ya que la cifra que dio la vicepresidenta del gobierno en 2013, más de 500.000 personas, parece que no correspondía, ni de lejos, a la realidad. Eso sí, se ha creado un buzón de fraude laboral. Me pregunto: ¿para cuándo el de fraude empresarial?

Edificio Metrópolis y Gran Vía, vista aérea (Madrid)

Edificio Metrópolis y Gran Vía, vista aérea (Madrid)

Los grupos de presión

Existen infinidad aunque siempre hay un puñado que descolla. En general, y en España en particular de la misma manera, la vanguardia la ocupan las compañías constructoras, las energéticas, las petroleras, las farmacéuticas y las relacionadas con la asistencia sanitaria, el sector bancario y, por supuesto, el armamentístico. El lobby de la alimentación –o agrícola- empieza a destacarse también en los primeros puestos.

Los grupos de presión (o lobbies) defienden los intereses del sector al que pertenecen. Comprensible acción, cada cual quiere lo mejor para sí mismo. El problema aparece cuando los intereses de estas empresas resultan beneficiar poco o nada al ciudadano medio e, incluso, al desarrollo del país.

La lista de intereses divergentes es infinita: carreteras con peajes, construidas con dinero público y explotadas por compañías privadas (y, cuando dan pérdidas, Papá Estado carga con ellas, como hemos podido ver en nuestro país hace un año); reducción de las ayudas a las energías renovables y cortapisas a su desarrollo en favor de la electricidad convencional –no renovable-; recortes profundos en los presupuestos para la investigación científica pública e incremento de los acuerdos con el sector privado para llevar a cabo estas labores –muchas veces subvencionadas-; desinterés por el desarrollo de medicamentos genéricos; políticas laxas o inexistentes sobre los OGM –organismos genéticamente modificados-; rescate financiero a la banca –por valor de miles de millones de euros-; alquiler de edificios privados para usos públicos por miles de euros al mes, práctica habitual, por lo que hemos podido comprobar, del Ayuntamiento de Madrid durante la última legislatura –mientras los edificios públicos, patrimonio nacional, se pudren o se dejan caer en el olvido-…

Los medios como conglomerados económicos

Los medios de comunicación, adalides de la libertad de expresión, la imparcialidad y el rigor informativo, se han convertido, con el paso de los años, las fusiones y las compras de cabeceras de prensa, emisoras de radio y cadenas de tv por parte de grandes grupos empresariales, en vergonzantes defensores del statu quo, de las élites, de los valores neoliberales y del conservadurismo. Aquellos medios que se han quedado a la izquierda del espectro, se han radicalizado de tal manera que simplemente consiguen ser la otra cara de la moneda, el reverso de los medios pro-Establishment, jugando el mismo juego sucio con las mismas reglas corrompidas.

La seguridad, las leyes y los derechos pisoteados

Los garantes del orden, la policía, la guardia civil, los mossos d’Esquadra, tienen también un papel importante en el mantenimiento del ciclo del poder. Más allá de su papel como protectores de la seguridad de los ciudadanos, que no discuto, aparecen las sombras. Los excesos policiales han empezado a copar las redes sociales y han llegado hasta los medios de comunicación. La fama de los antidisturbios difícilmente podría ser más negativa; los mossos tienen un buen puñado de casos de brutalidad policial que están siendo investigados; muchos manifestantes desarmados y pacíficos han sido golpeados, pateados e incluso han resultado heridos de cierta gravedad; algunos periodistas, cámaras y fotógrafos de prensa también.

Las protestan se asfixian con palabras, con leyes y con porras, el miedo ejerce su soberanía.

Manifestación en Ginebra contra los recortes en educación, sanidad etc. (Suiza, 2012)

Manifestación en Ginebra contra los recortes en educación, sanidad etc. (Suiza, 2012)

El lenguaje es el mensaje

Una frase del libro de Jones resume perfectamente lo que el poder hace con la libertad de expresión, con la incómoda tendencia de los ciudadanos a denunciar, gritar o protestar: “El lenguaje es una herramienta crucial para marginar la disensión política.”

La disensión es vapuleada, relegada al olvido, ridiculizada, arrinconada, incluso criminalizada. Véanse las leyes “mordaza” de países como España, Inglaterra, Estados Unidos etc. Las múltiples intervenciones de políticos en las que sólo se acuerdan de episodios –aislados- violentos relacionados con protestas (pacíficas) –los medios de comunicación suelen, también, hacerse eco, sobre todo, de estos sucesos-. Todas esas ocasiones en las que los ciudadanos somos tratados como niños pequeños que no saben lo que quieren o como delicuentes y ladrones que sólo queremos aprovecharnos del sistema público.

Por no hablar de todos esos eufemismos que encubren políticas antisociales o fenómenos negativos: la movilidad exterior (fuga de cerebros del propio país a terceros países); el apoyo financiero o préstamos en condiciones muy favorables (también conocido como rescate a la banca); los procedimientos de ejecución hipotecaria (desahucios); reformas estructurales necesarias (recortes); incentivar la tributación de rentas no declaradas (amnistía fiscal al 1%) y tantos otros.

Resulta cuando menos curioso que el libro haya sido publicado, en España, por Seix Barral, editorial perteneciente al macrogrupo Planeta, uno de los gigantes de la publicación en nuestro país. Aunque se entiende si tenemos en cuenta que, como rezaba el título de un libro publicado hace algunos años, “Rebelarse vende”, sean tazas con la efigie del Ché Guevara o ensayos sobre cómo funcionan las élites y cómo podemos defendernos de ellas (o intentarlo, al menos).

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