Un lugar donde la mirada espera

El jardín japonés

se contempla

se siente

se respira

se absorbe

Es un concepto filosófico

Tiene alma

Es la representación de la naturaleza

es una pintura recreada

Es la calma

Es el vacío

Jardín seco del templo de Ryoanji (Kioto)

Jardín seco del templo de Ryoanji (Kioto)

Japón es un país de antítesis en el que, armoniosamente, conviven tradición y modernidad, el respeto a los ancestros y un individualismo feroz, templos milenarios y bosques de rascacielos. Al visitante, le fascina. Al emigrante, le confunde. Al oriundo, le pasa desapercibido.

El jardín japonés puede enmarcarse en esta dicotomía: es naturaleza y cultura, historia y presente, agua y piedra. Aunque la clasificación es más amplia, podemos hablar, sobre todo, de dos tipos fundamentales de jardín: el vegetal y el seco o, si se prefiere, el de placer y el religioso.

Principios de otoño, jardín japonés en un templo de Kioto (Japón)

Principios de otoño, jardín japonés en un templo de Kioto (Japón)

La naturaleza dentro del cuadro

Pasear por un jardín japonés es una delicia, nos sentimos como si nos hubiéramos colado en el escenario de una representación, en la recreación de un mundo natural mágico en el que todo está dispuesto para embelesar. La quietud del agua aprisionada en un estanque o el rumor que produce cuando discurre siguiendo el cauce artificial de un río serpenteante o cayendo en forma de cascada acompañan nuestros pasos.

La primera noticia que se tiene de la existencia de estos jardines se remonta a los siglos V-VI d.C., según el Nihon-Shogi (“Las Crónicas de Japón”), el segundo libro de historia –conservado- más antiguo del país del Sol Naciente. Un estanque con carpas por el que el emperador Richu y su esposa se deslizaban sobre una barcaza, rodeados de naturaleza. Un par de siglos más tarde, durante el período Nara y, sobre todo, la exquisita y aristocrática era Heian, el jardín japonés tomó la forma que, aún hoy, conserva: estanque, río o cascada; colinas, promontorios e islas; senderos zigzagueantes y estilizados puentes curvados de madera.

Las lámparas de piedra aparecieron en una época posterior, ligadas a la ceremonia del té que solía tener lugar en la casa del té, ubicada en el jardín, en la que se hacía esperar a los invitados en el exterior y luego se les dirigía hacia la casa a través de un estrecho sendero, tenuemente iluminado.

Mientras que los jardines europeos, los de las cortes reales, los de las villas palaciegas, son rectilíneos, pomposos y cerebrales, los jardines japoneses son sinuosos, abruptos, están tapizados de musgo y helechos, son humbrosos y cálidos. Los primeros fueron ideados para reflejar el poderío y la riqueza de sus dueños. Los segundos pretenden ser un reducto de paz, un lugar pensado para huir de las preocupaciones, para comulgar con la naturaleza, para alegrar los ojos cansados de los dignatarios nipones.

Jardín japonés en Himeji (Japón)

Jardín japonés en Himeji (Japón)

El paso de las estaciones se evidencia con claridad en los jardines japoneses. Los colores cambiantes de la vegetación, la caída de las hojas de los árboles caducos, la nieve sobre las ramas desnudas, la floración de los cerezos, todo es indicativo del paso del tiempo.

La elección de los árboles, arbustos y plantas que componen un jardín japonés no es, en absoluto, arbitraria. Arces palmados, pinos negros, cerezos y bambúes conviven con plantas más pequeñas como el Ophiopogon japonicus, la azalea, el mirto, el enebro chino o la nandina. El perfil de cada árbol, el tono de cada hoja (y su evolución a lo largo del año) y el lugar en el que se ubica cada forma vegetal responden a un diseño cuidadoso que hunde sus raíces en la síntesis de las tradiciones taoísta y sintoísta, en la historia y en las mitologías china y nipona.

Jardín japonés en Nikkō, (Kantō, Japón)

Jardín japonés en Nikkō, (Kantō, Japón)

Grava y piedra

Los jardines secos (también conocidos como jardines zen) suelen estar dentro de los recintos de los templos sintoístas y budistas. Se desarrollaron tardíamente en comparación con el jardín japonés clásico, en los XIV y XV. En Occidente, jamás se nos hubiera ocurrido denominar “jardín” a un espacio en el que la naturaleza viva está ausente. Sin embargo, en Japón tiene sentido que estos lugares secos, áridos y grises se llamen así, jardines, ya que el origen de la palabra en el idioma nipón es  “tierra tomada en posesión”; más adelante, evolucionó hasta lo que nosotros traducimos como “isla”.

Gama de grises y ocres. Grava, piedras y un muro. La arena se rastrilla dibujando líneas serpenteantes que imitan la superficie del mar. Alrededor de las piedras, se esbozan circunferencias para crear ondulaciones visuales, movimiento perpetuo de un oleaje inexistente.

Uno de los más famosos es el que podemos visitar en el templo de Ryoanji, en Kioto, aunque, dado el número de turistas que acceden a él, la posibilidad de sentarse enfrente, relajarse y meditar es bastante remota. De vuelta a casa, muchos occidentales se conforman con esas curiosas copias de jardines secos en miniatura en las que una misma puede rastrillar la fina arena y mover las piedrecillas a su antojo.

El concepto de vacío es intrínseco a estos jardines secos como lo es a la corriente filosófico-religiosa del sintoísmo. Un lugar donde la mirada no busca, donde la mirada espera.

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