El incierto futuro del empleo

El incierto futuro del empleo (escultura a las afueras de Berlín, Alemania)

El incierto futuro del empleo (escultura a las afueras de Berlín, Alemania)

La pregunta sobre el futuro del empleo aparece y desaparece de la actualidad con una periodicidad, llamémosla, discontinua. Con los cambios acelerados que vivimos desde la década de los noventa, la cuestión vuelve a la palestra, esta vez cargada de presentimientos nefastos. Se oyen voces que abogan por un cambio de paradigma. Hay quienes temen a la máquina y quienes la ensalzan.

Hoy en día, nada parece más acertado que llamar carrera al desarrollo de la vida laboral. Carrera de fondo, no de velocidad. El premio es llegar a la meta con un empleo digno que se haya mantenido en el tiempo. Aunque da la sensación de que, cada año que pasa, se quedan más corredores en el camino.

Notas históricas al pie

La revolución industrial de finales del siglo XIX fue la primera en despertar el fantasma del desempleo masivo. Aparecieron el movimiento ludita, los sindicatos, las cajas de resistencia y el concepto de obrero o proletario. También la burguesía, que pasó a engrosar lo que luego se han dado en llamar las clases medias (y medias-altas).

En el siglo XX, el crash del 29, la crisis del petróleo y el desplome con efecto dominó de las economías asiáticas y de algunos sectores emergentes como las punto com, en la década de los noventa, han tenido su contrapartida en la década de los treinta con su efervescente preparación para la guerra, los años sesenta y setenta con el auge del Estado del Bienestar o el repunte del empleo en los años noventa gracias a la revolución tecnológica.

En el siglo XXI, la crisis económica global que empezó en 2008 ha colocado el empleo en el punto de mira. Bueno, más bien el desempleo. Algunos dicen que las altas tasas de paro son coyunturales, que los buenos tiempos volverán. Otros, alarmistas, apocalípticos, creen que es el principio del fin del empleo.

Encontramos dos posiciones antitéticas, ambas pivotando sobre el mismo concepto: el desarrollo tecnológico. La panacea para unos, el miedo al reemplazo para otros. En lo que sí que coinciden la mayor parte de los analistas, de todos los ámbitos, es en que los avances tecnológicos hacen crecer la desigualdad (entre las personas, los países, las regiones etc.)

Lo llaman el principio del reloj de arena. La parte superior la forman los privilegiados, aquellos que tienen un buen trabajo y un buen sueldo. Abajo, la ancha base está ocupada por los desheredados, los que viven en la inseguridad permanente, laboral y económica. La mitad, el justo medio, la equidad, cada vez más estrecha, tiende a desaparecer.

Ciertos trabajos son difícilmente sustituibles por máquinas. Otros tienen los días contados

Ciertos trabajos son difícilmente sustituibles por máquinas. Otros tienen los días contados

Tendencias del mercado

En las últimas décadas, el mercado laboral ha mutado. Las tendencias que estamos viviendo están entrando en su período de madurez, al menos en Occidente.

  • El cincuenta por ciento de la población, que antes estaba fuera del mercado, ocupa ahora su lugar en él: la mujer ha llegado para quedarse y busca estar en igualdad de condiciones con el hombre.
  • La edad de jubilación cada vez va a ser más tardía, debido a la prolongación de la media de vida y, sobre todo, a que el Estado del Bienestar, según está concebido, es incapaz de hacerse cargo de las pensiones de una población cada vez más avejentada.
  • Los jóvenes se incorporan más tarde al mercado laboral. Estudian en la universidad, hacen masters y postgrados, prácticas en empresas, acceden a becas, viven en otros países para aprender idiomas… A los veinticinco años, e incluso a los treinta, la mayoría apenas tiene experiencia laboral pero están “sobradamente preparados” aunque a veces no sepan muy bien para qué.

En los países menos desarrollados, la manufactura ha generado millones de empleos, en general, mal pagados y en condiciones de explotación. En Occidente, este movimiento de deslocalización ha destruido millones de empleos, en el sector textil, en la agricultura y en la fabricación de bienes electrónicos, entre otros.

Allá se fabrica, se ensambla, se suda sobre la máquina de coser; aquí se innova, se crea, se piensa, se hace realidad el futuro gracias a los precios de coste del pasado que ofrecen países como China, India, México, Brasil y otros muchos.

Automatización y procesos digitales

Uno de los cambios más llamativos en el mundo del trabajo es que están desapareciendo miles de tareas que antes era preciso que fueran realizadas por un ser humano y que, ahora, las llevan a cabo máquinas o programas de ordenador. Lo que antes hacían diez, cinco o dos personas, ahora lo hace una o ninguna. En un futuro próximo, la mayor parte de los empleos administrativos pasarán a formar parte del baúl del olvido.

En general, las máquinas son más eficientes para las tareas repetitivas y rutinarias que las personas. Aún nos quedan todos esos trabajos que requieren, al menos, una pizca de creatividad, de ingenio, de pensamiento. La inteligencia artificial pretende llegar hasta ellos aunque, de momento, va despacio.

Hasta ahora, mal que bien, la destrucción de empleo se ha compensado con la creación de nuevos sectores o con el crecimiento de áreas incipientes. Algunos trabajadores se han quedado en el camino, no han podido “reciclarse” o no se les ha ofrecido la posibilidad. Víctimas colaterales, pensarán algunos.

Pero ¿qué sucederá si los daños colaterales empiezan a ser daños directos, duraderos o, incluso, irreversibles?

La tecnología va a continuar su acelerada carrera hacia delante, la pueda seguir la sociedad o pierda pie. Me diréis que es imposible, que es la propia sociedad la que genera el desarrollo y, por lo tanto, también puede frenarlo. Cierto. Ahora sólo nos falta determinar qué es la sociedad. Todos nosotros, me diréis. Sí, todos nosotros, todos, no cada uno de nosotros. Por eso, cuando uno a uno nos vayamos quedando por el camino, la sociedad seguirá pisando el acelerador, porque siempre va a haber un conductor y un grupo que forme la avanzadilla.

Haciendo dulces artesanos en Tokio (Japón)

Haciendo dulces artesanos en Tokio (Japón)

Cambio de paradigma

El avance tecnológico no es en sí mismo negativo para el empleo. Lo es en el contexto actual, en nuestro sistema capitalista de empresas multinacionales, economías de escala, globalización y dinero. Cuanto más grande es una compañía y mayor es el nicho de mercado que ocupa, menor es la proporción de empleo que genera respecto de su productividad. Un ejemplo simple ilustra este punto. Os suena Whatsapp, ¿no? Su valor de mercado se elevaba en 2014 –tengo el dato de ese año- a 16.000 millones de dólares. ¿Sabéis cuántos trabajadores tiene? Unos cincuenta.

Si se mantienen las condiciones actuales, si continuamos caminando por el mismo estrecho sendero formado por macroempresas globalizadas a la búsqueda de productividades salvajes que pasan por encima de cualquier consideración medioambiental o social, vaticino que, dentro de cincuenta años, las desigualdades serán rampantes, los privilegiados continuarán siendo un puñado y, los que ahora nos consideramos clase media relativamente acomodada, viviremos empobrecidos y temerosos del mañana.

La alternativa existe. Recibe muchos nombres porque está atomizada, porque está compuesta de destellos. Todos se refieren a lo mismo, forman parte de un todo, de una idea, de un paradigma que pone a los seres humanos y al medio en el que vivimos en el centro y desplaza la economía y el dinero al rincón que les corresponde.

El nuevo modelo, incipiente, tímido, está compuesto de términos eclécticos. Os sonarán. Sólo hace falta generalizarlos y sustituir, con ellos, los injustos, desiguales y viejos conceptos neoliberales:

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Un comentario en “El incierto futuro del empleo

  1. Pingback: ¿Y qué si la tecnología sustituye al empleo humano? | A la atención de quien proceda

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