Ficciones

Pueblo de Los Ancares (entre Lugo y León)

Pueblo de Los Ancares (entre Lugo y León)

Cuenta la tradición que hace muchos, muchos años, en un tiempo pretérito del que ni siquiera los más ancianos del lugar guardan recuerdo, el pueblo en el que pasé los veranos de mi infancia era un lugar bello y apacible. Escondido en un fértil valle, a las gentes del lugar no les faltaba de nada: un río para saciar su sed y regar los cultivos; tierra negra y generosa en la que crecían los frutos sembrados; lluvia, viento y nieve, traídos por el otoño y el invierno; música generosamente brindada por los instrumentos y las voces de los aficionados; casas robustas de piedra y pizarra que albergaban a las familias y sus animales; fiestas comunales en las que se celebraba el amor de una pareja, el nacimiento de un niño o el cumpleaños de algún oriundo del pueblín.

Los vecinos se cruzaban por las calles empedradas saludándose con alegría, los puestos del mercado coloreaban la plaza cada sábado por la mañana, el agua corría cristalina entre las rocas que formaban el lecho del río y los forasteros eran invitados a té con hierbabuena junto al fuego del hogar o, cuando el sol calentaba, sobre la gran piedra que hacía las veces de banco en el porchecito de todas las casas.

De mi más tierna infancia recuerdo, sobre la chimenea apagada del salón de la casa de mis abuelos, un cuadro al óleo en el que se podía ver este paisaje idílico, desde el aire, una copia local del estilo del pintor Brueghel, al que llamaban “el Viejo”. Mi abuelo miraba hacia el cuadrito con lo que ahora creo entender que era nostalgia y suspiraba, murmurando frases ininteligibles. Yo, que apenas tenía cinco o seis años, no podía entender qué era lo que el padre de mi madre echaba tanto de menos. La vida en aquel pueblo era aburrida, monótona, demasiado silenciosa. Prefería, sin duda, cualquiera de las tres consolas de videojuegos que tenía en la ciudad o alguno de mis coches de juguete con sus circuitos y mis muñecas articuladas o esos días en los que mis padres me llevaban al cine, comíamos bolsas gigantes de palomitas, un refresco tamaño XXL y hamburguesas con patatas fritas, a la salida.

La abuela dice que el cambio fue paulatino pero irreversible, que nadie se dio cuenta de lo que estaba pasando hasta que fue demasiado tarde. Bueno, sí que se dieron cuenta, lo que sucedió fue que, al principio, creyeron que, como les habían contado, todo lo que se estaba haciendo en el pueblo era beneficioso para sus habitantes. Algunos se enriquecieron, inicialmente. Eran los “especuladores”, una palabra que se inventaron en el pueblo para llamar a los que, sin esfuerzo y sin pegar palo al agua, conseguían llenarse los bolsillos. Era difícil explicar cómo lo hacían. El profesor de la escuela decía que aquello era un ejemplo claro de “materialismo histórico”. Nadie terminaba de entender qué quería decir eso del… Bueno, como se llamara. La cuestión era que sin plantar, sin recoger, sin ordeñar, sin pastorear, sin amasar y sin tan siquiera sudar, algunos vestían buenos trajes, compraban carne y pescado en abundancia e incluso, cosa desconocida hasta entonces en el pueblito, ¡se iban de vacaciones! Ver para crear, murmuraban.

Pueblo de Los Ancares (detalle) (entre Lugo y León)

Pueblo de Los Ancares (detalle) (entre Lugo y León)

Otros decidieron vender y, con lo que sacaron de la operación, descubrieron las comodidades de lo que llamaban progreso: la lavadora, la nevera, incluso el coche. Les duró poco aquel dinero de la venta. Como ya no tenían tierra que cultivar ni animales que ordeñar ni materia prima para hacer leche y cuajadas, ni tomates, peras y manzanas para hacer compota ni aguardiente, tuvieron que ponerse a trabajar para otros. Sus antiguos campos se habían convertido en pasillos esquilmados por grandes máquinas a tracción; allí la mano de obra humana era innecesaria. El mercado con sus puestos desastrados y medio deslavazados fue sustituido por un centro comercial lleno de –esto sí que nadie sabía exactamente lo que era- “franquicias”. Parece ser que lo de las franquicias venía a ser como si todos los puestos del mercado hubieran sido de la misma persona y los productos que se vendían también y los campos en los que se cultivaban también y así sucesivamente. Impensable, ¿quién podía ser tan rico? Sólo el rey ¡y ni siquiera!

Una compañía de teléfonos se instaló también en el pueblo, justo en la entrada principal, bien comunicada por la carretera comarcal. Aunque había varias hectáreas de terreno disponibles alrededor, la empresa, a través de su portavoz, negoció con el banco la expropiación de varias viviendas, entre ellas la de mis abuelos. Alguien dijo que el ayuntamiento había dado su visto bueno y que los propietarios serían indemnizados. Presentó un papel y lo llenó de firmas. Las máquinas demoledoras hicieron su trabajo en apenas ocho horas. El conductor cobró 25€ por el día pasado en el tajo. El abuelo, desconsolado, murió de pena poco tiempo después de ver cómo su casa era destruida por un bulldozer.

Los vecinos del pueblo pasaron a ser “mano de obra por cuenta ajena”. Perdieron sus nombres de pila, ahora eran un número, de cinco dígitos. Mi abuelo era el 46664. Los desalojaron de sus casas de piedra, que iban a ser convertidas en alojamientos rurales para turistas; pasaron a ocupar una serie de barracones prefabricados en los que podían dormir hasta 30 personas. El nuevo barrio pasó a llamarse “Paradise”. Todos los que vivían en él estaban tan contentos de habitar allí que jamás se mudaron; los años, los lustros y las décadas pasaron y ellos seguían allí. Por no salir, ni siquiera lo hacían de los barracones, salvo para ir a colaborar con la empresa que los había seleccionado, lo que antes se llamaba ir a trabajar por un salario –expresión pasada de moda ya por aquel entonces-.

El pueblo cambió de nombre. La cartela que daba la bienvenida a los visitantes anunciaba en flamante letra gótica: “Sun Village”. A las afueras, edificaron un par de urbanizaciones con piscina, un campo de golf, dos hoteles y tres bloques de apartamentos, todo en estilo colonial, según rezaba el proyecto que cayó en manos del concejal de urbanismo. ¿Objeciones? Hummm, ¿comisión? 300.000€. Firmado.

Miro por la ventana de mi cuarto y veo la pared de enfrente. Yo también soy, como mi abuelo, un número, pero más largo; se ve que en la ciudad somos más: soy 25.468.751. Me costó un poco acostumbrarme, me gustaba más cuando todo el mundo me llamaba Andrea.

Continúo mirando la pared de enfrente, con empeño. Es blancuzca. Lisa. Bueno, pretende ser lisa. Me concentro y, por fin, comienzo a ver, borrosos, los ángulos del marco. Aparecen los colores, difuminados al principio. Verde, azul, gris pizarra, naranja teja. Unos puntitos diminutos se animan en el centro. Son los vecinos del pueblo, saludándose, comprando en el mercado, riendo, discutiendo. Al fondo, los campos llenos de frutas maduras y de trigo germinado. Es verano.

Vuelvo los ojos hacia el cristal de la ventana. Me atisbo en su reflejo. Llevo puesta, en mi máscara-cara, la mirada nostálgica de mi abuelo.

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