Empresas (poco) excelentes

Pasamos buena parte de nuestra vida trabajando, ¿la empresa no debería de ser un buen lugar en el que estar? (Potsdamer Platz, Berlín)

Pasamos buena parte de nuestra vida trabajando, ¿la empresa no debería de ser un buen lugar en el que estar? (Potsdamer Platz, Berlín)

Me llamó la atención el titular: “¿Es tu empresa un lugar excelente para trabajar?”. El artículo no tiene mucho interés ya que, detrás del llamativo titular, encontramos tan sólo el ejemplo de una pequeña firma española en la que priman las políticas de personal basadas en la descentralización, la autonomía, la confianza y la estima de los empleados. Pero me hizo reflexionar.

Terminé de leerlo y pensé que en mi caso, y en el de muchas otras personas, aspirar a que nuestro lugar de trabajo sea “excelente” es una utopía. Probablemente nos conformaríamos con que fuera agradable; con evitar la mediocridad; con que alguien, alguna vez, valorara algo de lo que hacemos.

Como un mantra, repetido constantemente, en espanglish, oigo las palabras mágicas que todo jefe, todo empresario, todo  directivo canturrea: “el talento” rezuma por todas partes; “el valor añadido es el empleado” hace eco en mis oídos; “vosotros sois los que hacéis posible que la empresa funcione” leo una y otra vez en los correos electrónicos corporativos.

El departamento de Comunicación -o el de Recursos Humanos- se ocupa de transmitir el mensaje optimista y confiado de la empresa en una mezcla de lenguaje alegórico, términos anglosajones vaciados de significado e iniciativas más apropiadas de un jardín de infancia que de una firma de negocios. Es la palmadita en la espalda; la conocemos, ya nos la han dado muchas veces.

Es cierto que algunas empresas, de sectores muy concretos, tratan de potenciar el talento de sus empleados, las ideas nuevas, la comunicación, al fin y al cabo. Pero la mayoría no lo hace, al menos en España. Ni las grandes firmas ni las pymes. Por varias razones.

Desconfianza hacia el trabajador

El carácter y la actitud de la persona son fundamentales para que nazca la confianza y se fomente la autonomía. Los españoles tenemos fama de vagos y caraduras. O, si se prefiere, de economizar lo máximo posible nuestros esfuerzos y aprovechar las oportunidades. Algo de eso hay, no lo negaremos. Depende de cada cual pero una cierta tendencia sí que, históricamente, se puede dibujar. Pero de ahí a que como trabajadores necesitemos tener sobre nosotros, constantemente, el ojo del Gran Hermano, hay un trecho.

El directivo, jefe o empresario “papá” también se lleva mucho. Sabe todo sobre el negocio, cómo hay que hacer todas las tareas, qué es mejor y qué peor en cada momento y a cada paso. Tú estás ahí para seguir sus indicaciones a rajatabla, no hace falta que participes ni siquiera tienes que abrir la boca. Una actitud claramente motivadora, ¿no?

Si el departamento X o la empresa ponen unos objetivos a cada empleado, realistas e incentivadores, éste responderá. Es innecesario obligarle a “calentar la silla” o aparentar que tiene cosas que hacer pasada su hora de salida porque resulta que irse tarde de la oficina otorga puntos “positivos”. Es tan sencillo como este principio: “A mayor libertad, mayor responsabilidad”. Si no se cumple, au revoir, despedido; nadie va a tener remordimientos.

Mediocridad de los jefes

Me llama mucho la atención el nivel de mediocridad que tiene una buena parte de los jefes, “cuadros medios” y directivos de las empresas nacionales. Muchas veces me pregunto cómo han llegado hasta allí. En ocasiones ha sido por enchufe; otras por promoción interna automática; las más porque, justo por encima de esa persona, había otro ser igual (o aún más) insignificante –laboralmente hablando-.

Si tienes la mala suerte de que la persona que está por encima de ti es menos inteligente que tú o no ha tenido la oportunidad de estudiar (al contrario que tú) o, simplemente, no da más de sí, despídete de cualquier ambición que tengas. Incluso puede que te toquen las tareas más ingratas o complicadas, por ir de listillo. Con este tipo de jefe sobrevolando tu coronilla, sólo te queda esperar ¡qué, incongruentemente, ascienda y lo pierdas de vista!

La jerarquía dentro de la empresa, ¿podría ser horizontal?

La jerarquía dentro de la empresa, ¿podría ser horizontal?

Directivos desconectados del día a día

Supongo que lo habréis visto mil veces. Es como un agujero negro que absorbe lo que tiene alrededor e impide la comunicación y el entendimiento; es la variable de distancia-tiempo que separa a los curritos de los directivos de una compañía. Es eterna e infinita, divide el universo y la oficina en dos hemisferios sordos y mudos el uno para el otro.

Los directivos suelen estar en otra planta del edificio o en algún despacho separado del resto de la sala o muy ocupados colgados todo el día del teléfono o manteniendo constantes reuniones. Solicitan informes numéricos, les presentan diapositivas con datos, viven en el mundo de los números: su visión es macro. Los de abajo, los empleados, conviven con los clientes, con los proveedores, con los usuarios; con los problemas de gestión y administración; con lo micro. Ninguno parece entender que lo macro necesita de lo micro y viceversa.

Si, por casualidad, tienes algún encuentro con un directivo, lo normal es que te eche una charla sobre el brillante (o negro) presente y futuro de la empresa –su película- y sobre lo que se espera de ti –sus expectativas-. Te pide que hagas preguntas, que expongas tus dudas, que hagas crítica constructiva. La mitad de lo que se debería decir, no se pronuncia, por miedo, por desidia. La otra mitad parece entrar por un oído y salir por el otro, sin dejar huella en el interlocutor.

Complacencia y desidia

El trabajo no se hace solo. Y el trabajo bien hecho, menos aún. Es una tarea ardua conseguir que un trabajador se sienta incentivado para realizar sus funciones lo mejor posible y que se involucre en el devenir de la empresa. Pero no es imposible.

Lo más fácil es sentarse, hacer lo mínimo y recibir, a final de mes, los X euros que cobremos. Mal pagados y peor valorados, la mayoría de los trabajadores prefiere aburrirse en el trabajo, no hacer nada, que trabajar. Si a alguien le extraña esta afirmación, que pruebe a ponerse en su piel: una hora de trayecto de ida y otra de vuelta, 900 o 1.000 euros de sueldo mensual, tiempos de descanso cronometrados, mínimas posibilidades de mejora o ascenso, colección de “marrones” que debe resolver, muchas veces, sin ayuda…

¿Y si los empleados participáramos de verdad en la toma de decisiones?

¿Y si los empleados participáramos de verdad en la toma de decisiones?

Inversión de tiempo y dinero

Aumento de la productividad, recorte de beneficios sociales y salarios, flexibilidad en los horarios laborales, personal multifuncional. Estos ejemplos y algunos más son los nuevos principios de los nuevos tiempos. El paradigma es “Más por menos”.

Sin embargo, la excelencia, el talento, la innovación y el desarrollo requieren tiempo, inversión económica, interés y, sobre todo, un impulso real que vaya más allá de las buenas palabras y las mejores intenciones que se quedan, precisamente, en eso.

Afortunadamente, hay islas en este mar de mezquindad. Trabajadores entusiastas a los que les gusta hacer bien su trabajo y aportar ideas nuevas; compañeros que son, justamente eso, compañeros, personas que acompañan y con las que se puede contar; jefes que combinan en la medida justa la humanidad, la autoridad y la decisión; directivos que conocen el día a día y se codean con los empleados que están más abajo en la escalera laboral; empresas que animan, e incluso financian, la formación y el desarrollo de sus trabajadores.

Si la tendencia general fuera esta, ¿no seríamos todos un poco más felices?

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