Coleccionar, especular, invertir

El negocio millonario del arte contemporáneo

“Caleidoscopio”, Olafur Eliasson

Subasta en Sotheby’s. Aparece el lote que contiene el cuadro de Andy Warhol titulado “Silver Car Crash [Double Disaster]“. El mazo cae. La puja ha alcanzado la cifra de 105,4 millones de dólares. Es una de las obras más caras de la historia aunque, por delante, aparecen otros nombres como Munch, De Kooning, Klimt, Jasper Johns o Picasso.

Corría el mes de noviembre de 2013. Los peores años de la crisis económica que estalló en 2008 parecen haber pasado, al menos a nivel macroeconómico. El mercado del arte contemporáneo, una industria millonaria gracias a un puñado de nombres, ha superado el corto período de desaceleración que vivió en 2009. Las casas de subastas, los coleccionistas, los especuladores, los marchantes, los galeristas y, claro es, los propios artistas, vuelven a moverse ligeros y ufanos entre instalaciones, brochazos y esculturas hiperbólicas.

Las ventas de arte durante la velada de Arte Contemporáneo de Sotheby´s, el 13 de noviembre de 2013, ascendieron a más de 380 millones de dólares. Sin incluir el IVA.

El juego de espejos se reanuda. La carrera por conseguir una obra de arte emblemática, transgresora o, simplemente, firmada por alguno de los grandes nombres de la creación contemporánea, se reactiva.

¿Un tiburón conservado en formaldehído, de Damien Hirst? ¿La mujer-trofeo, Stephanie Seymour, de Maurizio Cattelan? ¿Un perro-globo de Jeff Koons? ¿Un colorido Basquiat? El mercado del arte tiende a infinito, como cualquier otro mercado de productos de consumo, pero  las obras de renombre y las figuras reconocidas escasean. De ahí que haya que pagar cantidades desorbitadas por ellas.

La pregunta no es por qué se pagan millones de dólares por una obra de arte contemporáneo sino ¿por qué se pagan por arte en lugar de por cualquier otro producto de lujo? Y, ¿quién o qué determina el precio?

Christie's, sala de exposiciones de la casa de subastas

Christie’s, sala de exposiciones de la casa de subastas

Artenovela, la historia detrás de la obra

Las adquisiciones de arte contemporáneo, entre las élites económicas del mundo, responden fundamentalmente a tres deseos: el prestigio, la inversión (especulativa o no) y la exclusividad.

Más allá de la calidad, la originalidad o los méritos artísticos del creador; por encima de cualquier opinión sobre la textura, los colores o las formas, se levanta la capacidad de la propia obra de “venderse”. Un cuadro, una escultura, un vídeomontaje o una fotografía valen lo que el público considera que es su valor. Entiéndase “público” en su acepción más estrecha, como la camarilla de entendidos, diletantes y coleccionistas que pululan por las salas de subastas, las galerías y las ferias anuales de arte.

¿Subjetivo? Evidentemente. Pero de la misma manera en que lo es la diferencia de precio entre unas zapatillas de marca de moda y otras que no lo están tanto.

Art Basel en Miami Beach 2014 © Art Basel

Art Basel en Miami Beach 2014 © Art Basel

Por una obra de arte, un cuadro, una escultura, una fotografía o cualquier otra manifestación artística tangible, se paga muchísimo dinero en el caso de que:

La venda la persona adecuada: un marchante muy conocido, una galería de renombre o cualquiera de las dos casas de subastas que cuasi-monopolizan el mercado del arte, Sotheby’s y Christie’s (en evidente guerra abierta la una contra la otra; de tanto que se odian, se copian constantemente).

– Esté en el lugar apropiado: cualquiera de las cinco ferias-espectáculo es un buen sitio para comprar una “gran” obra de arte. Art Basel y su filial en Estados Unidos, Miami Basel; Frieze Londres y, de nuevo, réplica en Nueva York; la feria de Hong Kong -libre de impuestos-. Tanto para exponer como para visitarlas, se ha de superar un elitista “derecho de admisión”.

– Su historia sea interesante: quién la ha poseído y en qué circunstancias la adquirió o se deshizo de ella hacen subir el precio como la espuma. La propia leyenda dejada tras de sí por la pieza también puede resultar un aliciente; si fue polémica en su época, el centro de una disputa entre artistas o el último cuadro que pintó el autor antes de morir.

La periferia es el nuevo centro

Los dos mejores clientes de arte contemporáneo en el mundo son dos familias de dirigentes árabes: la familia real qatarí y los jeques de Emiratos Árabes Unidos. Les sobra el dinero –los famosos petrodólares- y les falta historia occidental; quieren convertir sus principales ciudades en reclamos turísticos a través de enormes inversiones en hoteles de lujo, centros comerciales, oferta de ocio y, la guinda del pastel, arte.

¿Cómo conseguir que lugares desérticos como Doha, Dubai o Abu Dhabi entren en la lista de ciudades de interés cultural? Parece que la respuesta llega en forma de inversión multimillonaria en la compra de obras de arte moderno y contemporáneo. Y la construcción de varios museos imponentes, para albergar las nuevas adquisiciones, firmados por el célebre arquitecto Frank Ghery o auspiciados por la mismísima pinacoteca del Louvre.

Maqueta de la futura sede del Louvre en Abu Dhabi (del arquitecto Jean Nouvel)

Maqueta de la futura sede del Louvre en Abu Dhabi (del arquitecto Jean Nouvel)

Hasta hace un par de décadas, la mayoría de los compradores de obras de postguerra eran occidentales: coleccionistas, galeristas o instituciones públicas y privadas de Estados Unidos, Europa y Japón se repartían el mercado de forma desigual.

En el siglo XXI, las grandes fortunas de los países en vías de desarrollo quieren hablar de igual a igual y en el mismo idioma que sus aventajados vecinos del Norte. Los postores en las veladas de las grandes casas de subastas provienen, hoy en día, de más de setenta países.

Made in China

El mercado del arte se mueve siguiendo los flujos de la economía, de ahí que el polo de interés esté basculando desde Occidente hacia Asia, en particular hacia China. En Pekín y en Shangai, las galerías, los coleccionistas y los marchantes de arte contemporáneo han proliferado en la última década.

Los artistas chinos han conseguido catapultarse a las primeras posiciones de las listas de los mejor pagados. El más conocido es Takashi Murakami, o “Mr. DOB”, creador de obras de arte basadas en la estética manga.

Saber +

Os recomiendo el ensayo de Don Thompson, “La supermodelo y la caja de brillo“, editado en español por Ariel, en febrero de 2015. Es un análisis del mercado del arte contemporáneo desde el punto de vista económico, amenizado por anécdotas curiosas y esclarecedoras sobre los entresijos de este mundillo que, lejos de toda lógica, une a la flor y nata de nuestras sociedades con artistas opíparamente transgresores como Zhang Huan.

“La supermodelo y la caja de brillo”, de Don Thompson

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