Orgías consumistas

¡Tanto tiempo esperándolo! Por fin han abierto el Primark de Gran Vía, ¡qué felicidad! Ay, ¡y este viernes es el “Black Friday”! Qué suerte la mía que se ha extendido a todo tipo de productos porque, cuando estaba limitado a la tecnología, se me quedaba corto.

Y la Navidad está a la vuelta de la esquina, ¡comer y beber hasta el hartazgo, comprar regalos para toda la familia, los amigos íntimos y, bueno, alguna cosita también para los que no lo son tanto! Hummm, ¿qué me compraré? Yo es que ya decidí hace algunos años autoregalarme en Navidad –y en mi cumpleaños y para el aniversario-. ¿Quién mejor que yo va a saber lo que quiero, lo que necesito?

Después las rebajas, ¡el final de año es orgásmico! Sólo de pensar en ello me pongo a pegar saltos de alegría, se me llena la boca de sonrisas, me atrevería a decir que… Sí, soy FELIZ.

Las rebajas, la moda low cost, el Black Friday, la Navidad o los outlets son estrategias de hiperconsumo

Consumo, luego existo

El “Black Friday”, la Navidad, las rebajas, la moda low cost o los outlets son estrategias comerciales y marketinianas destinadas a fomentar el hiperconsumo.

Definiendo términos

Me asomo al diccionario de la Real Academia y me sorprende ver el orden de las distintas acepciones del término “necesidad”. Mi pensamiento anticuado me había susurrado, muy bajito, que necesidad es sinónimo de carencia. Lo es. Pero sólo en tercer lugar. Los dos primeros responden mucho mejor a la concepción moderna de una auténtica sociedad de consumo.

Necesidad:

  1. f. Impulso irresistible que hace que las causas obren infaliblemente en cierto sentido.
  2. f. Aquello a lo cual es imposible sustraerse, faltar o resistir.
  3. f. Carencia de las cosas que son menester para la conservación de la vida.
  4. f. Falta continuada de alimento que hace desfallecer.

Ah, ya sé lo que pasa, las dos primeras acepciones son las propias de Occidente, de los países industrializados, desarrollados, ricos. La tercera y la cuarta son más propias del resto del mundo, de los que no tienen. Bueno, y en el norte (económico), de las clases depauperadas.

Black is Black

Tranquilizada, puedo volver a pensar en qué voy a comprar este viernes, “Black Friday”, día negro, justamente, para la sostenibilidad del planeta, para el medio ambiente y hasta para nuestros bolsillos (o cuentas bancarias, que ya lo de la calderilla y el efectivo ha quedado obsoleto).

Incluso los medios de comunicación le dedican reportajes y artículos, explicando dónde podemos encontrar los, así llamados, mejores descuentos. Debe de suceder que, en nuestro mundo saturado de información, escasean las noticias.

Varias asociaciones,  movimientos sociales y ONG’s han creado la contrapartida del Black Friday y hacen campaña por el “Día sin compras”. Les auguro un fracaso estrepitoso en cuanto a cifra de seguidores y un triunfo difícilmente mensurable en relación con la concienciación (de parte) de la ciudadanía.

Día sin compras contra Black Friday, combate por ko

Día sin compras contra Black Friday, combate por ko

Estado previo: felizmente consumiendo

La droga de la felicidad hace ya años que aparece en forma de compra. Dónde y cuándo empezó es dudoso, tal vez podríamos arriesgarnos a hablar de un fenómeno propio de la postguerra mundial –la segunda, claro-, hijo rebelde de la escasez y de la economía del petróleo. Pero, ¿cuándo comprar se convirtió en sinónimo de felicidad? Lo que nos satisface no es la posesión del objeto ni la perspectiva de dicha posesión sino la acción de adquirirlo.

Debe de haber decenas de miles de estudios sobre el fenómeno del consumismo, viejo conocido que aún nos sorprende. En su vertiente psicológica; en la sociológica; como medio, como principio, como fin; desde el punto de vista de la publicidad y el marketing, desde la atalaya del empresario, de las macrofirmas, de los apolíticos imperios de la producción.

El consumo es un campo de trabajo fértil en el que plantar ofertas, días sin IVA, promociones de 3×2, descuentos del 50%, cupones-regalo y tantas otras fórmulas incitadoras. Hasta la neurociencia se está ocupando de él, ¡su Majestad el Consumo, a vuestros pies!

Estado posterior: insatisfacción

El canto de sirena emanado de los productos de consumo suele ser efímero; apenas consigue sobrevivir al desembalaje, a la bolsa de plástico, al instante en el que pasa de ser de otro para ser mío. Después, es sustituida por una nueva promesa en forma de objeto codiciado, de actividad por hacer, de restaurante u hotel o lugar pendiente de ser visitado.

Lanzo una pregunta al viento, ¿recuerdas, sientes aún, la emoción que te produjo la última compra que hiciste? ¿O una anterior? ¿Lo que comiste en el (pen)último (nuevo) restaurante al que fuiste? Posiblemente no. Lamentablemente no.

¿Te vienen a la memoria alguna de esas historias que contaban tus abuelos o tus padres, recordadas cincuenta o setenta años después? ¿Aquella pelota fabricada con papel de periódico con la que jugaban en la calle, la única muñeca que tuvieron -de trapo, probablemente-, aquel plato especial que les preparaban para celebrar su cumpleaños?

Como sociedad, en cada generación, nos van quedando menos recuerdos de este tipo, sepultados por una ingente montaña de vivencias efímeras que no dejan huella.

A nuestro alrededor, anuncios, colores y objetos reclaman nuestra atención. Grandes letras de molde irrumpen en nuestro campo visual para incitarnos a comprar, a gastar. La tarjeta de crédito se impacienta encerrada en el monedero. La bolsa de rafia quiere correr al supermercado. Tic tac, tic tac, sólo hoy, descuento, promoción, últimas existencias. Tic tac.

Me paro un instante, a pensar, a descansar del bombardeo diario de felicidad empaquetada.

¿Qué es lo que realmente quiero?

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Un comentario en “Orgías consumistas

  1. Pingback: Consumidores imperfectos | A la atención de quien proceda

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