Estambul, acuarela en blanco y negro

Guía del Estambul menos conocido. Porque viajar no es hacer turismo

Pesador en el puente Gálata (Estambul, Turquía)

Pesador en el puente Gálata (Estambul, Turquía)

Lejos de las clásicas postales de la ciudad, contempladas con asombro familiar por millones de turistas, la antigua Constantinopla muestra su verdadera faz en los barrios que se extienden más allá de las archiconocidas estampas de Santa Sofía y la Mezquita Azul.

 

La muralla de Constantino

Los restos de las murallas de Constantino el Grande que aún se conservan pueden verse a las afueras de la ciudad, cerrando la entrada por tierra a la antigua Constantinopla desde el mar de Mármara hasta el estuario del Cuerno de Oro.

Resulta instructivo caminar a lo largo de la  muralla para hacerse una idea de las disparidades que presenta Estambul. Sin solución de continuidad, encontramos a lo largo del paseo pequeñas urbanizaciones de casas adosadas de aire residencial, erigidas para la clase media y de reciente construcción, junto a ruinas habitadas en las que la ropa que se agita al son del viento, en un par de cuerdas de tender deshilachadas, nos ofrece una pista sobre quiénes pueden ser sus moradores.

La sultana Mihrimah

La mezquita más peculiar que encontramos junto a las murallas es la de Mihrimah Sultan. El templo es hermano, arquitectónicamente hablando, de otros más conocidos como la esbelta mezquita Azul, la de Eyüp Sultán o la impresionante de Süleymaniye. Lo que la hace especial es su historia ya que lleva el nombre de una mujer, la sultana Mihrimah, hija de Solimán el Magnífico y esposa del gran visir de éste, Rüstem Pasha.

El nombre de la sultana significa, en persa, “el sol y la luna”. Nació el 21 de marzo, día del equinoccio de primavera, cuando el día queda repartido, a partes iguales, entre el sol y la luna. Cuenta la leyenda que las dos mezquitas estambulíes que llevan el nombre de la sultana, una en la parte europea de Estambul, la otra en el barrio asiático de Üskudar, fueron diseñadas por el arquitecto Sinan para que, cada equinoccio de primavera, el sol se ponga entre los minaretes de una al mismo tiempo que la luna aparece en mitad de los minaretes de la opuesta.

Azulejo en el interior del palacio de Topkapi (Estambul, Turquía)

Azulejo de una estancia del palacio de Topkapi (Estambul, Turquía)

El barrio de Fener

Hacia la mitad del recorrido constantiniano, aparecemos en la zona norte del barrio de Fener, el antiguo baluarte de los griegos acaudalados que, hoy en día, aparece a la vista como un mosaico de calles empedradas empinadas, casas de colores con antenas parabólicas incrustadas en sus fachadas a cualquier altura; vendedores ambulantes de verduras de temporada; carromatos atestados de alfombras de colores desvaídos; niños corriendo, chillando, pegando patadas a un balón, tal vez emulando a sus ídolos del Galatasaray o del Fenerbahçe; humildes pastelerías en las que encontrarás las mejores baklavas al precio más económico de toda la capital.

Aunque en esta caleidoscópica barriada no se habla inglés, sólo turco, nos entenderemos sin problemas con gestos y sonrisas.

Vivienda de madera en el barrio de Fener, próxima a San Salvador de Cora (Estambul, Turquía)

Vivienda de madera en el barrio de Fener, próxima a San Salvador de Cora (Estambul, Turquía)

San Salvador de Cora

La joya del barrio de Fener está escondida entre coloridas casas de madera, de travesaños destartalados, pintura desconchada y escalerillas de acceso sin baranda. Las contraventanas golpean quejosas las fachadas en días de fuerte viento. Muchos visitantes se acercan en taxi hasta la puerta, dejan al taxista esperando mientras contemplan los dorados de los mosaicos de la Iglesia bizantina de San Salvador de Cora y vuelven a montarse rumbo al centro, a Santa Sofía y al Gran Bazar. Se pierden la esencia del barrio griego que se descubre deambulando por sus callejas.

Dejando atrás la iglesia de Cora y adentrándonos en el barrio, veremos una mole de ladrillo rojizo encajada en medio de humildes viviendas. Es el colegio griego ortodoxo Phanar, un edificio circular y mastodóntico que, pese a sus dimensiones, consigue convivir en armonía con los bloques de viviendas que lo rodean.

Fatih, donde la religión impera

En algún momento de nuestro periplo, tras perdernos numerosas veces callejeando, alcanzaremos el barrio ortodoxo de Fatih, en el centro del cual se haya la mezquita del mismo nombre, mandada erigir por el sultán Mehmet II Fatih. Si antes de pisar este distrito has pateado por Sirkeci o Pera, notarás una gran diferencia entre estas partes de Estambul y el área de Fatih. El bullicio y el ajetreo desaparecen aquí. Las mujeres visten de largo, llevan la cabeza cubierta o, directamente, van envueltas en un niqab –parecido al burqa pero sin rejilla en los ojos-. Si eres mujer, por muy tapada que entres en la mezquita, los hombres te mirarán preguntándose qué haces en su territorio.

Mujeres vestidas con niqab en el barrio musulmán ortodoxo de Fatih (Estambul, Turquía)

Mujeres vestidas con niqab en el barrio musulmán ortodoxo de Fatih (Estambul, Turquía)

Cuando dejamos Fatih atrás, de nuevo parece que emprendemos un viaje espacio-temporal. De repente, aparecen los puestos con todo tipo de mercancía, la sombra del Gran Bazar, la explanada de Santa Sofía. Si continuamos hacia el mar, por el este, pasaremos por el barrio pesquero de Kumkapi donde podemos parar a comer. La calle Telli Odalar está repleta de restaurantes donde se puede comer buen pescado –a un precio asequible-.

Cruzando el Cuerno de Oro

La parte de Estambul que queda al otro lado del puente Gálata también cuenta con sus pequeños rincones con encanto.

Beyoğlu –o Pera, como también se lo conoce- es un barrio comercial, ajetreado y efervescente. La calle principal, el boulevard Tarlabasi, desemboca en la gran plaza Taksim, lugar en el que se ubica el monumento a la República, una escultura en la que ondea la bandera turca. Tarlabasi suele estar atestado de paseantes, turistas y turcos de estética occidentalizada.

En algún punto del ascenso, nos toparemos con un grupo o una pareja de músicos callejeros que tocan instrumentos tradicionales o sencillos como la pandereta, el ukelele o el xilófono. Los puestos de zumos de fruta recién exprimida motean, a derecha e izquierda, las hileras de tiendas de moda, zapatos y complementos.

La parte más alternativa del barrio la encontramos en las callejuelas que unen el boulevard con la avenida Kemeralti (hacia el Bósforo) y alrededor de la torre Gálata, desde la que se contempla una magnífica puesta de sol sobre los tejados estambulíes. Cafés de aire vintage con mesitas de forja en la acera, abigarradas tiendas de antigüedades o recoletas galerías de arte, cada uno con el aire singular que su dueño ha querido darles. Es difícil resistirse a tomar un té y fumar una cachimba en este ambiente tranquilo y acogedor.

Cartel de un pequeño café en el barrio de Beyoglu (Pera, Estambul, Turquía)

Cartel de un pequeño café en el barrio de Beyoglu (Pera, Estambul, Turquía)

El espectáculo nocturno del puente de Ataturk

La orilla europea del Bósforo conduce nuestros pasos hacia el barrio de Beşiktaş. El camino se aleja del agua del estrecho a la altura del palacio de Dolmabahçe, centro administrativo del gobierno durante el último período del imperio Otomano. En él terminó sus días Ataturk, el “padre” de la Turquía moderna. Más allá, el parque Yildiz nos regala un poco de calma y silencio en el caos que, a cualquier hora, parece reinar en la carretera de doble dirección que lleva hasta el puente de Ataturk, por el que se cruza de lado a lado el estrecho, uniendo las orillas europea y asiática.

Para tener la mejor vista del puente desde tierra firme, hay que llegar hasta una pequeña explanada que hay junto a la cargada -por no decir barroca- mezquita de Ortaköy, en el barrio homónimo. Al atardecer, los estambulíes se reúnen en este lugar para ver cómo los últimos rayos arrancan destellos multicolores a las aguas mansas del estrecho y cómo las luces del puente comienzan a iluminar los tirantes y hierros que lo dan forma.

Unos puestos de comida colocados en hilera se encargan de dar de cenar a los espectadores. La especialidad del barrio es la patata asada rellena. No os extrañe ver que el relleno ocupa más que la propia patata porque los indecisos la piden con todo: aceitunas, maíz, pepinillos, zanahoria rallada, mayonesa, champiñones, salchichas, queso y hasta ensaladilla rusa.

Vendedor callejero en el barrio de Fener (Estambul, Turquía)

Vendedor callejero en el barrio de Fener (Estambul, Turquía)

Üsküdar, el Estambul asiático

Al otro lado del puente, nos espera la parte asiática de Estambul, el barrio de Üsküdar. Es más bonito y mucho menos enervante tomar uno de los barcos que pasan de una orilla a la otra del estrecho, en lugar de pasar en coche. Üsküdar es diferente a lo que hemos podido ver hasta ahora. Es uno de los barrios más antiguos de Estambul; todavía conserva un mercado de abastos semicubierto y ciertas construcciones en decadencia. Desde esta orilla, se divisa la torre de Leandro –un faro- flotando entre el Bósforo  y el mar de Mármara. A lo lejos, las siluetas de las mezquitas se multiplican en el lado europeo y Santa Sofía y la mezquita Azul se alzan casi al alcance de la mano. Al atardecer es sencillamente mágico.

Sensual, deslavazada, ortodoxa, cosmopolita, urbe sedienta y fagocitadora, Estambul ciclotímica y decadente, emperatriz bizantina sin cetro ni corona

Instantáneas con mi vieja Polaroid

Recomiendo también pasear por las calles aledañas al Gran Bazar y al Bazar de las Especias un domingo, especialmente a primera hora de la tarde, cuando los puestos están cerrados y el vocerío de los vendedores se ha transformado en silencio. La desacostumbrada estampa de soledad crea una mezcla de sentimientos en el visitante.

Y como no todo va a ser desgastar las suelas de los zapatos, nos dejaremos un rato libre para tirarnos en el césped, a orillas del Bósforo, mientras nos comemos un bocadillo de caballa recién rescatada de la parrilla. Los estambulíes montan improvisadas barbacoas sobre cuatro piedras y pasan su día libre en la franja que corre paralela a la orilla europea del Bósforo.

La llamada a la oración desde los altavoces de las principales mezquitas que alberga Estambul -de las cerca de 3.000 que hay en la ciudad- es un cuadro sonoro que, la primera vez que lo oímos, nos sorprende y nos cautiva.

Estación de tren de Sirkeci (Interior del restaurante, Estambul, Turquía)

Estación de tren de Sirkeci (Interior del restaurante, Estambul, Turquía)

Saber +

Estambul, ciudad y recuerdos“, Orhan Pamuk. Este libro se compone, fundamentalmente, de las memorias del Pamuk niño, un retrato subjetivo más del autor que de la propia ciudad que es interesante pese a no ser el mejor libro del premio Nobel turco.

Estambul. Paseos, miradas, resuellos“, de Javier González-Cotta. Una guía a la antigua usanza, con mucho texto y pocas imágenes, periodística y lírica a la vez. Un libro para tener en la mesilla de noche –o en la memoria del ebook- y leer a pequeños sorbos mientras esperamos que llegue el gran día en el que nuestro avión despegará rumbo a la capital turca.

Cruzando el puente: los sonidos de Estambul“, Fatih Akin (película documental). Amena travesía por las músicas que vibran en la antigua Constantinopla, desde rock psicodélico hasta rap pasando por ritmos de raíces kurdas ancestrales. La voz de Aynur Dogan palpitó, por primera vez para mí, en esta película.

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