Miedo al referéndum

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La democracia no es, la democracia se construye

Los políticos españoles tienen miedo de los referéndums. De ahí que no los convoquen, que les de alergia mencionar la palabra, que intenten trivializar su importancia. En democracia, el referéndum tiene un papel fundamental en la expresión de la voluntad del pueblo.

En las democracias occidentales, se insiste en el hecho de que los ciudadanos van a las urnas cada cuatro años, como si esta fuera la prueba irrefutable de la calidad excelsa de ese gobierno del pueblo que, como bien sabemos, etimológicamente es lo que significa dēmokratía. Pero no lo es.

El hecho de poder votar en unas elecciones, sean de la índole que fuere, es sólo el primer paso en lo que podríamos denominar una democracia real. Dado que los programas electorales y las promesas hechas en campaña suelen quedar en papel mojado durante las legislaturas, la posibilidad de opinar sobre diferentes cuestiones, a través de un plebiscito o consulta popular, es vital.

La democracia no es, la democracia se construye

 

En un país como España es imprescindible que se desarrolle el mecanismo del referéndum como herramienta para fomentar la participación de la ciudadanía en la política del país y en todos los asuntos que la atañen. Los políticos y los partidos que dicen representarnos, más allá de su valía –que, en mi opinión, es escasa-, pretenden ser los adalides de un pueblo al que ni escuchan cuando habla ni permiten hablar cuando empieza a balbucear.

España, un país en el que la ley electoral es asimétrica y un voto no vale uno sino dos o cero, según dónde se ejerza este derecho.

España, un país en el que se ha aprobado una Ley de Seguridad Ciudadana, denominada (im)popularmente “Ley Mordaza”, que sitúa a la misma altura un acto vandálico y una protesta frente al Congreso. Limita la libertad de expresión y de reunión de los ciudadanos; reduce el ámbito cubierto por el derecho a la intimidad; otorga poderes extraordinarios a los cuerpos de seguridad del Estado. En fin, criminaliza la protesta y pisotea la presunción de inocencia.

España, un país que secundó y aprobó una intervención militar en Irak pese a que dos millones de personas salieron a la calle para gritar “No a la guerra” y pese a que según las encuestas –descifradas en clave partidista siempre- cerca de un 70% de la población rechazaba la guerra. Un referéndum hubiera impedido que se tomara la decisión de apoyar a EE.UU. y Gran Bretaña en su ataque a Irak. Por eso no se propuso.

España, un país que ha sostenido y fomentado un sistema bipartidista durante toda su historia moderna, salvo las décadas que, peor aún, ha vivido bajo dictaduras de líder único.

España, una nación plural, según la Constitución, dividida en comunidades autónomas como mal menor, con cinco lenguas cooficiales además del idioma oficial, el castellano. Las diferencias económicas entre unas comunidades y otras son rampantes; la multiplicidad de administraciones públicas a nivel local, regional y nacional, sangrante.

España, un Estado que dejó atrás 40 años de dictadura con una Constitución adecuada para salir del paso –meritoria para el momento- y que, en 2015, pretende seguir desarrollándose como nación basándose en un esquema político, social y jurídico obsoleto. Hay que superar el discurso de 1978 (pdf).

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Los políticos pretenden ser los adalides de un pueblo al que no dejan opinar, ni tan siquiera balbucear

No estoy hablando de revolución sino de evolución; de opinión en lugar de imposición; de libertad y responsabilidad frente al gastado paternalismo estatal; de educación política más allá de ideologías y oportunismos.

La democracia real precisa de un cuerpo político abierto al debate, de una sociedad responsable e informada, de unas instituciones transparentes y de unos medios de comunicación plurales e imparciales. Sin esto, lo que tenemos es una democracia enferma, que no hace honor a su propio nombre, reducida a ser un sobre blanco y otro naranja que se introducen por una rendija, una vez cada cuatro años, en un saco roto.

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