La desaparición del espacio público

El espacio público se privatiza, se comercializa y se marginaliza (entrada a la ópera, Oslo, Noruega)

El espacio público se privatiza, se comercializa y se marginaliza (entrada a la ópera, Oslo, Noruega)

Apenas nos hemos ido dando cuenta. El fenómeno se ha producido de forma paulatina, pareciera incluso que de una manera natural; podemos pensar que “va con los tiempos”. La preponderancia del individuo sobre lo colectivo, la eternamente creciente competencia entre unos y otros por ser los mejores, la privatización de los bienes públicos en aras del incremento de los ratios de productividad y hasta el declive de la familia tradicional conllevan un estrechamiento del concepto de lo común.

 Puede parecer que el espacio compartido se reduce porque está siendo sustituido por la esfera íntima

Y sin embargo, este giro es sospechoso. Sociológicamente hablando, los seres humanos buscamos la compañía de otras personas de forma constante, valoramos sus opiniones, pedimos consejo, quedamos para charlar, ver una película, cenar o tomar algo. Hoy en día sigue siendo así, ni el siglo XXI ni los cambios tecnológicos han modificado, de forma profunda, este principio vital; las redes sociales son un buen ejemplo de esta práctica aunque a veces nos parezca que son más un teatro o una pasarela en la que exhibir el yo que un canal de comunicación.

En nuestras ciudades, el espacio físico del que puede disfrutar el ciudadano se achica, se empequeñece e incluso desaparece. En la mayor parte de los casos, pasa a ser ocupado por la publicidad o es privatizado -dejado en manos de empresas que lo explotan para su beneficio-. En otras, es abandonado por las instituciones y por los propios usuarios, convirtiéndose en no-lugares, como sucede con los barrios marginales, los cascos históricos fantasma -deshabitados- y las restauraciones que se llevan a cabo para convertir una ciudad en la que se vive por otra que se visita, especialmente por masas de turistas que bajan, fotografían y vuelven a subir a un autobús.

Las calles de muchas ciudades se han convertido en un decorado pensado para ser admirado por los turistas (Potsdam, Alemania)

Las calles de muchas ciudades se han convertido en un decorado pensado para ser admirado por los turistas (Potsdam, Alemania)

La comercialización del espacio ciudadano

La publicidad de masas comenzó en los medios de comunicación y, poco a poco, se ha ido extendiendo por doquier. A todos nos resultan familiares las vallas publicitarias en las carreteras, los carteles en las marquesinas y paradas de autobús e incluso esas lonas mastodónticas, de varias decenas de metros cuadrados, que esconden la restauración de algún edificio urbano.

En algún momento, la industria de la publicidad y los que se financian a través de ella decidieron que ésta debía de ser ubicua. Desde entonces, empezamos a encontrarnos con pasillos de metro “empapelados” con campañas publicitarias, incluyendo sonidos y olores; estaciones de transporte público que pasan a tomar el nombre de una empresa privada que las “esponsoriza” cual mecenas de la Antigüedad; autobuses y vagones de tren embalados como si fueran paquetes de regalo; proyecciones luminosas en edificios o aceras; pantallas colosales colgadas de las fachadas de edificios encendidas 24/7; plazas públicas tomadas por stands de promotores…

El profesor de la Universidad Politécnica de Madrid, Álvaro Ardura, resume muy acertadamente esta deriva afirmando que “los espacios públicos han de ser “rentables” en sí mismos. Esto se traduce en su mercantilización temporal, ya que la definitiva no es viable en el actual marco jurídico. No se pueden vender las calles, aún; pero sí alquilarlas”.

El estudio que firma el profesor Ardura habla de Madrid pero encontramos ejemplos en muchas otras ciudades del mundo, desde las comercialmente hablando más que jugosas ciudades del Este de Europa hasta Toronto, donde un movimiento ciudadano ha puesto en marcha una campaña para salvaguardar el espacio público que consideran está siendo privatizado sin el consentimiento de los habitantes de la metrópoli (Toronto Public Space Iniciative).

La escasez de bancos en las calles y parques pretende fomentar el uso de las terrazas de los bares y restaurantes (banco de hierro en un pueblo de Badajoz)

La escasez de bancos en las calles y parques pretende fomentar el uso de las terrazas de los bares y restaurantes (banco de hierro en un pueblo de Badajoz)

Lugares de paso

Otra de las formas que ha tomado la desaparición del espacio público está ligada a los propios proyectos de los ayuntamientos, diputaciones y ministerios de fomento u obras públicas. Las plazas se reforman levantando frías gradas de hormigón; se rehúye la planificación y creación de parques, jardines o espacios verdes; el mobiliario urbano, especialmente los bancos públicos, brilla por su ausencia; las aceras se estrechan y se llenan de pivotes para evitar que los coches, los reyes de nuestras ciudades, aparquen en ellas; se fomenta la apertura de macrocentros comerciales en la periferia, lugares despersonalizados y totalmente enfocados a la comercialización de cada instante de nuestras vidas.

El ocio no consumista es castigado. Sentarse de balde en un banco a leer, a charlar o a ver una puesta de sol no genera beneficios a ningún negocio, de ahí que nos inviten a sentarnos en las terrazas de los bares que cada día proliferan más (pagando los impuestos prescriptivos al ayuntamiento de turno) y a que llevemos a nuestros hijos a las ferias o atracciones de pago de los centros comerciales.

Los parques son los pulmones de las ciudades y de los ciudadanos; pasear, sacar al perro, correr, tomar el sol o leer son sólo algunas de las actividades que se desarrollan en ellos

Los parques son los pulmones de las ciudades y de los ciudadanos; pasear, sacar al perro, correr, tomar el sol o leer son sólo algunas de las actividades que se desarrollan en ellos

Algunas urbes han decidido dar la espalda a esta mercantilización del espacio público. Copenhague, con la recuperación de su casco histórico a partir de los años 60, o la ciudad australiana de Melbourne donde se ha intentado que las calles, construidas como lugares de paso, se conviertan en sitios de encuentro para los ciudadanos.

Algunos ayuntamientos han rehusado seguir este tipo de políticas y han apostado, por el contrario, por las zonas peatonalizadas, los parques y los lugares de ocio sin coste

Otras instituciones locales han empezado a escuchar a las asociaciones y movimientos ciudadanos que reclaman el retorno del espacio común para reunirse, para que los niños jueguen, para hacer ejercicio, tomar el sol o simplemente para respirar.

El pulso entre el derecho intangible de los ciudadanos a disfrutar de su hábitat y la comercialización y privatización del espacio público se prevé enconado. Nacerán nuevas prácticas colectivas, como los hoy comunes huertos urbanos o los espacios autogestionados, y morirán otras, como muchas de las plazas que antaño eran el centro de reunión, el ágora del barrio.

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