Envidia de Islandia

Islandia se levanta, España mete la cabeza bajo tierra (carretera en Islandia)

Islandia se levanta, España mete la cabeza bajo tierra (carretera en Islandia)

Lo reconozco, tengo envidia de la ciudadanía de Islandia, mucha envidia. Está feo, ¿no? Esto de sentir envidia de otras personas, digo. Pero es que no lo puedo remediar. Miro a España, le echo un vistazo a la “Unión Europea”, giro la cabeza hacia Estados Unidos, Sudamérica; hasta Australia llega mi mirada. Pero no hay caso, por mucho que mire y remire y busque y rebusque, veo la misma niebla, la misma oscuridad, idéntica atmósfera en la que se mezclan desordenados la corrupción, el latrocinio, la desvergüenza y la pasividad.

Sé que Islandia no es la panacea. Sé que su régimen político, su democracia, su legislación y su sistema judicial son imperfectos. Incluso soy capaz de reconocer que los ciudadanos islandeses están lejos de ser seres virtuosos que toman siempre las mejores decisiones. Lo sé. Precisamente es este conocimiento el que hace que me den ganas de echarme a llorar cuando comparo Islandia con España. Lágrimas de pena, de rabia, de frustración, lágrimas amargas, lágrimas que se me escapan de los ojos sin querer, arrastradas por su propio peso.

Pero no sólo me entristece nuestra situación, esa España de la cuchufleta, del cazo egipciforme (que tan bien ilustraba Forges) y el robo -a espuertas- de guante blanco. Sobre todo me da vergüenza, tanta como envidia le tengo a los islandeses. O sea, mucha, muchísima vergüenza.

Viñeta de Forges, cazo egipciforme, corrupción

Viñeta de Forges, cazo egipciforme, corrupción

Me avergüenza oír al presidente del gobierno decir que la corrupción en España (generalizada y constante) “son cosas que pasan” mientras que el primer ministro islandés ha dimitido en menos de 48 horas tras salir a la luz que había constituido una empresa en las Islas Vírgenes, paraíso fiscal, paraíso del blanqueo de dinero, de ese dinero de los impuestos que los que más tienen no pagan.

Llegados a este punto, no sé qué pensar de la financiación ilegal del PP, de los papeles de Bárcenas, del caso Gürtel, ¿alguien se los ha inventado o son reales y lo irreal es que nadie parezca tener responsabilidad alguna en estas tramas?

Me da vergüenza ver que, mientras los deportistas de élite, los políticos, los banqueros, los empresarios y demás ricachones acumulan millones en cuentas opacas y eluden pagar la mínima cantidad de impuestos, los ciudadanos de a pie sufren el recorte brutal de los servicios públicos, las subvenciones, los presupuestos para la educación o la sanidad, en fin, el desmantelamiento del Estado del Bienestar, construido con las aportaciones, vía impuestos directos e indirectos, de esa misma ciudadanía.

Paraísos fiscales, corrupción, cuentas opacas, papeles de Panamá

Paraísos fiscales, corrupción, cuentas opacas, papeles de Panamá

Me avergüenza que la banca española vocee urbi et orbi su supuesto compromiso con el pequeño ahorrador mientras que lo maltrata a base de comisiones y tipos de interés elevados, justamente a esos clientes que ganan 600 o 1000 euros al mes, que apenas llegan para pagar los servicios básicos de luz, agua o gas (que, por otra parte, no hacen más que subir). Por el contrario, a las grandes fortunas las asesora para que evadan impuestos, para multiplicar la rentabilidad de sus millones, para acogerse a amnistías fiscales.

Hablando de amnistías fiscales, ¡qué vergüenza amnistiar a los ricos para recaudar 1.200 millones de euros de los 40.000 millones que aparecieron de repente, saliendo de sus escondrijos en Suiza y otros paraísos! A la clase media y baja, más que amnistiarles, se les pone bajo la lupa de Hacienda, no vaya a ser que dejen de pagar 100 euros de IVA o del impuesto de Sociedades.

Vergüenza me da que una funcionaria de la Seguridad Social me comente que los inspectores del organismo, en lugar de dedicarse a perseguir, por ejemplo, a las empresas que contratan falsos autónomos, se dedican a hostigar y multar a las personas que, en Navidades, ponen una mesita en una plaza e intentan vender las cuatro prendas que han tejido, con cariño y mucha paciencia, durante el año.

Las ciudades financieras, dentro de las ciudades que habitamos, donde sólo se aplica la ley del más fuerte y del que más tiene

Las ciudades financieras, dentro de las ciudades que habitamos, donde sólo se aplica la ley del más fuerte y del que más tiene

Con todo este sentimiento de vergüenza encima, apenas puedo moverme. Supongo que es lo que le pasa a la mayor parte de los ciudadanos españoles. Sólo puedo ir, una vez cada cuatro años, a votar a los de siempre, porque dicen que van a cambiar, porque dicen que la corrupción son cuatro manzanas podridas en el cesto, de las que hay que deshacerse.

Con este peso insoportable sobre mi alma, no puedo echarme a la calle a protestar. Sólo puedo ir al bar y pedir unas cañas y unas raciones; sólo puedo ir de compras a algún megacentro comercial o a alguna tienda de marca conocida a ahogar mis penas tarjeta en ristre y bolsas en mano.

Con esta pesadumbre flotando en  mi cabeza, me es imposible ni tan siquiera pensar que, tal vez, haya otras opciones, otras formas de ver la vida, otras filosofías. No me queda otra que continuar con mi banco de toda la vida, mis marcas de toda la vida, mi nivel de consumo de toda la vida, mi partido político de toda la vida, mi sindicato de toda la vida, mi pasividad de toda la vida.

Ni voz ni voto ni interés ni ganas.

Ya tengo suficientes problemas y complicaciones, no quiero más.

Como dice el presidente en funciones, Mariano Rajoy, “esas cosas pasan”.

¿O será que permitimos que pasen?

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