El orden natural de las cosas

No está solo quien quiere sino quien no puede evitarlo (Villa de los misterios, Pompeya, Nápoles)

No está solo quien quiere sino quien no puede evitarlo (Villa de los misterios, Pompeya, Nápoles)

El escritor portugués Antonio Lobo Antunes puso por título “El orden natural de las cosas” a su novela coral sobre la soledad, una obra difícil de leer en la que los doce personajes que habitan entre sus páginas se deshilachan y disuelven entre sus propios recuerdos y desmemorias.

Se han escrito tantos textos, tantos párrafos, tantas frases, tantas palabras sobre la soledad que parece una tarea estéril intentar aportar algo novedoso. En el sentimiento como tal no ha habido ningún cambio desde el principio de los tiempos. Pero sí que lo ha habido en la forma en la que lo entendemos o nos enfrentamos a él y en el sentido que, socialmente, se le da.

Hoy, al menos en las sociedades occidentales, la soledad está mal vista, es sinónimo de rechazo social, de inadaptación, de patología, de enfermedad mental. No está solo quien quiere sino quien no puede evitarlo.

Las redes sociales nos obligan a comunicarnos constantemente; el mundo laboral gira entorno a la sociabilidad de cada uno; la vertiente comercial que se exige a nuestra personalidad –eso que ahora llaman branding personal, el yo como marca o el coaching- tiene a la soledad como enemiga.

El género literario, si se le puede llamar así, que más ha crecido en las dos últimas décadas ha sido el de “tú-mismo-puedes-hacerlo”. El self-made man y self-made woman que proclamaba uno de mis profesores de 1º de carrera, dándoselas de entendido (y de políglota).

Este género se puede, a su vez, dividir en varias ramas, la mayoría de las cuales empiezan por el adverbio “como”: cómo triunfar en los negocios, cómo ser feliz, cómo estar en forma sin moverse del sofá,  cómo ligar, cómo ser el mejor y hasta cómo comer (entiéndase, dietas y hábitos alimenticios saludables).

Escultura (Agüimes, Gran Canaria)

Escultura (Agüimes, Gran Canaria)

Los libros de autoayuda fueron los primeros en romper el hielo. En los noventa, en los medios de transporte público, en las consultas de los dentistas y en las mesillas de noche de los habitantes del mundo “rico” se asomaban, e incluso apilaban, las portadas de tipografía llamativa y promesas de felicidad de los libros de autoayuda.

Las listas de más vendidos “no ficción” estaban permanentemente encabezadas por títulos del tipo “tus zonas erróneas” o “El hombre en busca de sentido”. La inteligencia emocional descrita por Daniel Goleman puso su granito de arena, probablemente sin pretenderlo, en la fulgurante carrera al estrellato de los textos de autoayuda. Hoy, se lleva más el mindfulness y cualquier cosa que suene oriental; son los herederos del movimiento.

Un poco después, se fueron abriendo paso los manuales más capitalistas que se han escrito a lo largo de la historia: piense y hágase rico, cómo emprender y triunfar (o no morir en el intento), la clave del éxito (dando por hecho que hay una) y demás títulos autoexplicativos.

No sé si vosotros, lectores, sabréis de alguien que haya conseguido cambiar su vida gracias a la lectura de estos libros. Lo que sí que ha llegado a mis oídos son los múltiples casos de escritores de estos best-sellers que han visto las cifras de sus cuentas bancarias incrementarse en varios ceros (hacia la derecha, claro).

Pero sucede que estos libros hacen falta porque la presión es intolerable. Fracasas si no tienes pareja, si no tienes un buen empleo bien remunerado, si no triunfas (materialmente) en la vida, si tu cuerpo se niega a  bajar del 22 en la escala de masa corporal, si envejeces, si no eres feliz y te pasas la vida sonriendo y pensando en positivo.

¿Habéis sentido alguna vez esa imposición social? Se percibe mejor en el sentido negativo que se le da a las formas de vida alternativas o al pensamiento discrepante. Se dice que arruinamos nuestra vida cuando perseguimos un sueño que se sale de la lógica del capital; se asume que somos desgraciados cuando no tenemos pareja sentimental; estamos estigmatizados si en Facebook nuestros contactos no llegan al centenar –como mínimo-; se nos considera hundidos en la miseria si no tenemos el último modelo de móvil. Y tantos otros ejemplos.

La soledad no es mala per se, lo es sólo si es indeseada desde lo más profundo del corazón, si la sentimos como una renuncia, como un pesar. La soledad no es un sentimiento que pueda ser dictado por la sociedad ni va a desaparecer porque, artificiosamente, construyamos mundos de papel poblados por seres virtuales y bienes materiales que, más que llenarnos, nos vacían. Esta soledad en compañía es más profunda y está más insatisfecha consigo misma: desterrémosla.

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2 comentarios en “El orden natural de las cosas

  1. Me parece que hila perfectamente el camino desde finales del siglo XX donde empezó esta forma de vida, y que ahora como muy bien dices está atacada por el mindfullness y todos sus allegados, es realmente cierto como muchos caracteres se ven truncados por esta presión y sobre todo en la gente joven que es mas fácil de convencer para tenerlos en el redil. Que difícil es que una persona sea capaz de ocupar su tiempo en si misma, siempre desde el deseo de hacerlo, porque la sociedad no se lo permite, sólo mentes muy bien amuebladas lo consiguen

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    • Creo que la educación de los niños (y jóvenes) tiene mucho que aportar en este sentido. Deberíamos de sentarnos y reflexionar sobre los valores que estamos inculcando a nuestros hijos a través de la escuela, de los juegos, de los medios de comunicación y en nuestra propia casa.

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