De cómo hoy en día la desfachatez campa a sus anchas

Entre los sinónimos de desfachatez encuentro descaro y desvergüenza.

Entre los sinónimos de desfachatez encuentro descaro y desvergüenza.

En los últimos tiempos, me he sorprendido a mí misma, varias veces, utilizando la palabra desfachatez enmarcada en mi habla cotidiana; la he oído en boca de otros; he leído declaraciones en las que se escupían con rabia sus once letras.

Al principio me extrañó su aparición pues, no en vano, es un término que pasaba por estar en desuso; suena un poco anticuado, pretérito, demasiado coloquial tal vez; está revestido de la pátina opaca que deja el tiempo al pasar. O, como podría haber escrito Ortega, es un sustantivo periclitado, otro verbo obsoleto –no creo haberlo leído nunca en ninguna de las múltiples redes sociales que inundan mi vida-.

Entre los sinónimos de desfachatez encuentro descaro y desvergüenza. El primero lo empleo poco y, más bien, para referirme a algunas personas; el segundo me he cansado de utilizarlo para adjetivar las actuaciones y las actitudes de la mayoría de los políticos que nos gobiernan (y de los que aspiran a ello).

Pero no hay caso: desfachatez me gusta más, mucho más. La cuestión es que me la encuentro, casualmente, por todas partes. Voy en su busca y me topo con:

La desfachatez de los autodenominados intelectuales de este país, los periodistas, los literatos, los hombres y mujeres de la cultura del botijo que son capaces de sentar cátedra sobre los temas más variopintos en animadas tertulias y jugosas columnas de prensa. Atacan verbalmente cualquier asunto de actualidad, sin inmutarse ni despeinarse, porque de todo saben. Son tan sabios que no necesitan ni siquiera informarse antes de opinar sobre un tema. Siempre cuentan con un puñado de fuentes fiables y fidedignas,  nunca se equivocan, jamás debaten.

A menudo están todos tan de acuerdo que simplemente se dedican a hablar más alto que el de al lado, para quedar por encima, mientras intentan que sus brillantes frases se conviertan en el ansiado colofón del debate. Con frecuencia, estas tertulias de supuestos expertos parecen un concurso en el que no gana el que más sabe sino el más rimbombante o el que más grita.

Los pseudointelectuales españoles divagan sobre política, sobre el sistema judicial, sobre la hepatitis C, sobre la educación, sobre el empleo o sobre el enriquecimiento de uranio, si hace falta. Hablan, opinan y marean las palabras sin aportar nada ni solucionar cosa alguna, todo para rellenar los minutos de tertulia diaria o las líneas preceptivas del artículo que han de firmar para ganarse su (generoso) sustento mensual.

La desfachatez de los adinerados que pomposamente restriegan sus privilegios frente a los ojos de los menos favorecidos. En los países económicamente “subdesarrollados” la palabra vergüenza se queda corta para describir el dantesco espectáculo de la pobreza frente a la riqueza.

En las naciones más ricas, las clases altas se pasean por las portadas de las revistas y delante de las ávidas cámaras de televisión con sus lujosos vestidos y sus mansiones de ensueño; muestran sus yates y sus aviones privados; se trasladan en sus coches de precios prohibitivos, probablemente conducidos por un chófer; invierten a hurtadillas en las Caimán y veranean ostentosamente en las Seychelles.

No sólo hablo de los que tienen millones de euros en patrimonio sino también de todos esos CEO’s y managers –o sea, directivos de grandes y medianas empresas- que retuercen cada año un poco más el presupuesto y las condiciones laborales de los trabajadores mientras ellos visten trajes de cientos de euros, conducen coches de decenas de miles de euros y habitan en chalés o pisos de cientos de metros cuadrados.

No me olvido de los políticos, hechos ellos mismos de pura desfachatez, desde sus palabras y sus gestos hasta sus sonrisas. Me he fijado especialmente en aquellos que ostentan el cargo de ministro, todos ellos intercambiables entre sí porque de nada saben y lo mismo da que caigan en Fomento que en Interior o en Agricultura y pesca.

El colmo de la desfachatez política lo sitúo en estos mandatarios encargados de carteras ministeriales que toman decisiones guiados por ideologías y simpatías en lugar de basándose en razonamientos que respondan al interés general y a las necesidades reales. Como no tienen suficiente con hacer lo que les place, aderezan sus acciones con comentarios jocosos y humillantes destinados a instruir a la ignorante población (que los eligió no como administradores sino como… ¿mentores, maestros, guías?)

Tampoco se me escapa la desfachatez imperante en el discurso oficial, emanado tanto desde las figuras públicas como desde los medios de comunicación masivos. Sea cual sea el asunto a tratar, la lógica de este discurso nos resulta bien falsa, bien parcial. La grandilocuencia y la “irrefutabilidad” van de la mano en temas tales como la justicia –igual para todos-; la Unión Europea –indiscutible-; la tecnología –sinónimo de progreso-; la cultura corporativa –buena para la economía y el desarrollo-; la enseñanza exclusivamente centrada en las necesidades del mercado laboral –un paradigma-;  la privatización –rentabilidad, productividad y mejor organización-; la familia –tradicional-; el consumismo –generador de felicidad, motor de la economía-…

Ante tanta desfachatez, podemos patalear o, como el ingenuo Pangloss de Voltaire, seguir pensando que vivimos “en el mejor de los mundos posibles”.

 

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