El arte del Islam

Alfombras modernas en el zoco de Fez (Marruecos)

Alfombras modernas en el zoco de Fez (Marruecos)

La mayoría de los occidentales estamos poco familiarizados con el arte del Islam. Conocemos la mezquita de Córdoba y la Alhambra de Granada; sabemos que los árabes, los persas -iraníes- y los turcos tienen fama de ser grandes tejedores de alfombras; hemos paseado la mirada por alicatados de azulejos de formas geométricas en tonos verdes, azules, rojos y blancos; y es probable que hayamos visto alguna de esas preciosas arquetas de marfil y objetos taraceados que, en el Medievo, esculpían con exquisito detalle orfebres y  demás artesanos. Sin embargo, las artes medievales del Islam esconden muchos otros tesoros de gran belleza.

Para empezar, es importante deshacerse de la mirada occidentalizada y de los conceptos que, en general, creemos universales pero que, como vamos a ver, no lo son en absoluto. Lo que en el Viejo Continente llamamos “artes menores”, en el Islam son Artes con mayúscula: metalistería, cerámica, vidrio, taracea, diseño de ropajes y alfombras, libros ilustrados o caligrafía son sólo algunas de estas artes que, en muchas ocasiones, eran más valoradas que la pintura y la arquitectura. Ni que decir tiene que también superaban en dignidad y popularidad a la escultura, de la que hay pocos ejemplos en el Islam, exactamente al contrario de lo que sucede en Occidente.

Un arte anicónico

Por otra parte, el sentido de las decoraciones y la utilidad que tenían muchos de estos objetos nos pueden resultar ajenos o incomprensibles. El arte islámico es, casi desde sus comienzos, anicónico, es decir, no representa ni a Alá ni a los profetas u otros religiosos ni, en general, personas. En la decoración de las mezquitas, en concreto, nunca aparecen seres humanos, y los animales son, según avanza el tiempo, cada vez más raros de encontrar.

Talla en yeso y madera; pequeños conjunto de mocárabes en yeso (Fez, Marruecos)

Talla en yeso y madera; pequeños conjunto de mocárabes en yeso (Fez, Marruecos)

En las pinturas miniadas sí que se representaban personajes aunque, a veces, se escondían sus rostros tras rocas, follaje o edificaciones. Curiosamente, se han conservado algunos ejemplares en los que algún purista religioso ha dibujado, a posteriori, una raya horizontal cortando las cabezas de los personajes.

También en las pinturas, se pueden ver personajes de todo tipo con halos alrededor de la cabeza. Aunque estamos acostumbrados al halo como símbolo de divinidad, en las miniaturas árabes se utilizaba para realzar o destacar el rostro sobre el fondo.

Influencias

En sus comienzos, el arte islámico no existía como tal. Los árabes no partieron de las características del arte mesopotámico o sirio, sus regiones de origen, sino que conformaron sus creaciones con préstamos e influencias de dos de las culturas más poderosas del período: la bizantina y la sasánida. Los capiteles en avispero, tallados profundamente con trépano, son característicos del imperio Bizantino, por ejemplo. Los encontramos coronando muchas de las columnas de las mezquitas y edificios civiles islámicos, como en el palacio de Medina Azahara, en Córdoba.

Capitel trepano del palacio de Medina Azahara, Córdoba.

Capitel trepano del palacio de Medina Azahara, Córdoba.

El Imperio sasánida, desaparecido tras la conquista árabe de Persia, dejó una clara influencia en la pintura, como se puede ver, aún hoy, en los murales policromados del palacio Jawsaq al Jaqani, de época omeya. “Las bailarinas de Samarra” es una de las pinturas mejor conservadas.

Hubo otro pueblo cuyo arte influyó en sumo grado sobre el de los árabes: el chino. Los árabes admiraban profundamente el blanco refulgente de la cerámica china, para el que, en origen, se empleaba caolín y hornos que alcanzaban altísimas temperaturas, de ahí que los artesanos islámicos fueran incapaces de obtenerlo. Probablemente, fueron la cerámica de Iznik, con una tradición que perdura hasta nuestros días, y la cerámica mudéjar, fabricada en la España musulmana, las que más se acercaron al deseado resultado.

De China también provienen dos figuras que entraron a formar parte del acervo ilustrado de los pueblos árabes, como representantes de la buena suerte: el ave Fénix y el dragón.

Destrucción y abandono de edificios

La antigua ciudad de Samarra, en el actual Iraq, es una de las zonas arqueológicas más interesantes del primer período árabe aunque apenas quedan restos de las decenas de palacios y construcciones que se llevaron a cabo en ella. Fue abandonada en favor de Bagdad, que en 892 se convirtió en la capital abasí.

Una de las características de la conquista árabe, cuando unos califatos sustituían a otros, dentro del territorio ya islamizado, era que se llevaba a cabo una destrucción casi sistemática de la arquitectura de los gobernantes anteriores. De ahí que apenas queden restos de los palacios del desierto y de otras muchas edificaciones civiles. Por el contrario, las mezquitas solían ser respetadas.

Detalle geométrico labrado en una puerta (Fez, Marruecos)
Detalle geométrico labrado en una puerta (Fez, Marruecos)

El arte del Islam fue evolucionando desde sus inicios, cercanos a sasánidas y bizantinos, hasta crear obras originales que, hoy en día, casi todos reconocemos como características de los árabes: el arabesco -cuyo origen se remonta a la Antigüedad griega, romana y asiria-; los mocárabes; el arco polilobulado; la talla sobre yeso; la taracea, la cerámica vidriada y de reflejo metálico

Mucho más que mera decoración

Una de las preguntas que casi todos nos hacemos frente a la decoración árabe de los edificios es ¿por qué ese horror al vacío, por qué no hay ni un solo centímetro sin un azulejo o yeso o madera tallados primorosamente? Parece ser que, por una parte, los materiales que utilizaban para construir eran muy pobres: ladrillo, madera, el propio yeso, de ahí que quisieran “esconderlos”. Además, la arquitectura no era considerada una de las grandes artes y no solían contar con arquitectos renombrados (digamos que eran buenos constructores pero no precisamente unos estilistas); de ahí que se le dejara a éstos meramente la parte estructural y, después, ésta se embelleciera.

Con el tiempo, la decoración arquitectónica pasó a ser un fin en sí misma. Las trazas geométricas, la caligrafía y los motivos vegetales se estilizaron cada vez más. El trabajo era minucioso, detallista y paciente. Los mocárabes, que inicialmente fueron empleados para sostener bóvedas, pechinas o arcos, entre otros elementos arquitectónicos, terminaron convirtiéndose en abigarrados panales de colmenas de yeso o madera, puramente decorativos.

Uno de los muchos azulejos que cubren paredes y suelos de construcciones árabes (Fez, Marruecos)

Uno de los muchos azulejos que cubren paredes y suelos de construcciones árabes (Fez, Marruecos)

La caligrafía

La caligrafía, que acabamos de mencionar como elemento decorativo, es un arte mayor en el Medievo de los territorios del Islam. Los calígrafos fueron, probablemente, los especialistas más respetados de todo el imperio árabe y, los Coranes, los libros que mejores ilustradores y encuadernadores reunían para su elaboración.

La caligrafía árabe es compleja. Hay diferentes estilos caligráficos, entre los que encontramos seis principales. El que se considera más antiguo y, probablemente, sea el más utilizado, es el cúfico. La caligrafía la encontramos en todos los tamaños y sobre todos los materiales: en azulejos para revestimiento de mezquitas; en cuencos para beber o comer; en arquetas de marfil y en armas de metal, entre otros muchos objetos.

En Europa, se dio una cierta tendencia a copiar la caligrafía árabe en las obras de arte, para crear efectos exóticos o decorativos. Solía ser un “pseudoárabe“, ya que las palabras no tenían sentido, si no que se unían letras al azar, por puro sentido estético. Este tipo de escritura lo encontramos, por ejemplo, adornando el peto con el que está vestido el David de Andrea Verrocchio.

Caligrafía árabe sobre azulejo (Fez, Marruecos)

Caligrafía árabe sobre azulejo (Fez, Marruecos)

Los tejidos

La fabricación de ropajes y de alfombras constituía, también, un arte en la Edad Media del Islam. Muchos gobernantes regalaban túnicas a sus súbditos como símbolo del favor real. La confección de alfombras comenzó en telares al aire libre, en mitad del desierto. Sin embargo, la creciente demanda, tanto interna como de otras regiones allende los límites del Islam, llevó a abrir talleres en las ciudades.

En Europa, las alfombras árabes eran consideradas bienes de lujo y se pagaban precios elevadísimos por las más bellas y de nudo más pequeño. Contradictoriamente, algunos de estos tipos de alfombras, pese a su origen musulmán, reciben nombres occidentales, como las conocidas alfombras estilo Holbein que son de la localidad turca de Uşak, pero que aparecen en el famoso cuadro “Los embajadores” del pintor alemán Hans Holbein.

Hoy en día, en Fez, por ejemplo, continúan funcionando las enormes curtidurías donde se trabaja y se tiñe el cuero.

Curtiduría grande de Fez (Marruecos)

Curtiduría grande de Fez (Marruecos)

Aunque en los territorios árabes medievales no existían los gremios, como en Europa, sí que se llevaba a cabo un minucioso control de la calidad de todos los objetos artesanales que se fabricaban. Existía la figura de lo que hoy podríamos llamar el inspector del mercado y se publicaban libros en los que se desgranaba el peso, la textura, la forma, el tono y demás características que debían tener las diferentes piezas según el tipo de material que se utilizara en su fabricación.

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El arte islámico Robert Irwin

El arte islámico Robert Irwin

 

Este artículo está inspirado por la lectura del erudito pero accesible ensayo “El arte islámico”, del investigador y novelista Robert Irwin, editado por Akal.

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Artemisia Gentileschi, el Barroco en la mirada de una mujer

Artemisia Gentilesch, "Judith decapitando a Holofernes"

Artemisia Gentilesch, “Judith decapitando a Holofernes”

La mayor parte de los textos que he encontrado sobre la pintora barroca romana, Artemisia Gentileschi, hacen hincapié en el valor redentor de sus obras, en de qué manera sus cuadros significaron, para ella, una venganza contra el hombre que la violó. Sin embargo, no creo que las figuras de sus óleos, ni su tratamiento narrativo y pictórico, deban de reducirse a esa agresión sexual y al denigrante juicio posterior.

Personajes femeninos míticos, históricos o bíblicos como Judith, Cleopatra, Susana o Ester pueblan muchos de sus lienzos. Mujeres fuertes, poderosas, astutas o valientes. Ciertamente lo fueron. También pintó a María Magdalena, a Clío o a Dánae. Se llamaba Artemisia como Artemisa -con una “i” incrustrada-, la diosa de la caza, hija de una Leto violada por el dios máximo del Olimpo (Zeus), virgen y hermana melliza de Apolo, entre otras atribuciones.

Vida de una mujer pintora en el siglo XVII

Artemisia fue la hija mayor de Oracio Gentileschi, pintor pisano afincado en Roma, coetáneo del creador del tenebrismo, el pendenciero Caravaggio. Desde pequeña, ayudó a su padre en el taller; parece ser que se pasaba las horas muertas observando cómo pintaba su progenitor; le ayudaba a limpiar los pinceles, a mezclar pigmentos. Su madre murió cuando ella era aún una niña y tuvo que encargarse, no sólo de la casa, sino también de sus hermanos pequeños.

En aquella época -siglo XVII-, como a lo largo de toda la Historia anterior, las mujeres debían quedarse en casa encerradas, llegar vírgenes al matrimonio, aceptar al marido que les buscara su padre y darle a éste un buen montón de hijos. Incluso las reinas y las hijas de reinas tenían un papel similar aunque, a veces, se rebelaban contra él.

Artemisia nació y creció en esa Roma barroca de vida agitada y violenta, de cruenta competición entre pintores por los encargos, de nobles y cardenales, del maniqueísmo entre hetarias de mala vida y mujeres honrosamente casadas. En esa Roma de artistas y bohemios, de tabernas y peleas, no había sitio para el pincel de una mujer. Pero Artemisia supo hacerse hueco, con tesón y tozudez, con sufrimiento y esfuerzo, con talento y fatigas.

Artemisia observó la luz, buscó modelos, creó colores, combinó pigmentos en su paleta, dio brochazos, un día y otro y otro. Fueron años de aprendizaje, de colaborar con su padre en las obras que a éste le encargaban. De admirar a los hombres como pintores, a Caravaggio en particular; y de temerlos como hombres.

Siempre encerrada en casa, entre las labores del hogar y el taller. Una joven virgen, bella y talentosa como ella no podía salir sola de casa. Debía ser acompañada siempre por alguien: su hermano Francesco, la vecina, su propio padre. Para evitar las habladurías, las malas lenguas y la violencia de los hombres. Aún así, un joven amigo de su padre, un pintor llamado Agostino Tassi, la violó. Prometió casarse con ella, claro, no era un violador de taberna. Pero resultó que, además de pendenciero y busca-broncas, ya estaba casado.

Artemisia guardó silencio durante cerca de un año sobre los abusos de Tassi. No podía denunciar, una mujer no tenía derecho a hacerlo; como mínimo, no estaba bien visto. Fue su padre quien denunció a Tassi frente al Papado. En defensa de su honor, del suyo como padre y pintor, no del de su hija, de la que habían abusado, a la que habían violentado. Porque Artemisia era un bien de su padre, hasta que lo fuera de su futuro marido.

¿Olvidada?

Artemisia Gentileschi es hoy más famosa que su padre y mucho más que el hombre que la violó. Sus obras están en los museos más importantes del mundo, en los Uffizi, en el Prado. Aunque en vida fue reconocida y tuvo encargos de nobles adinerados y de aristócratas de Italia, España, Francia e Inglaterra, tras su muerte, su nombre desapareció casi sin dejar huella.

Pintora y mujer, Artemisia reivindicaba una mirada femenina a la hora de narrar las historias que pintaba…, ¿quién quería recordar semejante asalto al poder masculino dominante?

A Artemisia Gentileschi, como a tantas otras mujeres de siglos pasados, la recuperó el movimiento feminista de los años 70. Más allá de la calidad pictórica de sus obras -indudable-, lo que destaca en sus cuadros es una mirada diferente, una forma distinta de leer las historias míticas y las Escrituras. Los mismos temas que tantas veces se habían llevado al lienzo, se convertían, gracias a su paleta, en obras originales, nunca antes contadas de esa manera.

¿Dónde radicaba la originalidad? Más allá de las circunstancias personales y vitales de Artemisia, que influyeron, claro es, todos esos cuadros están pintados bajo una mirada novedosa: una mirada de mujer.

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Obra de Artemisia Gentileschi en el Prado.

En los Uffizi, una de las múltiples versiones de la historia de Judith pintadas por A. Gentileschi.

Programa sobre Artemisia Gentileschi en “Sin distancias”, Radio UNED:

El contexto importa

Teatro de marionetas de Salzburgo

Moralmente hablando, los hechos absolutos no existen. O eso me ha parecido a mí siempre. Las palabras y las acciones dependen del contexto. Ni siquiera un asesinato es un hecho absoluto; suele justificarse, incluso jurídicamente, si es en defensa propia, por ejemplo. Por no hablar de la mayor de las justificaciones, la guerra, moralmente más dudosa pero igualmente válida.

El vergonzoso caso de los titiriteros de Madrid encaja perfectamente en esta situación: el contexto lo es todo. Hablamos de entretenimiento, del Carnaval, de cultura y de Arte. Una obra de ficción para títeres, más o menos vinculada a la realidad por referencias. La última novela de Houellebecq, “Sumisión”, es ficción y todos la reconocemos como tal. Podemos o no estar de acuerdo con ella; incluso puede ofendernos, según cuales sean nuestras creencias. Pero, en cualquier caso, consideraríamos injustificado o punible un ataque contra el autor a causa de su obra.

Hay quien opina que lo indigno, en el caso de los titiriteros, es que fuera una propuesta dirigida al público infantil. Dejando a un lado si se había aclarado o no que era una obra para adultos –he leído tantas versiones ya que no puedo estar segura-, lo que me deja ojiplática es que algunos de los asistentes decidieran acudir a la policía porque en la actuación se veían escenas de cariz violento (tal vez desagradables, demasiado crudas, para algunas personas) o se leían pancartas con textos alusivos a Al Qaeda o ETA.

Me gustaría saber cuál es el comportamiento de estas personas frente a las imágenes, a menudo de una violencia inusitada y de una crueldad rayana en el sadismo, que aparecen en la televisión y los videojuegos. Por no hablar de los mensajes racistas, homófobos o humillantes (para ciertos estratos o grupos sociales, especialmente) que se lanzan a través de estos medios, verbal y visualmente.

Esta mañana, leyendo un libro sobre arte moderno, me he topado con el nombre de Maurizio Cattelan, un artista italiano de renombre conocido por su satírico, negro incluso, sentido del humor. Sus esculturas suelen representar personajes de un modo realista –a propósito que, de nuevo, nos encontramos con la palabra “representación”, o sea, fuera de la “realidad”-. “La nona ora” consiste en una escultura del papa Juan Pablo II aplastado por un meteorito; otra escultura representa a Hitler, arrodillado y en actitud cercana a la oración, vestido con un sobrio traje gris; unos niños colgados de sogas de las ramas de un árbol -ahorcados- son también creación del italiano.

"La nona ora", de Maurizio Cattelan, generó una amarga polémica en Polonia.

“La nona ora”, de Maurizio Cattelan, generó una amarga polémica en Polonia.

Cattelan es un artista polémico y transgresor, no cabe duda. En una entrevista concedida al diario conservador ABC, el periodista presenta su obra como “anárquica, irreverente, absurda, insolente y provocadora hasta el extremo”. También puede resultar ofensiva, como las puestas en escena de Leo Bassi, hipercrítico con la Iglesia católica. Este último vio una de sus creaciones censurada por el gobierno regional, hace algunos años.

De momento, que yo sepa, ni Cattelan ni Bassi han pasado por la cárcel acusados de expresarse con libertad a través de sus obras. Otros como ellos, en muchos países del mundo, sí que han sufrido represalias por alzar la voz, el pincel o el buril; artistas, periodistas y disidentes en general viven amenazados, sufren censura, encarcelamientos e, incluso, son asesinados. Hay muchos otros casos de linchamiento público y mediático.

Los artistas, los creadores, tienden a hurgar en las fronteras de lo permitido y lo prohibido, lo bello y lo horrendo, lo desagradable o lo que se considera correcto. Ha sido así durante siglos y, especialmente, a partir de la modernidad, empezando por las vanguardias –dadaísmo, surrealismo, expresionismo…-

Esta búsqueda de los límites puede llevar a extremos indeseables. Como público, como consumidores de los textos, las imágenes y los sonidos que nos ofrecen los artistas, podemos darles la espalda, cerrarles la puerta, hacerles el vacío, criticarlos o ningunearlos, si nos desagradan u ofenden. Lo que no debemos olvidar es que sus obras son creaciones y, como tales, están insertas en un contexto; entender cuál es este contexto y qué significa es nuestra labor como espectadores.

Coleccionar, especular, invertir

El negocio millonario del arte contemporáneo

“Caleidoscopio”, Olafur Eliasson

Subasta en Sotheby’s. Aparece el lote que contiene el cuadro de Andy Warhol titulado “Silver Car Crash [Double Disaster]“. El mazo cae. La puja ha alcanzado la cifra de 105,4 millones de dólares. Es una de las obras más caras de la historia aunque, por delante, aparecen otros nombres como Munch, De Kooning, Klimt, Jasper Johns o Picasso.

Corría el mes de noviembre de 2013. Los peores años de la crisis económica que estalló en 2008 parecen haber pasado, al menos a nivel macroeconómico. El mercado del arte contemporáneo, una industria millonaria gracias a un puñado de nombres, ha superado el corto período de desaceleración que vivió en 2009. Las casas de subastas, los coleccionistas, los especuladores, los marchantes, los galeristas y, claro es, los propios artistas, vuelven a moverse ligeros y ufanos entre instalaciones, brochazos y esculturas hiperbólicas.

Las ventas de arte durante la velada de Arte Contemporáneo de Sotheby´s, el 13 de noviembre de 2013, ascendieron a más de 380 millones de dólares. Sin incluir el IVA.

El juego de espejos se reanuda. La carrera por conseguir una obra de arte emblemática, transgresora o, simplemente, firmada por alguno de los grandes nombres de la creación contemporánea, se reactiva.

¿Un tiburón conservado en formaldehído, de Damien Hirst? ¿La mujer-trofeo, Stephanie Seymour, de Maurizio Cattelan? ¿Un perro-globo de Jeff Koons? ¿Un colorido Basquiat? El mercado del arte tiende a infinito, como cualquier otro mercado de productos de consumo, pero  las obras de renombre y las figuras reconocidas escasean. De ahí que haya que pagar cantidades desorbitadas por ellas.

La pregunta no es por qué se pagan millones de dólares por una obra de arte contemporáneo sino ¿por qué se pagan por arte en lugar de por cualquier otro producto de lujo? Y, ¿quién o qué determina el precio?

Christie's, sala de exposiciones de la casa de subastas

Christie’s, sala de exposiciones de la casa de subastas

Artenovela, la historia detrás de la obra

Las adquisiciones de arte contemporáneo, entre las élites económicas del mundo, responden fundamentalmente a tres deseos: el prestigio, la inversión (especulativa o no) y la exclusividad.

Más allá de la calidad, la originalidad o los méritos artísticos del creador; por encima de cualquier opinión sobre la textura, los colores o las formas, se levanta la capacidad de la propia obra de “venderse”. Un cuadro, una escultura, un vídeomontaje o una fotografía valen lo que el público considera que es su valor. Entiéndase “público” en su acepción más estrecha, como la camarilla de entendidos, diletantes y coleccionistas que pululan por las salas de subastas, las galerías y las ferias anuales de arte.

¿Subjetivo? Evidentemente. Pero de la misma manera en que lo es la diferencia de precio entre unas zapatillas de marca de moda y otras que no lo están tanto.

Art Basel en Miami Beach 2014 © Art Basel

Art Basel en Miami Beach 2014 © Art Basel

Por una obra de arte, un cuadro, una escultura, una fotografía o cualquier otra manifestación artística tangible, se paga muchísimo dinero en el caso de que:

La venda la persona adecuada: un marchante muy conocido, una galería de renombre o cualquiera de las dos casas de subastas que cuasi-monopolizan el mercado del arte, Sotheby’s y Christie’s (en evidente guerra abierta la una contra la otra; de tanto que se odian, se copian constantemente).

– Esté en el lugar apropiado: cualquiera de las cinco ferias-espectáculo es un buen sitio para comprar una “gran” obra de arte. Art Basel y su filial en Estados Unidos, Miami Basel; Frieze Londres y, de nuevo, réplica en Nueva York; la feria de Hong Kong -libre de impuestos-. Tanto para exponer como para visitarlas, se ha de superar un elitista “derecho de admisión”.

– Su historia sea interesante: quién la ha poseído y en qué circunstancias la adquirió o se deshizo de ella hacen subir el precio como la espuma. La propia leyenda dejada tras de sí por la pieza también puede resultar un aliciente; si fue polémica en su época, el centro de una disputa entre artistas o el último cuadro que pintó el autor antes de morir.

La periferia es el nuevo centro

Los dos mejores clientes de arte contemporáneo en el mundo son dos familias de dirigentes árabes: la familia real qatarí y los jeques de Emiratos Árabes Unidos. Les sobra el dinero –los famosos petrodólares- y les falta historia occidental; quieren convertir sus principales ciudades en reclamos turísticos a través de enormes inversiones en hoteles de lujo, centros comerciales, oferta de ocio y, la guinda del pastel, arte.

¿Cómo conseguir que lugares desérticos como Doha, Dubai o Abu Dhabi entren en la lista de ciudades de interés cultural? Parece que la respuesta llega en forma de inversión multimillonaria en la compra de obras de arte moderno y contemporáneo. Y la construcción de varios museos imponentes, para albergar las nuevas adquisiciones, firmados por el célebre arquitecto Frank Ghery o auspiciados por la mismísima pinacoteca del Louvre.

Maqueta de la futura sede del Louvre en Abu Dhabi (del arquitecto Jean Nouvel)

Maqueta de la futura sede del Louvre en Abu Dhabi (del arquitecto Jean Nouvel)

Hasta hace un par de décadas, la mayoría de los compradores de obras de postguerra eran occidentales: coleccionistas, galeristas o instituciones públicas y privadas de Estados Unidos, Europa y Japón se repartían el mercado de forma desigual.

En el siglo XXI, las grandes fortunas de los países en vías de desarrollo quieren hablar de igual a igual y en el mismo idioma que sus aventajados vecinos del Norte. Los postores en las veladas de las grandes casas de subastas provienen, hoy en día, de más de setenta países.

Made in China

El mercado del arte se mueve siguiendo los flujos de la economía, de ahí que el polo de interés esté basculando desde Occidente hacia Asia, en particular hacia China. En Pekín y en Shangai, las galerías, los coleccionistas y los marchantes de arte contemporáneo han proliferado en la última década.

Los artistas chinos han conseguido catapultarse a las primeras posiciones de las listas de los mejor pagados. El más conocido es Takashi Murakami, o “Mr. DOB”, creador de obras de arte basadas en la estética manga.

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Os recomiendo el ensayo de Don Thompson, “La supermodelo y la caja de brillo“, editado en español por Ariel, en febrero de 2015. Es un análisis del mercado del arte contemporáneo desde el punto de vista económico, amenizado por anécdotas curiosas y esclarecedoras sobre los entresijos de este mundillo que, lejos de toda lógica, une a la flor y nata de nuestras sociedades con artistas opíparamente transgresores como Zhang Huan.

“La supermodelo y la caja de brillo”, de Don Thompson

Ellas pintan, mujeres artistas en la Historia

Mujeres artistas, recuperando nombres de una historia olvidada (autorretratos)

Mujeres artistas, recuperando nombres de una historia olvidada (autorretratos)

A bote pronto, la primera que se te ocurra, ¿mujer artista? ¿Pintora, escultora, fotógrafa? ¿A quién ves, qué nombre surge de tu memoria? ¿Frida Khalo, tal vez? ¿Te ha venido a las mientes la gigantesca araña del Guggenheim de Bilbao, escultura realizada por Louise Bourgeois?

Salvo que te interese mucho la Historia del Arte o el movimiento feminista, difícilmente se te ocurrirán más de un puñado de ejemplos de mujeres artistas, sobre todo si intentas dejar atrás el siglo XX y caes en las profundidades de centurias anteriores.

¿Arte femenino en el siglo XXI?

Hoy en día, en los albores del siglo XXI, hay más nombres femeninos que masculinos en la lista de artistas contemporáneos más importantes. Hasta el 70%, afirma Victoria Combalía en su libro “Amazonas con pincel”. Por “importantes” entendemos originales, que han aportado novedades, que son valorados especialmente por su estilo o por la técnica que emplean en la creación de sus obras etc.

Curiosamente, por “importantes” no entendemos las mejor pagadas, las más famosas, aquellas cuyos nombres reconocemos los legos y salen en publicaciones prestigiosas relacionadas con el Arte o en medios generales escritos y audiovisuales, esas cuyas obras baten récords en las casas de subastas, en Sotheby’s y Christie’s. No, en esa lista, entre los primeros treinta, sólo aparecen cuatro nombres de mujer. Me pregunto a qué se deberá.

Hace una o dos décadas, las mujeres casi ni asomaban en el “Top 30”. Una de las pocas excepciones a ese “vacío” es la de Cindy Sherman, artista neoyorkina cuyas fotografías han alcanzado precios bastante elevados en subastas y ventas privadas.

Sherman es, a sus sesenta y tantos años, un icono contemporáneo, más que del feminismo, de la mujer en sí misma. La temática descarnada de sus retratos de sí misma –que no autorretratos- la han situado en el vórtice de la polémica y en la cúspide de la admiración de muchos.

Cindy Sherman, instalación en el MOMA de NY (2010)

Cindy Sherman, instalación en el MOMA de NY (2010)

Afortunadamente, la presencia de mujeres en el universo de las artes plásticas es cada vez mayor por lo que una enumeración exhaustiva de mujeres artistas en activo es una tarea titánica que no voy a llevar a cabo.

Sin embargo, me gustaría dejaros un puñado de ejemplos de pintoras y creadoras de siglos pasados o contemporáneas.

Ellas crean

En los siglos XVI, XVII y XVIII, varias pintoras consiguieron el reconocimiento de sus coetáneos; algunas del público burgués, otras de los estamentos eclesiásticos y unas cuantas de mecenas, reyes y nobles adinerados que les hicieron encargos o compraron sus lienzos.

Las encontramos en Italia, los Países Bajos, Francia e Inglaterra, fundamentalmente. Eran hijas de artistas, esposas de pintores o, sencillamente, mujeres dotadas de talento que supieron abrirse paso en un mundo copado por los hombres y en el que incluso el ingreso a las academias oficiales les estaba vetado.

Algunos de sus cuadros cuelgan hoy en las paredes de grandes museos nacionales como el Rijksmuseum de Ámsterdam o la National Gallery de Londres. Aunque dudo que, en conjunto, lleguen a sumar ni el 5% de la colección de cualquiera de estas instituciones.

Por citar sólo unas cuantas, mencionemos a las excelentes retratistas italianas Artemisia Gentileschi y Sofonisba Anguissola;  a la meticulosa y detallista pintora holandesa de bodegones de flores y frutas, Rachel Ruysch; a la barroca Lavinia Fontana, quien recibió muchísimos encargos públicos y privados y consiguió ser admitida en la universidad de Bolonia; o a la neoclásica Angelica Kauffmann y sus celebrados cuadros de historia.

En el siglo XIX, las más conocidas representantes femeninas de la pintura fueron, probablemente, las impresionistas Berthe Morisot y Mary Cassatt. La calidad de sus obras no está por debajo de la de sus afamados compañeros de movimiento pero la historia se olvidó de ellas hasta que, hace algunos años, fueron rescatadas del baúl de la desmemoria.

El siglo XX

La centuria pasada está salpicada de nombres femeninos de pintoras, fotógrafas y creadoras de obras audiovisuales. Incluso hay escultoras y arquitectas, campos ambos tradicionalmente dominados, aún más que el resto de especialidades artísticas, por los hombres.

En el grupo surrealista, Remedios Varo y Maruja Mallo están a la altura de cualquiera de sus compañeros masculinos. Simplemente se las menciona menos en los libros de texto, en los compendios de arte, en los estudios sobre el movimiento. No eran peores pintoras ni menos originales: eran mujeres.

Denuncia social en femenino

Fotógrafa y artista audiovisual, la iraní Shirin Neshat es uno de los nombres clave de la creación iraní contemporánea. A través de sus obras, de una belleza exquisita, se puede escuchar el grito de denuncia y de rebeldía que caracteriza el mensaje de esta creadora; habla sobre la condición de la mujer en las sociedades islámicas contemporáneas.

Pienso en Neshat y me debato en la duda de por qué razón es mucho menos conocida y valorada que, pongamos, Ai Wei Wei, cuya obra también se centra en la denuncia (del comunismo chino, en su caso). La entrada de la Wikipedia de cada uno dice mucho del interés que despiertan uno y otro; la de Wei Wei ocupa tres o cuatro veces más que la de Shirin Neshat.

Hay muchas más mujeres artistas, podéis poner vuestros propios ejemplos en un comentario a esta entrada y darnos a conocer nombres escondidos cuyas obras merecen un hueco entre las cuatro letras que componen la palabra Arte.