Artemisia Gentileschi, el Barroco en la mirada de una mujer

Artemisia Gentilesch, "Judith decapitando a Holofernes"

Artemisia Gentilesch, “Judith decapitando a Holofernes”

La mayor parte de los textos que he encontrado sobre la pintora barroca romana, Artemisia Gentileschi, hacen hincapié en el valor redentor de sus obras, en de qué manera sus cuadros significaron, para ella, una venganza contra el hombre que la violó. Sin embargo, no creo que las figuras de sus óleos, ni su tratamiento narrativo y pictórico, deban de reducirse a esa agresión sexual y al denigrante juicio posterior.

Personajes femeninos míticos, históricos o bíblicos como Judith, Cleopatra, Susana o Ester pueblan muchos de sus lienzos. Mujeres fuertes, poderosas, astutas o valientes. Ciertamente lo fueron. También pintó a María Magdalena, a Clío o a Dánae. Se llamaba Artemisia como Artemisa -con una “i” incrustrada-, la diosa de la caza, hija de una Leto violada por el dios máximo del Olimpo (Zeus), virgen y hermana melliza de Apolo, entre otras atribuciones.

Vida de una mujer pintora en el siglo XVII

Artemisia fue la hija mayor de Oracio Gentileschi, pintor pisano afincado en Roma, coetáneo del creador del tenebrismo, el pendenciero Caravaggio. Desde pequeña, ayudó a su padre en el taller; parece ser que se pasaba las horas muertas observando cómo pintaba su progenitor; le ayudaba a limpiar los pinceles, a mezclar pigmentos. Su madre murió cuando ella era aún una niña y tuvo que encargarse, no sólo de la casa, sino también de sus hermanos pequeños.

En aquella época -siglo XVII-, como a lo largo de toda la Historia anterior, las mujeres debían quedarse en casa encerradas, llegar vírgenes al matrimonio, aceptar al marido que les buscara su padre y darle a éste un buen montón de hijos. Incluso las reinas y las hijas de reinas tenían un papel similar aunque, a veces, se rebelaban contra él.

Artemisia nació y creció en esa Roma barroca de vida agitada y violenta, de cruenta competición entre pintores por los encargos, de nobles y cardenales, del maniqueísmo entre hetarias de mala vida y mujeres honrosamente casadas. En esa Roma de artistas y bohemios, de tabernas y peleas, no había sitio para el pincel de una mujer. Pero Artemisia supo hacerse hueco, con tesón y tozudez, con sufrimiento y esfuerzo, con talento y fatigas.

Artemisia observó la luz, buscó modelos, creó colores, combinó pigmentos en su paleta, dio brochazos, un día y otro y otro. Fueron años de aprendizaje, de colaborar con su padre en las obras que a éste le encargaban. De admirar a los hombres como pintores, a Caravaggio en particular; y de temerlos como hombres.

Siempre encerrada en casa, entre las labores del hogar y el taller. Una joven virgen, bella y talentosa como ella no podía salir sola de casa. Debía ser acompañada siempre por alguien: su hermano Francesco, la vecina, su propio padre. Para evitar las habladurías, las malas lenguas y la violencia de los hombres. Aún así, un joven amigo de su padre, un pintor llamado Agostino Tassi, la violó. Prometió casarse con ella, claro, no era un violador de taberna. Pero resultó que, además de pendenciero y busca-broncas, ya estaba casado.

Artemisia guardó silencio durante cerca de un año sobre los abusos de Tassi. No podía denunciar, una mujer no tenía derecho a hacerlo; como mínimo, no estaba bien visto. Fue su padre quien denunció a Tassi frente al Papado. En defensa de su honor, del suyo como padre y pintor, no del de su hija, de la que habían abusado, a la que habían violentado. Porque Artemisia era un bien de su padre, hasta que lo fuera de su futuro marido.

¿Olvidada?

Artemisia Gentileschi es hoy más famosa que su padre y mucho más que el hombre que la violó. Sus obras están en los museos más importantes del mundo, en los Uffizi, en el Prado. Aunque en vida fue reconocida y tuvo encargos de nobles adinerados y de aristócratas de Italia, España, Francia e Inglaterra, tras su muerte, su nombre desapareció casi sin dejar huella.

Pintora y mujer, Artemisia reivindicaba una mirada femenina a la hora de narrar las historias que pintaba…, ¿quién quería recordar semejante asalto al poder masculino dominante?

A Artemisia Gentileschi, como a tantas otras mujeres de siglos pasados, la recuperó el movimiento feminista de los años 70. Más allá de la calidad pictórica de sus obras -indudable-, lo que destaca en sus cuadros es una mirada diferente, una forma distinta de leer las historias míticas y las Escrituras. Los mismos temas que tantas veces se habían llevado al lienzo, se convertían, gracias a su paleta, en obras originales, nunca antes contadas de esa manera.

¿Dónde radicaba la originalidad? Más allá de las circunstancias personales y vitales de Artemisia, que influyeron, claro es, todos esos cuadros están pintados bajo una mirada novedosa: una mirada de mujer.

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Obra de Artemisia Gentileschi en el Prado.

En los Uffizi, una de las múltiples versiones de la historia de Judith pintadas por A. Gentileschi.

Programa sobre Artemisia Gentileschi en “Sin distancias”, Radio UNED:

El contexto importa

Teatro de marionetas de Salzburgo

Moralmente hablando, los hechos absolutos no existen. O eso me ha parecido a mí siempre. Las palabras y las acciones dependen del contexto. Ni siquiera un asesinato es un hecho absoluto; suele justificarse, incluso jurídicamente, si es en defensa propia, por ejemplo. Por no hablar de la mayor de las justificaciones, la guerra, moralmente más dudosa pero igualmente válida.

El vergonzoso caso de los titiriteros de Madrid encaja perfectamente en esta situación: el contexto lo es todo. Hablamos de entretenimiento, del Carnaval, de cultura y de Arte. Una obra de ficción para títeres, más o menos vinculada a la realidad por referencias. La última novela de Houellebecq, “Sumisión”, es ficción y todos la reconocemos como tal. Podemos o no estar de acuerdo con ella; incluso puede ofendernos, según cuales sean nuestras creencias. Pero, en cualquier caso, consideraríamos injustificado o punible un ataque contra el autor a causa de su obra.

Hay quien opina que lo indigno, en el caso de los titiriteros, es que fuera una propuesta dirigida al público infantil. Dejando a un lado si se había aclarado o no que era una obra para adultos –he leído tantas versiones ya que no puedo estar segura-, lo que me deja ojiplática es que algunos de los asistentes decidieran acudir a la policía porque en la actuación se veían escenas de cariz violento (tal vez desagradables, demasiado crudas, para algunas personas) o se leían pancartas con textos alusivos a Al Qaeda o ETA.

Me gustaría saber cuál es el comportamiento de estas personas frente a las imágenes, a menudo de una violencia inusitada y de una crueldad rayana en el sadismo, que aparecen en la televisión y los videojuegos. Por no hablar de los mensajes racistas, homófobos o humillantes (para ciertos estratos o grupos sociales, especialmente) que se lanzan a través de estos medios, verbal y visualmente.

Esta mañana, leyendo un libro sobre arte moderno, me he topado con el nombre de Maurizio Cattelan, un artista italiano de renombre conocido por su satírico, negro incluso, sentido del humor. Sus esculturas suelen representar personajes de un modo realista –a propósito que, de nuevo, nos encontramos con la palabra “representación”, o sea, fuera de la “realidad”-. “La nona ora” consiste en una escultura del papa Juan Pablo II aplastado por un meteorito; otra escultura representa a Hitler, arrodillado y en actitud cercana a la oración, vestido con un sobrio traje gris; unos niños colgados de sogas de las ramas de un árbol -ahorcados- son también creación del italiano.

"La nona ora", de Maurizio Cattelan, generó una amarga polémica en Polonia.

“La nona ora”, de Maurizio Cattelan, generó una amarga polémica en Polonia.

Cattelan es un artista polémico y transgresor, no cabe duda. En una entrevista concedida al diario conservador ABC, el periodista presenta su obra como “anárquica, irreverente, absurda, insolente y provocadora hasta el extremo”. También puede resultar ofensiva, como las puestas en escena de Leo Bassi, hipercrítico con la Iglesia católica. Este último vio una de sus creaciones censurada por el gobierno regional, hace algunos años.

De momento, que yo sepa, ni Cattelan ni Bassi han pasado por la cárcel acusados de expresarse con libertad a través de sus obras. Otros como ellos, en muchos países del mundo, sí que han sufrido represalias por alzar la voz, el pincel o el buril; artistas, periodistas y disidentes en general viven amenazados, sufren censura, encarcelamientos e, incluso, son asesinados. Hay muchos otros casos de linchamiento público y mediático.

Los artistas, los creadores, tienden a hurgar en las fronteras de lo permitido y lo prohibido, lo bello y lo horrendo, lo desagradable o lo que se considera correcto. Ha sido así durante siglos y, especialmente, a partir de la modernidad, empezando por las vanguardias –dadaísmo, surrealismo, expresionismo…-

Esta búsqueda de los límites puede llevar a extremos indeseables. Como público, como consumidores de los textos, las imágenes y los sonidos que nos ofrecen los artistas, podemos darles la espalda, cerrarles la puerta, hacerles el vacío, criticarlos o ningunearlos, si nos desagradan u ofenden. Lo que no debemos olvidar es que sus obras son creaciones y, como tales, están insertas en un contexto; entender cuál es este contexto y qué significa es nuestra labor como espectadores.

Coleccionar, especular, invertir

El negocio millonario del arte contemporáneo

“Caleidoscopio”, Olafur Eliasson

Subasta en Sotheby’s. Aparece el lote que contiene el cuadro de Andy Warhol titulado “Silver Car Crash [Double Disaster]“. El mazo cae. La puja ha alcanzado la cifra de 105,4 millones de dólares. Es una de las obras más caras de la historia aunque, por delante, aparecen otros nombres como Munch, De Kooning, Klimt, Jasper Johns o Picasso.

Corría el mes de noviembre de 2013. Los peores años de la crisis económica que estalló en 2008 parecen haber pasado, al menos a nivel macroeconómico. El mercado del arte contemporáneo, una industria millonaria gracias a un puñado de nombres, ha superado el corto período de desaceleración que vivió en 2009. Las casas de subastas, los coleccionistas, los especuladores, los marchantes, los galeristas y, claro es, los propios artistas, vuelven a moverse ligeros y ufanos entre instalaciones, brochazos y esculturas hiperbólicas.

Las ventas de arte durante la velada de Arte Contemporáneo de Sotheby´s, el 13 de noviembre de 2013, ascendieron a más de 380 millones de dólares. Sin incluir el IVA.

El juego de espejos se reanuda. La carrera por conseguir una obra de arte emblemática, transgresora o, simplemente, firmada por alguno de los grandes nombres de la creación contemporánea, se reactiva.

¿Un tiburón conservado en formaldehído, de Damien Hirst? ¿La mujer-trofeo, Stephanie Seymour, de Maurizio Cattelan? ¿Un perro-globo de Jeff Koons? ¿Un colorido Basquiat? El mercado del arte tiende a infinito, como cualquier otro mercado de productos de consumo, pero  las obras de renombre y las figuras reconocidas escasean. De ahí que haya que pagar cantidades desorbitadas por ellas.

La pregunta no es por qué se pagan millones de dólares por una obra de arte contemporáneo sino ¿por qué se pagan por arte en lugar de por cualquier otro producto de lujo? Y, ¿quién o qué determina el precio?

Christie's, sala de exposiciones de la casa de subastas

Christie’s, sala de exposiciones de la casa de subastas

Artenovela, la historia detrás de la obra

Las adquisiciones de arte contemporáneo, entre las élites económicas del mundo, responden fundamentalmente a tres deseos: el prestigio, la inversión (especulativa o no) y la exclusividad.

Más allá de la calidad, la originalidad o los méritos artísticos del creador; por encima de cualquier opinión sobre la textura, los colores o las formas, se levanta la capacidad de la propia obra de “venderse”. Un cuadro, una escultura, un vídeomontaje o una fotografía valen lo que el público considera que es su valor. Entiéndase “público” en su acepción más estrecha, como la camarilla de entendidos, diletantes y coleccionistas que pululan por las salas de subastas, las galerías y las ferias anuales de arte.

¿Subjetivo? Evidentemente. Pero de la misma manera en que lo es la diferencia de precio entre unas zapatillas de marca de moda y otras que no lo están tanto.

Art Basel en Miami Beach 2014 © Art Basel

Art Basel en Miami Beach 2014 © Art Basel

Por una obra de arte, un cuadro, una escultura, una fotografía o cualquier otra manifestación artística tangible, se paga muchísimo dinero en el caso de que:

La venda la persona adecuada: un marchante muy conocido, una galería de renombre o cualquiera de las dos casas de subastas que cuasi-monopolizan el mercado del arte, Sotheby’s y Christie’s (en evidente guerra abierta la una contra la otra; de tanto que se odian, se copian constantemente).

– Esté en el lugar apropiado: cualquiera de las cinco ferias-espectáculo es un buen sitio para comprar una “gran” obra de arte. Art Basel y su filial en Estados Unidos, Miami Basel; Frieze Londres y, de nuevo, réplica en Nueva York; la feria de Hong Kong -libre de impuestos-. Tanto para exponer como para visitarlas, se ha de superar un elitista “derecho de admisión”.

– Su historia sea interesante: quién la ha poseído y en qué circunstancias la adquirió o se deshizo de ella hacen subir el precio como la espuma. La propia leyenda dejada tras de sí por la pieza también puede resultar un aliciente; si fue polémica en su época, el centro de una disputa entre artistas o el último cuadro que pintó el autor antes de morir.

La periferia es el nuevo centro

Los dos mejores clientes de arte contemporáneo en el mundo son dos familias de dirigentes árabes: la familia real qatarí y los jeques de Emiratos Árabes Unidos. Les sobra el dinero –los famosos petrodólares- y les falta historia occidental; quieren convertir sus principales ciudades en reclamos turísticos a través de enormes inversiones en hoteles de lujo, centros comerciales, oferta de ocio y, la guinda del pastel, arte.

¿Cómo conseguir que lugares desérticos como Doha, Dubai o Abu Dhabi entren en la lista de ciudades de interés cultural? Parece que la respuesta llega en forma de inversión multimillonaria en la compra de obras de arte moderno y contemporáneo. Y la construcción de varios museos imponentes, para albergar las nuevas adquisiciones, firmados por el célebre arquitecto Frank Ghery o auspiciados por la mismísima pinacoteca del Louvre.

Maqueta de la futura sede del Louvre en Abu Dhabi (del arquitecto Jean Nouvel)

Maqueta de la futura sede del Louvre en Abu Dhabi (del arquitecto Jean Nouvel)

Hasta hace un par de décadas, la mayoría de los compradores de obras de postguerra eran occidentales: coleccionistas, galeristas o instituciones públicas y privadas de Estados Unidos, Europa y Japón se repartían el mercado de forma desigual.

En el siglo XXI, las grandes fortunas de los países en vías de desarrollo quieren hablar de igual a igual y en el mismo idioma que sus aventajados vecinos del Norte. Los postores en las veladas de las grandes casas de subastas provienen, hoy en día, de más de setenta países.

Made in China

El mercado del arte se mueve siguiendo los flujos de la economía, de ahí que el polo de interés esté basculando desde Occidente hacia Asia, en particular hacia China. En Pekín y en Shangai, las galerías, los coleccionistas y los marchantes de arte contemporáneo han proliferado en la última década.

Los artistas chinos han conseguido catapultarse a las primeras posiciones de las listas de los mejor pagados. El más conocido es Takashi Murakami, o “Mr. DOB”, creador de obras de arte basadas en la estética manga.

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Os recomiendo el ensayo de Don Thompson, “La supermodelo y la caja de brillo“, editado en español por Ariel, en febrero de 2015. Es un análisis del mercado del arte contemporáneo desde el punto de vista económico, amenizado por anécdotas curiosas y esclarecedoras sobre los entresijos de este mundillo que, lejos de toda lógica, une a la flor y nata de nuestras sociedades con artistas opíparamente transgresores como Zhang Huan.

“La supermodelo y la caja de brillo”, de Don Thompson

Ellas pintan, mujeres artistas en la Historia

Mujeres artistas, recuperando nombres de una historia olvidada (autorretratos)

Mujeres artistas, recuperando nombres de una historia olvidada (autorretratos)

A bote pronto, la primera que se te ocurra, ¿mujer artista? ¿Pintora, escultora, fotógrafa? ¿A quién ves, qué nombre surge de tu memoria? ¿Frida Khalo, tal vez? ¿Te ha venido a las mientes la gigantesca araña del Guggenheim de Bilbao, escultura realizada por Louise Bourgeois?

Salvo que te interese mucho la Historia del Arte o el movimiento feminista, difícilmente se te ocurrirán más de un puñado de ejemplos de mujeres artistas, sobre todo si intentas dejar atrás el siglo XX y caes en las profundidades de centurias anteriores.

¿Arte femenino en el siglo XXI?

Hoy en día, en los albores del siglo XXI, hay más nombres femeninos que masculinos en la lista de artistas contemporáneos más importantes. Hasta el 70%, afirma Victoria Combalía en su libro “Amazonas con pincel”. Por “importantes” entendemos originales, que han aportado novedades, que son valorados especialmente por su estilo o por la técnica que emplean en la creación de sus obras etc.

Curiosamente, por “importantes” no entendemos las mejor pagadas, las más famosas, aquellas cuyos nombres reconocemos los legos y salen en publicaciones prestigiosas relacionadas con el Arte o en medios generales escritos y audiovisuales, esas cuyas obras baten récords en las casas de subastas, en Sotheby’s y Christie’s. No, en esa lista, entre los primeros treinta, sólo aparecen cuatro nombres de mujer. Me pregunto a qué se deberá.

Hace una o dos décadas, las mujeres casi ni asomaban en el “Top 30”. Una de las pocas excepciones a ese “vacío” es la de Cindy Sherman, artista neoyorkina cuyas fotografías han alcanzado precios bastante elevados en subastas y ventas privadas.

Sherman es, a sus sesenta y tantos años, un icono contemporáneo, más que del feminismo, de la mujer en sí misma. La temática descarnada de sus retratos de sí misma –que no autorretratos- la han situado en el vórtice de la polémica y en la cúspide de la admiración de muchos.

Cindy Sherman, instalación en el MOMA de NY (2010)

Cindy Sherman, instalación en el MOMA de NY (2010)

Afortunadamente, la presencia de mujeres en el universo de las artes plásticas es cada vez mayor por lo que una enumeración exhaustiva de mujeres artistas en activo es una tarea titánica que no voy a llevar a cabo.

Sin embargo, me gustaría dejaros un puñado de ejemplos de pintoras y creadoras de siglos pasados o contemporáneas.

Ellas crean

En los siglos XVI, XVII y XVIII, varias pintoras consiguieron el reconocimiento de sus coetáneos; algunas del público burgués, otras de los estamentos eclesiásticos y unas cuantas de mecenas, reyes y nobles adinerados que les hicieron encargos o compraron sus lienzos.

Las encontramos en Italia, los Países Bajos, Francia e Inglaterra, fundamentalmente. Eran hijas de artistas, esposas de pintores o, sencillamente, mujeres dotadas de talento que supieron abrirse paso en un mundo copado por los hombres y en el que incluso el ingreso a las academias oficiales les estaba vetado.

Algunos de sus cuadros cuelgan hoy en las paredes de grandes museos nacionales como el Rijksmuseum de Ámsterdam o la National Gallery de Londres. Aunque dudo que, en conjunto, lleguen a sumar ni el 5% de la colección de cualquiera de estas instituciones.

Por citar sólo unas cuantas, mencionemos a las excelentes retratistas italianas Artemisia Gentileschi y Sofonisba Anguissola;  a la meticulosa y detallista pintora holandesa de bodegones de flores y frutas, Rachel Ruysch; a la barroca Lavinia Fontana, quien recibió muchísimos encargos públicos y privados y consiguió ser admitida en la universidad de Bolonia; o a la neoclásica Angelica Kauffmann y sus celebrados cuadros de historia.

En el siglo XIX, las más conocidas representantes femeninas de la pintura fueron, probablemente, las impresionistas Berthe Morisot y Mary Cassatt. La calidad de sus obras no está por debajo de la de sus afamados compañeros de movimiento pero la historia se olvidó de ellas hasta que, hace algunos años, fueron rescatadas del baúl de la desmemoria.

El siglo XX

La centuria pasada está salpicada de nombres femeninos de pintoras, fotógrafas y creadoras de obras audiovisuales. Incluso hay escultoras y arquitectas, campos ambos tradicionalmente dominados, aún más que el resto de especialidades artísticas, por los hombres.

En el grupo surrealista, Remedios Varo y Maruja Mallo están a la altura de cualquiera de sus compañeros masculinos. Simplemente se las menciona menos en los libros de texto, en los compendios de arte, en los estudios sobre el movimiento. No eran peores pintoras ni menos originales: eran mujeres.

Denuncia social en femenino

Fotógrafa y artista audiovisual, la iraní Shirin Neshat es uno de los nombres clave de la creación iraní contemporánea. A través de sus obras, de una belleza exquisita, se puede escuchar el grito de denuncia y de rebeldía que caracteriza el mensaje de esta creadora; habla sobre la condición de la mujer en las sociedades islámicas contemporáneas.

Pienso en Neshat y me debato en la duda de por qué razón es mucho menos conocida y valorada que, pongamos, Ai Wei Wei, cuya obra también se centra en la denuncia (del comunismo chino, en su caso). La entrada de la Wikipedia de cada uno dice mucho del interés que despiertan uno y otro; la de Wei Wei ocupa tres o cuatro veces más que la de Shirin Neshat.

Hay muchas más mujeres artistas, podéis poner vuestros propios ejemplos en un comentario a esta entrada y darnos a conocer nombres escondidos cuyas obras merecen un hueco entre las cuatro letras que componen la palabra Arte.

Street Art

Los graffitis -el equivalente italiano a nuestra “pintada”- empezaron siendo palabras. Con el tiempo, se convirtieron en imágenes, en murales, en elaboradas obras plásticas. Hoy cotizan en el mercado del arte.

El mundo del grafiti en el siglo XXI (diversas fuentes, ver enlaces en la entrada)

El mundo del grafiti en el siglo XXI (diversas fuentes, ver enlaces en la entrada)

En la Italia del Imperio Romano, los muros de las casas y locales estaban atestados de grafitos en los que podía leerse desde una proposición sexual hasta una loa. En las iglesias románicas y góticas, los obreros de la época dejaban su firma o sus opiniones plasmadas en los monumentos religiosos a través de incisiones en la piedra. En nuestros días, los baños públicos, los bancos de los parques o las paredes de los bares han tomado el relevo.

De vandalismo a arte

Los antaño denostados grafitis se han convertido en tendencia “cool”, una nueva moda para vestir las desnudas y desencantadas paredes de hormigón de nuestras ciudades, promocionada y financiada por los propios ayuntamientos o juntas de distrito: los de Lisboa, Vitoria, Madrid o Viena, por mencionar sólo unos pocos. Antes se perseguía a los artistas callejeros, a los grafiteros, que solían actuar amparados por la oscuridad de la madrugada. Hoy cotizan en el mercado del arte con nombres tan conocidos como el de Keith Haring, Basquiat, Suso o Banksy, entre otros muchos, firmas que, desde el anonimato, han traspasado las fronteras de la clandestinidad.

Las figuras más conocidas han visto cómo sus nombres aparecían en los medios de comunicación, protagonizando artículos y reportajes sobre un arte que, hace apenas unos lustros, era perseguido y eliminado con la mayor celeridad. Muchos de ellos continúan escondidos tras pseudónimos y su apariencia física es desconocida. El propio Banksy continúa rehuyendo la luz de las cámaras y los objetivos de los aparatos fotográficos. En su original proyecto cinematográfico, “Exit Throught The Gift Shop”, aparece encapuchado y a contraluz; el espectador sólo percibe las formas de una sombra a la que pinta con ropas amplias, pantalón vaquero o de chándal y sudadera; probablemente, de mediana edad y, por qué no, pelo corto, algún pendiente y algún tatuaje. La imaginación habla –y prejuzga- cuando los ojos no pueden ver.

El del grafiti es un arte solitario, como lo son la pintura –sobre lienzo o papel- y la escultura. La imagen que muchos tenemos de pandillas de chavales que salen al anochecer a hacer pintadas y tajeos (firmas) por la ciudad no se corresponde exactamente con la realidad. En la mayor parte de los casos, los grafiteros actúan solos o, a lo sumo, comparten la superficie a pintar con otro artista del spray; al fin y al cabo, una obra original suele ser fruto de una única mente con un estilo muy personal.

Grafitis callejeros (anónimos) (Estambul, Viena, Estrasburgo, Madrid y Bratislava)

Grafitis callejeros (anónimos) (Estambul, Viena, Estrasburgo, Madrid y Bratislava)

Cada “street artist” tiene su propio estilo: las figuras realistas y un tanto poéticas de Banksy; los monigotes de Haring; las figuras rayadas del brasileño Nunca o los collage de personajes de animación inventados por Combo. La técnica también difiere de unos a otros: no siempre el spray de colores es el material elegido. Este es el caso del ubicuo “grafitero” francés autodenominado “Invader” o “Space Invader”: en su página web encontramos un mapa de los siete continentes en el que aparecen pequeños iconos “Invader” en cada una de las ciudades donde ha dejado su personal rastro de coloridos píxeles. Entrecomillo “grafitero”, en este caso, ya que utiliza pequeñas teselas, como las de las piscinas, para construir sus marcianitos.

Frente a este individualismo, surgen iniciativas colectivas de artistas que trabajan en proyectos conjuntos. Equipo Plástico ha llenado de explosiones de color los muros y paredes de decenas de edificios urbanos e, incluso, galerías de arte y el vestíbulo del Instituto Cervantes de Pekín. Más sorprendente aún, Sixeart, el artista más conocido del grupo Plástico, junto a otros renombrados grafiteros como Blu, JR u Os Gêmeos, “intervinieron” –en argot grafitero adquirido ya por la lengua estándar- la fachada y varias salas de la sobria y monocroma sede de la Tate Modern londinense para la exposición “Street Art” (2008).

Viendo los nombres de los grafiteros más conocidos, podríamos llegar a la conclusión de que es un universo masculino cerrado. La presencia femenina es más discreta pero ya hay un puñado de mujeres que han conseguido abrirse camino, incluso en ciudades como Kabul, la capital de Afganistán, donde se pueden ver decenas de murales de la grafitera iraní Shamsia Hassani.

Grafiti de la artista iraní Shamsia Hassani (Kabul, Afganistán)

Grafiti de la artista iraní Shamsia Hassani (Kabul, Afganistán)

Grafiti: producto de consumo

Es posible que la pintada, al reconocerse como arte, haya perdido buena parte de su carga de denuncia, social o política, según el caso. Tal vez ese sea el precio que hay que pagar por salir de la clandestinidad y, un poco más allá, por conseguir la tantas veces ansiada fama: el éxito se paga con dinero y el dinero no tiene interés en comprar la protesta; más bien, la subvierte y convierte en producto de consumo.

Cabe preguntarse si el arte del grafiti callejero ha perdido su esencia ahora que ha cruzado la borrosa frontera del mercado con mayúscula y ha pasado a ser un producto más del capitalismo, una creación “dentro” del sistema. De alguna manera, esta reflexión es la que realiza Banksy en el falso documental que hemos mencionado al principio de esta entrada, “Exit Through The Gift Shop”. El grafitero más famoso del mundo continúa luchando por ocultar su identidad y, de esta manera, suponemos, seguir siendo un creador libre, sin ataduras ni mecenazgos, lo que era cuando comenzó a pintar en las calles, lo que son todos aquellos grafiteros anónimos que embellecen y llenan de vida los grises y ocres muros de viviendas y fábricas, por el puro placer de crear, por lograr la admiración de otros seres, tan anónimos como ellos mismos: los viandantes, los habitantes de la ciudad, el pueblo, el barrio o la favela.