“Papusza” con “P” de poetisa

Diccionario incompleto de términos que caben en 35 mm de cine con mayúsculas.

“Papusza”, Bronisława Wajs, poetisa gitana (2013)

Antropología

La película es un fresco de la vida de los gitanos en la Polonia de la primera mitad del siglo XX. Estudio visual de la vida del pueblo romaní, hombres y mujeres trashumantes que valoraban su libertad y sus costumbres por encima del dinero, las leyes y la seguridad. Músicos y embaucadores, vivieron en tiempos de paz y en años de guerra, bajo el régimen nazi invasor y el comunista triunfante, en carromatos, a la intemperie y en desastradas viviendas sociales.

Cambiaron poco o nada a lo largo de las décadas a través de las cuales viaja la película, en flashbacks y prolepsis (flashforwards). Menos el patriarca. Él sí, él terminó viviendo en una casa de campo lujosa, con todas las comodidades.

Blanco y negro

Límpido, impactante, bello. Los fotogramas brillan, la ausencia de color es sutituida por la presencia de mil sombras y matices. Me recuerda a la textura de las fotografías del último proyecto de Sebastião Salgado, “Génesis”.

Culpa

El rechazo de su pueblo, el romaní, y el destierro llevaron a Bronisława Wajs, “Papusza”, a la locura, el remordimiento y la amargura.

La obligaron a casarse con apenas catorce años con su tío, que debía de tener veinte o treinta años más que ella. Sobrevivió. Nunca engendró un hijo propio pero adoptó y cuidó a un bebé cuyos padres habían sido asesinados por los alemanes. El niño la rechazó cuando vio que el resto del clan le daba la espalda. Escapó de las balas de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Murió casi octogenaria. Expiró sola, pobre y abandonada por todos. Por culpa de un puñado de poemas. O eso fue lo que ella siempre creyó, de ahí que quemara todos los poemas que, pacientemente, había trascrito para entregárselos a Jerzy Ficowski, el escritor y estudioso que había publicado sus primeros versos.

“Papusza”, la poetisa gitana con el autor que publicó sus versos (2013)

Encuadre

Grandes planos, panorámicas, apertura del plano y sus contrarios, primer plano, cámara lenta, plano detalle. El ataque al campamento gitano visto desde la distancia; el concierto zíngaro en la mansión es aprehendido desde un ángulo cenital; Papusza con el velo de novia, doloroso retrato ralentizado; el caballo muerto tirado en la nieve, el buitre arrancando la carne aún fresca en un plano a medio camino entre la implicación y la contención.

Libertad

Nada tienen, nada pueden perder. Tres carromatos, unos caballos percherones y algún instrumento de música. Lo único que les pueden arrebatar es la vida y la dignidad. Ni siquiera la cárcel les borra la sonrisa socarrona de la boca. “Tocad, tocad, porque de lo contrario estamos perdidos” (parafraseando –libremente- a Pina Bausch).

Ley

Prohibiciones y persecuciones, encarcelamientos, multas y confinamientos. El Estado contra el pueblo gitano. El control a través del censo. La obligación de tener un empleo. La educación de los niños en las escuelas públicas.

“Papusza”, probando si el arpa está bien afinada (2013)

Maternidad

“Señor, sella mi vientre”. Papusza-niña acaba de ser desposada, contra su voluntad, por su tío. Por un puñado de monedas, una cadena de oro y un par de tragos de alcohol. Ruega, no quiere darle hijos a ese viejo que tiene enfrente. Durante la invasión nazi y la limpieza étnica contra los gitanos, encuentra un bebé llorando, tirado entre cuerpos sin vida y ruinas. Lo acoge como si fuera hijo de sus entrañas. A él le recita esos versos que, sin querer, componen su soledad y su tristeza.

Nadie me comprende,

solo el bosque y el río.

Aquello de lo que yo hablo

ha pasado todo ya, todo,

y todas las cosas se han ido con ello…

Y aquellos años de juventud.

“Muñeca”

Bronisława Wajs, más conocida por su sobrenombre romaní, “Papusza”, que significa “Muñeca”. En polaco, “Lalka”, pero nadie la  hubiera llamado así. Nació en Polonia pero su patria nunca fue un país, su hogar era la tierra húmeda, las colinas, los bosques, los lagos, las flores y la nieve.

Música

Los poemas de Papusza han pasado a convertirse en la letra de varias canciones, entre otras, la que cierra la película. Para los que no la hayais visto, en el vídeo aparece el desenlace así que vosotros decidís si queréis presionar el play.

El resto del film está salpicado por música incidental –instrumental- que acompaña bellamente los sucesos que acaecen y por temas zíngaros tocados por los propios gitanos: arpa, violín, guitarra o contrabajo se estremecen bajo los hábiles dedos de los Wajs, una familia romaní de creadores e intérpretes avezados.

Poesía

Llana, sencilla, tan ligera que se asemeja al murmullo de la brisa entre las hojas de los árboles. Versos que salen del corazón, angustiados y liberadores, versos con alma, hechos sin querer al calor de una fogata, frente a la naturaleza agreste o entre los estampidos de las balas asesinas de los nazis. Poesía de vida y de muerte, de esperanza y de castigo, versos primigenios,  estrofas desterradas y quemadas.

Romaní

El pueblo nómada y viajero por antonomasia, denominados de muy diversas maneras: gitanos, romaníes, zíngaros, rom o sinti, entre otros. Su origen se sitúa en la India aunque en la actualidad la mayoría pueblan los descampados, los valles, las estepas y los pueblos de Rusia, Turquía, Europa del Este y España. Tienen fama de ladinos, de vagos, de ser buenos músicos, de ser machistas, de vivir bajo costumbres ancestrales obsoletas. Pese a su dispersión, se siguen considerando un pueblo, una familia. A los “otros” nos llaman payos. Conservan su modo de vida como si fuera un secreto. Son supervivientes.

“Papusza”, reunión de gitanos en el patio de sus nuevas viviendas (2013)

Silencio

“Papusza” es una película de silencios. Cierto, hay mucha música en ella. Es verdad, parece una contradicción, ¡narra la vida de una poetisa! Pero lo hace casi sin palabras, con gestos, con miradas, con paisajes parlantes.

Violencia

Hay mucha violencia en “Papusza”, en la vida gitana, en la Polonia del siglo XX. Por una parte, encontramos una brutalidad callada, aprendida; es la de los hombres sobre las mujeres, la que se ejerze sobre esas niñas que son casadas a los 14 años y se quedan embarazadas al poco tiempo; los empujones, las bofetadas, los silenciamientos. Una violencia que destruye con pausas, lentamente, que lleva a la sumisión, a mirar para otro lado, a agachar la cabeza. Y hay otra, más evidente, que llega en forma de persecuciones, disparos, escarmientos o razzias.

“Papusza”, 2013, escrita y dirigida por Joanna Kos-Krauze y Krzysztof Krauze. Os dejo el trailer:

“Del Revés”, una lección de animación y de estereotipos

INSIDE OUT – Pictured ©2015 Disney•Pixar. All Rights Reserved.

La mayoría de los comentarios que he oído o leído sobre la última película de Disney-Pixar, “Del revés” (“Inside Out”), son claramente positivos, ensalzan la estética de la obra, el guión, el sentido del humor que salpica los diálogos, la maestría técnica… Estoy de acuerdo: es un producto visual impactante, bien hilado, conmovedor en ciertos momentos, hilarante en otros. Pero también es una ficha más en la construcción y preservación del statu quo de las sociedades occidentales, de los principios patriarcales que nos rigen, del modelo del niño-rey que tiene todo lo que quiere, de estereotipos fijados a fuego que no corresponden con la diversidad y la complejidad de nuestro mundo. Es de estas sombras de las que quiero hablar en esta entrada, las críticas ensalzadoras las podéis encontrar en cualquier otra fuente.

La unión de Disney y de Pixar me recuerda al doble personaje literario del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Disney pone el toque edulcorado, lo políticamente correcto, la lagrimita fácil y la sonrisa atontada mientras que Pixar parece que quiere aportar la parte gamberra, el sentido del humor ácido, el riesgo de lo ininteligible. Todo dentro de unos límites, por supuesto. Hay ciertas figuras indiscutibles, algunas ideas sagradas, intocables. Empecemos por el principio.

Él y ella, la pareja desigual

El corto que precede a la película, “Lava“, es notoriamente machista, aparte de sensiblero y prescindible. Un volcán de aspecto avejentado, bondadoso, rechoncho y, aunque sea una estructura geológica creo que podemos decirlo, feo aparece en pantalla cantando una canción –que, a propósito, es ñona, sosa y, no exagero, insufrible-. La canción la escucha, en las profundidades, un volcán-hembra, una mujer-volcán estilizada, joven y de bellos rasgos mesoamericanos. Supongo que no os destrozo el final si os digo que, después de un par de peripecias, ambos volcanes terminan unidos –con catarata entre medias y todo-, enamorados y cantando a dúo –sí, es lo que hay, la espantosa canción dura hasta el final del corto-.

INSIDE OUT – Pictured ©2015 Disney•Pixar. All Rights Reserved.

¿Podría haber sido al revés –como el título de la película que vamos a ver-? ¿Ella el volcán viejo, arrugado y deslucido y él el querubín de los volcanes, de rostro agraciado y finos rasgos? En mi imaginación sí, en Disney-Pixar parece ser que no así que “gracias” por mantener la imagen patriarcal y machista de la pareja que prevalece en la sociedad actual. Por nuestra parte, seguiremos poniendo en marcha campañas poco eficaces contra la violencia de género y la igualdad salarial y laboral de la mujer.

INSIDE OUT – Pictured. ©2015 Disney•Pixar. All Rights Reserved.

“Del revés”, pero no tanto

“Del Revés” no es una película para niños. Para niños grandes, tal vez. Difícilmente un crío de cinco, ocho o diez años puede comprender buena parte de los diálogos o de las alusiones. Las escenas –brillantes, por otra parte- que transcurren dentro de la parte del cerebro dedicada a la abstracción son complejas, como el propio pensamiento que se da en esa región cerebral. Tampoco parece evidente que los infantes comprendan la necesidad de que existan todos los sentimientos que se ven en la película; junto a la alegría, protagonista indiscutible, la tristeza –su compañera inseparable-, la ira, el miedo y el asco. Entre otras cosas porque, curiosamente, aunque el mensaje parece ser éste, que las vivencias son una mezcla de varios sentimientos, los personajes adultos, los padres de la niña fundamentalmente, están simplificados, cada uno, en un único sentimiento: al padre lo maneja la ira mientras que la madre está controlada por la tristeza –en la niña aún prevalece la alegría, supongo que por la edad-.

A propósito que éste último es otro ejemplo de alineamiento con el statu quo del hombre y la mujer en nuestra sociedad: él la agresividad, la rabia, la lucha; ella la tristeza, la depresión, el conformismo. Es más, el padre trabaja, empieza un nuevo negocio –es la razón por la que la familia se muda a San Francisco-, habla por teléfono con su socio mientras que la madre o no trabaja o se pasa por alto hacer alusión a un posible empleo; para el espectador, la madre es un ser ocioso y un tanto anodino cuya única función parece ser atemperar el humor del padre y consolar a la hija. Gran papel, muy realista (sic).

Madre de Riley,

INSIDE OUT – Pictured ©2015 Disney•Pixar. All Rights Reserved.

La madre también resulta ser la “infiel de pensamiento” –”en hechos” no existe esa posibilidad, evidentemente; en una familia modelo como la de “Del revés” eso es impensable-. En dos momentos de la película se juega con la figura del amante, un brasileño encantador con camisa blanca abierta hasta la mitad del pecho: un macho alfa, vamos. La mujer se enfada con su marido porque éste no actúa como debe en relación con la niña y recuerda que bien podría haber elegido al exuberante brasileño –lo piensa, no se lo comunica, supongo que es una fantasía irrealizable de la buena esposa-. Después, cuando su marido recupera la iniciativa respecto a su hija, la madre decide echar al olvido la imagen del posible amante. Hizo lo correcto, eligió al buen padre de su hija en lugar de al ardiente y prometedor ¿semental? La figura del padre es intachable: ni sombra de fantasías con otras mujeres, sólo pensamientos relacionados con el deporte televisado. Otro cliché para la saca.

El niño es el rey

Uno de los pilares sobre los que se sustenta la película es el de la niña que lo tiene todo y que es completamente feliz hasta que su padre consigue un trabajo en otra ciudad –o abre un negocio, no queda muy claro- y se tienen que mudar, lejos del hogar, dulce hogar, en Minnesota. A sus 11 años, Riley ha tenido siempre todo lo que ha querido. Vive en una bonita y amplia casa en un barrio residencial, uno de esos típicos de Estados Unidos –el de “Eduardo Manostijera” o “Mujeres Desesperadas”- con su césped delante y su jardín detrás, la valla de madera blanca y poco tráfico. Desconocemos qué tal va en los estudios pero sí que se hace hincapié en que es una buena jugadora de hockey y que este deporte es más que una afición, es su pasión.

Pese a que es el único miembro de la familia que trabaja –o eso parece-, el padre está siempre presente en los recuerdos felices y familiares de la niña: es el que hace monerías con ella –la madre se anima de vez en cuando pero siempre cuando el padre y Riley han empezado por su cuenta-; el que le da de comer en la trona; el que coge el stick de hockey para bromear con Riley; el que la lleva a caballito cuando es pequeña… Un padre con todo el tiempo del mundo para su niña querida.  También es el que se encarga de “abroncar” a la niña y mandarla a su cuarto cuando ésta le contesta mal, primero a su madre y luego a él mismo. Parece que es la primera vez que hay un encontronazo entre padre e hija ¡en 11 años! La niña mimada y buena ha recibido un leve rapapolvo y es el padre el que, dos minutos más tarde, sube a la habitación a disculparse. La niña-reina no puede soportar que se la replique.

INSIDE OUT – Pictured ©2015 Disney•Pixar. All Rights Reserved.

Colores sí, razas no

Los únicos colores diferentes, en la piel de los personajes, son los de los Sentimientos, elegidos por sus características y connotaciones: brillante amarillo-azulado para la alegría, frío azul para la tristeza, rojo exaltado y pasional para la ira, verde llamativo para el asco y un desvaído violeta para el miedo.

La familia de Riley es de raza blanca. Las amigas de Riley son de raza blanca. Los compañeros de clase en San Francisco son de raza blanca o, a lo sumo, de piel un poco oscura, tal vez hijos de sudamericanos o descendientes de africanos o brasileños que ya no recuerdan apenas cuales son sus orígenes. La profesora es negra pero de hace varias generaciones, del estilo de Barack Obama. El novio imaginario de Riley es un chaval engreído, blanco, al que le encanta hacerse “selfies”, cortado por el patrón del “moderneo” y el hedonismo. El único personaje con “pintas” que aparece en la película, con piercings, tatuajes, pelo teñido y vestida de negro estilo gótico, tiene el honor de ser la dependienta de la pizzería del barrio.

Riley en el colegio, en San Francisco,

INSIDE OUT – Pictured: Riley Andersen. ©2015 Disney•Pixar. All Rights Reserved.

En cuanto a los personajes creados para dar vida a los diferentes sentimientos, de nuevo, encontramos el modelo patriarcal-machista. “Alegría” es una muñequita preciosa parecida a Campanilla –el hada de Peter Pan- que irradia luz; “Asco” es una mujer tipo femme fatale, de largas pestañas, mirada seductora y peinado perfecto de peluquería; “Tristeza” es regordeta y, como no podía ser de otra manera, lleva unas gruesas gafas de pasta. Todo personaje triste, bobalicón o risible tiene que llevar gafas, de otra manera, ¿cómo lo identificaríamos? De nuevo, los miopes agradecemos este pequeño detalle que mantiene intacta la figura del “gafotas” en el imaginario infantil. “Ira” es un hombre musculoso, tipo armario empotrado, de mirada ceñuda, al que podríamos ver salir de cualquier gimnasio de nuestra ciudad –extrapolándolo a la realidad-; “Miedo” es un hombrecillo escuchimizado, alargado, de ojos saltones que podría asemejarse a ciertos intelectuales o escritores retraídos que hemos visto en muchas películas estadounidenses.

En “Del revés” las emociones son las que mandan, dentro de nuestro cerebro, pero los estereotipos, los prejuicios y el statu quo permanecen, lamentablemente, “del derecho”.

Por un minuto de morbo

Nightcrawler”, inquietante mensaje a una sociedad enferma de miedo y ávida de fama a cualquier precio

Fotograma de "Nightcrawler" con Jake Gyllenhaal y Riz Ahmed (fuente http://nightcrawlerfilm.com/)

Fotograma de “Nightcrawler” con Jake Gyllenhaal y Riz Ahmed (fuente http://nightcrawlerfilm.com/)

Un “nightcrawler” es, literalmente, alguien o algo que se arrastra en la noche; podría ser una criatura imaginaria, un insecto, una alimaña o, simplemente, una metáfora para hablar de aquellas personas de vida más nocturna que diurna. En la película de Dan Gilroy, a la que da título, “nightcrawler” viene a ser la figura del cuasi-reportero televisivo situado más allá de los márgenes deontológicos de la profesión periodística, un individuo que busca captar con su cámara los sucesos más sugestivos que la noche en una megalópolis puede ofrecer al espectador.

Los accidentes de coche, la violencia callejera, los tiroteos o los incendios son su especialidad. Cuando cree que ha conseguido una buena pieza de subyugante realismo, se pone en contacto con los directores de noticias de los diferentes canales informativos de la televisión nacional o local y vende su producto. El público, los telespectadores, los estadounidenses que desayunan cada día con el telediario, verán desfilar por sus pantallas esta truculenta masa de vívidas imágenes. Y sentirán miedo o asco o, simplemente, morbo en su estado más puro.

Para la mayor parte de las personas, la oscuridad, las sombras, la negrura o el crepúsculo tienen connotaciones negativas. En la película de Gilroy, en ese Los Ángeles dantesco que construye a través de vídeos llenos de violencia y sangre, la noche es el telón de fondo en el que sucede lo que, a la luz del día, parece invisible o inconcebible. El personaje principal, Lou Bloom, es un ser carente de empatía, mentalmente enfermo –en apariencia-, solitario e, incluso, antisocial. Él mismo le pregunta a su compañero de trabajo –subempleado, a decir verdad-, de forma más bien retórica y sin una mancha de temblor en el tono: “¿Y si lo que me pasa, en realidad, es que no me gustan las personas?”

Fotograma de "Nightcrawler" con Jake Gyllenhaal (fuente http://nightcrawlerfilm.com/)

Fotograma de “Nightcrawler” con Jake Gyllenhaal (fuente http://nightcrawlerfilm.com/)

Es de suponer que el director, que también es el autor del guión original de la película, ha creado este personaje inhumano para que la sensibilidad de los espectadores no se vea totalmente sobrepasada. Alguien como Lou Bloom es capaz de hacer lo que hace sin sentir remordimientos; puede saltarse las reglas básicas de la moral porque es –no está, es- un enfermo (mental). Si ese fuera el caso, aquellos que le apoyan, que trabajan con él, que le compran los vídeos, que los emiten y, por último, que los consumen en sus hogares, también deberían de ser consideramos como enfermos. En este sentido, el personaje interpretado por Rene Russo, una directora de noticias de un canal de segunda fila, es ejemplar tanto en la evolución de sus ambiciones como en el precio que está dispuesta a pagar por obtener el tan ansiado éxito.

La sensación que recorre nuestro cuerpo -una impresión mucho más física que mental- mientras vemos “Nightcrawler” es de desasosiego, de malestar, de incomodidad. Sin embargo, ninguno de estos sentimientos nace de la crudeza de las imágenes, que pueden llegar a ser muy explícitas pero no tanto como otras muchas que nos han llegado a través de nuestros receptores de televisión desde Irak o Afganistán o algún país africano en guerra o asfixiado por la hambruna. Es, más bien, un estremecimiento, una ola de amarga desazón, de desilusión y de frustración frente al ser humano.

La banda sonora que acompaña las imágenes, compuesta por el prolífico James Newton Howard, consigue que la tensión trepe por nuestros nervios hasta hacerse casi insoportable. Cuando llegan los títulos de crédito, el espectador se siente exhausto y desmoralizado.

Fotograma de "Nightcrawler" con Jake Gyllenhaal y Rene Russo (fuente http://nightcrawlerfilm.com/)

Fotograma de “Nightcrawler” con Jake Gyllenhaal y Rene Russo (fuente http://nightcrawlerfilm.com/)

Lejos de mi intención desmenuzar la película y convertir esta entrada en uno de esos famosos “spoilers. Para quien no haya visto la película y no tenga intención de verla, aquí queda una breve reflexión sobre la naturaleza humana, sin pretender caer en profundidades filosóficas, pero escrita, un día después del visionado, aún con los pelos como escarpias. El resto, habréis sacado (o sacaréis) vuestras propias conclusiones.

Desolación

Leviatán” y “Sueño de invierno”, dos antiepopeyas sobre la soledad

Leviatán y Sueño de invierno, dos antiepopeyas sobre la soledad

Leviatán y Sueño de invierno, dos antiepopeyas sobre la soledad

La costa se recorta en la penumbra del anochecer. Las olas del mar de Barents rompen con fuerza contra los riscos oscurecidos tras la caída del sol. Un camino ancho, polvoriento, bordeado de rastrojos quemados por el frío, choca contra una torreta eléctrica: la huella del hombre en ese paisaje agreste, inhóspito, calmo. Estamos en Rusia, en un lugar indeterminado al norte del país. Varios fotogramas se suceden. Los personajes dialogan, gritan, ríen, sufren, hacen el amor. Entre sus semejantes, están solos. En su soledad, parecen perdidos, incomunicados, taciturnos.

Leviatán”, del ruso Andréi Zviáguintsev, es un canto afónico y melancólico sobre el abuso de poder, sobre la corrupción de las autoridades públicas en los dominios geográficos de Vladimir Putin. Es, que duda cabe, cine-denuncia, una película con mensaje, un ovillo formado a base de tensar los hilos de la realidad. Pero, sobre todo, es una mirada desapasionada y brutal, que cae como un martillo sobre el alma eslava.

Los personajes poderosos nos resultan antipáticos: ese alcalde corrupto, zafio, entrado en carnes, con su traje impoluto, la conciencia tranquila y las manos sucias de injusticias; esa jueza que lee, con voz impersonal, monótona y exasperante, la condena injusta; ese pope que vive como un faraón y exuda empalagosa falsedad. Pero también nos resultan ajenos y un tanto fastidiosos los personajes “del pueblo”: el abogado moscovita, tan pagado de sí mismo; el marido, padre y defensor de su casa familiar, alcoholizado y violento; el policía fanfarrón y sanguijuela; el niño atormentado hasta convertirse en repelente; la mujer aún joven pero de rostro marchito, perpetuamente apenada.

Aunque el mensaje principal que quiere transmitir es evidente, el director se encarga de destruir la imagen idealizada del luchador solitario, del héroe sin tacha. Pero tampoco construye un antihéroe. Sólo es un hombre, una mujer, un niño: un ser humano luchando contra la maquinaria de un Estado corrupto, contra la herencia del comunismo, contra la historia.

Fotograma de “Leviatán”, del director ruso Andréi Zviáguintsev

Fotograma de “Leviatán”, del director ruso Andréi Zviáguintsev

El título de la película proviene de la Biblia, del libro de Job, el personaje del Antiguo Testamento más paciente y desgraciado (no creo yo que compense lo que el hombre sufrió con la longevidad que le fue concedida). El párroco local pretende convencer de su punto de vista al protagonista con palabras extraídas del libro santo: “¿Sacarás tú al leviatán con anzuelo,/ O con cuerda que le eches en su lengua?” Fácilmente podría también tratarse del Leviatán de Hobbes, la ley del más fuerte, su categórico “el lobo es el lobo del hombre”. De eso trata, al fin y al cabo, el guión de la película. Detrás de esa idea, hay mucho más: hay vida y muerte, risas y lágrimas, belleza y monstruosidad.

Por una razón que a mí se me antoja evidente, “Leviatán” me trae a la memoria la última película del turco Nuri Bilge Ceylan, “Sueño de invierno, un nuevo paso del director hacia la destrucción (la del yo y la de los otros) como catarsis, como salvación, como modus vivendi. Ambas obras se sumergen en las gélidas aguas de la instrospección llegando a cotas de soledad tan elevadas que el paisaje yermo e infértil termina pareciéndonos, frente al sufrimiento de los personajes, sutil, quebradizo, poético.

Incapaces de aspirar tan siquiera a su pequeña parcela de felicidad, la prometida por la religión (“Leviatán”) o por la creación literaria (“Sueño de invierno”), los hombres y mujeres que respiran entre los fotogramas se empeñan en ser infelices. Los diálogos duelen, los actos que llevan a cabo son, en su nimiedad, definitivos. Una palabra, una mirada, un gesto, una negativa, cualquier pequeño movimiento vital provoca un terremoto emocional silencioso.

Fotograma de “Sueño de invierno”, del director turco Nuri Bilge Ceylan©

Fotograma de “Sueño de invierno”, del director turco Nuri Bilge Ceylan©

Leviatán” está protagonizada por un hombre de mediana edad que lucha por conservar la casa de su familia. “Sueño de invierno” tiene como personaje principal al dueño de un hotel horadado en las singulares rocas de Capadocia. Encontramos dos mujeres junto a estos dos hombres: mujeres enamoradas, sufrientes, esposas jóvenes aún, víctimas de los egos de sus maridos, castigadas con crueldad por otros miembros de la familia (el hijo, la hermana).

En las dos películas, la fotografía es dolorosamente bella; la luz se vuelve tangible, palpable, acaricia los objetos y a los personajes, dejándolos inermes, como congelados en el tiempo y el espacio.

Ninguno de los dos directores pertenece a una corriente cinematográfica concreta pero ambos parecen beber de la fuente inagotable del neorrealismo italiano y de la Nouvelle vague francesa, de la contención lírica del Tarkovski de “Sacrificio”, de la impenetrabilidad de “El sabor de las cerezas” de Abbas Kiarostami, del Kieslowski del “Decálogo”. Una obra personal, la de ambos realizadores, que no pretende desligarse ni de la realidad ni de la historia del séptimo arte.

“Mr. Turner”

Timothy Spall como J.M.W. Turner. Fotografía de Simon Mein, cortesía de Sony Pictures Classics

Timothy Spall como J.M.W. Turner. Fotografía de Simon Mein, cortesía de Sony Pictures Classics

J. M. William Turner, genio incomprendido. Otro más, y ya son legión. De hecho, diría que la etiqueta es, al menos hoy en día, un lugar común. En el fondo, es una idea romántica y, al mismo tiempo, sublime: sirve para alejarnos de los grandes creadores, para poner distancia entre ellos, que son seres especiales, talentosos, dotados, y nosotros, los que no vamos a dejar huella en la historia. Generalmente, además de geniales, son insoportables, gruñones, ariscos, solitarios… O así los recuerda la enciclopedia que compila el pasado. Van Gogh estaba loco –pudo haber sido maníaco-depresivo según los cánones actuales-; Dalí era un excéntrico; Picasso, misógino, al igual que Tolstói; Arthur Schnitzler, entre hipocondríaco y paranoico. Incluso he leído alguna teoría que desarrolla, como hipótesis, una posible relación entre la creatividad y la locura. Pudiera ser aunque dudo que la locura cree al genio; tal vez sea lo contrario lo que suceda.

En cualquier caso, lo que más me llama la atención es la reconstrucción de la personalidad del artista que hacemos. La mayoría de las biografías que los estudiosos y entusiastas de uno u otro maestro han conseguido compilar parecen más una obra de ficción que un estudio sobre hechos constatables. A base de husmear y rebuscar entre papeles, cartas, bocetos o garabateos en servilletas, de buscar el sentido a frases enigmáticas, de interpretar lo que un amigo o un enemigo dejó escrito sobre el personaje en cuestión, de contemplar, escuchar o leer sus obras, reproducimos la vida. Imposible eludir la subjetividad. Más que descubrir, recreamos, como hizo Evans en el palacio de Minos, en Knossos, con sus vistosas columnas cilíndricas rojas y negras.

Fotograma de "Mr. Turner", fotografía de Simon Mein, cortesía de Sony Pictures Classics

Fotograma de “Mr. Turner”, fotografía de Simon Mein, cortesía de Sony Pictures Classics

El ojo indiscreto de la cámara

“Mr. Turner”, la película de Mike Leigh, es un retrato tan exacto como imaginario del pintor inglés, de las personas que le rodearon durante sus últimos años de vida, de la sociedad artística londinense de la época. Probablemente el director haya intentado acercarse a la figura de Turner con la mayor verosimilitud posible –la anécdota de la boya roja la había yo leído por algún sitio tiempo ha- aunque, pensándolo bien, poco importa porque, al menos en mi caso, no me he adentrado en la oscuridad de la sala de cine para ver “Mr. Turner” con la intención de obtener datos sobre el artista sino para sentir como lo hiciera él, para ver a través de sus ojos, para trazar borrones con sus pinceles, para escupir sobre el lienzo como lo hacía él, incluso para gruñir en forma de respuesta como lo hace el actor Timothy Spall, o el mismo Billy Turner, ya que ambos son uno, unidos en una simbiosis increíble que tan pocas veces se da en el cine, a partir de la cual, como le sucedió al malogrado Philip Seymour Hoffman con Capote, persona y personaje quedan indivisiblemente unidos en nuestra cabeza.

Marion Bailey, la señora Booth. Fotografía de Simon Mein, cortesía de Sony Pictures Classics.

Marion Bailey, la señora Booth. Fotografía de Simon Mein, cortesía de Sony Pictures Classics.

No pretende ser ésta una crítica al uso de la película, para eso ya están los Boyeros, Isbert o Costa, los miles de blogs sobre el séptimo arte escritos por cinéfilos, todos ellos mejor informados que una servidora, mera aficionada al celuloide y a la pintura. Los actores están enormes, podría decir. La fotografía es fabulosa, sin duda. El guión es equilibrado, con sus dosis de tristeza, su pizca de humor, su goteo de brillantes líneas de diálogo. Hay una mezcla de dureza y ternura en varios de los personajes, en el mismo Turner, en su ama de llaves; hay guiños pedantes en los miembros de la Academia y, especialmente, en el ampulosamente redicho crítico John Ruskin; hay seres entrañables como la señora Booth o el padre del pintor; hay lunáticos, perdidos, inadaptados y endeudados pintores como Benjamin Haydon. La galería de personajes es tan rica que no queda más remedio que terminar la enumeración con un trío de puntos suspensivos.

Creo no arriesgarme demasiado si digo que lo más destacado de la literatura y del cine ingleses son sus personajes; pienso en Jane Austen, en Ken Loach, en Virginia Woolf, en Winterbottom, en los victorianos, en Dickens, en Stephen Frears, hasta en la correspondencia de Walpole, todos ellos profundos observadores de la naturaleza humana, psicólogos de tinta y pluma, exploradores de almas.

Luz evanescente

Incomprendido, leo el adjetivo entre las palabras elegidas para presentar la película. En su tiempo, unos pocos lo celebraron, otros muchos lo ridiculizaron y vilipendiaron. La Corte, mecenas aún fundamental a principios del siglo XIX en Inglaterra, le volvió la espalda con disgusto. Aún así, el pintor continuó creyendo en sí mismo y donó toda su obra al Estado para que fuera expuesta, tras su muerte, de forma conjunta y gratuita.

Por encima de todo lo enumerado con anterioridad, más allá de la interpretación dramática, del guión, de las localizaciones, del retrato de los personajes, está la obra, los cuadros de Turner, esa pintura obsesionada con la luz, con el color, con los efectos lumínicos de los reflejos, con lo efímero que consigue eternizarse en la pintura, sobre el bastidor de tela.

El taller del pintor según Mike Leigh. Fotografía de Simon Mein, cortesía de Sony Pictures Classics.

El taller del pintor según Mike Leigh. Fotografía de Simon Mein, cortesía de Sony Pictures Classics.

La belleza de los últimos cuadros de Turner reside, tal vez, en la intangibilidad que nos transmiten, en la atmósfera de ensueño real que nos envuelve, en la explosión de vida que nos arrastra. Unas pinceladas negruzcas sobre un fondo ocre, ambarino, amarillo, se convierten en una locomotora atravesando un campo sembrado o llegando a una estación de paso. Una espiral truncada que esconde el sol funciona como metáfora de la muerte y el sufrimiento que se puede observar en la parte inferior del lienzo, donde un puñado de figuras humanas diminutas son devoradas por la inmensidad del paisaje que habitan. Un barco remolcado hacia el desguace que, de cerca, se convierte en unas manchas oscuras sobre un mar tranquilo.

En su lecho de muerte, Turner susurró las palabras que podrían resumir, aunque no agotar, la búsqueda de toda su vida como artista: “El sol es Dios”.