Tolerancia

Tolerancia (graffiti, Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, España)

La tolerancia es esa cualidad que nos falta tan a menudo y de la que tanta necesidad tenemos para ser mejor de lo que somos.

La tolerancia es reconocer que nuestras opiniones no son la verdad.

La tolerancia es el respeto al otro.

La tolerancia es la compresión de la diferencia.

La tolerancia no es un dogma, una proposición innegable; es un principio, es el origen sobre el que se construye todo discurso vital.

La tolerancia es ética, no moral.

La tolerancia no es ideología.

La tolerancia no escupe ni golpea ni vitupera ni desprecia ni se arroga derecho alguno.

La tolerancia es incertidumbre. No es miedo; es una constante interrogación sobre nosotros mismos y todo lo que nos rodea.

La tolerancia no comulga ni con el prefijo “anti” ni con el prefijo “pro”.

La tolerancia busca, la intolerancia encuentra.

La tolerancia se opone al desinterés, a la dejadez, a la libertad sin responsabilidad.

La tolerancia es un cuestionamiento constante de nuestros valores, opiniones y prejuicios. No hay horizonte ni techo ni suelo que la limite. Está en perpetua expansión porque, si no lo está, deja de existir, desaparece. Por que hemos vivido, vivimos y viviremos en un estado de cambio perenne.

A menudo utilizamos el adjetivo “intolerable” para hablar de lo que consideramos insoportable. El sentido de la palabra intolerable se ha mantenido a lo largo del tiempo. Es, según el diccionario,”lo que no se puede tolerar” cuando tolerar significa “resistir, soportar”, “permitir algo que no se tiene por lícito”, “llevar con paciencia”. Con el tiempo, “tolerar” ha adquirido un nuevo significado, que para mí es el más pleno, completo y deseable. La tolerancia ha evolucionado; la intolerancia no.

La intolerancia sigue siendo la rancia incompresión de lo diferente; el dogmatismo que ultraja, humilla, viola y mata; la desconsideración hacia los demás -seres humanos, seres vivos, naturaleza-; el oído que no escucha, los labios que sólo saben hablar, el brazo que amenaza, la mano que pega, la mordaza que obliga al silencio, la mirada que sojuzga.

Tolerar: “Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”. Nuestra aspiración más loable, como individuos y como sociedad.

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El arte de justificar el machismo

“El resentimiento es como beber veneno y esperar que otra persona se muera.”

Carrie Fisher (actriz, escritora y guionista)

El arte de justificar el machismo (mujer recogiendo arroz en Siem Reap, templos de Angkor, Camboya)

El arte de justificar el machismo (mujer recogiendo arroz en Siem Reap, templos de Angkor, Camboya)

“En el principio era el Hombre, y el Hombre era con Dios, y el Hombre era Dios”. Es una cita muy conocida de la Biblia; simplemente, para actualizarla, he cambiado Verbo por Hombre. En masculino y con mayúscula. No el hombre como representante de la raza humana, no el nombre genérico para hablar de los seres humanos, como se suele utilizar. No, el Hombre como hombre. La Mujer está en casa, criando y cuidando de sus seres queridos. En fin, lo que le corresponde hacer según la inmensa mayoría de discursos y textos, orales o escritos, que se han producido a lo largo de la Historia de la Humanidad.

Últimamente me ha dado por pensar sobre cuáles pueden ser los fundamentos del machismo (y del patriarcado, la ideología que lo sustenta). Hoy en día, por poco que se esté en este mundo, se es consciente de los derroteros que está tomando el feminismo (que son muchos y muy variados).

Del empoderamiento de la mujer en los 60 pasamos al postfeminismo de nuestro siglo; de las “grandes cesiones” a la mujer -en el plano laboral y económico– a la feroz crítica del mal llamado feminazismo (por si a alguien se le ha olvidado, los nazis torturaron y mataron a sangre fría a millones de personas -civiles y militares-, creo que la comparación es nauseabunda, además de profundamente incorrecta); de la mujer madre y esposa a la supermujer empresaria, emprendedora, independiente, amiga… madre y esposa, de nuevo.

Una joven madre con su bebé sentada en el paseo marítimo de Split (Croacia)

Una joven madre con su bebé sentada en el paseo marítimo de Split (Croacia)

Las teóricas del feminismo debaten sobre la organización del poder y el neoliberalismo; las mujeres inscritas en minorías continúan reivindicando sus derechos, no sólo como mujeres sino también como sujetos pertenecientes a una raza  (no blanca, generalmente) o un nivel económico (bajo e indeseado, normalmente); las postfeministas reivindican el porno, la figura de la prostituta y la de la madre lactante; el feminismo queer pretende superar la dicotomía de género…

¿Y los hombres? Ahí también el panorama es muy rico. Los hay que se autoproclaman feministas; los hay retrógrados (estilo Trump, que quieren volver a la situación anterior al movimiento sufragista); los hay que miran perplejos los movimientos de una y otra parte; los hay que están hartos y aburridos de tanta reivindicación (alguna mujer también está en este grupo); los hay que están encantados de ponerse el mandil, coger el plumero y pasar tiempo con sus retoños…

No pretendo ser exhaustiva, el tema da para rellenar millones de páginas y no voy a pretender, ni siquiera, haber hecho un resumen del estado de la cuestión. Valga como preámbulo, sencillamente. Ahora sí, voy al quid de la cuestión que planteaba, ¿qué hay debajo de todo esto? ¿Qué mecanismo oculto mueve el engranaje del machismo en el mundo, sea en los países árabes, en Sudamérica, en el Sureste Asiático, en Australia, en China, en Europa, en EE.UU., en cualquier casa, pueblo, región o nación?

Hacedora de papel de arroz para rollitos (Battambang, Camboya

Hacedora de papel de arroz para rollitos (Battambang, Camboya)

He llegado a la conclusión de que el machismo se autojustifica. Es decir, el comportamiento machista justifica el propio comportamiento machista. En teoría, es absurdo. En la práctica, funciona a las mil maravillas. Os explico a qué me refiero.

Hace un par de días me mandaron un enlace a un relato (real) de una chica que había sido agredida verbalmente por un taxista y lo había denunciado. Cada paso de la historia es una pared contra la que se choca la protagonista, como si estuviera en un laberinto sin salida en el que sólo pudiera dar vueltas, sin esperanza, sin remedio.

De este relato podemos sacar una carta de derechos de los hombres (que las mujeres no tienen y que, en general, sufren; he de decir, mal que me pese, que muchas mujeres están conformes e incluso consideran que estos derechos son prerrogativa de los hombres por ser hombres):

(En itálicas, las citas del relato, que sirven como ejemplos).

  1. Derecho a comentar en voz alta el aspecto físico de una mujer. En algunos casos, aún se sigue conociendo este derecho como “piropear”: ¿A dónde vas con esa minifalda tan guapa?
  2. Derecho a insultar a la mujer cuando reacciona negativamente ante el comentario: ¿Estás loca?; Tu madre es retrasada.
  3. Derecho a ejercer violencia verbal y física sobre la mujer: la llama “zorra” y la escupe.
  4. Derecho a minimizar la importancia de los hechos (o a valorarla con un baremo propio): No puedo enviarte una patrulla…; Ya te digo yo que no va a llegar a nada. Si fuera algo grave…
  5. Derecho a no empatizar: “Mira, que me da igual, que yo no estoy aquí para ponerme en vuestro lugar” (en boca de una mujer); Ah vale, pero a usted no, yo solo quería saber eso.
  6. Derecho a menospreciar los sentimientos que esta situación genera en la mujer: Yo te digo a ti que eso es muy complicao. Si llega a ser una agresión
  7. Derecho a culpabilizar a la víctima: ¿Y no lo tiene denunciado usted también eso?; Que sí, señora, que sí, que todo el mundo es machista y todo el mundo es xenófogo [sic] y todo el mundo es lo que usted quiera. Ya está; “Es que usted no tiene que dejarle entrar, ¿qué pasa, que luego pide perdón y vuelve?”
Mujer oriental dibujando en Monsanto (Portugal)

Mujer oriental dibujando en Monsanto (Portugal)

Al día siguiente de leer este relato, estoy hablando con una amiga en un bar y me comenta que se quedó muy sorprendida cuando un chico de unos 15 años, durante un taller que ella estaba impartiendo –se dedica a temas de igualdad de género, entre otras cosas- le espetó de repente: “¿Pero qué más queréis?

Esta frase, en el contexto en el que se produjo, significa: ¿Qué más queréis, vosotras, las mujeres, que más concesiones hemos de hacer los hombres? Concesiones, así de claro. Para la mayoría de los hombres (y bastantes mujeres), por costumbre, por educación y por status las reivindicaciones feministas son concesiones.

Es decir, que equiparar los derechos de las mujeres con los de los hombres son concesiones:

  • Cobrar lo mismo en el mismo puesto de trabajo es una concesión.
  • El derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo es una concesión (aborto, maternidad, canon de belleza física…)
  • El sufragio femenino fue una concesión (sólo hay que releer los debates de la época en los congresos nacionales).
  • La conciliación familiar y laboral es una concesión.
  • Ayudar en las tareas domésticas, en la crianza de los retoños y el cuidado de los mayores es una concesión (digo “ayudar” con conocimiento de lo que implica este verbo; estamos lejos aún del reparto equitativo de las cargas).
  • Las políticas de prevención de la violencia de género (o violencia patriarcal) son concesiones.
  • La defensa jurídica -en el marco normativo- contra las agresiones, las violaciones y los asesinatos machistas es una concesión.

La mujer no es reconocida como ser humano sino como Mujer. De esta manera, la costumbre, la historia y los usos caen sobre ella con todo su peso. Y, no nos engañemos, la Historia ha sido escrita por plumas masculinas. A las mujeres sólo se nos ha permitido garrapatear algún comentario en los márgenes.

 

Liberticidio

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Creemos que somos libres:

Porque llamamos democrático al régimen que nos gobierna.

Porque cuando vamos al supermercado tenemos a nuestra disposición miles de productos entre los que elegir.

Porque podemos decir y escribir (aparentemente) lo que nos dé la gana en las redes sociales, en nuestro blog, en Internet.

Porque, dice nuestra Constitución, tenemos una serie de derechos fundamentales inalienables.

Así que, somos libres, no cabe duda.

¿Te sientes libre? ¿No?

Pero si…

Puedes caminar sin temor por la calle, sin que las fuerzas del orden te pidan la documentación cada dos por tres, salvo que seas inmigrante o tengas pinta de serlo.

Puedes hacer sátiras, parodias o chistes en Twitter con total impunidad salvo que enaltezcan el terrorismo –o que a alguien se lo parezca- o lances palabras malsonantes contra los judíos o las víctimas de algunos atentados. A otros grupos y minorías puedes insultarles y faltarles al respeto cuanto quieras: a las mujeres; a los inmigrantes; a los parados; hasta a tus vecinos, si estos no son políticos profesionales (suelen tener la ley de su parte, no te interesa meterte con ellos).

Puedes manifestarte en las plazas –autorización de la autoridad competente mediante- siempre que no atentes contra la letra (o el espíritu) de la Ley de Seguridad Ciudadana –Ley Mordaza para los amigos-. Cierto, tiene muchas páginas y parece abusiva; simplifica la problemática manifestándote a favor o en contra de los participantes de Gran Hermano o por la unión de todas las corrientes de yoga en una única, grande y definitiva Escuela de Yoga Integral.

Tus hijos gozarán de educación gratuita siempre y cuando pagues tú los libros, el comedor, las clases extraescolares, las excursiones y, más adelante, los miles de euros que cuesta cualquier grado universitario (sin contar el último curso, llamado máster para cobrarlo más caro).

Tendrás sanidad pública universal gratuita pero sólo sobre el papel porque te verás obligado a contratar una póliza de un seguro privado ya que las largas listas de espera, las urgencias colapsadas y las citas con meses de antelación terminarán con tu paciencia (y, probablemente, con tu salud).

Tu seguridad e integridad están garantizadas por ley salvo que, pequeño detalle, algo en tu figura o en tu documento de identidad lleve a pensar que, quizás, tal vez, a lo mejor, puedas ser un islamista-integrista-radical-terrorista. Cualquier musulmán entra dentro de esta categoría. En realidad, es suficiente con que te llames Abderramán o Yusuf, por ejemplo. Te sucederá lo mismo si tienes pinta de okupa o de anarquista o vas por la vida en plan “desarrapado”.

Liberticidio

Vivimos en un mundo globalizado en el que las amenazas y la inseguridad parecen multiplicarse cada día que pasa. Desde los medios de comunicación, nos bombardean con noticias sobre atentados, asesinatos, robos, secuestros, violaciones, accidentes, terremotos, huracanas y lluvias torrenciales. Los discursos de los políticos están colmados de advertencias, amenazas veladas y, sobre todo, miedo, mucho miedo.

Los ciudadanos estamos alojados en el miedo, un miedo construido a base de palabras e imágenes. Miedo a un atentado, a una enfermedad, al cambio y a lo diferente. Como tenemos tanto miedo, compramos seguridad y pagamos por ella el precio más alto: nuestra libertad.

Libertad vs seguridad

Aunque el discurso imperante afirma lo contrario, en nuestros días libertad y seguridad parecen antitéticas o, al menos, conviven con dificultad. Recupero las palabras de Obama: “continúo creyendo que no tenemos que sacrificar nuestra libertad para garantizar la seguridad. Ese es un falso dilema”. Lo dijo cuando salió a la luz que los servicios secretos de Estados Unidos tenían acceso a registros telefónicos de millones de estadounidenses, de ciudadanos de todo el mundo y hasta pinchaban los teléfonos de los políticos y diplomáticos europeos y de otros países.

En los últimos años, hemos tenido constancia de que nos espían y/o compilan datos sobre nosotros: los gobiernos, los servicios secretos, las empresas de telefonía, las grandes empresas de Internet (Google, Facebook, Amazon, Microsoft…) Snowden y Assange son los dos nombres más conocidos entre aquellos que han sacrificado su vida para dar a conocer estas prácticas. ¿Qué ha cambiado desde que sabemos que estamos siendo vigilados? Hummm, ¿nada?

Increíble. No nos importa. Bueno, sí, el primer día sí, cuando sale la noticia ¡todos saltamos indignados! Luego nos volvemos más comprensivos; vamos, que nos olvidamos y seguimos con nuestra vida.

Posdemocracia y miedo

En la actualidad, somos testigos mudos de lo que el profesor Carlo Bordoni llama la posdemocracia “un proceso solapado, presentado como “natural”, que garantiza las libertades formales, pero las degrada o las despoja de su verdadero contenido democrático.”

Estamos matando la libertad, nosotros mismos, con nuestras propias manos. La matamos con cámaras de vigilancia que miran y graban nuestros pasos en las calles, en los centros comerciales, en cualquier lugar público. La matamos ofreciendo abiertamente todo tipo de información sobre nuestras vidas en las redes sociales. La matamos porque tenemos miedo de lo que nos dicen que tenemos que tener miedo mientras que no tememos lo que nos amenaza realmente.

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Este artículo se inspira -muy libremente- en la presentación del libro “Imperio de la vigilancia“, de Ignacio Ramonet. También en algunas ideas extraídas de “Estado de crisis“, un diálogo a dos voces entre Carlo Bodoni y Zygmunt Bauman.

 

Es sencillo convertirse en un extremista

Violencia infantil: niño apuntando con un arma

Violencia infantil: niño apuntando con un arma

¿Te consideras extremista?

La mayor parte de las respuestas a esta pregunta serán negativas. No, por supuesto que no, yo soy (muy) tolerante. Tengo mis principios y mis ideas, como todo el mundo, pero respeto el pensamiento ajeno y la forma de vida de los otros. Bueno, a ver, hasta cierto punto, hay ciertos comportamientos que no se pueden tolerar. Los que hacen mal a otros, los de… Hummm, justo, esos mismos, los de los extremistas.

¿Crees que alguien te puede considerar extremista?

En absoluto. Salvo alguien que sea extremista, ése considerará que es su contrario todo el que no piense como él. Aunque, vamos a ver, aclaremos el concepto, ¿qué quieres decir exactamente con extremista? No voy pegando a la gente por ahí ni me inmolo en nombre de Alá ni hago apología de la violencia ni nada de eso. Alguna vez me caliento un poco, lo reconozco. Incluso me han dado ganas de partirle la cabeza a alguno.

No sé bien si se ha puesto de moda el término “extremista”, con el que nos topamos a menudo en noticias, en artículos y hasta en conversaciones de la vida cotidiana, o es, más bien, el comportamiento y el modo de pensar extremista el que está en boga. A bote pronto, podría mencionar decenas de ejemplos, teniendo en cuenta que, según el punto de vista de unos y otros, extremista es alguien y su contrario, al mismo tiempo.

Donald Trump es extremista; Varoufakis también lo es; Le Pen; los islamistas (radicales); los sionistas; Podemos; VOX; los venezolanos de Chávez y Maduro, los hindúes perseguidores de cristianos y hasta el gobierno chino, de vez en cuando. Los extremistas suelen denominar a sus “enemigos” de esta manera, de ahí que el término esté tan extendido.

 

Dime de qué careces o qué tienes en exceso y te diré en que extremo te sitúas

 

Hay dos tipos fundamentales de extremismo. Uno es verbal; el otro es físico, mueve a la acción. El primero tiende a desembocar en el segundo. Se empieza menospreciando e insultando y se termina agrediendo o matando. Lo hemos visto miles de veces. La violencia machista suele actuar así; la deportiva también; la de clases y la religiosa; incluso la política, cuando se vuelve contra los ciudadanos en forma de dictaduras, regímenes policiales o, simplemente, recortando los derechos y empobreciendo a la población.

En ciertas ocasiones, se intenta justificar el extremismo. Otras, se buscan sus cimientos para entenderlo. Las más, se sufre. La pobreza, la ignorancia, la marginación o la fatalidad suelen flotar entre las excusas. El ensañamiento contra un grupo o un individuo, la humillación constante, el trato desfavorable a las minorías, son todos ellos caldos de cultivo de la radicalización. El sentimiento de inferioridad que se convierte en frustración o rabia. También el exceso de poder y de confianza, aquellos que consideran que son más que los demás, que poseen la verdad absoluta, que son los elegidos.

"Los caballos de Dios", película marroquí que muestra el proceso de radicalización de dos jóvenes marroquíes

“Los caballos de Dios”, película marroquí que muestra el proceso de radicalización de dos jóvenes marroquíes

Es fácil ser extremista, lo difícil es no serlo. O esa es la sensación que tengo cuando miro a mi alrededor; cuando leo, escucho o veo las noticias; cuando observo cómo pierden el control de sus palabras y de sus actos personas que, un minuto antes, habría tildado de “normales” (frente a “extremistas”, entendámonos).

Pienso en el deporte, envuelto en su aura lúdica y límpida, en el que la deportividad suele brillar por su ausencia, en el que los jugadores se pegan, el público se agrede, los hinchas se apalean y se acuchillan.

Pienso en las parejas que deberían amarse, o dejarse si no se quieren, y que se hieren psicológica y físicamente, se matan, se asesinan.

Pienso en los niños que juegan a la guerra y a matarse, que se pelean y se insultan, que son capaces de infringir dolor a otros sin pestañear ni sentir piedad, que le faltan al respeto a sus profesores, que entran en su instituto con un arma y disparan contra sus compañeros .

Pienso en los conductores que pierden la educación, las formas y los nervios en las carreteras, entre atascos y semáforos.

Pienso en esas personas religiosas que solemos denominar fanáticos cuyos discursos intolerantes plantan las semillas de la discordia y el rencor.

Pienso en el menosprecio del dolor y de la vida que demuestran los sicarios, los ejecutores, los torturadores o los mercenarios.

Pienso en los insultos y en el menosprecio que destilan las apariciones públicas de muchos políticos y los propios debates que tienen lugar en el Congreso.

Pienso en los padres y madres que amenazan e insultan a los profesores de sus hijos en lugar de sentarse a hablar para intentar entenderse los unos con los otros.

Pienso en los policías antidisturbios que se extralimitan en sus funciones, convertidos en sádicos aporreadores, en máquinas de pegar patadas.

Antidisturbios en la República de Corea.

Antidisturbios en la República de Corea.

Pienso en esos jóvenes que, hastiados, se dedican a maltratar a seres que están solos y que son más débiles que ellos, sean otros chavales, mendigos o mujeres.

Y, sobre todo, pienso en todas esas cabezas pensantes en la sombra, en los que sacan provecho de la radicalización de los demás, en los que disfrutan del espectáculo desde la cómoda y segura distancia, los que no se enfangan ni se manchan de sangre ni hacen explotar sus cuerpos en pedazos. Los políticos, los medios de comunicación, la publicidad, los “líderes de opinión” y los “líderes religiosos”, los cabecillas de los movimientos.

Pienso en estas personas y entes porque, si no existieran, el fenómeno del extremismo sería mínimo. Mientras los miserables se matan entre sí siguiendo sus órdenes y dictámenes, ellos se refocilan en su poder y brindan por la llegada de un nuevo día en el que ellos habrán ganado y todos los demás habremos perdido.

Evitar lo inevitable

Grito mudo, Museo Judío, Berlín (Alemania)

Grito mudo, Museo Judío, Berlín (Alemania)

La mera existencia del concepto “inevitabilidad” es una condena. Si prevalece, dejamos de ser libres. Nada es inevitable salvo, como bien sabemos todos los seres humanos, la muerte, que antes o después “cubrirá nuestros ojos” como narraba Homero en su epopeya sobre la conquista –o el saqueo, según se mire- de Troya. Por supuesto, no estoy hablando de fenómenos fuera del control de las personas, como puedan ser los propios de la Naturaleza.

Cada vez que escucho o leo que algo es inevitable (o que ha sido inevitable, si ya ha sucedido), dentro de mí ruge la rabia de la impotencia. Desde un punto de vista determinista, sólo hay un camino, una vía, una forma de hacer –o de que sucedan- las cosas. Supongo que a todos nos suena la cantinela, muy utilizada por los políticos y las instituciones de peso, de que “éste es el único camino”, “ésta la única forma de superar la crisis”, “el mío el único partido que puede llevar al país a buen puerto” y tantas otras. Algunos fundamentan sus categóricas afirmaciones en principios económicos, morales, psicológicos o, meramente, en la ideología. Otros, ni siquiera se molestan en buscarles unos cimientos: la autoridad del que las enuncia es suficiente para dotarlas de verdad.

Entre mis preferidas, están las lecturas acertadas hechas a posteriori. Porque, claro, es evidente que ya sabíamos lo que iba a pasar: ahora que ha pasado, justamente. Los hechos son difícilmente refutables, si es que lo son de algún modo. Sin embargo, los puntos de vista sobre ellos son infinitos. Y ninguno es verdad ni mentira de forma absoluta.

Tendencia hacia el extremo

Se me ocurren varios sinónimos imperfectos del término que, de forma reiterada, constante, gotean o se deslizan desde los medios de comunicación, los discursos públicos, los documentos corporativos y demás fuentes de información subjetiva y parcial.

Inapelable” es el primero que me viene a la mente; suele utilizarse con las victorias, sean deportivas o políticas, lo mismo da. Al fin y al cabo, ambas se practican en un terreno de juego, más limitado en el caso de las primeras.

También está “ineludible”; el uso de este vocablo tiene un cariz de urgencia, sirve para asumir con un cierto matiz de atropello. Las reformas (fiscales, educativas, sociales etc.) suelen ser “ineludibles”; también todos esos ingredientes que acompañan a las revoluciones, sean científicas, industriales, digitales o políticas.

Inexcusable” valora, sobre todo, comportamientos y conductas, siempre ajenos a los del emisor del discurso, por supuesto.

Obligatorio” y “forzoso” pueden ser empleados en este mismo sentido.

Si escribís cualquiera de estos términos en la caja del buscador de Internet que utilicéis y, seguidamente, vais al apartado Noticias, encontraréis una larga lista de ejemplos como los que he puesto –y muchos otros que se han quedado fuera-.

Torre de vigilancia del Muro de Berlín (Alemania)

Torre de vigilancia del Muro de Berlín (Alemania)

Lo que consideramos como justicia es a menudo una injusticia cometida en favor nuestro

Paul Claudel, poeta y diplomático francés

Hace más de un siglo, el teórico Georg Jellinek, alemán de origen austríaco, describió un fenómeno que él bautizó como “el poder normativo de lo fáctico”. El término tiene resonancias jurídicas pero se puede aplicar, sin duda, a la vida cotidiana: los hechos, los sucesos, los procesos se convierten en normas, se aceptan, se asumen de mejor o peor talante y se vive con ellos. Muchas veces, sustituyen a sus predecesores en la mentalidad de los pueblos y las sociedades.

En el fondo, este “poder normativo” es un principio psicológico de autodefensa: las personas nos acomodamos a las circunstancias en las que vivimos. Un ejemplo extremo de este principio es la supervivencia de los internados en centros de detención y tortura, en los campos de concentración nazis, en los gulags soviéticos, en los lagoais maoístas (campos de reeducación). El infame síndrome de Estocolmo podría ser otro.

Más allá de los casos extremos, este “poder” lo encontramos en cualquier lugar y momento: en la pérdida de libertad en una dictadura o durante un momento histórico concreto de “recortes” por el bien de la “seguridad ciudadana”Patriot Act en Estados Unidos, Ley Mordaza en España, Ley de Presión Transparente en Inglaterra-; en la asunción de que se pertenece a la misma clase social desde que nacemos hasta que morimos; en la imposición de ideas religiosas, credos, prácticas o costumbres ajenas que pisotean las propias (desde los crucifijos en las escuelas, la sharia, la ablación del clítoris, hasta la discriminación de la mujer en la jerarquía eclesiástica o en el Muro de los Lamentos); en la obligación de seguir ciertas políticas o modelos económicos; en la sustitución de los servicios públicos gratuitos – financiados a través de los impuestos- por otros privados de pago (los peajes de las carreteras o los seguros médicos y los planes de pensiones, por nombrar algunos)…

Aquello que ya ha sucedido podría haber acaecido de otra forma. Pero no lo hizo. Lo que aún no ha sido es un acto en potencia y, por lo tanto, tiene posibilidades de terminar de varias maneras. Son las circunstancias, los actores que participan, las diferentes opciones que se plantean y las posibilidades que se abren frente a nosotros los que van a marcar, y definir, el devenir. Por eso lo inevitable siempre es evitable hasta que sucede. Mientras tanto, ninguna política, ningún régimen, ningún estado o afirmación son inevitables, inapelables o ineludibles. Ni indiscutibles. Sólo el silencio impuesto, forzoso, obligatorio, es una derrota.