El feminismo como alternativa al neoliberalismo

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El feminismo no es un movimiento, es una ideología, una “narrativa” -como gustamos denominar últimamente a los corpus teórico-prácticos de pensamiento-. No nació hace cuatro décadas con los movimientos reivindicativos de los 70 ni a finales del siglo XIX con el sufragismo. No, el feminismo tiene una historia mucho más larga que podemos rastrear allá por el siglo XVII, el Barroco, para seguir sus huellas en los salones del XVIII (el siglo de las luces y la conversación) [“¿Qué es el feminismo y qué retos plantea?” por Amelia Valcárcel, pdf].

Cuando hablamos de feminismo, constantemente nos referimos a lo que no es porque, para desacreditar un movimiento o una ideología, sus detractores intentan minimizarla, encasillarla, negativizarla. De ahí que nos veamos en la obligación de insistir en lo que no es el feminismo:

  • No es la contrapartida del machismo ni su opuesto.
  • No es un movimiento.
  • No es una ideología de clase.
  • No pretende situar a las mujeres por encima de los hombres.
  • Y no, no es exclusivo de las mujeres. Bien al contrario, es inclusivo y pretende ir más allá de la dicotomía de género incluyendo, por igual, a hombres y mujeres.

El feminismo, en su esencia, se opone al capitalismo, al neoliberalismo, a la inequidad y a la desigualdad. En positivo, podemos decir que es una ideología universal que busca la igualdad económica, social y cultural de todos los seres humanos.

Desde la caída del muro de Berlín, en 1989, no hay -dicen- alternativa al capitalismo (o a su última etapa, la que vivimos en la actualidad, el neoliberalismo). El fin de la historia fue proclamado por Francis Fukuyama. La filosofía política actual chapotea entre los escombros del comunismo, las revisiones de la revisión de la revisión del pensamiento marxista y el conocido programa neoliberal, que todos conocemos, basado en el laissez-faire.

Mientras la teoría parece haber entrado en barrena en las dos últimas décadas, los movimientos sociales estallan por doquier. Sin ser exhaustiva, puedo mencionar un buen puñado: en América latina, en los países árabes (la “primavera árabe”), el conocido como 15-M, las revueltas en Grecia… Quizás podríamos incluir algunas de las corrientes feministas más en auge: el movimiento queer, la visibilización del trabajo doméstico, la lucha contra la violencia machista (o patriarcal), las reivindicaciones de las mujeres musulmanas o indias. Son sólo unos ejemplos.

Aunque el feminismo parece un movimiento atravesado por cientos de corrientes que sólo tienen como común denominar la presencia de mujeres, no es así. Cuando nos fijamos en las partes, es fácil que perdamos el sentido del todo: “el bosque no nos deja ver el claro”. El feminismo es una ideología con unos principios comunes y compartidos por todas sus ramas.

En mi opinión, el feminismo es el sustituto del comunismo como contrapartida ideológica del capitalismo (y de su última ola, el neoliberalismo). Para convertirse en una alternativa plausible y deseable al capitalismo, tiene que mantener, por encima de cualquier otra reivindicación parcial, sus dos principios fundamentales: la universalidad y la igualdad.

El feminismo es una forma de ver el mundo, es una ideología política, es un corpus formado por millones de pequeñas iniciativas que ya se han puesto en marcha y que se seguirán poniendo en práctica.

En mi opinión, existe un “credo” feminista que está por encima de las pequeñas diferencias de los micro (o macro) movimientos que lo forman. Pienso que sus principios se oponen radicalmente a aquellos propios del neoliberalismo. Son éstos…

El feminismo como ideología universal está a favor de:

  • La globalización (frente al proteccionismo, el nacionalismo, el regionalismo, un mundo a varias velocidades, la explotación de los países ricos por los pobres etc.)
  • La democracia.
  • La igualdad.
  • La diversidad.
  • El desarrollo cultural.
  • La educación (para todos).
  • El progreso (social, no meramente económico).
  • El reparto equitativo de la riqueza.
  • La sostenibilidad y la defensa del medioambiente.
  • La desmilitarización y la no proliferación de armas (de cualquier tipo, incluidas, obviamente, las atómicas).
  • La política de la no violencia.

Este texto es el resultado de hilar muchos pensamientos sueltos y algunas lecturas. Me encantaría que aquellas personas que lo hayáis leído, dejarais vuestros comentarios (constructivos y respetuosos, por favor, sólo pido eso). El pensamiento, el debate y la acción son las tres formas que tenemos de seguir construyendo nuestro propio camino.

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“SPQR”, de Mary Beard: dialogando con los romanos

En su ignorancia lo llamaron civilización, pero en realidad era parte de su esclavitud” Tácito

"SPQR, una historia de Roma", de Mary Beard (Pompeya, cerca de Nápoles, Italia)

Ánfora romana en la ciudad de Pompeya (cerca de Nápoles, Italia)

Una de las mayores virtudes de Mary Beard es, en mi opinión, su capacidad de unir un extensísimo conocimiento sobre el mundo romano con una encomiable carencia de dogmatismo. En “SPQR” no hay verdades absolutas, hay posibilidades, estimaciones y muchas preguntas de respuesta incierta.

Cómo cuenta la historia “SPQR”

Para empezar, “SPQR” (acrónimo en latín de “El Senado y el pueblo de Roma”) es, desde la misma portada, “una historia de Roma“. No es LA historia de Roma ni, como es habitual en este tipo de libros, el genérico “Historia de Roma”. Es una (entre muchas o entre pocas) historia de lo que, con el tiempo, hemos denominado el Imperio Romano.

Varias veces, a lo largo del texto, Mary Beard deja constancia de que lo que está contando es su versión de la historia, la conclusión a la que ha llegado tras 50 años de lecturas, de estudio, de investigación, de discusiones e incluso de participación en excavaciones arqueológicas.

También informa al lector de qué período de tiempo abarca SU historia de Roma y por qué motivo no llega a lo que, posteriormente, se ha llamado el declive del imperio. El “SPQR” de Mary Beard empieza con Rómulo y termina con el emperador Caracalla.

Restos romanos en Cerdeña (Italia)

Restos de columnas romanas en Cerdeña (Italia)

Otra de las cosas que me gustan del estilo de la autora es que no teme perder el interés de sus lectores ni el aprecio de otros historiadores cuando desciende hasta las capas bajas de la sociedad romana y desmitifica la figura de los emperadores.

Hay muchas anécdotas en “SPQR” y ninguna es trivial o está de sobra. Hay explicaciones etimológicas y referencias a la actualidad. Aparecen transcripciones de grafitos, de esos que plagaban las paredes de las ciudades romanas -Pompeya entre otras-, que hablan la lengua de aquellos que no tuvieron el poder ni el dinero suficientes para ser inmortalizados por biógrafos, poetas o escultores.

Mary Beard, la autora

Mary Beard reconoce abiertamente, sin desdoro de su inteligencia, las dificultades que entraña conocer el pasado cuando no han persistido restos de él, cuando los testimonios han desaparecido, cuando sólo nos queda el legado del vencedor y conjeturas sobre lo que pudo pensar, hacer o sufrir el perdedor (los pobres, los esclavos, los campesinos, las mujeres, los enemigos en la batalla, los asediados durante las conquistas…)

Si fuera hombre, estoy segura de que ya la habrían nombrado “sir” en esa tierra suya, Inglaterra (Reino Unido), que sabe cómo encumbrar a los hombres pero que no ha tenido tiempo de aprender, en veinticinco siglos de historia, cómo valorar y engrandecer a sus mujeres en la misma medida. Como sucede en tantos otros países, no es Gran Bretaña la excepción.

Mosaico en el suelo de una domus romana en Puente Genil (Córdoba, España)

Mosaico en el suelo de una domus romana en Puente Genil (Córdoba, España)

Tras recibir el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, la figura de Mary Beard ha saltado a la primera plana de los medios de comunicación españoles, al menos en la sección de cultura. La mayor parte de las entrevistas que ha concedido tratan, fundamentalmente, sobre dos temas: la antigua Roma y la mujer; sus conferencias y artículos también. Aunque no por ello deja de lado otros aspectos de la actualidad (política, inmigración, recortes sociales…)

Mary Beard no teme polemizar (pero no lo hace gratuitamente). Escribe una columna de opinión, sobre actualidad, en el prestigioso The Times Literary Supplement, “A Don´s life“. Recibe con frecuencia amenazas e insultos a través de las redes sociales: por sus opiniones como mujer más que como historiadora y catedrática.

Se esté o no de acuerdo con sus puntos de vista, creo que sus palabras y sus opiniones son enriquecedoras y pueden ayudar a ampliar el estrecho horizonte por el que, normalmente, vemos la realidad que nos rodea.

Saber +

La voz pública de las mujeres“, artículo firmado por Mary Beard.

Discurso íntegro ofrecido durante la recogida del premio Princesa de Asturias:

Serie sobre la antigua Roma realizada por Mary Beard para BBC2 (en inglés).

 

De SEO, pantallas y otras amenazas contra la lengua

SEO, destructor del lenguaje

Aquello que, a lo largo de los siglos, no han conseguido ni la incultura ni la ignorancia ni el imperio de la lengua inglesa, lo está logrando un conjunto de siglas: la destrucción de la riqueza lingüística, de la gramática y de la semántica. El SEO, la optimización para buscadores, se ha convertido en un corsé apretadísimo que estrangula y asfixia la correcta redacción.

Para el SEO, el fin justifica los medios. La incorrección gramatical, la ausencia de sinónimos y las frases propias de un alumno de primaria, formadas por un sujeto más un verbo más un complemento (si acaso) son la norma. Si es posible, el tiempo verbal en presente y en su forma más sencilla.

Me apresuro a aclarar que no soy una activista antitecnológica ni nada parecido. El posicionamiento orgánico (SEO) es una herramienta muy útil para dar publicidad y relevancia a una página web. Se utiliza en la estructura y el diseño de la propia página y es lógico que sus reglas de mercadotecnia convivan con las propias de la lengua. Convivencia, digo, no fagocitación, que es el fenómeno que se está dando.

Tengo entendido que antaño existían formas verbales de intrincada composición que recibían nombres tan poco atractivos como pluscuamperfecto o pretérito anterior. Incluso creo haber oído que, en su momento, el subjuntivo era de uso común. En la Red, todos estos salvajes asaltos contra el buen gusto y el entendimiento estrecho han quedado abolidos.

Las parrafadas, como las llamábamos con un suspiro de aburrimiento, eran interminables párrafos llenos de frases subordinadas que se sucedían, coma tras coma, hasta el bendito punto y aparte. Hoy, han desaparecido las parrafadas y lo más largo que podemos escribir, antes de que salte la alarma del centinela SEO y del disneyano “apto para todos los públicos”, es una frase compuesta de unas diez palabras, incluyendo artículos, determinantes y alguna que otra conjunción.

Las palabras clave o keywords, como se prefiere denominarlas en la jerga, constituyen el santo grial del SEO. Una palabra clave (o conjunto de palabras clave) es intocable, sagrada. En el texto que estamos redactando, tendrá que aparecer media docena de veces, al menos. En el título debe ocupar la parte izquierda, aunque lo ideal es que sea la primera palabra que aparezca aunque tengamos que prescindir de adornarla con un adjetivo o, incluso, apoyarla en un artículo; ha de aparecer en los títulos de los párrafos o epígrafes y en el cuerpo del texto. Es invariable, inmutable e insustituible. En nuestro texto, la palabra clave juega el papel de Dios.

Los sinónimos están en vías de extinción y desaparecerán a menos que los algoritmos de los buscadores sean capaces de interpretarlos como lo hacemos los seres humanos. Y esto es así porque posicionar cuatro palabras clave en un texto (aunque sean sinónimos) es una labor de taracea de increíble dificultad.

Lo breve, si bueno, dos veces breve

Uno de los grandes logros de la era tecnológica es el hecho de que la lectura de textos en una pantalla nos ha hecho perder las tres cuartas partes de esa cualidad llamada paciencia. La paciencia está en claro retroceso en todos los frentes menos en uno: cuando nos enfrentamos a un departamento de atención al cliente vía llamada de teléfono, chat o redes sociales.

Como leer en una pantalla cansa la vista, más aún si esa pantalla mide 3 ó 4 pulgadas, aquello que escribimos debe de ser, forzosamente, corto. Lo importante es colocar muchos enlaces por si alguien quiere ampliar la información que consta en el texto; siempre que a ésta se la encuentre allende nuestra web y el lector vuelva a nosotros para el aperitivo, bienvenido sea el clic que se lleva de nuestro sitio, temporalmente, al internauta.

El papel está en clara decadencia -salvo como envoltorio de productos de consumo, ahí está aún en abierta y encarnizada lucha contra el plástico-. El futuro de casi cualquier texto escrito está en Internet, en la pantalla de nuestros pc’s, tablets, móviles, relojes o gafas (cuando se popularice su posesión).

Cada año, se multiplican los millones de páginas web que podemos consultar mientras que, desafortunadamente, el tiempo del que disponemos para acceder a ellas disminuye (de forma relativa, por supuesto, abarrotado de actividades, de conversaciones virtuales, de correos electrónicos y de llamadas de atención publicitarias).

Supongo que la conclusión evidente que podemos sacar es que los textos cada vez serán más cortos, más simples y gramaticalmente más incoherentes (como los del Whatsapp). Me pregunto si la RAE estará abocada a desaparecer como ya lo han hecho las frases subordinadas, el subjuntivo y el pretérito pluscuamperfecto.

El contexto importa

Teatro de marionetas de Salzburgo

Moralmente hablando, los hechos absolutos no existen. O eso me ha parecido a mí siempre. Las palabras y las acciones dependen del contexto. Ni siquiera un asesinato es un hecho absoluto; suele justificarse, incluso jurídicamente, si es en defensa propia, por ejemplo. Por no hablar de la mayor de las justificaciones, la guerra, moralmente más dudosa pero igualmente válida.

El vergonzoso caso de los titiriteros de Madrid encaja perfectamente en esta situación: el contexto lo es todo. Hablamos de entretenimiento, del Carnaval, de cultura y de Arte. Una obra de ficción para títeres, más o menos vinculada a la realidad por referencias. La última novela de Houellebecq, “Sumisión”, es ficción y todos la reconocemos como tal. Podemos o no estar de acuerdo con ella; incluso puede ofendernos, según cuales sean nuestras creencias. Pero, en cualquier caso, consideraríamos injustificado o punible un ataque contra el autor a causa de su obra.

Hay quien opina que lo indigno, en el caso de los titiriteros, es que fuera una propuesta dirigida al público infantil. Dejando a un lado si se había aclarado o no que era una obra para adultos –he leído tantas versiones ya que no puedo estar segura-, lo que me deja ojiplática es que algunos de los asistentes decidieran acudir a la policía porque en la actuación se veían escenas de cariz violento (tal vez desagradables, demasiado crudas, para algunas personas) o se leían pancartas con textos alusivos a Al Qaeda o ETA.

Me gustaría saber cuál es el comportamiento de estas personas frente a las imágenes, a menudo de una violencia inusitada y de una crueldad rayana en el sadismo, que aparecen en la televisión y los videojuegos. Por no hablar de los mensajes racistas, homófobos o humillantes (para ciertos estratos o grupos sociales, especialmente) que se lanzan a través de estos medios, verbal y visualmente.

Esta mañana, leyendo un libro sobre arte moderno, me he topado con el nombre de Maurizio Cattelan, un artista italiano de renombre conocido por su satírico, negro incluso, sentido del humor. Sus esculturas suelen representar personajes de un modo realista –a propósito que, de nuevo, nos encontramos con la palabra “representación”, o sea, fuera de la “realidad”-. “La nona ora” consiste en una escultura del papa Juan Pablo II aplastado por un meteorito; otra escultura representa a Hitler, arrodillado y en actitud cercana a la oración, vestido con un sobrio traje gris; unos niños colgados de sogas de las ramas de un árbol -ahorcados- son también creación del italiano.

"La nona ora", de Maurizio Cattelan, generó una amarga polémica en Polonia.

“La nona ora”, de Maurizio Cattelan, generó una amarga polémica en Polonia.

Cattelan es un artista polémico y transgresor, no cabe duda. En una entrevista concedida al diario conservador ABC, el periodista presenta su obra como “anárquica, irreverente, absurda, insolente y provocadora hasta el extremo”. También puede resultar ofensiva, como las puestas en escena de Leo Bassi, hipercrítico con la Iglesia católica. Este último vio una de sus creaciones censurada por el gobierno regional, hace algunos años.

De momento, que yo sepa, ni Cattelan ni Bassi han pasado por la cárcel acusados de expresarse con libertad a través de sus obras. Otros como ellos, en muchos países del mundo, sí que han sufrido represalias por alzar la voz, el pincel o el buril; artistas, periodistas y disidentes en general viven amenazados, sufren censura, encarcelamientos e, incluso, son asesinados. Hay muchos otros casos de linchamiento público y mediático.

Los artistas, los creadores, tienden a hurgar en las fronteras de lo permitido y lo prohibido, lo bello y lo horrendo, lo desagradable o lo que se considera correcto. Ha sido así durante siglos y, especialmente, a partir de la modernidad, empezando por las vanguardias –dadaísmo, surrealismo, expresionismo…-

Esta búsqueda de los límites puede llevar a extremos indeseables. Como público, como consumidores de los textos, las imágenes y los sonidos que nos ofrecen los artistas, podemos darles la espalda, cerrarles la puerta, hacerles el vacío, criticarlos o ningunearlos, si nos desagradan u ofenden. Lo que no debemos olvidar es que sus obras son creaciones y, como tales, están insertas en un contexto; entender cuál es este contexto y qué significa es nuestra labor como espectadores.

Un lugar donde la mirada espera

El jardín japonés

se contempla

se siente

se respira

se absorbe

Es un concepto filosófico

Tiene alma

Es la representación de la naturaleza

es una pintura recreada

Es la calma

Es el vacío

Jardín seco del templo de Ryoanji (Kioto)

Jardín seco del templo de Ryoanji (Kioto)

Japón es un país de antítesis en el que, armoniosamente, conviven tradición y modernidad, el respeto a los ancestros y un individualismo feroz, templos milenarios y bosques de rascacielos. Al visitante, le fascina. Al emigrante, le confunde. Al oriundo, le pasa desapercibido.

El jardín japonés puede enmarcarse en esta dicotomía: es naturaleza y cultura, historia y presente, agua y piedra. Aunque la clasificación es más amplia, podemos hablar, sobre todo, de dos tipos fundamentales de jardín: el vegetal y el seco o, si se prefiere, el de placer y el religioso.

Principios de otoño, jardín japonés en un templo de Kioto (Japón)

Principios de otoño, jardín japonés en un templo de Kioto (Japón)

La naturaleza dentro del cuadro

Pasear por un jardín japonés es una delicia, nos sentimos como si nos hubiéramos colado en el escenario de una representación, en la recreación de un mundo natural mágico en el que todo está dispuesto para embelesar. La quietud del agua aprisionada en un estanque o el rumor que produce cuando discurre siguiendo el cauce artificial de un río serpenteante o cayendo en forma de cascada acompañan nuestros pasos.

La primera noticia que se tiene de la existencia de estos jardines se remonta a los siglos V-VI d.C., según el Nihon-Shogi (“Las Crónicas de Japón”), el segundo libro de historia –conservado- más antiguo del país del Sol Naciente. Un estanque con carpas por el que el emperador Richu y su esposa se deslizaban sobre una barcaza, rodeados de naturaleza. Un par de siglos más tarde, durante el período Nara y, sobre todo, la exquisita y aristocrática era Heian, el jardín japonés tomó la forma que, aún hoy, conserva: estanque, río o cascada; colinas, promontorios e islas; senderos zigzagueantes y estilizados puentes curvados de madera.

Las lámparas de piedra aparecieron en una época posterior, ligadas a la ceremonia del té que solía tener lugar en la casa del té, ubicada en el jardín, en la que se hacía esperar a los invitados en el exterior y luego se les dirigía hacia la casa a través de un estrecho sendero, tenuemente iluminado.

Mientras que los jardines europeos, los de las cortes reales, los de las villas palaciegas, son rectilíneos, pomposos y cerebrales, los jardines japoneses son sinuosos, abruptos, están tapizados de musgo y helechos, son humbrosos y cálidos. Los primeros fueron ideados para reflejar el poderío y la riqueza de sus dueños. Los segundos pretenden ser un reducto de paz, un lugar pensado para huir de las preocupaciones, para comulgar con la naturaleza, para alegrar los ojos cansados de los dignatarios nipones.

Jardín japonés en Himeji (Japón)

Jardín japonés en Himeji (Japón)

El paso de las estaciones se evidencia con claridad en los jardines japoneses. Los colores cambiantes de la vegetación, la caída de las hojas de los árboles caducos, la nieve sobre las ramas desnudas, la floración de los cerezos, todo es indicativo del paso del tiempo.

La elección de los árboles, arbustos y plantas que componen un jardín japonés no es, en absoluto, arbitraria. Arces palmados, pinos negros, cerezos y bambúes conviven con plantas más pequeñas como el Ophiopogon japonicus, la azalea, el mirto, el enebro chino o la nandina. El perfil de cada árbol, el tono de cada hoja (y su evolución a lo largo del año) y el lugar en el que se ubica cada forma vegetal responden a un diseño cuidadoso que hunde sus raíces en la síntesis de las tradiciones taoísta y sintoísta, en la historia y en las mitologías china y nipona.

Jardín japonés en Nikkō, (Kantō, Japón)

Jardín japonés en Nikkō, (Kantō, Japón)

Grava y piedra

Los jardines secos (también conocidos como jardines zen) suelen estar dentro de los recintos de los templos sintoístas y budistas. Se desarrollaron tardíamente en comparación con el jardín japonés clásico, en los XIV y XV. En Occidente, jamás se nos hubiera ocurrido denominar “jardín” a un espacio en el que la naturaleza viva está ausente. Sin embargo, en Japón tiene sentido que estos lugares secos, áridos y grises se llamen así, jardines, ya que el origen de la palabra en el idioma nipón es  “tierra tomada en posesión”; más adelante, evolucionó hasta lo que nosotros traducimos como “isla”.

Gama de grises y ocres. Grava, piedras y un muro. La arena se rastrilla dibujando líneas serpenteantes que imitan la superficie del mar. Alrededor de las piedras, se esbozan circunferencias para crear ondulaciones visuales, movimiento perpetuo de un oleaje inexistente.

Uno de los más famosos es el que podemos visitar en el templo de Ryoanji, en Kioto, aunque, dado el número de turistas que acceden a él, la posibilidad de sentarse enfrente, relajarse y meditar es bastante remota. De vuelta a casa, muchos occidentales se conforman con esas curiosas copias de jardines secos en miniatura en las que una misma puede rastrillar la fina arena y mover las piedrecillas a su antojo.

El concepto de vacío es intrínseco a estos jardines secos como lo es a la corriente filosófico-religiosa del sintoísmo. Un lugar donde la mirada no busca, donde la mirada espera.