El gran retroceso de la democracia

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Vivimos tiempos convulsos: se alza un griterío de odio y rechazo, la ciudadanía se revuelve, el terrorismo nos atenaza, los Estados se vuelven aún más conservadores, la democracia -que apenas se componía ya de una cita con las urnas cada X años- se resiente.

Casi siempre nos parece que son convulsos aquellos años en los que transcurre nuestra vida. Echando la vista atrás, no encontramos parangón a nuestras ansiedades y desvelos actuales. Aunque miremos al siglo XX y leamos que ha sido la centuria de las guerras mundiales, el crash del 29, la Guerra Fría, la solución final y el stalinismo.

Nosotros tenemos el 11-S, la gran crisis económica de 2007-2015, el ISIS, decenas de miles de refugiados árabes y africanos llamando a las puertas cerradas de Europa. Vivimos tiempos convulsos, es cierto. El ensayo coral “El gran retroceso” nos ilumina sobre algunas de las cuestiones más acuciantes, sobre las más preocupantes.

El neoliberalismo ha muerto, ¡viva el neoliberalismo!

Una de las ideas que sobrevuela, con insistencia, la mayoría de los ensayos incluidos en el libro es la de que el neoliberalismo ha alcanzado su paroxismo y sólo puede caer. La crisis económica que, dicen, estamos dejando atrás, ha sido su epitafio. Muerto por acumulación de pecados capitales: gula, avaricia, envidia, soberbia y, de una forma figurada, lascivia. Lo quiso todo para unos pocos. Cada vez más para cada vez menos personas. Murió aplastado por la reacción de las masas, pisoteado, pateado.

Yo aún no lo doy por muerto, tantas veces lo he visto resucitar. Ninguna religión se ha atrevido a tanto: una resurrección cuela pero ¡tantas! Habrá que empezar a creer en la transmigración de las almas pitagórica para darle una explicación.

El caso es que, neoliberalismo mediante o ausente, la gran perdedora de las dos últimas décadas es la democracia. Cuando el neoliberalismo aprieta, a quien estrangula es a la democracia, nuestra querida e imperfecta gran creación política. El poder del pueblo, como quisieron los griegos, que no dejaban votar ni participar en “su” democracia a las nueve décimas partes de los que vivían en el país.

El languidecer de la democracia de las urnas

Sucede que la democracia que tan perjudicada ha salido de la crisis, es la de la urna y el voto cada cuatro años. Gracias a las papeletas, hemos visto llegar el Brexit, al infame Donald Trump, a Le Pen (y a Macron, no olvidemos que ganó porque era menos malo que su contrincante, no porque fuera mejor). A Erdogán, a Duterte, a Modi, a la AfD. En fin, que vemos retroceder el cosmopolitismo auspiciado por la globalización y aparecer, en su lugar, un nacionalismo ultraconservador que encuentra en los inmigrantes y los refugiados su chivo expiatorio perfecto.

Hemos salido de la crisis maltrechos, precarizados, empobrecidos, sin esperanza y sin futuro. Así que votamos a los que nos prometen que nuestro país (y con él nosotros) volverá a ser grande –Make America Great Again-; a los que nos explican que son los inmigrantes los que nos están “robando” nuestros legítimos puestos de trabajo; a los que abogan por más Estado y menos Europa, menos Mundo.

Como si la globalización fuera reversible, como si la migración fuera un accidente temporal y no un estado permanente de aquí en adelante. Como si las grandes multinacionales y los ricos fueran a volver a suelo patrio para crear puestos de trabajo y pagar impuestos.

Demos: pueblo; cracia: gobierno/poder

La democracia que ha salido fortalecida de estos tiempos convulsos es aún débil pero está asomando la cabeza. Es la democracia de la calle. Es la democracia de los indignados, de las plazas y las sentadas; de la protesta no violenta; de la solidaridad con quien tiene menos que nosotros; de las asociaciones de barrio, las iniciativas populares, los colectivos variopintos, los huertos urbanos; la del trueque, las monedas sociales, la economía colaborativa (la de verdad, no Airbnb ni Uber ni ninguna otra empresa multimillonaria).

Esa es la democracia que realmente hace honor a su etimología: el gobierno del pueblo. La democracia de las urnas debe de ir por detrás y aprender que, en política, han dejado de valer los partidos y los nombres de siempre. Y que, si no queremos ir a peor, si no queremos más Trumps, más cerrazón, más odio y más miseria, estamos obligados a ponerlo todo patas arriba.

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"El gran retroceso", varios autores

El gran retroceso” es un ensayo coral, escrito a muchas manos, por humanistas y pensadoras que quieren llevar a los lectores a la reflexión y a la acción sobre la realidad política actual: Brexit, Trump, movimientos nacionalistas populistas, crisis de los refugiados, concepto de democracia, deriva de la UE…

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El feminismo como alternativa al neoliberalismo

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El feminismo no es un movimiento, es una ideología, una “narrativa” -como gustamos denominar últimamente a los corpus teórico-prácticos de pensamiento-. No nació hace cuatro décadas con los movimientos reivindicativos de los 70 ni a finales del siglo XIX con el sufragismo. No, el feminismo tiene una historia mucho más larga que podemos rastrear allá por el siglo XVII, el Barroco, para seguir sus huellas en los salones del XVIII (el siglo de las luces y la conversación) [“¿Qué es el feminismo y qué retos plantea?” por Amelia Valcárcel, pdf].

Cuando hablamos de feminismo, constantemente nos referimos a lo que no es porque, para desacreditar un movimiento o una ideología, sus detractores intentan minimizarla, encasillarla, negativizarla. De ahí que nos veamos en la obligación de insistir en lo que no es el feminismo:

  • No es la contrapartida del machismo ni su opuesto.
  • No es un movimiento.
  • No es una ideología de clase.
  • No pretende situar a las mujeres por encima de los hombres.
  • Y no, no es exclusivo de las mujeres. Bien al contrario, es inclusivo y pretende ir más allá de la dicotomía de género incluyendo, por igual, a hombres y mujeres.

El feminismo, en su esencia, se opone al capitalismo, al neoliberalismo, a la inequidad y a la desigualdad. En positivo, podemos decir que es una ideología universal que busca la igualdad económica, social y cultural de todos los seres humanos.

Desde la caída del muro de Berlín, en 1989, no hay -dicen- alternativa al capitalismo (o a su última etapa, la que vivimos en la actualidad, el neoliberalismo). El fin de la historia fue proclamado por Francis Fukuyama. La filosofía política actual chapotea entre los escombros del comunismo, las revisiones de la revisión de la revisión del pensamiento marxista y el conocido programa neoliberal, que todos conocemos, basado en el laissez-faire.

Mientras la teoría parece haber entrado en barrena en las dos últimas décadas, los movimientos sociales estallan por doquier. Sin ser exhaustiva, puedo mencionar un buen puñado: en América latina, en los países árabes (la “primavera árabe”), el conocido como 15-M, las revueltas en Grecia… Quizás podríamos incluir algunas de las corrientes feministas más en auge: el movimiento queer, la visibilización del trabajo doméstico, la lucha contra la violencia machista (o patriarcal), las reivindicaciones de las mujeres musulmanas o indias. Son sólo unos ejemplos.

Aunque el feminismo parece un movimiento atravesado por cientos de corrientes que sólo tienen como común denominar la presencia de mujeres, no es así. Cuando nos fijamos en las partes, es fácil que perdamos el sentido del todo: “el bosque no nos deja ver el claro”. El feminismo es una ideología con unos principios comunes y compartidos por todas sus ramas.

En mi opinión, el feminismo es el sustituto del comunismo como contrapartida ideológica del capitalismo (y de su última ola, el neoliberalismo). Para convertirse en una alternativa plausible y deseable al capitalismo, tiene que mantener, por encima de cualquier otra reivindicación parcial, sus dos principios fundamentales: la universalidad y la igualdad.

El feminismo es una forma de ver el mundo, es una ideología política, es un corpus formado por millones de pequeñas iniciativas que ya se han puesto en marcha y que se seguirán poniendo en práctica.

En mi opinión, existe un “credo” feminista que está por encima de las pequeñas diferencias de los micro (o macro) movimientos que lo forman. Pienso que sus principios se oponen radicalmente a aquellos propios del neoliberalismo. Son éstos…

El feminismo como ideología universal está a favor de:

  • La globalización (frente al proteccionismo, el nacionalismo, el regionalismo, un mundo a varias velocidades, la explotación de los países ricos por los pobres etc.)
  • La democracia.
  • La igualdad.
  • La diversidad.
  • El desarrollo cultural.
  • La educación (para todos).
  • El progreso (social, no meramente económico).
  • El reparto equitativo de la riqueza.
  • La sostenibilidad y la defensa del medioambiente.
  • La desmilitarización y la no proliferación de armas (de cualquier tipo, incluidas, obviamente, las atómicas).
  • La política de la no violencia.

Este texto es el resultado de hilar muchos pensamientos sueltos y algunas lecturas. Me encantaría que aquellas personas que lo hayáis leído, dejarais vuestros comentarios (constructivos y respetuosos, por favor, sólo pido eso). El pensamiento, el debate y la acción son las tres formas que tenemos de seguir construyendo nuestro propio camino.

España, gran feudo del capitalismo clientelar

España, feudo del capitalismo clientelar

España, feudo del capitalismo clientelar

Pese a que España es un ejemplo muy ilustrativo de capitalismo clientelar, la expresión, en sí misma, no es excesivamente conocida. Fue acuñada por primera vez en inglés: crony capitalism. En nuestro país, nos identificamos más con su forma vulgarizada: capitalismo de amiguetes (o de contactos o de favores).

Aunque no llamemos a las cosas por su nombre, lo que es evidente es que la economía y la sociedad españolas conviven en la turbia ciénaga creada por este tipo de capitalismo. Sólo hay que echar un vistazo a los titulares de los medios de comunicación o escuchar cualquier conversación entre amigos o familia para darse cuenta de que está a la orden del día. Con el consentimiento de casi todos y para nuestra vergüenza.

Cómo se inicia y cuáles son sus características

El capitalismo clientelar empieza en los políticos, continúa por los banqueros, empresarios y altos directivos para pasar a extenderse, cual mancha de aceite o petróleo en el mar, a toda la sociedad española, incluidos los medios de comunicación.

Algunas de sus características nos resultan muy familiares: las llamadas puertas giratorias; los rescates estatales del sector privado, con dinero público (a la banca, a las autopistas de peaje…) -socialización de las pérdidas-; los lobbies que mantienen reuniones secretas y a puerta cerrada con los políticos en el poder; las comisiones ilegales a individuos y la financiación ilegal de los partidos políticos etc.

¿Qué perdemos?

Parece que también las consecuencias del capitalismo clientelar son claras. Recientemente, varios economistas y juristas han llegado a la conclusión de que el escaso incremento -e incluso el descenso- de la productividad agregada de la economía española (entre 1995-2007) y la escasa innovación que se da en nuestro país son causadas por el capitalismo clientelar. Por no hablar de que genera una situación de clara injusticia en la que se socaba el concepto de igualdad de todos los ciudadanos.

El marco en el que se inscribe el capitalismo clientelar está formado por instituciones débiles, leyes partidistas, una clara desafección generalizada por el concepto de interés general y una sociedad civil débil o conformista.

 El concepto de “captura”

En uno de los pocos libros dedicados a esta distorsión del sistema económico vigente, “Contra el capitalismo clientelar“, se habla de la captura del estado, de las instituciones y de los medios de comunicación, por parte de intereses privados.

Esta captura se produce cuando el interés individual se pone por delante del interés general. Y esto, en España, pasa muy a menudo. A todos los niveles.

  • Los nombramientos de los altos cargos de las instituciones públicas se hacen “a dedo”, eligiendo, no a los más válidos y talentosos, sino a los más cercanos.
  • Los políticos y los empresarios se hacen favores mutuamente. Es el clásico intercambio de licitación concedida o ley favorable por futuro puesto en la empresa privada. Sobre todo se da en los sectores económicos que más dependen del Estado: construcción, energía (petróleo y electricidad), telecomunicaciones, farmacéutico…
  • Los favores de la banca suelen ir en forma de créditos a partidos políticos, sin necesidad de reembolso, e inversión en publicidad (o directamente en el accionariado) de medios de comunicación. Estos mismos bancos son los que compran la deuda pública emitida por el Estado.
  • La sustitución de las leyes y la normativa regulada, emanada del poder legislativo, por códigos de buen gobierno y responsabilidad social corporativa de las empresas privadas (facultativos y no potestativos).

¿Por qué se da el capitalismo clientelar en España?

Una buena noticia: aunque lo parezca, el capitalismo clientelar en España no está inscrito en los “genes” nacionales y, por lo tanto, es superable. Eso sí, la cultura de amiguetes y favores no va a desaparecer por sí sola, porque hay muchos individuos que, como se suele decir, sacan tajada.

Más allá de que las instituciones sean débiles y la sociedad civil española acomodaticia, lo más preocupante es que no sólo se soporta esta situación (con resignación cristiana o con cinismo, según el caso) sino que se llega a aplaudir y hasta se aspira a estar ubicado entre esta élite de amiguetes.

En fin, que en nuestro país se tiene la idea de que quien no tiene contactos, es un mindundi, y el que no roba -en la medida de sus posibilidades-, idiota.

Pero, ¿se puede superar el capitalismo clientelar?

El primer paso es tomar conciencia de su existencia y de los mecanismos por los que se rige. En segundo lugar, hay que construir una visión ética de la sociedad, poniendo, por delante de los intereses particulares, el interés general.

Muchos de los cambios y las revoluciones que han acontecido a lo largo de la Historia se han producido gracias a la presión social. Si los ciudadanos no queremos seguir siendo los grandes perdedores del capitalismo clientelar, tenemos que oponernos a él, denunciarlo, avergonzar a sus protagonistas e incluso boicotearlos.

Hoy en día hay alternativas socialmente responsables en la mayoría de los sectores (intercambios no dinerarios, cooperativas, pequeños negocios…); en Internet y en las redes sociales se pueden denunciar las malas prácticas y presionar para que dejen de llevarse a cabo; la información fluye como nunca antes lo ha hecho y el que elige ignorar lo que sucede a su alrededor no puede escudarse en la falta de medios.

El cambio tiene que venir de los ciudadanos de a pie, de abajo, porque, los que están arriba, son los primeros interesados en que todo siga igual.

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Blog “Hay Derecho”, creado y dirigido por los autores de “Contra el capitalismo clientelar”.

Web del economista Josep Pijoan-Mas y artículo sobre el capitalismo clientelar en España.

Pdf del trabajo “Growing_like_Spain_1995-2007” de Josep Pijoan-Mas y otros sobre la debilidad de la productividad agregada en España (en inglés).

Libro del colectivo Sansón Carrasco,

Libro del colectivo Sansón Carrasco, “Contra el capitalismo clientelar”

¿Y qué si la tecnología sustituye al empleo humano?

Un trabajador en una curtiduría de Fez (Marruecos)

Un trabajador en una curtiduría de Fez (Marruecos)

El debate está en su apogeo, ¿los robots sustituirán a los seres humanos en el ámbito laboral? ¿Desaparecerán la mayoría de los empleos humanos? ¿O, por el contrario, la tecnología terminará con ciertos empleos y creará otros nuevos, en la misma medida? Estas son algunas de las preguntas que, una y otra vez, se lanzan en los medios de comunicación, en los foros de opinión, en las mesas redondas sobre el futuro del empleo.

He escuchado argumentos en pro y en contra, más extremos y más tibios, deslumbrantemente optimistas y ferozmente pesimistas. Supongo que es lo que tienen las hipótesis que se enfrentan al futuro, se enfrentan a la incertidumbre desde todos los posibles puntos de vista.

En 2015, le dediqué una entrada de este blog a este mismo tema, analizando los cambios que había habido en el mercado laboral en las últimas décadas e intentando situar en el mapa del empleo el modelo de la economía colaborativa: “El incierto futuro del empleo“.

Hoy, con más información, más charlas y más debates acumulados en mi cerebro, me gustaría retomar el asunto y plantear la siguiente pregunta: ¿Y qué si la tecnología sustituye al empleo humano? Me explico.

Las teorías actuales sobre la futura evolución del empleo

Hay dos posiciones enfrentadas:

Los que creen que, como ha pasado a lo largo de los últimos 150 años -desde la primera revolución industrial-, los cambios que se avecinan destruirán ciertos tipos de empleos pero crearán otros nuevos, menos rutinarios y, probablemente, más deseables.

Por otro lado, están aquellos que proclaman que los decenios de crecimiento de la productividad y del PIB han llegado a su fin -en los países más desarrollados económicamente- y que es imposible que se generen, en la misma medida que van a ser destruidos, nuevos empleos humanos. El futuro es de las máquinas.

Entre medias, también están los tecnófilos que no están tan seguros de que el “pleno empleo” se vaya a recuperar y los tecnoambiguos que no se decantan claramente por la desaparición del empleo humano.

A mi modo de ver, los primeros son demasiado optimistas en sus previsiones y, tal vez, pequen de exceso de confianza. El futuro no tiene por qué ser un calco del pasado. Recientemente, asistí a unas conferencias impartidas por el economista Josep Pijoan. Basándose en la evolución del empleo desde la revolución industrial, su tesis habla de “la falacia del trabajo finito“:

  • Cada nueva revolución -industrial, tecnológica o del conocimiento-, ha acabado con una serie de empleos pero ha creado otros. Unas industrias se destruyen y otras nacen. Los empleos pasan de un sector a otro: de la agricultura a la industria (revolución industrial) y de la industria a los servicios (revolución tecnológica). Sólo nos falta saber a qué cuarto sector se van a verter los empleos destruidos por la revolución del conocimiento -la actual-. De momento, o no lo conocemos o no tiene nombre.
  • La destrucción de empleo neto se ha compensado con la creación de empleo neto -en los últimos 150 años-. Además, las condiciones laborales han mejorado: ha descendido el número de horas trabajadas, los salarios se han incrementado, las condiciones laborales han mejorado etc. (todo esto, claro es, hablando del mundo económicamente desarrollado).

La duda que me asalta en este último punto es la siguiente: si en la última década y media estamos viendo que las condiciones laborales cada año empeoran y que los salarios reales bajan -lo que se conoce como la precarización del empleo, menos el del famoso 1%, que vive cada vez mejor-, ¿qué calidad va a tener el empleo futuro? 

Si hoy en día hay millones de personas que, teniendo un trabajo -o varios-, viven por debajo del umbral de la pobreza, ¿cuántos millones más estarán en esa situación dentro 10, 20 o 30 años? El modelo pseudofilosófico que pretende que el empleo otorga dignidad a la persona y da sentido a su vida se está desmoronando.

Niño pescando en un río de Camboya, cerca de Battambang (norte del país).

Niño pescando en un río de Camboya, cerca de Battambang (norte del país).

  • Otro de los puntos del argumentario del economista es el relativo a qué empleos destruye la tecnología. Los ordenadores, la robótica y la inteligencia artificial no sólo van a terminar con los trabajos más repetitivos y rutinarios sino que también van a sustituir muchos de los empleos altamente cualificadosSiri y Watson, desarrollados por Apple e IBM respectivamente, son dos ejemplos que ya existen de cómo las máquinas son capaces de generar conversaciones o de gestionar cantidades ingentes de datos.

Sobrevivirán los trabajos manuales en el sector servicios (camarero, por ejemplo) y los eminentemente creativos.

Se me ocurren varias cuestiones que el profesor Pijoan, y otros analistas que comparten sus puntos de vista, no tiene en cuenta en su modelo. Existen varias diferencias entre la situación actual y el pasado.

  • El crecimiento de la población mundial es exponencial. De 1.000 millones de personas a principios del siglo XX a 7.000 millones en los comienzos del siglo XXI. Para 2050, el planeta Tierra albergará -o soportará- cerca de 10.000 millones de habitantes.
  • Los países más poblados del mundo están en -rápidas- vías de desarrollo: China, India, México, Brasil. La tasa de natalidad en los países menos desarrollados económicamente es elevada. Cientos o miles de millones de personas están por sumarse al mercado laboral mundial.
  • Los recursos no son infinitos. Las energías fósiles están en decadencia. Se habla desde hace varios años del crash oil, el final del petróleo, y del modelo económico asociado a él desde hace décadas. El sistema de producción y consumo actual puede estar tocando techo.
  • El desarrollo sostenible. La incógnita sobre el ritmo de crecimiento futuro de las economías de los diferentes países y la necesidad, más o menos apremiante, de convertir el modelo económico actual en ecológicamente sostenible es otra más de las diferencias con el pasado.
  • La tendencia al oligopolio y las sinergias de las grandes empresas. Cada vez las compañías son más grandes y necesitan menos empleados; la relación entre crecimiento de una firma (a nivel mundial) y empleo no es proporcional, ni mucho menos.
  • Las empresas tecnológicas son gigantes en capital y enanos en empleo. El valor de las cinco más grandes es equivalente al PIB de la quinta economía mundial, la del Reino Unido. El total de empleados de las cinco compañías ronda los 340.000 (en el enlace faltan los datos de Apple y los de Facebook; Alphabet es Google).  Reino Unido tiene una población superior a 65 millones de personas y una tasa de población activa (en edad de trabajar) que ronda el 62%, es decir, más de 42 millones de personas “empleables”. 340.000 empleados frente a 42 millones de potenciales buscadores de empleo, mismo nivel de capitalización. Hummm, algo no encaja.

 

La relación entre el crecimiento financiero de las grandes empresas y el del número de sus empleados no es proporcional.

La relación entre el crecimiento financiero de las grandes empresas y el del número de sus empleados no es proporcional.

¿Y qué si se va a la mierda el trabajo?

La frase “A la mierda el trabajo” es el título de un artículo de James Livingston, profesor de Historia en la Universidad de Rutgers, Nueva Jersey, EE.UU. ¿Qué pasa si las máquinas y los robots sustituyen a los humanos y hacen todo el trabajo -o la mayor parte-? Creo que no me equivoco si afirmo que muchos se lo agradeceríamos. La mayoría de los empleos son monótonos, aburridos, rutinarios, estresantes, peligrosos o desagradables. No todos, pero muchos de ellos sí que lo son.

La mayoría de los trabajadores agradeceríamos trabajar menos horas, jubilarnos antes o tener que cotizar menos años para obtener una (más o menos) digna pensión. Claro es que esta reducción no puede ir acompañada de una caída en los salarios porque los mil euristas (y los menos que mil euristas) difícilmente podrán vivir con ingresos inferiores a estas cuantías.

Dejamos a los ordenadores y a nuestros amigos los robots que hagan el trabajo (sucio), perfecto. Ahora llega la parte interesante, el cambio de modelo social, donde tenemos que hablar los ciudadanos, donde tienen que enfangarse los gobiernos. Hay que repensar y cambiar el clásico “el trabajo otorga dignidad y realiza a las personas”. Nuestras vidas deben dejar de girar entorno al eje “trabajo”. Debemos sustituirlo ya que las máquinas nos van a sustituir a nosotros.

Se me ocurre que este cambio de paradigma debe conllevar un nuevo modelo de Estado del bienestar: adiós al paro, adiós a las cotizaciones, adiós a las pensiones. También es imprescindible que varíe la relación de las personas con el dinero, con la retribución dineraria, con el salario. El concepto de inflación quedará obsoleto; habrá que medir la subida del coste de la vida con otras variables -si es que seguimos queriendo medirlo-.

¿Utópico? Bueno, hay mucho camino que recorrer y muchas mentalidades que cambiar; las de todos, básicamente. Pero que no nos parezca tan descabellado; hoy en día ya hay muchas personas, y no precisamente las menos acaudaladas, que no trabajan y, sin embargo, viven de forma muy acomodada: los rentistas y los especuladores. Imaginar una tercera figura, la del no-trabajador, no tiene que ser tan complicado, ¿no os parece?

Consumidores imperfectos

Consumidores imperfectos (Bangkok, Tailandia, una de sus múltiples zonas comerciales)

Consumidores imperfectos (Bangkok, Tailandia, una de sus múltiples zonas comerciales)

Los consumidores imperfectos somos legión, al menos en los países de economías desarrolladas que es donde los ciudadanos hemos conseguido -¡gran mérito!- pasar a ser consumidores, es decir, sujetos económicos en lugar de políticos o, simplemente, seres humanos.

Cada día somos más imperfectos y nuestro número aumenta. Te aclaro que quiere decir la expresión, acuñada por el sociólogo Zigmunt Bauman: los consumidores imperfectos somos aquellos consumidores sin medios económicos; los que, por nuestros ingresos, no nos podemos permitir ser consumistas; a los que nos venden hipotecas, créditos personales, financiación a 12 meses, tarjetas de crédito y tantas otras formas de deuda.

La mayoría de los países del mundo también son consumidores imperfectos. Y las empresas y los autónomos -o emprendedores, como hoy en día gustamos denominarlos-. Pero vamos a centrarnos en los consumidores individuales.

Como consumidores imperfectos, nos volvemos locos con las rebajas, los descuentos, el 3×2, el 70% de descuento en la segunda unidad, el Black Friday, el Cyber Monday y tantas otras estrategias de marketing que sirven para que los que tenemos menos dinero, nos lo gastemos (el que tenemos y el que pedimos prestado).

El low cost -o bajo coste, que en castellano también se puede decir- nació gracias a nosotros, los consumidores imperfectos. Lo malo del low cost es que te hace sentir, precisamente, lo que eres: un aspirante a consumidor perfecto sin ninguna posibilidad de llegar a serlo.

No nos engañemos, el low cost nos roba la parte de felicidad que nos promete el consumo. Por que nos hace sentir pobres, por que nos arrebata la sensación de comodidad que compra el dinero, por que nos impide ser espontáneos, porque nos obliga a calcular y recalcular el gasto que hacemos, las fechas que escogemos  para los viajes (dentro de seis meses o un año) etc.

El low cost también nos hace perder tiempo, nos obliga a aguantar largas colas (como las de Primark cuando abrió sus puertas hace unos meses, en Madrid, o como  las que se producen con la comercialización de cada nuevo modelo de Iphone).

Seguramente te ha pasado muchas veces: habrás tenido que ir con dos horas de antelación al aeropuerto para coger un buen sitio en el avión; habrás tenido que cargar con la maleta de aquí para allá porque facturarla sale por un pico; te habrás hospedado en habitaciones de hotel en las que el ahorro ha usurpado el lugar de la más mísera percha o balda…

Ser consumidores imperfectos nos hace mirar con envidia los productos Premium y Deluxe, las webs exclusivas, los clubs elitistas, los coches de 36.000€, los chalets de los ricos. Nos acercamos a la promesa de felicidad que brilla en ellos por la puerta de atrás, comprando la marca etiqueta negra del supermercado (una marca blanca disfrazada, al fin y al cabo) o yendo una vez al mes a comprar un par de productos gourmet o a un restaurante retro-moderno-de-autor.

En los últimos tiempos, mucha gente, desde los medios de comunicación y desde las mesas de los cafés, se ha preguntado quiénes son los votantes de Donald Trump. Son consumidores imperfectos que aspiran a que un “político” misógino, racista y multimillonario les devuelva (sic) su maltrecho poder de consumo (los puestos de trabajo que reclaman están íntimamente asociados con el consumo: trabajar, cobrar el salario, consumir, todo es uno).

El precariado, que crece y crece sin parar, es un gran ejemplo de consumidor imperfecto. Quiere mejorar su posición laboral para tener la sensación de seguridad que ha perdido y, sobre todo, para consumir. El consumo elevará su status, ¿qué otra cosa sino podría hacerlo?

Así que, cada día más, el crédito está en el centro, por delante y por detrás de nuestra existencia como consumidores imperfectos. Para alegría y contento de banqueros y otros usureros. ¿Hasta cuando vamos a seguir su juego?