“SPQR”, de Mary Beard: dialogando con los romanos

En su ignorancia lo llamaron civilización, pero en realidad era parte de su esclavitud” Tácito

"SPQR, una historia de Roma", de Mary Beard (Pompeya, cerca de Nápoles, Italia)

Ánfora romana en la ciudad de Pompeya (cerca de Nápoles, Italia)

Una de las mayores virtudes de Mary Beard es, en mi opinión, su capacidad de unir un extensísimo conocimiento sobre el mundo romano con una encomiable carencia de dogmatismo. En “SPQR” no hay verdades absolutas, hay posibilidades, estimaciones y muchas preguntas de respuesta incierta.

Cómo cuenta la historia “SPQR”

Para empezar, “SPQR” (acrónimo en latín de “El Senado y el pueblo de Roma”) es, desde la misma portada, “una historia de Roma“. No es LA historia de Roma ni, como es habitual en este tipo de libros, el genérico “Historia de Roma”. Es una (entre muchas o entre pocas) historia de lo que, con el tiempo, hemos denominado el Imperio Romano.

Varias veces, a lo largo del texto, Mary Beard deja constancia de que lo que está contando es su versión de la historia, la conclusión a la que ha llegado tras 50 años de lecturas, de estudio, de investigación, de discusiones e incluso de participación en excavaciones arqueológicas.

También informa al lector de qué período de tiempo abarca SU historia de Roma y por qué motivo no llega a lo que, posteriormente, se ha llamado el declive del imperio. El “SPQR” de Mary Beard empieza con Rómulo y termina con el emperador Caracalla.

Restos romanos en Cerdeña (Italia)

Restos de columnas romanas en Cerdeña (Italia)

Otra de las cosas que me gustan del estilo de la autora es que no teme perder el interés de sus lectores ni el aprecio de otros historiadores cuando desciende hasta las capas bajas de la sociedad romana y desmitifica la figura de los emperadores.

Hay muchas anécdotas en “SPQR” y ninguna es trivial o está de sobra. Hay explicaciones etimológicas y referencias a la actualidad. Aparecen transcripciones de grafitos, de esos que plagaban las paredes de las ciudades romanas -Pompeya entre otras-, que hablan la lengua de aquellos que no tuvieron el poder ni el dinero suficientes para ser inmortalizados por biógrafos, poetas o escultores.

Mary Beard, la autora

Mary Beard reconoce abiertamente, sin desdoro de su inteligencia, las dificultades que entraña conocer el pasado cuando no han persistido restos de él, cuando los testimonios han desaparecido, cuando sólo nos queda el legado del vencedor y conjeturas sobre lo que pudo pensar, hacer o sufrir el perdedor (los pobres, los esclavos, los campesinos, las mujeres, los enemigos en la batalla, los asediados durante las conquistas…)

Si fuera hombre, estoy segura de que ya la habrían nombrado “sir” en esa tierra suya, Inglaterra (Reino Unido), que sabe cómo encumbrar a los hombres pero que no ha tenido tiempo de aprender, en veinticinco siglos de historia, cómo valorar y engrandecer a sus mujeres en la misma medida. Como sucede en tantos otros países, no es Gran Bretaña la excepción.

Mosaico en el suelo de una domus romana en Puente Genil (Córdoba, España)

Mosaico en el suelo de una domus romana en Puente Genil (Córdoba, España)

Tras recibir el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, la figura de Mary Beard ha saltado a la primera plana de los medios de comunicación españoles, al menos en la sección de cultura. La mayor parte de las entrevistas que ha concedido tratan, fundamentalmente, sobre dos temas: la antigua Roma y la mujer; sus conferencias y artículos también. Aunque no por ello deja de lado otros aspectos de la actualidad (política, inmigración, recortes sociales…)

Mary Beard no teme polemizar (pero no lo hace gratuitamente). Escribe una columna de opinión, sobre actualidad, en el prestigioso The Times Literary Supplement, “A Don´s life“. Recibe con frecuencia amenazas e insultos a través de las redes sociales: por sus opiniones como mujer más que como historiadora y catedrática.

Se esté o no de acuerdo con sus puntos de vista, creo que sus palabras y sus opiniones son enriquecedoras y pueden ayudar a ampliar el estrecho horizonte por el que, normalmente, vemos la realidad que nos rodea.

Saber +

La voz pública de las mujeres“, artículo firmado por Mary Beard.

Discurso íntegro ofrecido durante la recogida del premio Princesa de Asturias:

Serie sobre la antigua Roma realizada por Mary Beard para BBC2 (en inglés).

 

Adichie, mujer negra nigeriana escribe

Chimamanda Ngozi Adichie, escritora nigeriana

Chimamanda Ngozi Adichie, escritora nigeriana

Mujer, joven, negra, nigeriana y escritora… Lo primero que se me pasa por la cabeza cuando la descubro, leyendo el blog de Devoradora de libros -una mujer descubriendo a otra mujer, como es “casi” norma- es que Adichie tenía todas las papeletas para haber permanecido en el anonimato durante todos los años que vaya a durar su vida.

Empecé a leer su biografía, un poco por encima, para saber cómo había conseguido llegar a publicar su primera novela, “La flor púrpura“, y cómo había sido posible que la imponente editorial Random House Mondadori hubiera tenido a bien publicar el resto de sus novelas.

Nigeriana de nacimiento y estadounidense de adopción. Estudió en “la tierra de las promesas”, hizo un par de másters, de escritura creativa y estudios africanos, este último en Harvard. Probablemente no le hubiera hecho falta pero, qué le vamos a hacer, la “titulitis” ha afectado de tal modo a nuestras sociedades que, sin máster, su carrera hubiera quedado deslucida. Incluso puede ser que no la hubieran invitado a ciertos saraos o que algunos medios de comunicación hubieran buscado su dosis de exotismo africano en otra parte.

No es mi intención quitarle mérito a Chimamanda Ngozi Adichie. Emigró con una beca a Estados Unidos con 19 años y se buscó la vida. Tiene talento, es una buena narradora, se le da muy bien entremezclar Historia, humor, tragedia y amor. Habla claro, sin irse por las ramas, va directa a su objetivo, adereza su discurso con alguna anécdota y lo sirve frío pero con una sonrisa dibujada en la boca.

En sus dos últimas novelas, “Medio sol amarillo” y “Americanah” , se refleja ese estilo que les es propio a los autores estadounidenses, llamémoslo pragmático. Con sus pinceladas de lirismo descriptivo, por supuesto.

Lo que consigue Adichie, y es muy meritorio, es que sus libros puedan ser leídos por un público muy amplio porque no defrauda ni a los que buscan una trama sin fisuras o parones ni a los que pretenden leer literatura de calidad (con un vocabulario que vaya más allá de las cuatro frases hechas de turno y los diez verbos comodín).

Biafra, ¿y eso dónde está?

Medio Sol Amarillo” es el espejo de la Nigeria postcolonial de los años sesenta. No sé vosotros pero, cuando yo estaba en el colegio -y no hace tantos años de eso-, África sólo se mencionaba para hablar de colonialismo -la famosa imagen de la vertical y la horizontal trazadas por franceses e ingleses con sus “posesiones” en el continente-.

En esa época de estudiante, el postcolonialismo se reducía a un par de fechas de independencia y, si mal no recuerdo, al movimiento Mau Mau de Kenia, esto último casi contado como una anécdota por el profesor de Historia ya que ni aparecía en el libro.

El conocimiento que adquirimos entonces, más bien nulo, vino a mezclarse y agitarse con las noticias que íbamos viendo y leyendo en los medios de comunicación, casi todas ellas relacionadas con hambrunas, matanzas, emergencias humanitarias y golpes de estado. Hoy en día es más probable oír hablar de África por la llegada de inmigrantes a Europa que por lo que, propiamente dicho, sucede allí.

Así las cosas, cuando abrí “Medio sol amarillo“, descubrí qué había sido Biafra. Me sonaba aunque admito que no estaba muy segura de qué, ¿era un país, una región, el nombre de una guerra? El título de la novela hace referencia, precisamente, a la bandera de esa nación efímera.

Bandera de Biafra (África)

Bandera de Biafra (África)

Como no me gusta destripar libros, me voy a abstener incluso de ofreceros una sinopsis. Simplemente, os dejo una frase extraída de él: “Y también la hambruna fue lo que hizo  que la Cruz Roja Internacional considerara Biafra la situación de emergencia más grave desde la segunda guerra mundial.” (fuente: Literafrica).

Americanah, una nigeriana en EE.UU.

Como decía al principio de este artículo, Adichie es mujer, nigeriana, negra y, añado ahora, feminista. No creo que le quedara más remedio que serlo y no lo digo en broma. Como inmigrante perteneciente a un continente, a una raza y a un género maltratados, no le quedó más opción que reivindicar su estatus y hacerse valer.

Americanah“, su última novela publicada, tiene cierto aroma a autobiografía o, al menos, parece basada en su propia experiencia. Aunque parezca curioso, la reivindicación principal del libro viene en forma de pelo. Sí, lo que leéis, en forma de pelo, en este caso, afro.

Hay objetos y palabras que tienen un valor superlativo porque han conseguido convertirse en la metáfora de un prejuicio, de una época o de una filosofía de vida. Al pelo afro le sucede precisamente esto; es el símbolo de la negritud, en particular de la mujer negra. De ahí que sea castigado, cortado, alisado, engominado, escondido, camuflado y, sobre todo, vilipendiado.

Pero es una batalla perdida porque el pelo afro de la protagonista de “Americanah”, como el de la propia Adichie, es rebelde y fuerte, revive siempre que creen haberlo vencido.

 

Nuevos tiempos, viejas prácticas

El sistema ahora persuade en lugar de amedrentar, ofusca en lugar de amenazar, ejerce presión económica en lugar de violencia física (graffiti sobre el muro de Berlín, Andrej Sacharow)

El sistema ahora persuade en lugar de amedrentar, ofusca en lugar de amenazar, ejerce presión económica en lugar de violencia física (graffiti sobre el muro de Berlín, Andrej Sacharow)

 

Ismael Kadaré, escritor albanés, eterno candidato al premio Nobel de Literatura, reconstruye en sus novelas y relatos cortos, con tenacidad, la vida en la Albania comunista bajo el poder del partido único y del Dirigente (con mayúscula, como lo tenían que escribir los albaneses en esa época).

Conocemos el miedo, las purgas, las políticas de reeducación, las caídas en desgracia, los ostracismos tierra adentro, los encarcelamientos, la dureza de los planes quinquenales y demás características de los regímenes comunistas del siglo XX, desde Mao hasta Stalin, Tito o Ceaucescu; muchas voces críticas han gritado, rememorado, escrito y narrado historias sobre las desviaciones del sistema –si es que el sistema entero no era ya de por sí una desviación profundamente deshumanizadora-.

Las democracias occidentales nos jactamos de nuestra superioridad moral frente a los movimientos extremistas de partido único que subyugan a los ciudadanos empleando la intimidación y el brazo de hierro. Y, sin embargo, el poder –o sus detentadores, si preferimos sacar el concepto de la abstracción- no ha perdido ni un ápice de su pujanza. Simplemente, ahora persuade en lugar de amedrentar, ofusca en lugar de amenazar, ejerce presión económica en lugar de violencia física.

L de Libertad

En el relato “El vuelo de la cigüeña”, Kadaré narra un episodio vivido por un joven escritor. El protagonista decide ir a una ciudad de provincias a buscar a un poeta octogenario que, hace ya tiempo, fue apartado por el gobierno de la vida pública. Cuando va en el autobús, sufre un control policial tras otro hasta que, en el último, un civil que acompaña a los dos cabos del ejército le hace una sencilla pregunta ¿por qué va a usted a X –el pueblo en cuestión-? Él no sabe o no quiere contestar y se encoge de hombros, temiendo lo peor.

En el contexto de la historia, la pregunta forma parte del engranaje coaccionador del régimen. Pero, ¿no nos resulta familiar? En la aduana de muchos países, especialmente en Estados Unidos, no diría yo que preguntan, más bien indagan, hurgan y casi someten al visitante a un interrogatorio sobre los motivos de su viaje. Ni que decir tiene que gente de lo más corriente ha tenido que pasar varias horas en el cuarto policial del aeropuerto porque sospechaban, quién sabe por qué razón, de sus intenciones.

Pienso también en todos esos inmigrantes, cuyo color de piel los delata a ojos de los cuerpos de seguridad del Estado, que son requeridos por la policía mientras caminan tranquilamente por las calles de la ciudad.

Por no hablar de la amenaza a las libertades ciudadanas que supone la conocida como “Ley Mordaza”.

El comunismo fue un sistema político muy coercitivo (Budapest, coche aparcado en la ciudad vieja)

El comunismo fue un sistema político muy coercitivo (Budapest, coche aparcado en la ciudad vieja)

E de Empleo

En “Historia de la Liga Albanesa de Escritores frente al espejo de una mujer”, otra “micronovela” del escritor albanés, se celebra una asamblea en la que el potentado del Partido informa a los miembros de la liga de escritores de que, dado que no se merecen otra cosa por su mala praxis, van a reducirles el salario –una vez más- y van a enviarles al campo para que aprendan lo que es el realismo socialista.

La comparación puede parecer hiperbólica pero ¿no nos recuerda a nuestro mercado laboral, en el que los que menos cobran son siempre los que ven reducidos sus salarios? ¿Los contratos por semanas, días u horas no crean una inseguridad que se puede asimilar –salvando las distancias- a la que se vivía en los países comunistas? ¿Qué libertad personal se tiene con los turnos rotativos que cambian constantemente, las jornadas interminables llenas de horas extras no reconocidas ni pagadas, los empleos en los que se requiere que el trabajador acuda a horas salteadas cuando hay picos de demanda?

P de Producción

La obsesión comunista con la producción, con su incremento constante, me recuerda demasiado a todas esas empresas que, anualmente, tienen que incrementar sus beneficios en un 20 o un 30% para tener, dicen, a sus accionistas contentos. Caiga quien caiga y al precio que sea necesario.

La palabra productividad, que comparte protagonismo con el término especulación, es la reina en el mundo de los negocios. La tecnología y la automatización multiplican la productividad y, ya de paso, reducen el empleo y deshumanizan los procesos.

T de Trabajador

Recuerdo también ese discurso repetido ad infinitum por los líderes comunistas, los capataces y los encargados de fábricas, que tantas veces he leído, sobre la importancia de las personas y de humanizar los procesos, de construir la felicidad en el mejor de los mundos posibles en el que todos debían ser iguales. La fraternidad y el amor, la camaradería y el compañerismo eran los valores más importantes. Por supuesto, la realidad era bien distinta.

Hoy, en nuestros paraísos de cartón, el discurso es el mismo. Las frases que se repiten, martilleando nuestros cerebros, alaban el talento y la valía personal, insisten en el valor del componente humano, en la continua mejora del clima laboral (palabras textuales del discurso imperante). ¿Qué nos encontramos tras estas rimbombantes y bellas palabras? Justo lo contrario –en la mayoría de los casos-: empleados maltratados, hartos, reducidos a ser un número, mal pagados y en constante involución gracias a la rutinización de las tareas.

C de Corrupción

La corrupción de la intelligentsia, tan evidente a ojos de los subalternos y de parte de la población de los estados que vivieron bajo el comunismo, era ciertamente real pero se producía a pequeña escala –hablando de cifras- comparada con las cotas alcanzadas en el rico Occidente democrático y capitalista, no sólo en la política –la más llamativa y escandalosa- sino también en el entorno empresarial, con los bancos en vanguardia.

Sólo hace falta recordar las subprimes que han envenenado el sistema financiero mundial y otros productos bancarios como las preferentes de Bankia para darse cuenta de que el beneficio es lo único que importa. El egoísmo de muchas firmas las ha llevado a falsear sus cuentas –Abengoa, la CAM o GoWex por dar algunos ejemplos- e incluso a poner en riesgo la salud de la ciudadanía –cualquiera de los casos de productos retirados del mercado entre otros alimentos, juguetes, medicamentos o el muy mediatizado caso de las prótesis mamarias de la empresa francesa Poly Implant Prothèse-.

La corrupción se da en el mundo de la política, de la empresa o de la banca (centro Sony, Berlín, Alemania)

La corrupción se da en el mundo de la política, de la empresa o de la banca (centro Sony, Berlín, Alemania)

I de Interés

El amiguismo, el caciquismo y el clientelismo eran comunes en la época comunista –y antes también, sólo hay que echar un vistazo al siglo XIX español-. La diferencia entre aquellos tiempos y los nuestros es que ahora está bien visto, se financia abiertamente y se reconoce que se practica. Parece increíble pero no lo es en absoluto. Hoy en día, este fenómeno lleva el nombre de “lobby”. Son los lobbies los que presionan a los políticos para conseguir leyes que les favorezcan o, al menos, para que hagan la vista gorda para poder continuar actuando como monopolios u oligopolios, entre otras muchas prácticas muy alejadas del interés general.

Ahora pregunto, ¿de verdad creemos que vivimos en un tiempo tan diferente?

Oda al Danubio (a su paso por Budapest)

El Danubio a su paso por Budapest (Puente de las Cadenas, Hungría)

El Danubio a su paso por Budapest (Puente de las Cadenas, Hungría)

Atardece para que tus aguas descansen de su fluir
Escondidas tras el velo ennegrecido de la noche.
El sol arranca, con sus pálidos rayos, iridiscencias
Opalinas de tu superficie en calma.
La atmósfera queda suspendida.
El tiempo se apaga.
Impertérrito, el puente de La Libertad admira
Tu belleza desde su privilegiado puesto de centinela de hierro.
Cargueros, barcazas, buques y barcos sin velas
Dibujan hendiduras efímeras en el eterno discurrir de tu cauce.
Entre las nubes, se cuelan los últimos estertores del día.
La silueta ausente del Palacio Real se recorta contra el cielo blanquecino.
Mientras, tú callas, te transformas en un arca sellada
En la que se cobijan, para siempre, los avatares de la Historia.
Silencioso, ni siquiera murmuras; no bajan a tus orillas
los enamorados, preguntando por sus almas.
Eres eterno, cambiante, siempre el mismo.
Cuando las piedras que te rodean desaparezcan,
Cansadas ya de levantar monumentos consumidos,
Quedarás tú, símbolo de lo imperecedero,
Naturaleza maltratada, intérprete de melodías imposibles.
Estás tan sólo.
Lloraría por ti si mis lágrimas no fueran a perderse en tu torrente.
Te gritan los tranvías, los transeúntes, las piedras del Parlamento.
Tú no te inmutas.
Pareces tan indiferente.
Fuiste frontera del Gran Imperio Romano
Y, sin embargo, ni los dioses del Olimpo podrían nominarte.
Las batallas a tus orillas te tiñeron de sangre.
El humo de los cañones tiznó tus aguas tumultuosas.
Has visto niños nacer; y morir.
Miles de cadávares se han mecido en tu lecho.
Los pueblos que te contemplan, a los que nutres y vivificas,
te conocen como
Danubio
Donau
Dunaj
Dunav
Duna
Dunărea
¿Te reconoces?
Eres tú, la misma faz, diferente lengua.
Pero no hay caso.
Sigues estando sólo.
Porque eres demasiado hermoso para existir.

El Danubio a vista de pájaro (Budapest, Hungría)

El Danubio a vista de pájaro (Budapest, Hungría)

Miedo al referéndum

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La democracia no es, la democracia se construye

Los políticos españoles tienen miedo de los referéndums. De ahí que no los convoquen, que les de alergia mencionar la palabra, que intenten trivializar su importancia. En democracia, el referéndum tiene un papel fundamental en la expresión de la voluntad del pueblo.

En las democracias occidentales, se insiste en el hecho de que los ciudadanos van a las urnas cada cuatro años, como si esta fuera la prueba irrefutable de la calidad excelsa de ese gobierno del pueblo que, como bien sabemos, etimológicamente es lo que significa dēmokratía. Pero no lo es.

El hecho de poder votar en unas elecciones, sean de la índole que fuere, es sólo el primer paso en lo que podríamos denominar una democracia real. Dado que los programas electorales y las promesas hechas en campaña suelen quedar en papel mojado durante las legislaturas, la posibilidad de opinar sobre diferentes cuestiones, a través de un plebiscito o consulta popular, es vital.

La democracia no es, la democracia se construye

 

En un país como España es imprescindible que se desarrolle el mecanismo del referéndum como herramienta para fomentar la participación de la ciudadanía en la política del país y en todos los asuntos que la atañen. Los políticos y los partidos que dicen representarnos, más allá de su valía –que, en mi opinión, es escasa-, pretenden ser los adalides de un pueblo al que ni escuchan cuando habla ni permiten hablar cuando empieza a balbucear.

España, un país en el que la ley electoral es asimétrica y un voto no vale uno sino dos o cero, según dónde se ejerza este derecho.

España, un país en el que se ha aprobado una Ley de Seguridad Ciudadana, denominada (im)popularmente “Ley Mordaza”, que sitúa a la misma altura un acto vandálico y una protesta frente al Congreso. Limita la libertad de expresión y de reunión de los ciudadanos; reduce el ámbito cubierto por el derecho a la intimidad; otorga poderes extraordinarios a los cuerpos de seguridad del Estado. En fin, criminaliza la protesta y pisotea la presunción de inocencia.

España, un país que secundó y aprobó una intervención militar en Irak pese a que dos millones de personas salieron a la calle para gritar “No a la guerra” y pese a que según las encuestas –descifradas en clave partidista siempre- cerca de un 70% de la población rechazaba la guerra. Un referéndum hubiera impedido que se tomara la decisión de apoyar a EE.UU. y Gran Bretaña en su ataque a Irak. Por eso no se propuso.

España, un país que ha sostenido y fomentado un sistema bipartidista durante toda su historia moderna, salvo las décadas que, peor aún, ha vivido bajo dictaduras de líder único.

España, una nación plural, según la Constitución, dividida en comunidades autónomas como mal menor, con cinco lenguas cooficiales además del idioma oficial, el castellano. Las diferencias económicas entre unas comunidades y otras son rampantes; la multiplicidad de administraciones públicas a nivel local, regional y nacional, sangrante.

España, un Estado que dejó atrás 40 años de dictadura con una Constitución adecuada para salir del paso –meritoria para el momento- y que, en 2015, pretende seguir desarrollándose como nación basándose en un esquema político, social y jurídico obsoleto. Hay que superar el discurso de 1978 (pdf).

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Los políticos pretenden ser los adalides de un pueblo al que no dejan opinar, ni tan siquiera balbucear

No estoy hablando de revolución sino de evolución; de opinión en lugar de imposición; de libertad y responsabilidad frente al gastado paternalismo estatal; de educación política más allá de ideologías y oportunismos.

La democracia real precisa de un cuerpo político abierto al debate, de una sociedad responsable e informada, de unas instituciones transparentes y de unos medios de comunicación plurales e imparciales. Sin esto, lo que tenemos es una democracia enferma, que no hace honor a su propio nombre, reducida a ser un sobre blanco y otro naranja que se introducen por una rendija, una vez cada cuatro años, en un saco roto.