Costa dálmata: Split y Hvar (Croacia)

Puerto de Split, visto desde el ferry Hvar-Split (Croacia)

Puerto de Split, visto desde el ferry Hvar-Split (Croacia)

El convulso siglo XX en Europa es el causante de muchas paradojas nacionales. Es el caso de Croacia, una de las naciones independientes más jóvenes del viejo continente que, sin embargo, tiene muchos siglos de Historia. Si sólo tenemos en cuenta las fronteras trazadas en la actualidad, no entenderemos el devenir de este país de los Balcanes.

Las huellas dejadas por romanos, venecianos y austrohúngaros aún se pueden ver en sus monumentos de piedra y en los trazados sinuosos de sus calles, como las del barrio de Veli Varos, en Split.

 

Los celtas, los ilirios y los otomanos también pasaron, tomaron y perdieron sus conquistas en este pedazo de tierra balcánica

 

La costa adriática, desde Istria hasta Dubrovnik, es el mayor reclamo turístico de Croacia. Clima templado, aguas cristalinas, cientos de kilómetros de costa, islas encantadoras y buen pescado fresco regado con vino blanco de los viñedos de Istria o tinto de la península de Pelješac.

El turismo supone para Croacia más del 20% del PIB y en temporada alta -julio y agosto- las masas de turistas, especialmente alemanes, eslovenos y checos, inundan, literalmente, las playas, los ferrys, las islas y las ciudades costeras.

Split

Hace algún tiempo, traté sobre Dubrovnik, la “perla del Adriático”, Pelješac y la costa de Makarska. Voy a continuar viaje hacia el norte, siguiendo la costa, hasta llegar a Split.

Split es la ciudad más romana de Croacia. El paseo marítimo, la Riva, está pavimentado de tan blanco y lustroso mármol que, mirándonos los pies, nos veremos reflejados por entero. Turistas y oriundos, paseantes o sedentes, se entremezclan en este paseo a la orilla del Adriático, sobre todo al atardecer.

El centro de la ciudad está construido alrededor de los restos del palacio de Diocleciano. Las estrechas calles de adoquines van a dar a la plaza de Peristil (plaza de Armas) y a la catedral de San Duje, edificadas sobre el antiguo suelo romano. Los sótanos del antiguo palacio de Diocleciano se pueden visitar aunque apenas son unos cuantos cuartos húmedos de paredes desnudas. En mi opinión, su interés arqueológico es muy limitado pero que cada cual decida frente a la verja de entrada.

Salpicado de cafés, restaurantes y bares, el casco antiguo es un buen lugar para sentarse, tomar algo y ver el tiempo pasar. Aunque el palacio es el monumento más llamativo de Split, reconozco que tengo predilección por el humilde barrio de pescadores de Veli Varos, una intrincada red de callejas adoquinadas y casas bajas de piedra vista, sin adornos ni pinturas, en la que apenas puedes encontrar una tiendina de ultramarinos regentada por una vecina desde hace 40 años o un diminuto restaurante que ofrece pescados recién arrancados del mar con una red cien veces remendada y una barquichuela de casco oxidado.

Desde el mirador del parque forestal de Šuma Marjan, muy cerca de la recoleta iglesia de San Nicolás, hay unas vistas magníficas de la ciudad de Split, el puerto y el mar Adriático.

De Split a la isla de Hvar

Split es uno de los principales puertos de pasajeros de Croacia. Para el visitante, lo más interesante es que parten ferries tanto a Brač como a Hvar. Como la primera no la pisé, por falta de tiempo, voy a saltar directamente hasta la segunda, Hvar, una isla de contorno alargado con un puñado de poblaciones habitadas e interminables campos de lavanda asimétricos. Tierra adentro, entre finales de primavera y el último mes del verano, el violeta de las flores se extiende hasta ligarse con el hondo azul del Adriático.

El perfumado olor de la lavanda nos acompañará durante nuestra visita a la isla ya que parte de la economía local está basada en la fabricación de jabones, saquitos ambientadores, aceites y cremas de esta planta.

Isla de Hvar (Croacia)

Hvar, ciudad (Isla de Hvar, Croacia)

La isla de Hvar es un lugar tranquilo, al menos si no vamos en pleno verano. Se puede llegar en ferry desde Split, a Stari Grad o Hvar –ciudad- o, si se sube desde Dubrovnik, desde la pequeña localidad de Drvenik, que une el continente con la población de Sućuraj.

De una punta a otra, en coche, no habrá más de una hora y media por carreteras de un carril en cada sentido. Entre Sućuraj y Jelsa, se extiende la tierra más indómita, matojos, arbustos, flores silvestres y algunas especies endémicas que crecen en las rocas. Pocos campos labrados, algunos huertos y casas de piedra aisladas jaspean las orillas de la calzada.

Jelsa es un pueblo de postal. Rodeada de bosques de pinos y exuberante vegetación –al menos comparada con el resto de la isla, que es bastante seca-, está escondida detrás de una montaña de poca altura. Aparece a la vista tras una curva bastante cerrada que esconde la bahía a la que se asoma la placita, la iglesia y los tres bares-restaurantes que conforman el casco antiguo. Un remanso de quietud, al menos en abril, cuando la visité.

Vrboska, a 5 kilómetros de Jelsa, se extiende a ambos lados de un regato de agua salada horadado por el Adriático. Las casas de tonos ocres, amarillos o grisáceos, los tejados anaranjados y el puente de piedra de tres ojivas parecen congelados en un tiempo pretérito. Las barcas de pescadores, blancas con su discreta franja de color rojo, azul o amarillo, flotan en la quietud del canal, sin mecerse apenas. Si das una vuelta por Vrboska, te toparás con la iglesia fortificada de Santa María, una peculiar construcción militar y religiosa.

Las dos poblaciones principales son Hvar y Stari Grad. La primera es opulenta y guerrera, con su castillo y sus cañones apuntando hacia la bahía. La segunda es una reminiscencia de otra época en la que el bullicio y el gentío no existían. Hvar es luz, reflejos en el agua, comercios elegantes y restaurantes con mesas decoradas con velas y flores. Stari Grad es piedra, en muros y pavimentos, horizontal y vertical; las puertas y contraventanas de madera abren vanos de colores en el gris de la piedra: verde y rojo.

Libros y violonchelos

Dos escritores sobre los que ya he tratado en pasadas entradas de este blog: Dubravka Ugrešić, croata exiliada en Ámsterdam, y Miljenko Jergović, sarajevita afincado en Zagreb desde 1993.

En los últimos años, ha saltado a la fama un dúo de jóvenes croatas llamado 2 Cellos. Hacen versiones de temas muy conocidos de rock, llevándolos a la partitura de sus dos violonchelos. Aprovechando que se celebra el 25º aniversario del álbum “Nevermind”, de Nirvana, os dejo un vídeo con la personalísima versión de estos dos instrumentistas del tema más conocido del disco, “Smells Like Teen Spirit”.

Información práctica

Transporte marítimo: hay mucho tráfico entre las islas y el continente, especialmente en verano (cuando, también, se forman largas filas para acceder a los ferries y catamaranes). Los ferries son bastante caros, la mayor parte pertenecen a la compañía Jadrolinija. Los catamaranes, en los que no se puede subir el vehículo, son sólo para pasajeros, salen mucho mejor de precio

Ferries, horarios y trayectos: http://www.jadrolinija.hr/en/ferry-croatia

Hay muchas páginas web de turismo de Croacia. Ésta es una de ellas: http://www.lacroacia.es

Carreteras: están en buen estado pero suelen ser de carril único en cada sentido. La costa tiene bastantes entrantes y salientes por lo que la velocidad media que podemos llevar no es muy elevada. Perfectas para disfrutar del paisaje, eso sí.

Autopista: en Dalmacia encontramos una única autopista que nace en Zagreb y termina a la altura de Ploce, a unos 100 kilómetros al norte de Dubrovnik. Tiene peajes.

Aparcamiento: suele ser de pago, tanto en la calle como en improvisados parkings de tierra cerrados con una barrera.

Moneda: la kuna es la moneda oficial. Como es habitual, el peor cambio lo dan en el aeropuerto, intentad evitarlo. Los dueños de algunos apartamentos aceptan euros sin problema, al cambio oficial.

Alojamiento: la mayor parte de la infraestructura turística de Croacia está compuesta por particulares que alquilan viviendas o habitaciones privadas. Hay pocos hoteles.

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Adichie, mujer negra nigeriana escribe

Chimamanda Ngozi Adichie, escritora nigeriana

Chimamanda Ngozi Adichie, escritora nigeriana

Mujer, joven, negra, nigeriana y escritora… Lo primero que se me pasa por la cabeza cuando la descubro, leyendo el blog de Devoradora de libros -una mujer descubriendo a otra mujer, como es “casi” norma- es que Adichie tenía todas las papeletas para haber permanecido en el anonimato durante todos los años que vaya a durar su vida.

Empecé a leer su biografía, un poco por encima, para saber cómo había conseguido llegar a publicar su primera novela, “La flor púrpura“, y cómo había sido posible que la imponente editorial Random House Mondadori hubiera tenido a bien publicar el resto de sus novelas.

Nigeriana de nacimiento y estadounidense de adopción. Estudió en “la tierra de las promesas”, hizo un par de másters, de escritura creativa y estudios africanos, este último en Harvard. Probablemente no le hubiera hecho falta pero, qué le vamos a hacer, la “titulitis” ha afectado de tal modo a nuestras sociedades que, sin máster, su carrera hubiera quedado deslucida. Incluso puede ser que no la hubieran invitado a ciertos saraos o que algunos medios de comunicación hubieran buscado su dosis de exotismo africano en otra parte.

No es mi intención quitarle mérito a Chimamanda Ngozi Adichie. Emigró con una beca a Estados Unidos con 19 años y se buscó la vida. Tiene talento, es una buena narradora, se le da muy bien entremezclar Historia, humor, tragedia y amor. Habla claro, sin irse por las ramas, va directa a su objetivo, adereza su discurso con alguna anécdota y lo sirve frío pero con una sonrisa dibujada en la boca.

En sus dos últimas novelas, “Medio sol amarillo” y “Americanah” , se refleja ese estilo que les es propio a los autores estadounidenses, llamémoslo pragmático. Con sus pinceladas de lirismo descriptivo, por supuesto.

Lo que consigue Adichie, y es muy meritorio, es que sus libros puedan ser leídos por un público muy amplio porque no defrauda ni a los que buscan una trama sin fisuras o parones ni a los que pretenden leer literatura de calidad (con un vocabulario que vaya más allá de las cuatro frases hechas de turno y los diez verbos comodín).

Biafra, ¿y eso dónde está?

Medio Sol Amarillo” es el espejo de la Nigeria postcolonial de los años sesenta. No sé vosotros pero, cuando yo estaba en el colegio -y no hace tantos años de eso-, África sólo se mencionaba para hablar de colonialismo -la famosa imagen de la vertical y la horizontal trazadas por franceses e ingleses con sus “posesiones” en el continente-.

En esa época de estudiante, el postcolonialismo se reducía a un par de fechas de independencia y, si mal no recuerdo, al movimiento Mau Mau de Kenia, esto último casi contado como una anécdota por el profesor de Historia ya que ni aparecía en el libro.

El conocimiento que adquirimos entonces, más bien nulo, vino a mezclarse y agitarse con las noticias que íbamos viendo y leyendo en los medios de comunicación, casi todas ellas relacionadas con hambrunas, matanzas, emergencias humanitarias y golpes de estado. Hoy en día es más probable oír hablar de África por la llegada de inmigrantes a Europa que por lo que, propiamente dicho, sucede allí.

Así las cosas, cuando abrí “Medio sol amarillo“, descubrí qué había sido Biafra. Me sonaba aunque admito que no estaba muy segura de qué, ¿era un país, una región, el nombre de una guerra? El título de la novela hace referencia, precisamente, a la bandera de esa nación efímera.

Bandera de Biafra (África)

Bandera de Biafra (África)

Como no me gusta destripar libros, me voy a abstener incluso de ofreceros una sinopsis. Simplemente, os dejo una frase extraída de él: “Y también la hambruna fue lo que hizo  que la Cruz Roja Internacional considerara Biafra la situación de emergencia más grave desde la segunda guerra mundial.” (fuente: Literafrica).

Americanah, una nigeriana en EE.UU.

Como decía al principio de este artículo, Adichie es mujer, nigeriana, negra y, añado ahora, feminista. No creo que le quedara más remedio que serlo y no lo digo en broma. Como inmigrante perteneciente a un continente, a una raza y a un género maltratados, no le quedó más opción que reivindicar su estatus y hacerse valer.

Americanah“, su última novela publicada, tiene cierto aroma a autobiografía o, al menos, parece basada en su propia experiencia. Aunque parezca curioso, la reivindicación principal del libro viene en forma de pelo. Sí, lo que leéis, en forma de pelo, en este caso, afro.

Hay objetos y palabras que tienen un valor superlativo porque han conseguido convertirse en la metáfora de un prejuicio, de una época o de una filosofía de vida. Al pelo afro le sucede precisamente esto; es el símbolo de la negritud, en particular de la mujer negra. De ahí que sea castigado, cortado, alisado, engominado, escondido, camuflado y, sobre todo, vilipendiado.

Pero es una batalla perdida porque el pelo afro de la protagonista de “Americanah”, como el de la propia Adichie, es rebelde y fuerte, revive siempre que creen haberlo vencido.

 

El orden natural de las cosas

No está solo quien quiere sino quien no puede evitarlo (Villa de los misterios, Pompeya, Nápoles)

No está solo quien quiere sino quien no puede evitarlo (Villa de los misterios, Pompeya, Nápoles)

El escritor portugués Antonio Lobo Antunes puso por título “El orden natural de las cosas” a su novela coral sobre la soledad, una obra difícil de leer en la que los doce personajes que habitan entre sus páginas se deshilachan y disuelven entre sus propios recuerdos y desmemorias.

Se han escrito tantos textos, tantos párrafos, tantas frases, tantas palabras sobre la soledad que parece una tarea estéril intentar aportar algo novedoso. En el sentimiento como tal no ha habido ningún cambio desde el principio de los tiempos. Pero sí que lo ha habido en la forma en la que lo entendemos o nos enfrentamos a él y en el sentido que, socialmente, se le da.

Hoy, al menos en las sociedades occidentales, la soledad está mal vista, es sinónimo de rechazo social, de inadaptación, de patología, de enfermedad mental. No está solo quien quiere sino quien no puede evitarlo.

Las redes sociales nos obligan a comunicarnos constantemente; el mundo laboral gira entorno a la sociabilidad de cada uno; la vertiente comercial que se exige a nuestra personalidad –eso que ahora llaman branding personal, el yo como marca o el coaching- tiene a la soledad como enemiga.

El género literario, si se le puede llamar así, que más ha crecido en las dos últimas décadas ha sido el de “tú-mismo-puedes-hacerlo”. El self-made man y self-made woman que proclamaba uno de mis profesores de 1º de carrera, dándoselas de entendido (y de políglota).

Este género se puede, a su vez, dividir en varias ramas, la mayoría de las cuales empiezan por el adverbio “como”: cómo triunfar en los negocios, cómo ser feliz, cómo estar en forma sin moverse del sofá,  cómo ligar, cómo ser el mejor y hasta cómo comer (entiéndase, dietas y hábitos alimenticios saludables).

Escultura (Agüimes, Gran Canaria)

Escultura (Agüimes, Gran Canaria)

Los libros de autoayuda fueron los primeros en romper el hielo. En los noventa, en los medios de transporte público, en las consultas de los dentistas y en las mesillas de noche de los habitantes del mundo “rico” se asomaban, e incluso apilaban, las portadas de tipografía llamativa y promesas de felicidad de los libros de autoayuda.

Las listas de más vendidos “no ficción” estaban permanentemente encabezadas por títulos del tipo “tus zonas erróneas” o “El hombre en busca de sentido”. La inteligencia emocional descrita por Daniel Goleman puso su granito de arena, probablemente sin pretenderlo, en la fulgurante carrera al estrellato de los textos de autoayuda. Hoy, se lleva más el mindfulness y cualquier cosa que suene oriental; son los herederos del movimiento.

Un poco después, se fueron abriendo paso los manuales más capitalistas que se han escrito a lo largo de la historia: piense y hágase rico, cómo emprender y triunfar (o no morir en el intento), la clave del éxito (dando por hecho que hay una) y demás títulos autoexplicativos.

No sé si vosotros, lectores, sabréis de alguien que haya conseguido cambiar su vida gracias a la lectura de estos libros. Lo que sí que ha llegado a mis oídos son los múltiples casos de escritores de estos best-sellers que han visto las cifras de sus cuentas bancarias incrementarse en varios ceros (hacia la derecha, claro).

Pero sucede que estos libros hacen falta porque la presión es intolerable. Fracasas si no tienes pareja, si no tienes un buen empleo bien remunerado, si no triunfas (materialmente) en la vida, si tu cuerpo se niega a  bajar del 22 en la escala de masa corporal, si envejeces, si no eres feliz y te pasas la vida sonriendo y pensando en positivo.

¿Habéis sentido alguna vez esa imposición social? Se percibe mejor en el sentido negativo que se le da a las formas de vida alternativas o al pensamiento discrepante. Se dice que arruinamos nuestra vida cuando perseguimos un sueño que se sale de la lógica del capital; se asume que somos desgraciados cuando no tenemos pareja sentimental; estamos estigmatizados si en Facebook nuestros contactos no llegan al centenar –como mínimo-; se nos considera hundidos en la miseria si no tenemos el último modelo de móvil. Y tantos otros ejemplos.

La soledad no es mala per se, lo es sólo si es indeseada desde lo más profundo del corazón, si la sentimos como una renuncia, como un pesar. La soledad no es un sentimiento que pueda ser dictado por la sociedad ni va a desaparecer porque, artificiosamente, construyamos mundos de papel poblados por seres virtuales y bienes materiales que, más que llenarnos, nos vacían. Esta soledad en compañía es más profunda y está más insatisfecha consigo misma: desterrémosla.

Nuevos tiempos, viejas prácticas

El sistema ahora persuade en lugar de amedrentar, ofusca en lugar de amenazar, ejerce presión económica en lugar de violencia física (graffiti sobre el muro de Berlín, Andrej Sacharow)

El sistema ahora persuade en lugar de amedrentar, ofusca en lugar de amenazar, ejerce presión económica en lugar de violencia física (graffiti sobre el muro de Berlín, Andrej Sacharow)

 

Ismael Kadaré, escritor albanés, eterno candidato al premio Nobel de Literatura, reconstruye en sus novelas y relatos cortos, con tenacidad, la vida en la Albania comunista bajo el poder del partido único y del Dirigente (con mayúscula, como lo tenían que escribir los albaneses en esa época).

Conocemos el miedo, las purgas, las políticas de reeducación, las caídas en desgracia, los ostracismos tierra adentro, los encarcelamientos, la dureza de los planes quinquenales y demás características de los regímenes comunistas del siglo XX, desde Mao hasta Stalin, Tito o Ceaucescu; muchas voces críticas han gritado, rememorado, escrito y narrado historias sobre las desviaciones del sistema –si es que el sistema entero no era ya de por sí una desviación profundamente deshumanizadora-.

Las democracias occidentales nos jactamos de nuestra superioridad moral frente a los movimientos extremistas de partido único que subyugan a los ciudadanos empleando la intimidación y el brazo de hierro. Y, sin embargo, el poder –o sus detentadores, si preferimos sacar el concepto de la abstracción- no ha perdido ni un ápice de su pujanza. Simplemente, ahora persuade en lugar de amedrentar, ofusca en lugar de amenazar, ejerce presión económica en lugar de violencia física.

L de Libertad

En el relato “El vuelo de la cigüeña”, Kadaré narra un episodio vivido por un joven escritor. El protagonista decide ir a una ciudad de provincias a buscar a un poeta octogenario que, hace ya tiempo, fue apartado por el gobierno de la vida pública. Cuando va en el autobús, sufre un control policial tras otro hasta que, en el último, un civil que acompaña a los dos cabos del ejército le hace una sencilla pregunta ¿por qué va a usted a X –el pueblo en cuestión-? Él no sabe o no quiere contestar y se encoge de hombros, temiendo lo peor.

En el contexto de la historia, la pregunta forma parte del engranaje coaccionador del régimen. Pero, ¿no nos resulta familiar? En la aduana de muchos países, especialmente en Estados Unidos, no diría yo que preguntan, más bien indagan, hurgan y casi someten al visitante a un interrogatorio sobre los motivos de su viaje. Ni que decir tiene que gente de lo más corriente ha tenido que pasar varias horas en el cuarto policial del aeropuerto porque sospechaban, quién sabe por qué razón, de sus intenciones.

Pienso también en todos esos inmigrantes, cuyo color de piel los delata a ojos de los cuerpos de seguridad del Estado, que son requeridos por la policía mientras caminan tranquilamente por las calles de la ciudad.

Por no hablar de la amenaza a las libertades ciudadanas que supone la conocida como “Ley Mordaza”.

El comunismo fue un sistema político muy coercitivo (Budapest, coche aparcado en la ciudad vieja)

El comunismo fue un sistema político muy coercitivo (Budapest, coche aparcado en la ciudad vieja)

E de Empleo

En “Historia de la Liga Albanesa de Escritores frente al espejo de una mujer”, otra “micronovela” del escritor albanés, se celebra una asamblea en la que el potentado del Partido informa a los miembros de la liga de escritores de que, dado que no se merecen otra cosa por su mala praxis, van a reducirles el salario –una vez más- y van a enviarles al campo para que aprendan lo que es el realismo socialista.

La comparación puede parecer hiperbólica pero ¿no nos recuerda a nuestro mercado laboral, en el que los que menos cobran son siempre los que ven reducidos sus salarios? ¿Los contratos por semanas, días u horas no crean una inseguridad que se puede asimilar –salvando las distancias- a la que se vivía en los países comunistas? ¿Qué libertad personal se tiene con los turnos rotativos que cambian constantemente, las jornadas interminables llenas de horas extras no reconocidas ni pagadas, los empleos en los que se requiere que el trabajador acuda a horas salteadas cuando hay picos de demanda?

P de Producción

La obsesión comunista con la producción, con su incremento constante, me recuerda demasiado a todas esas empresas que, anualmente, tienen que incrementar sus beneficios en un 20 o un 30% para tener, dicen, a sus accionistas contentos. Caiga quien caiga y al precio que sea necesario.

La palabra productividad, que comparte protagonismo con el término especulación, es la reina en el mundo de los negocios. La tecnología y la automatización multiplican la productividad y, ya de paso, reducen el empleo y deshumanizan los procesos.

T de Trabajador

Recuerdo también ese discurso repetido ad infinitum por los líderes comunistas, los capataces y los encargados de fábricas, que tantas veces he leído, sobre la importancia de las personas y de humanizar los procesos, de construir la felicidad en el mejor de los mundos posibles en el que todos debían ser iguales. La fraternidad y el amor, la camaradería y el compañerismo eran los valores más importantes. Por supuesto, la realidad era bien distinta.

Hoy, en nuestros paraísos de cartón, el discurso es el mismo. Las frases que se repiten, martilleando nuestros cerebros, alaban el talento y la valía personal, insisten en el valor del componente humano, en la continua mejora del clima laboral (palabras textuales del discurso imperante). ¿Qué nos encontramos tras estas rimbombantes y bellas palabras? Justo lo contrario –en la mayoría de los casos-: empleados maltratados, hartos, reducidos a ser un número, mal pagados y en constante involución gracias a la rutinización de las tareas.

C de Corrupción

La corrupción de la intelligentsia, tan evidente a ojos de los subalternos y de parte de la población de los estados que vivieron bajo el comunismo, era ciertamente real pero se producía a pequeña escala –hablando de cifras- comparada con las cotas alcanzadas en el rico Occidente democrático y capitalista, no sólo en la política –la más llamativa y escandalosa- sino también en el entorno empresarial, con los bancos en vanguardia.

Sólo hace falta recordar las subprimes que han envenenado el sistema financiero mundial y otros productos bancarios como las preferentes de Bankia para darse cuenta de que el beneficio es lo único que importa. El egoísmo de muchas firmas las ha llevado a falsear sus cuentas –Abengoa, la CAM o GoWex por dar algunos ejemplos- e incluso a poner en riesgo la salud de la ciudadanía –cualquiera de los casos de productos retirados del mercado entre otros alimentos, juguetes, medicamentos o el muy mediatizado caso de las prótesis mamarias de la empresa francesa Poly Implant Prothèse-.

La corrupción se da en el mundo de la política, de la empresa o de la banca (centro Sony, Berlín, Alemania)

La corrupción se da en el mundo de la política, de la empresa o de la banca (centro Sony, Berlín, Alemania)

I de Interés

El amiguismo, el caciquismo y el clientelismo eran comunes en la época comunista –y antes también, sólo hay que echar un vistazo al siglo XIX español-. La diferencia entre aquellos tiempos y los nuestros es que ahora está bien visto, se financia abiertamente y se reconoce que se practica. Parece increíble pero no lo es en absoluto. Hoy en día, este fenómeno lleva el nombre de “lobby”. Son los lobbies los que presionan a los políticos para conseguir leyes que les favorezcan o, al menos, para que hagan la vista gorda para poder continuar actuando como monopolios u oligopolios, entre otras muchas prácticas muy alejadas del interés general.

Ahora pregunto, ¿de verdad creemos que vivimos en un tiempo tan diferente?

Ficciones

Pueblo de Los Ancares (entre Lugo y León)

Pueblo de Los Ancares (entre Lugo y León)

Cuenta la tradición que hace muchos, muchos años, en un tiempo pretérito del que ni siquiera los más ancianos del lugar guardan recuerdo, el pueblo en el que pasé los veranos de mi infancia era un lugar bello y apacible. Escondido en un fértil valle, a las gentes del lugar no les faltaba de nada: un río para saciar su sed y regar los cultivos; tierra negra y generosa en la que crecían los frutos sembrados; lluvia, viento y nieve, traídos por el otoño y el invierno; música generosamente brindada por los instrumentos y las voces de los aficionados; casas robustas de piedra y pizarra que albergaban a las familias y sus animales; fiestas comunales en las que se celebraba el amor de una pareja, el nacimiento de un niño o el cumpleaños de algún oriundo del pueblín.

Los vecinos se cruzaban por las calles empedradas saludándose con alegría, los puestos del mercado coloreaban la plaza cada sábado por la mañana, el agua corría cristalina entre las rocas que formaban el lecho del río y los forasteros eran invitados a té con hierbabuena junto al fuego del hogar o, cuando el sol calentaba, sobre la gran piedra que hacía las veces de banco en el porchecito de todas las casas.

De mi más tierna infancia recuerdo, sobre la chimenea apagada del salón de la casa de mis abuelos, un cuadro al óleo en el que se podía ver este paisaje idílico, desde el aire, una copia local del estilo del pintor Brueghel, al que llamaban “el Viejo”. Mi abuelo miraba hacia el cuadrito con lo que ahora creo entender que era nostalgia y suspiraba, murmurando frases ininteligibles. Yo, que apenas tenía cinco o seis años, no podía entender qué era lo que el padre de mi madre echaba tanto de menos. La vida en aquel pueblo era aburrida, monótona, demasiado silenciosa. Prefería, sin duda, cualquiera de las tres consolas de videojuegos que tenía en la ciudad o alguno de mis coches de juguete con sus circuitos y mis muñecas articuladas o esos días en los que mis padres me llevaban al cine, comíamos bolsas gigantes de palomitas, un refresco tamaño XXL y hamburguesas con patatas fritas, a la salida.

La abuela dice que el cambio fue paulatino pero irreversible, que nadie se dio cuenta de lo que estaba pasando hasta que fue demasiado tarde. Bueno, sí que se dieron cuenta, lo que sucedió fue que, al principio, creyeron que, como les habían contado, todo lo que se estaba haciendo en el pueblo era beneficioso para sus habitantes. Algunos se enriquecieron, inicialmente. Eran los “especuladores”, una palabra que se inventaron en el pueblo para llamar a los que, sin esfuerzo y sin pegar palo al agua, conseguían llenarse los bolsillos. Era difícil explicar cómo lo hacían. El profesor de la escuela decía que aquello era un ejemplo claro de “materialismo histórico”. Nadie terminaba de entender qué quería decir eso del… Bueno, como se llamara. La cuestión era que sin plantar, sin recoger, sin ordeñar, sin pastorear, sin amasar y sin tan siquiera sudar, algunos vestían buenos trajes, compraban carne y pescado en abundancia e incluso, cosa desconocida hasta entonces en el pueblito, ¡se iban de vacaciones! Ver para crear, murmuraban.

Pueblo de Los Ancares (detalle) (entre Lugo y León)

Pueblo de Los Ancares (detalle) (entre Lugo y León)

Otros decidieron vender y, con lo que sacaron de la operación, descubrieron las comodidades de lo que llamaban progreso: la lavadora, la nevera, incluso el coche. Les duró poco aquel dinero de la venta. Como ya no tenían tierra que cultivar ni animales que ordeñar ni materia prima para hacer leche y cuajadas, ni tomates, peras y manzanas para hacer compota ni aguardiente, tuvieron que ponerse a trabajar para otros. Sus antiguos campos se habían convertido en pasillos esquilmados por grandes máquinas a tracción; allí la mano de obra humana era innecesaria. El mercado con sus puestos desastrados y medio deslavazados fue sustituido por un centro comercial lleno de –esto sí que nadie sabía exactamente lo que era- “franquicias”. Parece ser que lo de las franquicias venía a ser como si todos los puestos del mercado hubieran sido de la misma persona y los productos que se vendían también y los campos en los que se cultivaban también y así sucesivamente. Impensable, ¿quién podía ser tan rico? Sólo el rey ¡y ni siquiera!

Una compañía de teléfonos se instaló también en el pueblo, justo en la entrada principal, bien comunicada por la carretera comarcal. Aunque había varias hectáreas de terreno disponibles alrededor, la empresa, a través de su portavoz, negoció con el banco la expropiación de varias viviendas, entre ellas la de mis abuelos. Alguien dijo que el ayuntamiento había dado su visto bueno y que los propietarios serían indemnizados. Presentó un papel y lo llenó de firmas. Las máquinas demoledoras hicieron su trabajo en apenas ocho horas. El conductor cobró 25€ por el día pasado en el tajo. El abuelo, desconsolado, murió de pena poco tiempo después de ver cómo su casa era destruida por un bulldozer.

Los vecinos del pueblo pasaron a ser “mano de obra por cuenta ajena”. Perdieron sus nombres de pila, ahora eran un número, de cinco dígitos. Mi abuelo era el 46664. Los desalojaron de sus casas de piedra, que iban a ser convertidas en alojamientos rurales para turistas; pasaron a ocupar una serie de barracones prefabricados en los que podían dormir hasta 30 personas. El nuevo barrio pasó a llamarse “Paradise”. Todos los que vivían en él estaban tan contentos de habitar allí que jamás se mudaron; los años, los lustros y las décadas pasaron y ellos seguían allí. Por no salir, ni siquiera lo hacían de los barracones, salvo para ir a colaborar con la empresa que los había seleccionado, lo que antes se llamaba ir a trabajar por un salario –expresión pasada de moda ya por aquel entonces-.

El pueblo cambió de nombre. La cartela que daba la bienvenida a los visitantes anunciaba en flamante letra gótica: “Sun Village”. A las afueras, edificaron un par de urbanizaciones con piscina, un campo de golf, dos hoteles y tres bloques de apartamentos, todo en estilo colonial, según rezaba el proyecto que cayó en manos del concejal de urbanismo. ¿Objeciones? Hummm, ¿comisión? 300.000€. Firmado.

Miro por la ventana de mi cuarto y veo la pared de enfrente. Yo también soy, como mi abuelo, un número, pero más largo; se ve que en la ciudad somos más: soy 25.468.751. Me costó un poco acostumbrarme, me gustaba más cuando todo el mundo me llamaba Andrea.

Continúo mirando la pared de enfrente, con empeño. Es blancuzca. Lisa. Bueno, pretende ser lisa. Me concentro y, por fin, comienzo a ver, borrosos, los ángulos del marco. Aparecen los colores, difuminados al principio. Verde, azul, gris pizarra, naranja teja. Unos puntitos diminutos se animan en el centro. Son los vecinos del pueblo, saludándose, comprando en el mercado, riendo, discutiendo. Al fondo, los campos llenos de frutas maduras y de trigo germinado. Es verano.

Vuelvo los ojos hacia el cristal de la ventana. Me atisbo en su reflejo. Llevo puesta, en mi máscara-cara, la mirada nostálgica de mi abuelo.