El feminismo como alternativa al neoliberalismo

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El feminismo no es un movimiento, es una ideología, una “narrativa” -como gustamos denominar últimamente a los corpus teórico-prácticos de pensamiento-. No nació hace cuatro décadas con los movimientos reivindicativos de los 70 ni a finales del siglo XIX con el sufragismo. No, el feminismo tiene una historia mucho más larga que podemos rastrear allá por el siglo XVII, el Barroco, para seguir sus huellas en los salones del XVIII (el siglo de las luces y la conversación) [“¿Qué es el feminismo y qué retos plantea?” por Amelia Valcárcel, pdf].

Cuando hablamos de feminismo, constantemente nos referimos a lo que no es porque, para desacreditar un movimiento o una ideología, sus detractores intentan minimizarla, encasillarla, negativizarla. De ahí que nos veamos en la obligación de insistir en lo que no es el feminismo:

  • No es la contrapartida del machismo ni su opuesto.
  • No es un movimiento.
  • No es una ideología de clase.
  • No pretende situar a las mujeres por encima de los hombres.
  • Y no, no es exclusivo de las mujeres. Bien al contrario, es inclusivo y pretende ir más allá de la dicotomía de género incluyendo, por igual, a hombres y mujeres.

El feminismo, en su esencia, se opone al capitalismo, al neoliberalismo, a la inequidad y a la desigualdad. En positivo, podemos decir que es una ideología universal que busca la igualdad económica, social y cultural de todos los seres humanos.

Desde la caída del muro de Berlín, en 1989, no hay -dicen- alternativa al capitalismo (o a su última etapa, la que vivimos en la actualidad, el neoliberalismo). El fin de la historia fue proclamado por Francis Fukuyama. La filosofía política actual chapotea entre los escombros del comunismo, las revisiones de la revisión de la revisión del pensamiento marxista y el conocido programa neoliberal, que todos conocemos, basado en el laissez-faire.

Mientras la teoría parece haber entrado en barrena en las dos últimas décadas, los movimientos sociales estallan por doquier. Sin ser exhaustiva, puedo mencionar un buen puñado: en América latina, en los países árabes (la “primavera árabe”), el conocido como 15-M, las revueltas en Grecia… Quizás podríamos incluir algunas de las corrientes feministas más en auge: el movimiento queer, la visibilización del trabajo doméstico, la lucha contra la violencia machista (o patriarcal), las reivindicaciones de las mujeres musulmanas o indias. Son sólo unos ejemplos.

Aunque el feminismo parece un movimiento atravesado por cientos de corrientes que sólo tienen como común denominar la presencia de mujeres, no es así. Cuando nos fijamos en las partes, es fácil que perdamos el sentido del todo: “el bosque no nos deja ver el claro”. El feminismo es una ideología con unos principios comunes y compartidos por todas sus ramas.

En mi opinión, el feminismo es el sustituto del comunismo como contrapartida ideológica del capitalismo (y de su última ola, el neoliberalismo). Para convertirse en una alternativa plausible y deseable al capitalismo, tiene que mantener, por encima de cualquier otra reivindicación parcial, sus dos principios fundamentales: la universalidad y la igualdad.

El feminismo es una forma de ver el mundo, es una ideología política, es un corpus formado por millones de pequeñas iniciativas que ya se han puesto en marcha y que se seguirán poniendo en práctica.

En mi opinión, existe un “credo” feminista que está por encima de las pequeñas diferencias de los micro (o macro) movimientos que lo forman. Pienso que sus principios se oponen radicalmente a aquellos propios del neoliberalismo. Son éstos…

El feminismo como ideología universal está a favor de:

  • La globalización (frente al proteccionismo, el nacionalismo, el regionalismo, un mundo a varias velocidades, la explotación de los países ricos por los pobres etc.)
  • La democracia.
  • La igualdad.
  • La diversidad.
  • El desarrollo cultural.
  • La educación (para todos).
  • El progreso (social, no meramente económico).
  • El reparto equitativo de la riqueza.
  • La sostenibilidad y la defensa del medioambiente.
  • La desmilitarización y la no proliferación de armas (de cualquier tipo, incluidas, obviamente, las atómicas).
  • La política de la no violencia.

Este texto es el resultado de hilar muchos pensamientos sueltos y algunas lecturas. Me encantaría que aquellas personas que lo hayáis leído, dejarais vuestros comentarios (constructivos y respetuosos, por favor, sólo pido eso). El pensamiento, el debate y la acción son las tres formas que tenemos de seguir construyendo nuestro propio camino.

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Artemisia Gentileschi, el Barroco en la mirada de una mujer

Artemisia Gentilesch, "Judith decapitando a Holofernes"

Artemisia Gentilesch, “Judith decapitando a Holofernes”

La mayor parte de los textos que he encontrado sobre la pintora barroca romana, Artemisia Gentileschi, hacen hincapié en el valor redentor de sus obras, en de qué manera sus cuadros significaron, para ella, una venganza contra el hombre que la violó. Sin embargo, no creo que las figuras de sus óleos, ni su tratamiento narrativo y pictórico, deban de reducirse a esa agresión sexual y al denigrante juicio posterior.

Personajes femeninos míticos, históricos o bíblicos como Judith, Cleopatra, Susana o Ester pueblan muchos de sus lienzos. Mujeres fuertes, poderosas, astutas o valientes. Ciertamente lo fueron. También pintó a María Magdalena, a Clío o a Dánae. Se llamaba Artemisia como Artemisa -con una “i” incrustrada-, la diosa de la caza, hija de una Leto violada por el dios máximo del Olimpo (Zeus), virgen y hermana melliza de Apolo, entre otras atribuciones.

Vida de una mujer pintora en el siglo XVII

Artemisia fue la hija mayor de Oracio Gentileschi, pintor pisano afincado en Roma, coetáneo del creador del tenebrismo, el pendenciero Caravaggio. Desde pequeña, ayudó a su padre en el taller; parece ser que se pasaba las horas muertas observando cómo pintaba su progenitor; le ayudaba a limpiar los pinceles, a mezclar pigmentos. Su madre murió cuando ella era aún una niña y tuvo que encargarse, no sólo de la casa, sino también de sus hermanos pequeños.

En aquella época -siglo XVII-, como a lo largo de toda la Historia anterior, las mujeres debían quedarse en casa encerradas, llegar vírgenes al matrimonio, aceptar al marido que les buscara su padre y darle a éste un buen montón de hijos. Incluso las reinas y las hijas de reinas tenían un papel similar aunque, a veces, se rebelaban contra él.

Artemisia nació y creció en esa Roma barroca de vida agitada y violenta, de cruenta competición entre pintores por los encargos, de nobles y cardenales, del maniqueísmo entre hetarias de mala vida y mujeres honrosamente casadas. En esa Roma de artistas y bohemios, de tabernas y peleas, no había sitio para el pincel de una mujer. Pero Artemisia supo hacerse hueco, con tesón y tozudez, con sufrimiento y esfuerzo, con talento y fatigas.

Artemisia observó la luz, buscó modelos, creó colores, combinó pigmentos en su paleta, dio brochazos, un día y otro y otro. Fueron años de aprendizaje, de colaborar con su padre en las obras que a éste le encargaban. De admirar a los hombres como pintores, a Caravaggio en particular; y de temerlos como hombres.

Siempre encerrada en casa, entre las labores del hogar y el taller. Una joven virgen, bella y talentosa como ella no podía salir sola de casa. Debía ser acompañada siempre por alguien: su hermano Francesco, la vecina, su propio padre. Para evitar las habladurías, las malas lenguas y la violencia de los hombres. Aún así, un joven amigo de su padre, un pintor llamado Agostino Tassi, la violó. Prometió casarse con ella, claro, no era un violador de taberna. Pero resultó que, además de pendenciero y busca-broncas, ya estaba casado.

Artemisia guardó silencio durante cerca de un año sobre los abusos de Tassi. No podía denunciar, una mujer no tenía derecho a hacerlo; como mínimo, no estaba bien visto. Fue su padre quien denunció a Tassi frente al Papado. En defensa de su honor, del suyo como padre y pintor, no del de su hija, de la que habían abusado, a la que habían violentado. Porque Artemisia era un bien de su padre, hasta que lo fuera de su futuro marido.

¿Olvidada?

Artemisia Gentileschi es hoy más famosa que su padre y mucho más que el hombre que la violó. Sus obras están en los museos más importantes del mundo, en los Uffizi, en el Prado. Aunque en vida fue reconocida y tuvo encargos de nobles adinerados y de aristócratas de Italia, España, Francia e Inglaterra, tras su muerte, su nombre desapareció casi sin dejar huella.

Pintora y mujer, Artemisia reivindicaba una mirada femenina a la hora de narrar las historias que pintaba…, ¿quién quería recordar semejante asalto al poder masculino dominante?

A Artemisia Gentileschi, como a tantas otras mujeres de siglos pasados, la recuperó el movimiento feminista de los años 70. Más allá de la calidad pictórica de sus obras -indudable-, lo que destaca en sus cuadros es una mirada diferente, una forma distinta de leer las historias míticas y las Escrituras. Los mismos temas que tantas veces se habían llevado al lienzo, se convertían, gracias a su paleta, en obras originales, nunca antes contadas de esa manera.

¿Dónde radicaba la originalidad? Más allá de las circunstancias personales y vitales de Artemisia, que influyeron, claro es, todos esos cuadros están pintados bajo una mirada novedosa: una mirada de mujer.

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Obra de Artemisia Gentileschi en el Prado.

En los Uffizi, una de las múltiples versiones de la historia de Judith pintadas por A. Gentileschi.

Programa sobre Artemisia Gentileschi en “Sin distancias”, Radio UNED:

El arte de justificar el machismo

“El resentimiento es como beber veneno y esperar que otra persona se muera.”

Carrie Fisher (actriz, escritora y guionista)

El arte de justificar el machismo (mujer recogiendo arroz en Siem Reap, templos de Angkor, Camboya)

El arte de justificar el machismo (mujer recogiendo arroz en Siem Reap, templos de Angkor, Camboya)

“En el principio era el Hombre, y el Hombre era con Dios, y el Hombre era Dios”. Es una cita muy conocida de la Biblia; simplemente, para actualizarla, he cambiado Verbo por Hombre. En masculino y con mayúscula. No el hombre como representante de la raza humana, no el nombre genérico para hablar de los seres humanos, como se suele utilizar. No, el Hombre como hombre. La Mujer está en casa, criando y cuidando de sus seres queridos. En fin, lo que le corresponde hacer según la inmensa mayoría de discursos y textos, orales o escritos, que se han producido a lo largo de la Historia de la Humanidad.

Últimamente me ha dado por pensar sobre cuáles pueden ser los fundamentos del machismo (y del patriarcado, la ideología que lo sustenta). Hoy en día, por poco que se esté en este mundo, se es consciente de los derroteros que está tomando el feminismo (que son muchos y muy variados).

Del empoderamiento de la mujer en los 60 pasamos al postfeminismo de nuestro siglo; de las “grandes cesiones” a la mujer -en el plano laboral y económico– a la feroz crítica del mal llamado feminazismo (por si a alguien se le ha olvidado, los nazis torturaron y mataron a sangre fría a millones de personas -civiles y militares-, creo que la comparación es nauseabunda, además de profundamente incorrecta); de la mujer madre y esposa a la supermujer empresaria, emprendedora, independiente, amiga… madre y esposa, de nuevo.

Una joven madre con su bebé sentada en el paseo marítimo de Split (Croacia)

Una joven madre con su bebé sentada en el paseo marítimo de Split (Croacia)

Las teóricas del feminismo debaten sobre la organización del poder y el neoliberalismo; las mujeres inscritas en minorías continúan reivindicando sus derechos, no sólo como mujeres sino también como sujetos pertenecientes a una raza  (no blanca, generalmente) o un nivel económico (bajo e indeseado, normalmente); las postfeministas reivindican el porno, la figura de la prostituta y la de la madre lactante; el feminismo queer pretende superar la dicotomía de género…

¿Y los hombres? Ahí también el panorama es muy rico. Los hay que se autoproclaman feministas; los hay retrógrados (estilo Trump, que quieren volver a la situación anterior al movimiento sufragista); los hay que miran perplejos los movimientos de una y otra parte; los hay que están hartos y aburridos de tanta reivindicación (alguna mujer también está en este grupo); los hay que están encantados de ponerse el mandil, coger el plumero y pasar tiempo con sus retoños…

No pretendo ser exhaustiva, el tema da para rellenar millones de páginas y no voy a pretender, ni siquiera, haber hecho un resumen del estado de la cuestión. Valga como preámbulo, sencillamente. Ahora sí, voy al quid de la cuestión que planteaba, ¿qué hay debajo de todo esto? ¿Qué mecanismo oculto mueve el engranaje del machismo en el mundo, sea en los países árabes, en Sudamérica, en el Sureste Asiático, en Australia, en China, en Europa, en EE.UU., en cualquier casa, pueblo, región o nación?

Hacedora de papel de arroz para rollitos (Battambang, Camboya

Hacedora de papel de arroz para rollitos (Battambang, Camboya)

He llegado a la conclusión de que el machismo se autojustifica. Es decir, el comportamiento machista justifica el propio comportamiento machista. En teoría, es absurdo. En la práctica, funciona a las mil maravillas. Os explico a qué me refiero.

Hace un par de días me mandaron un enlace a un relato (real) de una chica que había sido agredida verbalmente por un taxista y lo había denunciado. Cada paso de la historia es una pared contra la que se choca la protagonista, como si estuviera en un laberinto sin salida en el que sólo pudiera dar vueltas, sin esperanza, sin remedio.

De este relato podemos sacar una carta de derechos de los hombres (que las mujeres no tienen y que, en general, sufren; he de decir, mal que me pese, que muchas mujeres están conformes e incluso consideran que estos derechos son prerrogativa de los hombres por ser hombres):

(En itálicas, las citas del relato, que sirven como ejemplos).

  1. Derecho a comentar en voz alta el aspecto físico de una mujer. En algunos casos, aún se sigue conociendo este derecho como “piropear”: ¿A dónde vas con esa minifalda tan guapa?
  2. Derecho a insultar a la mujer cuando reacciona negativamente ante el comentario: ¿Estás loca?; Tu madre es retrasada.
  3. Derecho a ejercer violencia verbal y física sobre la mujer: la llama “zorra” y la escupe.
  4. Derecho a minimizar la importancia de los hechos (o a valorarla con un baremo propio): No puedo enviarte una patrulla…; Ya te digo yo que no va a llegar a nada. Si fuera algo grave…
  5. Derecho a no empatizar: “Mira, que me da igual, que yo no estoy aquí para ponerme en vuestro lugar” (en boca de una mujer); Ah vale, pero a usted no, yo solo quería saber eso.
  6. Derecho a menospreciar los sentimientos que esta situación genera en la mujer: Yo te digo a ti que eso es muy complicao. Si llega a ser una agresión
  7. Derecho a culpabilizar a la víctima: ¿Y no lo tiene denunciado usted también eso?; Que sí, señora, que sí, que todo el mundo es machista y todo el mundo es xenófogo [sic] y todo el mundo es lo que usted quiera. Ya está; “Es que usted no tiene que dejarle entrar, ¿qué pasa, que luego pide perdón y vuelve?”
Mujer oriental dibujando en Monsanto (Portugal)

Mujer oriental dibujando en Monsanto (Portugal)

Al día siguiente de leer este relato, estoy hablando con una amiga en un bar y me comenta que se quedó muy sorprendida cuando un chico de unos 15 años, durante un taller que ella estaba impartiendo –se dedica a temas de igualdad de género, entre otras cosas- le espetó de repente: “¿Pero qué más queréis?

Esta frase, en el contexto en el que se produjo, significa: ¿Qué más queréis, vosotras, las mujeres, que más concesiones hemos de hacer los hombres? Concesiones, así de claro. Para la mayoría de los hombres (y bastantes mujeres), por costumbre, por educación y por status las reivindicaciones feministas son concesiones.

Es decir, que equiparar los derechos de las mujeres con los de los hombres son concesiones:

  • Cobrar lo mismo en el mismo puesto de trabajo es una concesión.
  • El derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo es una concesión (aborto, maternidad, canon de belleza física…)
  • El sufragio femenino fue una concesión (sólo hay que releer los debates de la época en los congresos nacionales).
  • La conciliación familiar y laboral es una concesión.
  • Ayudar en las tareas domésticas, en la crianza de los retoños y el cuidado de los mayores es una concesión (digo “ayudar” con conocimiento de lo que implica este verbo; estamos lejos aún del reparto equitativo de las cargas).
  • Las políticas de prevención de la violencia de género (o violencia patriarcal) son concesiones.
  • La defensa jurídica -en el marco normativo- contra las agresiones, las violaciones y los asesinatos machistas es una concesión.

La mujer no es reconocida como ser humano sino como Mujer. De esta manera, la costumbre, la historia y los usos caen sobre ella con todo su peso. Y, no nos engañemos, la Historia ha sido escrita por plumas masculinas. A las mujeres sólo se nos ha permitido garrapatear algún comentario en los márgenes.

 

“SPQR”, de Mary Beard: dialogando con los romanos

En su ignorancia lo llamaron civilización, pero en realidad era parte de su esclavitud” Tácito

"SPQR, una historia de Roma", de Mary Beard (Pompeya, cerca de Nápoles, Italia)

Ánfora romana en la ciudad de Pompeya (cerca de Nápoles, Italia)

Una de las mayores virtudes de Mary Beard es, en mi opinión, su capacidad de unir un extensísimo conocimiento sobre el mundo romano con una encomiable carencia de dogmatismo. En “SPQR” no hay verdades absolutas, hay posibilidades, estimaciones y muchas preguntas de respuesta incierta.

Cómo cuenta la historia “SPQR”

Para empezar, “SPQR” (acrónimo en latín de “El Senado y el pueblo de Roma”) es, desde la misma portada, “una historia de Roma“. No es LA historia de Roma ni, como es habitual en este tipo de libros, el genérico “Historia de Roma”. Es una (entre muchas o entre pocas) historia de lo que, con el tiempo, hemos denominado el Imperio Romano.

Varias veces, a lo largo del texto, Mary Beard deja constancia de que lo que está contando es su versión de la historia, la conclusión a la que ha llegado tras 50 años de lecturas, de estudio, de investigación, de discusiones e incluso de participación en excavaciones arqueológicas.

También informa al lector de qué período de tiempo abarca SU historia de Roma y por qué motivo no llega a lo que, posteriormente, se ha llamado el declive del imperio. El “SPQR” de Mary Beard empieza con Rómulo y termina con el emperador Caracalla.

Restos romanos en Cerdeña (Italia)

Restos de columnas romanas en Cerdeña (Italia)

Otra de las cosas que me gustan del estilo de la autora es que no teme perder el interés de sus lectores ni el aprecio de otros historiadores cuando desciende hasta las capas bajas de la sociedad romana y desmitifica la figura de los emperadores.

Hay muchas anécdotas en “SPQR” y ninguna es trivial o está de sobra. Hay explicaciones etimológicas y referencias a la actualidad. Aparecen transcripciones de grafitos, de esos que plagaban las paredes de las ciudades romanas -Pompeya entre otras-, que hablan la lengua de aquellos que no tuvieron el poder ni el dinero suficientes para ser inmortalizados por biógrafos, poetas o escultores.

Mary Beard, la autora

Mary Beard reconoce abiertamente, sin desdoro de su inteligencia, las dificultades que entraña conocer el pasado cuando no han persistido restos de él, cuando los testimonios han desaparecido, cuando sólo nos queda el legado del vencedor y conjeturas sobre lo que pudo pensar, hacer o sufrir el perdedor (los pobres, los esclavos, los campesinos, las mujeres, los enemigos en la batalla, los asediados durante las conquistas…)

Si fuera hombre, estoy segura de que ya la habrían nombrado “sir” en esa tierra suya, Inglaterra (Reino Unido), que sabe cómo encumbrar a los hombres pero que no ha tenido tiempo de aprender, en veinticinco siglos de historia, cómo valorar y engrandecer a sus mujeres en la misma medida. Como sucede en tantos otros países, no es Gran Bretaña la excepción.

Mosaico en el suelo de una domus romana en Puente Genil (Córdoba, España)

Mosaico en el suelo de una domus romana en Puente Genil (Córdoba, España)

Tras recibir el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, la figura de Mary Beard ha saltado a la primera plana de los medios de comunicación españoles, al menos en la sección de cultura. La mayor parte de las entrevistas que ha concedido tratan, fundamentalmente, sobre dos temas: la antigua Roma y la mujer; sus conferencias y artículos también. Aunque no por ello deja de lado otros aspectos de la actualidad (política, inmigración, recortes sociales…)

Mary Beard no teme polemizar (pero no lo hace gratuitamente). Escribe una columna de opinión, sobre actualidad, en el prestigioso The Times Literary Supplement, “A Don´s life“. Recibe con frecuencia amenazas e insultos a través de las redes sociales: por sus opiniones como mujer más que como historiadora y catedrática.

Se esté o no de acuerdo con sus puntos de vista, creo que sus palabras y sus opiniones son enriquecedoras y pueden ayudar a ampliar el estrecho horizonte por el que, normalmente, vemos la realidad que nos rodea.

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La voz pública de las mujeres“, artículo firmado por Mary Beard.

Discurso íntegro ofrecido durante la recogida del premio Princesa de Asturias:

Serie sobre la antigua Roma realizada por Mary Beard para BBC2 (en inglés).

 

Ellas pintan, mujeres artistas en la Historia

Mujeres artistas, recuperando nombres de una historia olvidada (autorretratos)

Mujeres artistas, recuperando nombres de una historia olvidada (autorretratos)

A bote pronto, la primera que se te ocurra, ¿mujer artista? ¿Pintora, escultora, fotógrafa? ¿A quién ves, qué nombre surge de tu memoria? ¿Frida Khalo, tal vez? ¿Te ha venido a las mientes la gigantesca araña del Guggenheim de Bilbao, escultura realizada por Louise Bourgeois?

Salvo que te interese mucho la Historia del Arte o el movimiento feminista, difícilmente se te ocurrirán más de un puñado de ejemplos de mujeres artistas, sobre todo si intentas dejar atrás el siglo XX y caes en las profundidades de centurias anteriores.

¿Arte femenino en el siglo XXI?

Hoy en día, en los albores del siglo XXI, hay más nombres femeninos que masculinos en la lista de artistas contemporáneos más importantes. Hasta el 70%, afirma Victoria Combalía en su libro “Amazonas con pincel”. Por “importantes” entendemos originales, que han aportado novedades, que son valorados especialmente por su estilo o por la técnica que emplean en la creación de sus obras etc.

Curiosamente, por “importantes” no entendemos las mejor pagadas, las más famosas, aquellas cuyos nombres reconocemos los legos y salen en publicaciones prestigiosas relacionadas con el Arte o en medios generales escritos y audiovisuales, esas cuyas obras baten récords en las casas de subastas, en Sotheby’s y Christie’s. No, en esa lista, entre los primeros treinta, sólo aparecen cuatro nombres de mujer. Me pregunto a qué se deberá.

Hace una o dos décadas, las mujeres casi ni asomaban en el “Top 30”. Una de las pocas excepciones a ese “vacío” es la de Cindy Sherman, artista neoyorkina cuyas fotografías han alcanzado precios bastante elevados en subastas y ventas privadas.

Sherman es, a sus sesenta y tantos años, un icono contemporáneo, más que del feminismo, de la mujer en sí misma. La temática descarnada de sus retratos de sí misma –que no autorretratos- la han situado en el vórtice de la polémica y en la cúspide de la admiración de muchos.

Cindy Sherman, instalación en el MOMA de NY (2010)

Cindy Sherman, instalación en el MOMA de NY (2010)

Afortunadamente, la presencia de mujeres en el universo de las artes plásticas es cada vez mayor por lo que una enumeración exhaustiva de mujeres artistas en activo es una tarea titánica que no voy a llevar a cabo.

Sin embargo, me gustaría dejaros un puñado de ejemplos de pintoras y creadoras de siglos pasados o contemporáneas.

Ellas crean

En los siglos XVI, XVII y XVIII, varias pintoras consiguieron el reconocimiento de sus coetáneos; algunas del público burgués, otras de los estamentos eclesiásticos y unas cuantas de mecenas, reyes y nobles adinerados que les hicieron encargos o compraron sus lienzos.

Las encontramos en Italia, los Países Bajos, Francia e Inglaterra, fundamentalmente. Eran hijas de artistas, esposas de pintores o, sencillamente, mujeres dotadas de talento que supieron abrirse paso en un mundo copado por los hombres y en el que incluso el ingreso a las academias oficiales les estaba vetado.

Algunos de sus cuadros cuelgan hoy en las paredes de grandes museos nacionales como el Rijksmuseum de Ámsterdam o la National Gallery de Londres. Aunque dudo que, en conjunto, lleguen a sumar ni el 5% de la colección de cualquiera de estas instituciones.

Por citar sólo unas cuantas, mencionemos a las excelentes retratistas italianas Artemisia Gentileschi y Sofonisba Anguissola;  a la meticulosa y detallista pintora holandesa de bodegones de flores y frutas, Rachel Ruysch; a la barroca Lavinia Fontana, quien recibió muchísimos encargos públicos y privados y consiguió ser admitida en la universidad de Bolonia; o a la neoclásica Angelica Kauffmann y sus celebrados cuadros de historia.

En el siglo XIX, las más conocidas representantes femeninas de la pintura fueron, probablemente, las impresionistas Berthe Morisot y Mary Cassatt. La calidad de sus obras no está por debajo de la de sus afamados compañeros de movimiento pero la historia se olvidó de ellas hasta que, hace algunos años, fueron rescatadas del baúl de la desmemoria.

El siglo XX

La centuria pasada está salpicada de nombres femeninos de pintoras, fotógrafas y creadoras de obras audiovisuales. Incluso hay escultoras y arquitectas, campos ambos tradicionalmente dominados, aún más que el resto de especialidades artísticas, por los hombres.

En el grupo surrealista, Remedios Varo y Maruja Mallo están a la altura de cualquiera de sus compañeros masculinos. Simplemente se las menciona menos en los libros de texto, en los compendios de arte, en los estudios sobre el movimiento. No eran peores pintoras ni menos originales: eran mujeres.

Denuncia social en femenino

Fotógrafa y artista audiovisual, la iraní Shirin Neshat es uno de los nombres clave de la creación iraní contemporánea. A través de sus obras, de una belleza exquisita, se puede escuchar el grito de denuncia y de rebeldía que caracteriza el mensaje de esta creadora; habla sobre la condición de la mujer en las sociedades islámicas contemporáneas.

Pienso en Neshat y me debato en la duda de por qué razón es mucho menos conocida y valorada que, pongamos, Ai Wei Wei, cuya obra también se centra en la denuncia (del comunismo chino, en su caso). La entrada de la Wikipedia de cada uno dice mucho del interés que despiertan uno y otro; la de Wei Wei ocupa tres o cuatro veces más que la de Shirin Neshat.

Hay muchas más mujeres artistas, podéis poner vuestros propios ejemplos en un comentario a esta entrada y darnos a conocer nombres escondidos cuyas obras merecen un hueco entre las cuatro letras que componen la palabra Arte.