Industrias del yo

Las industrias del yo en Internet: identidad y producción masiva de imágenes

Las industrias del yo en Internet: identidad y producción masiva de imágenes

Internet y las nuevas tecnologías están modificando nuestra forma de estar en el mundo y nuestra manera de entender las relaciones personales. Conceptos tan arraigados como la privacidad o la intimidad están perdiendo su preponderancia, arrastrados por las aguas embravecidas de lo líquido, lo inmediato y lo excesivo.

Es posible que estemos frente a uno de los cambios de paradigma, antropológico y sociológico, más importantes de los últimos siglos. Se me ocurre que deberíamos de pararnos a pensar.  Sí, pararnos, apagar el ordenador y el móvil, sentarnos frente al vacío, mirar hacia delante y reflexionar sobre lo que estamos viviendo.

Pantallas, conexiones, enlaces, clics, Me gusta, votaciones, recomendaciones, estrellas, críticas, insultos y hasta amenazas de muerte. Miles de impactos sociales virtuales cada día. Si tuviéramos capacidad, los tendríamos cada hora, cada minuto, incluso cada segundo. La Red tiende al infinito, la capacidad de nuestro cerebro no (salvo que algún neurocientífico nos anuncie lo contrario un día de éstos).

¿Tiempo para pensar? Poco, casi nada, cada vez menos. Como dice la escritora y teórica Remedios Zafra, “no hay pensamiento sin tiempo para pensar”. A priori, nos puede parecer una afirmación tan obvia que nos haga perder su auténtico sentido: tiempo para pensar implica disponer de minutos, horas y días en los que los estímulos exteriores estén apagados.

Hoy en día, este tiempo para pensar es casi una utopía debido a la sobreabundancia de estímulos y de información, a la constante vibración de nuestro móvil, a esa sensación de que perdemos el tiempo si no estamos haciendo algo. Cada vez más, sólo nos quedan las ideas preconcebidas, las que ya han sido inoculadas en nuestro cerebro, las heredadas, aquellas que no requieren el esfuerzo de construirlas.

Ser en el mundo es ser visto en Internet

Remedios Zafra es una de las personas que, profundamente inmersa en el mundo virtual, en el Estado Mundial de las Pantallas, está intentando explicar qué cambios se están produciendo y qué consecuencias tienen.

En el ámbito cultural y social, la preeminencia del sentido de la vista sobre el resto no es, en absoluto, nueva; lleva siglos existiendo. Sin embargo, en las últimas dos décadas, con la llegada masiva de pantallas que intermedian nuestras relaciones laborales, personales y hasta las que tenemos con nuestro propio yo, su primacía es incontestable.

Hoy, vivimos, vemos y miramos la realidad –y lo que no es real pero tampoco ficticio: la pose, la representación- desde las pantallas de nuestros portátiles, televisiones y móviles. La visibilidad en Internet, en las redes sociales sobre todo (Youtube incluido), es lo que da sentido a la vida de muchas personas, que lo que más temen es perder esta visibilidad: ser menos populares, recibir menos Likes o ver reducido el número de sus seguidores.

Este fenómeno de la exposición total de uno mismo a través de vídeos, de fotografías, de enlaces, de comentarios, está llevando a una renuncia a la privacidad. Las generaciones jóvenes, los llamados Millenials o nativos digitales, han crecido en un ámbito tecnológico que ha cambiado la privacidad por (una nueva forma de) libertad, la intimidad por la visibilidad. No creo que sea una construcción social de estas generaciones sino la consecuencia del desarrollo de las industrias tecnológicas (industrias del yo, como las denomina Remedios Zafra).

Las industrias del yo –Youtube, Instagram, Facebook…- se alimentan de las personalidades y  las imágenes de sus usuarios. Digámoslo claramente: se forran gracias a todo lo que compartimos con ellas sobre nosotros mismos. Facebook sabe más de ti que tu madre, afirmaban hace unos meses los medios de comunicación. Y ya existen algunas herramientas de software que, con la información que corre por las redes sociales, pueden suplantarte, decidir por ti lo que te gusta y ¡acertar!

Identidad

Me pregunto qué implicaciones tiene esta exposición intensiva a las pantallas y las redes sociales en relación con la identidad. Antes, nuestro sentido de la pertenencia estaba vinculado a una familia, un grupo humano, una religión, una corriente de pensamiento o una clase social (o económica).

Ahora, como afirma Zafra, formamos parte de colectividades online y nos dejamos llevar por el gobierno de la muchedumbre, de la masa. Nuestra identidad se transforma con cada nueva foto subida a las redes, con cada nuevo Me gusta. En las redes, somos poliédricos, líquidos e inestables, pero ¿y fuera de ellas, en la realidad, en el mundo material?

¿Quiénes somos, realmente? ¿Ese personaje que posa en los selfies, ese que se presenta a diario frente a sus seguidores a través de la webcam?¿Ese comentarista incansable que reparte sus opiniones por cientos en todo recuadro que se le presente? ¿Esa persona perseguida, insultada y amenaza por gentes anónimas a través de Twitter? ¿El creador de contenidos virales, del post más leído, del tweet más enlazado?

¿Somos la misma persona dentro y fuera de Internet?

Saber +

Os dejo el vídeo de una conferencia que ofreció Remedios Zafra en el Círculo de Bellas Artes de Madrid: “El público en la pantalla”. Poco más de media hora en la que hace preguntas de calado, encuentra respuestas y, sobre todo, nos invita a pensar.

 

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¿Y qué si la tecnología sustituye al empleo humano?

Un trabajador en una curtiduría de Fez (Marruecos)

Un trabajador en una curtiduría de Fez (Marruecos)

El debate está en su apogeo, ¿los robots sustituirán a los seres humanos en el ámbito laboral? ¿Desaparecerán la mayoría de los empleos humanos? ¿O, por el contrario, la tecnología terminará con ciertos empleos y creará otros nuevos, en la misma medida? Estas son algunas de las preguntas que, una y otra vez, se lanzan en los medios de comunicación, en los foros de opinión, en las mesas redondas sobre el futuro del empleo.

He escuchado argumentos en pro y en contra, más extremos y más tibios, deslumbrantemente optimistas y ferozmente pesimistas. Supongo que es lo que tienen las hipótesis que se enfrentan al futuro, se enfrentan a la incertidumbre desde todos los posibles puntos de vista.

En 2015, le dediqué una entrada de este blog a este mismo tema, analizando los cambios que había habido en el mercado laboral en las últimas décadas e intentando situar en el mapa del empleo el modelo de la economía colaborativa: “El incierto futuro del empleo“.

Hoy, con más información, más charlas y más debates acumulados en mi cerebro, me gustaría retomar el asunto y plantear la siguiente pregunta: ¿Y qué si la tecnología sustituye al empleo humano? Me explico.

Las teorías actuales sobre la futura evolución del empleo

Hay dos posiciones enfrentadas:

Los que creen que, como ha pasado a lo largo de los últimos 150 años -desde la primera revolución industrial-, los cambios que se avecinan destruirán ciertos tipos de empleos pero crearán otros nuevos, menos rutinarios y, probablemente, más deseables.

Por otro lado, están aquellos que proclaman que los decenios de crecimiento de la productividad y del PIB han llegado a su fin -en los países más desarrollados económicamente- y que es imposible que se generen, en la misma medida que van a ser destruidos, nuevos empleos humanos. El futuro es de las máquinas.

Entre medias, también están los tecnófilos que no están tan seguros de que el “pleno empleo” se vaya a recuperar y los tecnoambiguos que no se decantan claramente por la desaparición del empleo humano.

A mi modo de ver, los primeros son demasiado optimistas en sus previsiones y, tal vez, pequen de exceso de confianza. El futuro no tiene por qué ser un calco del pasado. Recientemente, asistí a unas conferencias impartidas por el economista Josep Pijoan. Basándose en la evolución del empleo desde la revolución industrial, su tesis habla de “la falacia del trabajo finito“:

  • Cada nueva revolución -industrial, tecnológica o del conocimiento-, ha acabado con una serie de empleos pero ha creado otros. Unas industrias se destruyen y otras nacen. Los empleos pasan de un sector a otro: de la agricultura a la industria (revolución industrial) y de la industria a los servicios (revolución tecnológica). Sólo nos falta saber a qué cuarto sector se van a verter los empleos destruidos por la revolución del conocimiento -la actual-. De momento, o no lo conocemos o no tiene nombre.
  • La destrucción de empleo neto se ha compensado con la creación de empleo neto -en los últimos 150 años-. Además, las condiciones laborales han mejorado: ha descendido el número de horas trabajadas, los salarios se han incrementado, las condiciones laborales han mejorado etc. (todo esto, claro es, hablando del mundo económicamente desarrollado).

La duda que me asalta en este último punto es la siguiente: si en la última década y media estamos viendo que las condiciones laborales cada año empeoran y que los salarios reales bajan -lo que se conoce como la precarización del empleo, menos el del famoso 1%, que vive cada vez mejor-, ¿qué calidad va a tener el empleo futuro? 

Si hoy en día hay millones de personas que, teniendo un trabajo -o varios-, viven por debajo del umbral de la pobreza, ¿cuántos millones más estarán en esa situación dentro 10, 20 o 30 años? El modelo pseudofilosófico que pretende que el empleo otorga dignidad a la persona y da sentido a su vida se está desmoronando.

Niño pescando en un río de Camboya, cerca de Battambang (norte del país).

Niño pescando en un río de Camboya, cerca de Battambang (norte del país).

  • Otro de los puntos del argumentario del economista es el relativo a qué empleos destruye la tecnología. Los ordenadores, la robótica y la inteligencia artificial no sólo van a terminar con los trabajos más repetitivos y rutinarios sino que también van a sustituir muchos de los empleos altamente cualificadosSiri y Watson, desarrollados por Apple e IBM respectivamente, son dos ejemplos que ya existen de cómo las máquinas son capaces de generar conversaciones o de gestionar cantidades ingentes de datos.

Sobrevivirán los trabajos manuales en el sector servicios (camarero, por ejemplo) y los eminentemente creativos.

Se me ocurren varias cuestiones que el profesor Pijoan, y otros analistas que comparten sus puntos de vista, no tiene en cuenta en su modelo. Existen varias diferencias entre la situación actual y el pasado.

  • El crecimiento de la población mundial es exponencial. De 1.000 millones de personas a principios del siglo XX a 7.000 millones en los comienzos del siglo XXI. Para 2050, el planeta Tierra albergará -o soportará- cerca de 10.000 millones de habitantes.
  • Los países más poblados del mundo están en -rápidas- vías de desarrollo: China, India, México, Brasil. La tasa de natalidad en los países menos desarrollados económicamente es elevada. Cientos o miles de millones de personas están por sumarse al mercado laboral mundial.
  • Los recursos no son infinitos. Las energías fósiles están en decadencia. Se habla desde hace varios años del crash oil, el final del petróleo, y del modelo económico asociado a él desde hace décadas. El sistema de producción y consumo actual puede estar tocando techo.
  • El desarrollo sostenible. La incógnita sobre el ritmo de crecimiento futuro de las economías de los diferentes países y la necesidad, más o menos apremiante, de convertir el modelo económico actual en ecológicamente sostenible es otra más de las diferencias con el pasado.
  • La tendencia al oligopolio y las sinergias de las grandes empresas. Cada vez las compañías son más grandes y necesitan menos empleados; la relación entre crecimiento de una firma (a nivel mundial) y empleo no es proporcional, ni mucho menos.
  • Las empresas tecnológicas son gigantes en capital y enanos en empleo. El valor de las cinco más grandes es equivalente al PIB de la quinta economía mundial, la del Reino Unido. El total de empleados de las cinco compañías ronda los 340.000 (en el enlace faltan los datos de Apple y los de Facebook; Alphabet es Google).  Reino Unido tiene una población superior a 65 millones de personas y una tasa de población activa (en edad de trabajar) que ronda el 62%, es decir, más de 42 millones de personas “empleables”. 340.000 empleados frente a 42 millones de potenciales buscadores de empleo, mismo nivel de capitalización. Hummm, algo no encaja.

 

La relación entre el crecimiento financiero de las grandes empresas y el del número de sus empleados no es proporcional.

La relación entre el crecimiento financiero de las grandes empresas y el del número de sus empleados no es proporcional.

¿Y qué si se va a la mierda el trabajo?

La frase “A la mierda el trabajo” es el título de un artículo de James Livingston, profesor de Historia en la Universidad de Rutgers, Nueva Jersey, EE.UU. ¿Qué pasa si las máquinas y los robots sustituyen a los humanos y hacen todo el trabajo -o la mayor parte-? Creo que no me equivoco si afirmo que muchos se lo agradeceríamos. La mayoría de los empleos son monótonos, aburridos, rutinarios, estresantes, peligrosos o desagradables. No todos, pero muchos de ellos sí que lo son.

La mayoría de los trabajadores agradeceríamos trabajar menos horas, jubilarnos antes o tener que cotizar menos años para obtener una (más o menos) digna pensión. Claro es que esta reducción no puede ir acompañada de una caída en los salarios porque los mil euristas (y los menos que mil euristas) difícilmente podrán vivir con ingresos inferiores a estas cuantías.

Dejamos a los ordenadores y a nuestros amigos los robots que hagan el trabajo (sucio), perfecto. Ahora llega la parte interesante, el cambio de modelo social, donde tenemos que hablar los ciudadanos, donde tienen que enfangarse los gobiernos. Hay que repensar y cambiar el clásico “el trabajo otorga dignidad y realiza a las personas”. Nuestras vidas deben dejar de girar entorno al eje “trabajo”. Debemos sustituirlo ya que las máquinas nos van a sustituir a nosotros.

Se me ocurre que este cambio de paradigma debe conllevar un nuevo modelo de Estado del bienestar: adiós al paro, adiós a las cotizaciones, adiós a las pensiones. También es imprescindible que varíe la relación de las personas con el dinero, con la retribución dineraria, con el salario. El concepto de inflación quedará obsoleto; habrá que medir la subida del coste de la vida con otras variables -si es que seguimos queriendo medirlo-.

¿Utópico? Bueno, hay mucho camino que recorrer y muchas mentalidades que cambiar; las de todos, básicamente. Pero que no nos parezca tan descabellado; hoy en día ya hay muchas personas, y no precisamente las menos acaudaladas, que no trabajan y, sin embargo, viven de forma muy acomodada: los rentistas y los especuladores. Imaginar una tercera figura, la del no-trabajador, no tiene que ser tan complicado, ¿no os parece?

Liberticidio

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Creemos que somos libres:

Porque llamamos democrático al régimen que nos gobierna.

Porque cuando vamos al supermercado tenemos a nuestra disposición miles de productos entre los que elegir.

Porque podemos decir y escribir (aparentemente) lo que nos dé la gana en las redes sociales, en nuestro blog, en Internet.

Porque, dice nuestra Constitución, tenemos una serie de derechos fundamentales inalienables.

Así que, somos libres, no cabe duda.

¿Te sientes libre? ¿No?

Pero si…

Puedes caminar sin temor por la calle, sin que las fuerzas del orden te pidan la documentación cada dos por tres, salvo que seas inmigrante o tengas pinta de serlo.

Puedes hacer sátiras, parodias o chistes en Twitter con total impunidad salvo que enaltezcan el terrorismo –o que a alguien se lo parezca- o lances palabras malsonantes contra los judíos o las víctimas de algunos atentados. A otros grupos y minorías puedes insultarles y faltarles al respeto cuanto quieras: a las mujeres; a los inmigrantes; a los parados; hasta a tus vecinos, si estos no son políticos profesionales (suelen tener la ley de su parte, no te interesa meterte con ellos).

Puedes manifestarte en las plazas –autorización de la autoridad competente mediante- siempre que no atentes contra la letra (o el espíritu) de la Ley de Seguridad Ciudadana –Ley Mordaza para los amigos-. Cierto, tiene muchas páginas y parece abusiva; simplifica la problemática manifestándote a favor o en contra de los participantes de Gran Hermano o por la unión de todas las corrientes de yoga en una única, grande y definitiva Escuela de Yoga Integral.

Tus hijos gozarán de educación gratuita siempre y cuando pagues tú los libros, el comedor, las clases extraescolares, las excursiones y, más adelante, los miles de euros que cuesta cualquier grado universitario (sin contar el último curso, llamado máster para cobrarlo más caro).

Tendrás sanidad pública universal gratuita pero sólo sobre el papel porque te verás obligado a contratar una póliza de un seguro privado ya que las largas listas de espera, las urgencias colapsadas y las citas con meses de antelación terminarán con tu paciencia (y, probablemente, con tu salud).

Tu seguridad e integridad están garantizadas por ley salvo que, pequeño detalle, algo en tu figura o en tu documento de identidad lleve a pensar que, quizás, tal vez, a lo mejor, puedas ser un islamista-integrista-radical-terrorista. Cualquier musulmán entra dentro de esta categoría. En realidad, es suficiente con que te llames Abderramán o Yusuf, por ejemplo. Te sucederá lo mismo si tienes pinta de okupa o de anarquista o vas por la vida en plan “desarrapado”.

Liberticidio

Vivimos en un mundo globalizado en el que las amenazas y la inseguridad parecen multiplicarse cada día que pasa. Desde los medios de comunicación, nos bombardean con noticias sobre atentados, asesinatos, robos, secuestros, violaciones, accidentes, terremotos, huracanas y lluvias torrenciales. Los discursos de los políticos están colmados de advertencias, amenazas veladas y, sobre todo, miedo, mucho miedo.

Los ciudadanos estamos alojados en el miedo, un miedo construido a base de palabras e imágenes. Miedo a un atentado, a una enfermedad, al cambio y a lo diferente. Como tenemos tanto miedo, compramos seguridad y pagamos por ella el precio más alto: nuestra libertad.

Libertad vs seguridad

Aunque el discurso imperante afirma lo contrario, en nuestros días libertad y seguridad parecen antitéticas o, al menos, conviven con dificultad. Recupero las palabras de Obama: “continúo creyendo que no tenemos que sacrificar nuestra libertad para garantizar la seguridad. Ese es un falso dilema”. Lo dijo cuando salió a la luz que los servicios secretos de Estados Unidos tenían acceso a registros telefónicos de millones de estadounidenses, de ciudadanos de todo el mundo y hasta pinchaban los teléfonos de los políticos y diplomáticos europeos y de otros países.

En los últimos años, hemos tenido constancia de que nos espían y/o compilan datos sobre nosotros: los gobiernos, los servicios secretos, las empresas de telefonía, las grandes empresas de Internet (Google, Facebook, Amazon, Microsoft…) Snowden y Assange son los dos nombres más conocidos entre aquellos que han sacrificado su vida para dar a conocer estas prácticas. ¿Qué ha cambiado desde que sabemos que estamos siendo vigilados? Hummm, ¿nada?

Increíble. No nos importa. Bueno, sí, el primer día sí, cuando sale la noticia ¡todos saltamos indignados! Luego nos volvemos más comprensivos; vamos, que nos olvidamos y seguimos con nuestra vida.

Posdemocracia y miedo

En la actualidad, somos testigos mudos de lo que el profesor Carlo Bordoni llama la posdemocracia “un proceso solapado, presentado como “natural”, que garantiza las libertades formales, pero las degrada o las despoja de su verdadero contenido democrático.”

Estamos matando la libertad, nosotros mismos, con nuestras propias manos. La matamos con cámaras de vigilancia que miran y graban nuestros pasos en las calles, en los centros comerciales, en cualquier lugar público. La matamos ofreciendo abiertamente todo tipo de información sobre nuestras vidas en las redes sociales. La matamos porque tenemos miedo de lo que nos dicen que tenemos que tener miedo mientras que no tememos lo que nos amenaza realmente.

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Este artículo se inspira -muy libremente- en la presentación del libro “Imperio de la vigilancia“, de Ignacio Ramonet. También en algunas ideas extraídas de “Estado de crisis“, un diálogo a dos voces entre Carlo Bodoni y Zygmunt Bauman.

 

Neuromarketing, la ciencia del cerebro aplicada al consumo

El neuromarketing pretende encontrar el denominado

El neuromarketing pretende encontrar el denominado “botón de compra”: pulsar y comprar

El santo grial del marketing, el “botón de compra“, la zona específica del cerebro que toma decisiones en el momento de la compra, la llave al inconsciente del consumidor, éstos son los objetivos del neuromarketing, su aspiración y su fracaso.

El neuromarketing, también llamado neurociencia del consumidor, es una rama de la neuroeconomía que, a su vez, bebe de los estudios científicos que en las últimas décadas han pretendido explicar el funcionamiento del cerebro, el órgano humano más complejo.

La revolución del inconsciente contra el raciocinio dio comienzo en la década de los ochenta y se popularizó y arraigó en los noventa (aunque no me remonto a Freud o Lacan, no me olvido de sus aportaciones). Empezamos a hablar de la inteligencia emocional, de la irracionalidad, del cerebro reptiliano, del subconsciente, de los impulsos y de las emociones.

El homo sapiens se convirtió, en un puñado de años, en el homo emotionalis. Los psicólogos y los neurólogos se pusieron de moda. Aparecieron (o reaparecieron) conceptos ligados al desarrollo emocional de las personas como el coaching o el aprendizaje social y emocional dirigido a los niños y adolescentes. El marketing, como no podía ser de otra manera, también se subió al carrusel de las emociones.

Desentrañando los secretos del cerebro

La expresión “experiencia de usuario” la habréis oído y visto mil veces, acompañada casi siempre de la palabra “mejora”. Los profesionales y los departamentos de las empresas que se dedican a esta labor intentan optimizar la usabilidad de un producto o la experiencia de compra, por ejemplo. Lo hacen para satisfacer al cliente, para fidelizarlo y para aumentar las cifras de negocio. En el fondo, el UX (por sus siglas en inglés, “User Experience”) es una ramita verde y joven del frondoso árbol del marketing y la publicidad.

Los cimientos de la experiencia de usuario, del neuromarketing e incluso del branding (imagen de marca) se levantan sobre arenas movedizas: las emociones y los impulsos, esos grandes desconocidos. Descubrir o dibujar patrones, adivinar respuestas y anticipar necesidades son tareas arduas a las que se aplican con denuedo los expertos en estas lides. Su objetivo es, en último término, vender, más y mejor.

El neuromarketing como especialidad dio sus primeros pasos a principios del siglo XXI siguiendo la estela esbozada por las investigaciones de neurocientíficos como Antonio Damasio. Su desarrollo ha sido lento y costoso. De hecho, hasta hace poco no existía más que un puñado de empresas dedicadas a este ámbito de estudio aunque, hoy por hoy, podemos encontrar firmas más pequeñas y, sobre todo, un buen número de consultoras.

¿En qué se basan las elecciones de compra de cada cliente?

¿En qué se basan las elecciones de compra de cada cliente?

Tecnología para las emociones

Para medir las respuestas del cerebro, el neuromarketing hace uso de varias técnicas, desde el escaneo hasta la medición de las reacciones fisiológicas de nuestro organismo. Las más utilizadas son la imagen funcional de resonancia magnética (fMRI), el electroencefalograma y el magnetoencefalograma, además del seguimiento de los ojos (eye-tracking), la respuesta de la piel, el ritmo cardíaco y la dilatación de las pupilas.

Algunos investigadores están tratando de aplicar los resultados de todas estas técnicas no sólo a las creaciones audiovisuales sino también a las táctiles y olfativas, dos sentidos que en publicidad han sido relegados, por razones prácticas, al rincón oscuro del olvido.

Uno de los ámbitos donde se está apostando con más fuerza por las técnicas del neuromarketing es el de los videojuegos, una industria que genera 70.000 millones de euros anuales (cifra que aumenta cada año). Se ha convertido en la primera industria cultural por volumen de negocio, por delante del cine. Su potencial como escaparate publicitario es enorme, tanto por las cifras de venta como por la clara segmentación de los usuarios que ofrece.

Otro de los campos donde los progresos de la neurociencia del consumidor están siendo muy utilizados es Internet: en el SEO, el comercio electrónico y el diseño de páginas web. Algunas de las estrategias que ayudan a conocer un poco mejor lo que ocurre en el cerebro del internauta son los mapas de calor, la instalación de scripts y el “seguimiento de ojos”. Con la información que se recaba a través de estas herramientas el interesado obtiene un conocimiento más profundo sobre cómo y hacia dónde mira el receptor de su mensaje.

Las ventajas y los riesgos del neuromarketing aún flotan en una nebulosa de desconocimiento. Parece bastante claro que “leer la mente” de las personas, de los clientes, es una utopía, al menos por el momento. Ahora mismo, los estudios de esta especialidad se realizan en combinación con fórmulas tradicionales de mercadotecnia como los paneles de consumidores, las entrevistas y las pruebas de mercado y producto.

El objetivo del neuromarketing se puede resumir en un esquema sencillo:

Imagen -> Emoción -> Compra

La búsqueda de una imagen que cree una emoción que lleve directamente a la compra. Por marca, por producto, por servicio. ¿Ambicioso? Sí. ¿Imposible? El futuro dará respuesta a esta incógnita.

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Por si queréis profundizar, os dejo un reportaje sobre neuromarketing emitido hace algún tiempo en La 2: “Documentos TV: la seducción del consumo“.

Las fotografías utilizadas en esta entrada provienen de un banco de imágenes gratuitas bajo licencia Creative Commons CC0.

El incierto futuro del empleo

El incierto futuro del empleo (escultura a las afueras de Berlín, Alemania)

El incierto futuro del empleo (escultura a las afueras de Berlín, Alemania)

La pregunta sobre el futuro del empleo aparece y desaparece de la actualidad con una periodicidad, llamémosla, discontinua. Con los cambios acelerados que vivimos desde la década de los noventa, la cuestión vuelve a la palestra, esta vez cargada de presentimientos nefastos. Se oyen voces que abogan por un cambio de paradigma. Hay quienes temen a la máquina y quienes la ensalzan.

Hoy en día, nada parece más acertado que llamar carrera al desarrollo de la vida laboral. Carrera de fondo, no de velocidad. El premio es llegar a la meta con un empleo digno que se haya mantenido en el tiempo. Aunque da la sensación de que, cada año que pasa, se quedan más corredores en el camino.

Notas históricas al pie

La revolución industrial de finales del siglo XIX fue la primera en despertar el fantasma del desempleo masivo. Aparecieron el movimiento ludita, los sindicatos, las cajas de resistencia y el concepto de obrero o proletario. También la burguesía, que pasó a engrosar lo que luego se han dado en llamar las clases medias (y medias-altas).

En el siglo XX, el crash del 29, la crisis del petróleo y el desplome con efecto dominó de las economías asiáticas y de algunos sectores emergentes como las punto com, en la década de los noventa, han tenido su contrapartida en la década de los treinta con su efervescente preparación para la guerra, los años sesenta y setenta con el auge del Estado del Bienestar o el repunte del empleo en los años noventa gracias a la revolución tecnológica.

En el siglo XXI, la crisis económica global que empezó en 2008 ha colocado el empleo en el punto de mira. Bueno, más bien el desempleo. Algunos dicen que las altas tasas de paro son coyunturales, que los buenos tiempos volverán. Otros, alarmistas, apocalípticos, creen que es el principio del fin del empleo.

Encontramos dos posiciones antitéticas, ambas pivotando sobre el mismo concepto: el desarrollo tecnológico. La panacea para unos, el miedo al reemplazo para otros. En lo que sí que coinciden la mayor parte de los analistas, de todos los ámbitos, es en que los avances tecnológicos hacen crecer la desigualdad (entre las personas, los países, las regiones etc.)

Lo llaman el principio del reloj de arena. La parte superior la forman los privilegiados, aquellos que tienen un buen trabajo y un buen sueldo. Abajo, la ancha base está ocupada por los desheredados, los que viven en la inseguridad permanente, laboral y económica. La mitad, el justo medio, la equidad, cada vez más estrecha, tiende a desaparecer.

Ciertos trabajos son difícilmente sustituibles por máquinas. Otros tienen los días contados

Ciertos trabajos son difícilmente sustituibles por máquinas. Otros tienen los días contados

Tendencias del mercado

En las últimas décadas, el mercado laboral ha mutado. Las tendencias que estamos viviendo están entrando en su período de madurez, al menos en Occidente.

  • El cincuenta por ciento de la población, que antes estaba fuera del mercado, ocupa ahora su lugar en él: la mujer ha llegado para quedarse y busca estar en igualdad de condiciones con el hombre.
  • La edad de jubilación cada vez va a ser más tardía, debido a la prolongación de la media de vida y, sobre todo, a que el Estado del Bienestar, según está concebido, es incapaz de hacerse cargo de las pensiones de una población cada vez más avejentada.
  • Los jóvenes se incorporan más tarde al mercado laboral. Estudian en la universidad, hacen masters y postgrados, prácticas en empresas, acceden a becas, viven en otros países para aprender idiomas… A los veinticinco años, e incluso a los treinta, la mayoría apenas tiene experiencia laboral pero están “sobradamente preparados” aunque a veces no sepan muy bien para qué.

En los países menos desarrollados, la manufactura ha generado millones de empleos, en general, mal pagados y en condiciones de explotación. En Occidente, este movimiento de deslocalización ha destruido millones de empleos, en el sector textil, en la agricultura y en la fabricación de bienes electrónicos, entre otros.

Allá se fabrica, se ensambla, se suda sobre la máquina de coser; aquí se innova, se crea, se piensa, se hace realidad el futuro gracias a los precios de coste del pasado que ofrecen países como China, India, México, Brasil y otros muchos.

Automatización y procesos digitales

Uno de los cambios más llamativos en el mundo del trabajo es que están desapareciendo miles de tareas que antes era preciso que fueran realizadas por un ser humano y que, ahora, las llevan a cabo máquinas o programas de ordenador. Lo que antes hacían diez, cinco o dos personas, ahora lo hace una o ninguna. En un futuro próximo, la mayor parte de los empleos administrativos pasarán a formar parte del baúl del olvido.

En general, las máquinas son más eficientes para las tareas repetitivas y rutinarias que las personas. Aún nos quedan todos esos trabajos que requieren, al menos, una pizca de creatividad, de ingenio, de pensamiento. La inteligencia artificial pretende llegar hasta ellos aunque, de momento, va despacio.

Hasta ahora, mal que bien, la destrucción de empleo se ha compensado con la creación de nuevos sectores o con el crecimiento de áreas incipientes. Algunos trabajadores se han quedado en el camino, no han podido “reciclarse” o no se les ha ofrecido la posibilidad. Víctimas colaterales, pensarán algunos.

Pero ¿qué sucederá si los daños colaterales empiezan a ser daños directos, duraderos o, incluso, irreversibles?

La tecnología va a continuar su acelerada carrera hacia delante, la pueda seguir la sociedad o pierda pie. Me diréis que es imposible, que es la propia sociedad la que genera el desarrollo y, por lo tanto, también puede frenarlo. Cierto. Ahora sólo nos falta determinar qué es la sociedad. Todos nosotros, me diréis. Sí, todos nosotros, todos, no cada uno de nosotros. Por eso, cuando uno a uno nos vayamos quedando por el camino, la sociedad seguirá pisando el acelerador, porque siempre va a haber un conductor y un grupo que forme la avanzadilla.

Haciendo dulces artesanos en Tokio (Japón)

Haciendo dulces artesanos en Tokio (Japón)

Cambio de paradigma

El avance tecnológico no es en sí mismo negativo para el empleo. Lo es en el contexto actual, en nuestro sistema capitalista de empresas multinacionales, economías de escala, globalización y dinero. Cuanto más grande es una compañía y mayor es el nicho de mercado que ocupa, menor es la proporción de empleo que genera respecto de su productividad. Un ejemplo simple ilustra este punto. Os suena Whatsapp, ¿no? Su valor de mercado se elevaba en 2014 –tengo el dato de ese año- a 16.000 millones de dólares. ¿Sabéis cuántos trabajadores tiene? Unos cincuenta.

Si se mantienen las condiciones actuales, si continuamos caminando por el mismo estrecho sendero formado por macroempresas globalizadas a la búsqueda de productividades salvajes que pasan por encima de cualquier consideración medioambiental o social, vaticino que, dentro de cincuenta años, las desigualdades serán rampantes, los privilegiados continuarán siendo un puñado y, los que ahora nos consideramos clase media relativamente acomodada, viviremos empobrecidos y temerosos del mañana.

La alternativa existe. Recibe muchos nombres porque está atomizada, porque está compuesta de destellos. Todos se refieren a lo mismo, forman parte de un todo, de una idea, de un paradigma que pone a los seres humanos y al medio en el que vivimos en el centro y desplaza la economía y el dinero al rincón que les corresponde.

El nuevo modelo, incipiente, tímido, está compuesto de términos eclécticos. Os sonarán. Sólo hace falta generalizarlos y sustituir, con ellos, los injustos, desiguales y viejos conceptos neoliberales: