Vintage markets, mercadillos sin historia

Estética vintage en un restaurante de Sibiu (Rumanía)

Estética vintage en un restaurante de Sibiu (Rumanía)

¡Quién nos lo iba a decir hace tan sólo una década! El mercadillo, ese lugar que antaño era sinónimo de gitaneo, cachivaches, saldos, antiguallas, marcas tergiversadas y productos afanados, ahora se ha convertido en un “happening”, un evento “chic”, un –y esto sí que es definitivo- acontecimiento que no te puedes perder si quieres estar a la última. Los mercadillos de diseño se hacen eco de las modas y presentan las nuevas tendencias, más o menos efímeras.

Keep calm and carry on

Antiguo, ajado, roto o ganga han sido sustituidos en el vocabulario del puesto itinerante por artesanal, biológico, exclusivo, reciclado o de autor. El revival de todo aquello que antes rechazábamos por estar impregnado de una pátina de antigüedad casposa es celebrado, ensalzado y exprimido hasta que el jugo se convierte en un “spin-off”, en otro producto de consumo derivado del que tuvo su minuto de gloria y pereció.

Todavía resuena en mis oídos la cantinela gitana que pretendía incitar a las viandantes a comprar bragas, tiras para el sostén, pilas o mantelerías buenas, bonitas y baratas. Una vulgaridad para los estándares de hoy en día. Señora, chica, joven y, sobre todo, guapa y niña, no importaba la edad o lo destacado de tu belleza, vociferaban, qué me las quitan de las manos, repetían, mira que lo estoy regalandooooo, estirando siempre mucho la última vocal, 3 pares 3 leuros, la “l” era imprescindible, bragas de las güenas, vamos niña, camisetas del Bresca a 3 leuros, mal pronunciar los nombres de las firmas conocidas era marca de la casa.

Come on in, we’re open

Luminoso de una tienda en el barrio de Conde Duque (Madrid)

Luminoso de una tienda en el barrio de Conde Duque (Madrid)

Pero todo eso sucedía en el siglo pasado. En el flamante XXI, con sus ecos de rotunda modernidad, ya no se llaman mercadillos sino markets, que es algo bien distinto. Se ruega no confundir con el clásico mercado de toda la vida, también denominado “galería comercial”. Llamemos a las cosas por su nombre: un mercadillo que tiene lugar en la calle y dura una mañana o un día es un “One-Day Street Market”. Sí, eso antes era mercadillo a secas pero ¡los tiempos cambian y hay que ponerse al día! A poder ser, que la frase te salga con acentillo yanqui o, en su defecto, British; es sencillo, sólo tienes que marcar mucho cada sílaba y poner algo de entusiasmo. Si no sale, escucha un rato Vaughan Radio/TV para cogerle el punto.

Hoy es un buen día para sonreír

Los Food Trucks –Camiones de Comida suena mucho menos apetecible- también forman parte de este nuevo concepto de mercadillo de diseño. Se parecen mucho a aquellas roulottes, caravanas y remolques que nunca faltaban ni en las ferias ni en las fiestas de pueblo o barrio pero con una diferencia fundamental: ahora prevalece el sentido estético tanto en el continente (el camión) como en el contenido (la comida). El universo de los colores, los olores, el packaging y la tipografía se mueve ahora sobre cuatro ruedas y está motorizado.

Hay Food Trucks de marcas conocidas de restauración “vintage” –los términos nueva cocina o cocina de autor han pasado a la historia-; gastrocamionetas; Made In Elsewhere (comida mexicana, thai, japonesa, alemana o de cualquier otro rincón del mundo); la cocina de la abuela y decenas más. A veces avanzan en solitario, otras veces aparcan en compañía o les llevan de tournée y les hacen un concurso en la televisión. De momento, la legislación no ha acompañado la explosión comercial de este tipo de comercio ambulante, al menos en España.

Food Truck en DecorAcción 2015 (Madrid)

Food Truck en DecorAcción 2015 (Madrid)

Life is beautiful

Imprescindibles para dar los primeros pasos en el mundillo de lo ambulante moderno son la estética retro o vintage -según-, un logo llamativo, un nombre divertido y sonoro que incluya la palabra “market” o “mercado” y un cartel sugerente. Cualquier eslogan que se elija debe de tener connotaciones positivas, dar buen rollo, poseer alma.

Los propios productos a la venta responden, como la imagen de la marca, a los imperativos de la moda hipster. Artesanía fabricada con materiales reciclados, cerveza hecha en casa –o casi-, ropa reconstruida, pinchos nada tradicionales, muebles de madera decapada, colores pastel y objetos alla maniera de los orientales. A veces me pregunto si sólo los modernos visitan y compran en estos peculiares centros comerciales o es que todos nos hemos convertido a esta nueva religión que recupera el pasado a precios de futuro.

Si puedes soñarlo, puedes hacerlo

Tampoco hubiera imaginado tiempo ha que para acceder al recinto donde tiene lugar un mercadillo tendría que hacer cola e, incluso, pagar. Mientras las ediciones se multiplican -¿alguien sabe qué ha sido de los números romanos que antes se utilizaban para estos menesteres?-, los organizadores y creativos licuan sus cerebros para dar con los anzuelos que arrastrarán al público.

Lo ideal es que el entorno sea un aliciente más: un antiguo cuartel militar remozado, una estación de ferrocarril, un invernadero de transparentes cristaleras, un barrio de aire castizo o una nave industrial desempolvada. Y, por favor, que a nadie se le olvide el detalle de la bicicleta: real, dibujada, serigrafiada o esbozada, la bici no puede faltar. Cuanto más antigua parezca, mejor.

Life is like riding a bicycle

La bicicleta, icono vintage (Hvar, Croacia)

La bicicleta, icono vintage (Hvar, Croacia)

Hay mercadillos fijos, de duración determinada (móviles) y fijos discontinuos, como los contratos de trabajo. Los consumidores acuden en busca de lo diferente, lo nunca-visto, lo distintivo. Las gangas y los despojos del consumismo siguen estando a la venta en los antiguos mercadillos, en puestos montados sobre un par de caballetes y cuatro barras de hierro cruzadas con una lona colgando, por si llueve.

Ahora vamos a los “markets”. Compramos estilo, no productos. Es un poco más caro pero nos las vamos apañando. Nadie dijo que ser única fuera barato.

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Menos es menos (Low Cost II)

Concierto al aire libre en la Karlsplatz de Viena (Austria)

Concierto al aire libre en la Karlsplatz de Viena (Austria)

El modelo “low cost” nació dentro de un ámbito muy concreto, el de las líneas aéreas de bajo coste. Fue en la década de los noventa, en Estados Unidos, como no podía ser de otra manera. Desde entonces, ha transcurrido menos de un cuarto de siglo y este concepto es ahora tan popular como lo eran antaño las grandes firmas. Incluyo dentro de la categoría otro tipo de ofertas y descuentos que no llevan el apelativo “bajo coste” pero que responden perfectamente al modelo desde el punto de vista del consumidor.

Frente a la imagen que la mayoría de los consumidores tenemos de estos productos y servicios, en muchas publicaciones dirigidas a emprendedores y al público en general se insiste en que “low cost” no es sinónimo de baja o mala calidad. El secreto está en “optimizar” los costes, reducir la oferta a lo más básico y convencer al potencial cliente de que menos es más. Visto desde la empresa, el negocio es redondo si se consigue despegar. Como consumidor, tenemos que estar preparados para renunciar a todo menos a un precio asequible.

Ah, ¿pero todavía se disfruta del ocio?

Algunos recordaréis que, tiempo ha, seleccionábamos los espectáculos que nos interesaban y hasta elegíamos el día que nos iba bien asistir. Hoy en día, es tu agenda la que tiene que ajustarse a las ofertas, los bonos, los días del espectador, los 2×1 o las horas de entrada gratuita o a mitad de precio. Aquí comienzan las incomodidades, con ese suspiro expulsado entre dientes y ese murmurar “me va fatal pero el miércoles sale más barato”. Sólo es el principio.

Museo del teatro, Viena (Austria)

Museo del teatro, Viena (Austria)

La compra de entradas por Internet suele tener un sobrecoste cercano al 10%. Puedes evitar este incremento si compras los tickets en la taquilla por lo que te ves obligada a recorrerte media ciudad para ir a buscarlos. Aquí la lógica empresarial prevalece; para ahorrar costes, las taquillas de los teatros cada vez abren menos horas así que tienes que llevar al día una hoja de cálculo para cuadrar las horas en las que tú estás libre y puedes ir y en las que está abierta la taquilla. También es verdad que el cuadrante cada vez es más difícil de hacer porque tú cada mes trabajas más horas –por el mismo precio-.

Si compras las entradas con descuento en alguna página web de esas que venden “gangas”, te encuentras con que el porcentaje que te has ahorrado en el precio te lo están cobrando ubicándote en los peores asientos de toda la sala (salvo que ésta esté medio vacía: en ese caso, les da igual y te dan la fila tres centrada, ¡para que vuelvas pronto!)

En los teatros, en la ópera y en los conciertos la zona alejada del escenario siempre ha sido más barata. De acuerdo, pensará el empresario, esto es una democracia, todos tienen derecho a ver el espectáculo. Aunque decir “ver” igual es excesivo porque resulta que muchas de las butacas más baratas tienen escasa, e incluso nula, visibilidad. En otras ocasiones, estás tan lejos del escenario que más valdría verlo en una pantalla, aunque fuera la del televisor de tu casa, aunque te pierdas la sensación del “vivo”. En estos casos, lo barato sale caro, como se suele decir: salgo de la sala cabreada y con dolor de cuello.

Teatro de la ópera, Bratislava (Eslovaquia)

Teatro de la ópera, Bratislava (Eslovaquia)

Unas líneas aparte se merecen los eventos gratuitos que tanto publicitan los ayuntamientos y otras instituciones públicas o privadas. En estos casos, puedes estar casi segura de que vas a invertir mucho tiempo haciendo fila para, finalmente, entrar en un local atestado o, lo que no sé si es peor, para quedarte fuera. Mi situación favorita se produce cuando has llegado con mucho tiempo de antelación, has hecho cola religiosamente, frotándote las manos porque sólo hay dos docenas de personas delante de ti, y, cuando estás a punto de trasponer el umbral de entrada, te comunican que el aforo está completo. Tú protestas, “¡pero si caben doscientas personas y han entrado veinte!” Como única respuesta, recibes un encogimiento de hombros que, silenciosamente, traduces por “lo siento, chica, pero tres cuartas partes del aforo estaban reservadas para invitados “vip” que no pagan, no sufren por conseguir la entrada y obtienen los mejores asientos”.

Otro de los grandes hitos de lo gratuito es el día de los museos, en realidad el día de “no se te ocurra ir a ningún museo”. Se supone que las obras de arte hay que verlas en un espacio adecuado, con la iluminación idónea y con detenimiento y calma. El día que los museos son gratuitos a lo máximo a lo que puedes aspirar –después de hacer la sempiterna fila de media hora o una hora- es a acercarte a alguna obra durante unos cinco segundos. Las fuerzas de empuje y expansión generadas por la masa, compuesta por el resto de visitantes, te obligarán a seguir la corriente sin remedio (y con disgusto). Al final de la jornada, te das cuenta de que has perdido tres horas de tu tiempo, no has visto nada y estás tan cabreada que, bien te vas a casa, bien sales a tomar algo y te gastas en bebida lo que te has ahorrado en la entrada.

Músicos, escultura (Viena, Austria)

Músicos, escultura (Viena, Austria)

Marca blanca, tan blanca

Una gran conquista del proletariado del consumo es la marca blanca del supermercado. Existen varias líneas de producto, incluida una que suele ser más cara que las propias marcas originales, con esos paquetes y envoltorios de cuidada presentación y diseño elegante. Pero si lo que necesitas es gastar lo menos posible, además de recibir un producto de menor calidad –la mayor parte de las veces-, también tienes que aguantar esos diseños simplones que podría hacer un niño de cinco años con poca imaginación, con ese color blanco predominante que identifica tu cesta/carro de la compra con el de los pobres o de escasos recursos.

En los últimos años también hemos visto cómo abrían sus puertas bares “low cost”. La pizarra y la carta-menú ofrecen lo mismo que cualquier otro local de alterne, simplemente la bebida y la comida son de calidad “distraída”. Existe incluso la leyenda urbana de que en algunos aguan la cerveza y no quiero pensar qué tipo de bebidas de garrafón sirven en lugar de ron, whisky o ginebra. Una vez pedí una tosta de bacalao ahumado con salmorejo en uno de estos sitios (el precio era parecido al de cualquier otro bar, la verdad): me pusieron dos trocitos de pan con dos gotas de salmorejo (yo diría que de tetrabrik) y dos lonchitas de un muy aceitoso bacalao ahumado. Lo miré consternada. Me lo comí –porque tenía hambre-. Juré que nunca jamás volvería. De momento, mantengo mi palabra.

Tienda de ropa

Tienda de ropa “de firma” en el barrio del Conde Duque (Madrid)

Ropa de usar y tirar

No quisiera olvidarme de la industria textil “low cost” que, por lo visto, alcanza ya una cuota de mercado en España del 12%. He leído un artículo en el que se comenta que esta moda ha dejado de estar estigmatizada por su bajo precio gracias a que “las blogueras y las revistas muestran continuamente a famosas que mezclan prendas de cadenas low cost con otras de marcas de lujo”. Sólo ellas, parece ser; ellos todavía se visten sólo de LV, Dior y Ferragamo. Gracias, famosas, por hacernos sentir mejor, aunque nosotras no mezclamos: sólo consumimos low cost porque no nos da el sueldo para más.

Me surge una duda tras la loa, ¿usamos la ropa “low cost” de la misma manera las famosas y el resto de las mortales? Por que este tipo de prendas tiene una vida muy corta: se estropean y se rompen enseguida. La diferencia entre las famosas y el resto de la humanidad es que ellas se la ponen dos veces y la tiran y tú te la vas a poner por la calle hasta que esté impresentable, después pasará a ser “de estar por casa” y, por fin, la reutilizaremos como trapo de limpieza o la donaremos a una empresa de reciclaje textil.

Se me ocurre pensar, ¡qué tontería!, que tal vez nos iría mejor si consumiéramos menos pero de mejor calidad, ¿tan difícil será?

User eXperience Low Cost

El low cost me hace sentir pobre. Antes de que apareciera el concepto “bajo coste”, los ricos eran los elegidos y el resto éramos gente normal, clase media, nuestros recursos eran limitados pero vivíamos con comodidad. Ese sentimiento ya es historia. Hoy en día, la carrera desenfrenada por “el más barato todavía”, la búsqueda del precio más bajo junto con la necesidad de alcanzar el nivel de consumo más elevado posible nos han llevado a sacrificar el concepto de bienestar y, digámoslo claramente, hasta a humillarnos. Gracias al “low cost” por fin me siento lo que soy: clase media empobrecida de espíritu y de bolsillo.

Viajar era un placer (antes del low cost)

Las promesas del viaje comienzan con una instantánea como ésta ( Sibenik, Croacia)

Las promesas del viaje comienzan con una instantánea como ésta ( Sibenik, Croacia)

En el siglo XXI, viajar ha dejado de ser un privilegio, todo el mundo puede cruzar el océano, recorrer miles de kilómetros o realizar tours por países exóticos. Cierto pero ¿cuál es el coste de esta democratización del turismo? Si escoges un crucero y ajustas tu presupuesto a los precios más bajos, esos famosos “desde XXX euros” de las campañas publicitarias, puedes estar seguro de que te van a asignar uno de los peores camarotes, ese tamaño caja de cerillas, sin ojo de buey ni vistas ni ventilación tan siquiera. Es más, a poder ser que esté ubicado al lado de las máquinas, a ver si con suerte no pegas ojo por la noche. De esta manera, amortizas mejor el coste del periplo, en cubierta y a la fresca.

Siempre podemos olvidarnos de los barcos y elegir el avión como medio de transporte, el origen del low cost –o su más refinado alumno-. Intentar adquirir un billete de avión muy barato es una odisea propia de un Ulises moderno: Ítaca nunca fue tan inaccesible. Es imprescindible que accedas, navegues e incluso bucees en una docena de páginas web de buscadores y portales de líneas aéreas durante varios días. Con los datos extraídos, debes construir la pirámide de las posibilidades según el precio, los horarios, las escalas y los diferentes días de salida y regreso ofrecidos.

Improvisar siempre es la mejor opción: déjate seducir

Se vende hasta el alma (Plaza de Cibeles y Palacio de Linares vistos desde el interior del antiguo edificio de Correos, Madrid)

Se vende hasta el alma (Plaza de Cibeles y Palacio de Linares vistos desde el interior del antiguo edificio de Correos, Madrid)

Es mejor que no tengas nada pensado antes de empezar la búsqueda porque justo eso que tú quieres sale muy caro. El resultado es que terminas comprando un billete para no sabes bien dónde, lugar éste en el que vas a disfrutar de una estancia más corta de lo previsto durante la cual estarás casi más tiempo en los aeropuertos donde hace escala el avión que en el destino elegido. Además, vas a tener la suerte de que tus vuelos despeguen y aterricen de madrugada –así puedes aprovechar el día- por lo que bien tomas un taxi para ir o volver del aeropuerto –despídete del dinero ahorrado en la compra-, bien duermes en el frío suelo de baldosas del aeropuerto, bien te preparas para invertir dos o tres horas en medios de transporte público nocturnos –si es que los hay-.

Por fin tienes tu billete. Es ahora cuando empiezas a hacer el resto de cálculos. Has pagado con la tarjeta de débito para que no te cobren comisión. No tienes asiento ni prioridad en el embarque así que más vale que te abalances sobre el mostrador de la sala de espera en cuanto pises el aeropuerto y pases el control de equipajes de mano que, en tu caso, como lo llevas todo en esa maletita, porque facturar cuesta 50€, requiere tiempo, paciencia y, sobre todo, indiferencia hacia tus propiedades que, con seguridad, van a ser expuestas y zarandeadas por algún agente de seguridad del control.

Si quieres más, pagas más: el principio básico del low cost

Aquí hay gato encerrado... (Patricia Gadea, exposición

Aquí hay gato encerrado… (Patricia Gadea, exposición “Atomic-Circus”, Museo Reina Sofía, 2014)

Ah, otra cosa, olvídate del seguro de viaje, también cuesta dinero. Cierto, has cogido los billetes con ocho meses de antelación porque así salen más económicos, ¿quién sabe si sucederá algo que te obligue a anular las vacaciones? No pienses en ello, cancelar no es una posibilidad: tienes que ir en las fechas seleccionadas aunque te vaya la vida en ello.

Importante: llévate la comida de casa, no puedes permitirte pagar 6€ por un sandwich famélico con una lonchita de jamón york y otra de queso. Gracias a la inclusión de comida dentro de la única maleta con la que vas a embarcar, tu ropa olerá durante todo el viaje a tortilla o a lomo con pimientos. Delicioso, ¿no? Así no sufres de morriña durante los días que estés lejos de tu querido país. Un último detalle: no vayas sin una botellita pequeña de agua vacía. Pon atención y repite conmigo: “v-a-c-í-a”. Como se te ocurra llenarla antes de subir al avión, te la tirarán al contenedor de plásticos antes de que puedas ni tan siquiera musitar un entrecortado “ah”. Y tendrás que pagar los 3€ que pensabas que te habías ahorrado por una igualita a la que llevabas pero comprada en el aeropuerto, circunstancia que le da un cierto aire de distinción, cierto caché incluso, de ahí el precio.

Lujo de bajo coste o la paradoja de las pesetas a duro

Sueños a precios asequibles aunque sea por una noche (Copenhague, Dinamarca)

Sueños a precios asequibles aunque sea por una noche (Copenhague, Dinamarca)

Pasemos a seleccionar el alojamiento. Dejemos de lado las propuestas en habitaciones de 10, 8 o 6 personas o con baños compartidos; has estado todo el año trabajando duro y te mereces cierta privacidad y comodidades. Pongamos que miramos una página de reservas de hoteles. Si escoges una habitación de un hotel que casualmente llama tu atención por tener un descuento de un –pongamos- 30%, resulta que es el antiguo cuarto de limpieza reconvertido en zulo low cost o la habitación más degradada de todo el edificio; eso sí, en las fotos salía estupenda porque ¡no era esa la habitación que mostraban! También puede suceder que el cuarto esté en un edificio anexo mal equipado o situado a varios kilómetros de la ubicación original o que justo sea la habitación en la que no funciona la calefacción o el aire acondicionado. Gajes del oficio del viajero low cost, que esto no te desanime.

Y nos queda el producto estrella: el tour de bajo coste. La verdad es que unir ambos términos ya me da miedo. Salvo honrosas excepciones que también acaecen de cuando en cuando con la compra de billetes de avión, barco o tren y en la selección de alojamientos, pretender que un tour de este tipo no sea denigrante requiere un esfuerzo supremo de la imaginación. Por alguna razón, nuestras expectativas son demasiado altas, tal vez por culpa del folleto, de las fotos de la página web o de la persona que nos ha atendido en la agencia. En estos tours, normalmente, no se salva ni el guía. Los hoteles son cochambrosos; las comidas incluidas básicas y/o muy malas, generalmente muy alejadas de la alimentación local, tendentes incluso a lo que llamamos comida rápida o basura; los horarios inhumanos; los medios de transporte lamentables; la compañía ruidosa –o pesada-; y el afán por convertir cada paso de la andadura turística en una oportunidad para venderte algo, irritante.

Ya sólo me queda desearte ¡unas muy felices vacaciones low cost!

Ciudadano 3.0

Indigente

Indigente hablando por el móvil en una plaza de Madrid

He oído que se aproxima la edad, o la era, 3.0. Supongo que, al ritmo acelerado que vamos, durará menos su advenimiento que su permanencia aunque, de momento, suena a promesa, como el afamado 4G de los teléfonos móviles -el mío no tiene cobertura la mitad de las veces ni en el metro ni en los bares, por poner un par de ejemplos, así que eso del 4G me suena a quimera-.

Creo haber entendido que el mundo 3.0 -el virtual y el real, finalmente se están mezclando y es difícil separar lo que pertenece a uno y otro- es un paso más hacia lo que podríamos llamar la conciencia de nuestros ordenadores o la mente de la World Wide Web (o sea, de Internet, como decimos “de por casa”). El concepto web 3.0 es, aún, algo parecido a una nebulosa. Será más sencillo buscar y encontrar aquello que se busca navegando por la Red; será más rápido; más exhaustivo; mejor, al fin y al cabo. ¿Cómo? No lo sabemos. Todavía no tengo claro que significa web 2.0 pero, de acuerdo a mis últimas pesquisas, aparte de los avances tecnológicos que a los usuarios nos vienen dados, parece ser que es el comienzo de la era de las redes sociales. Su hermana mayor, nominada con el tres, va más allá de las redes sociales y se centra en lo que yo denominaría, para entendernos, “el aquí y el ahora”: acceso a un flujo constante, ininterrumpido e infinito de información cualquiera que sea el lugar donde estemos y las circunstancias en las que nos hallemos. La web móvil, la web smart, la wearing-web: telefónos móviles inteligentes -smartphones- de última generación, tablets, gafas de realidad aumentada (desarrolladas por Google, Apple, Microsoft, Olympus etc.), smartwatches -o relojes inteligentes-…

¿Cuáles son las características del ciudadano 3.0? Se podrían resumir, por no ser exhaustivos, en media docena de conceptos. Las estamos desarrollando y viviendo ya. Los mayores de sesenta o setenta años gruñen contra ellas, en su mayor parte, mientras que a los niños de ocho, diez, doce años, que aún no son ni adolescentes, se les quedan cortas. Un experto en la materia, probablemente, tumbaría mi relación. De cualquier modo, según mi punto de vista, la lista es ésta:

  • Conectividad.
  • Instantaneidad.
  • Evasión frente al aburrimiento.
  • Multitarea cognitiva.
  • Visión a través de pantallas.
  • Sobreabundancia de información.

En una única frase, a modo de definición, el ciudadano 3.0 está permanentemente conectado con el mundo y con otras personas, a través del móvil, fundamentalmente; exige y le es exigida la instantaneidad, en las respuestas, en las búsquedas: sólo existe el “ya”, buscadores cada vez más rápidos, doble check de color azul en el Whatsapp, app’s de Facebook, del correo electrónico, de reservas de viajes, de vuelos, de restaurantes…; es incapaz de escuchar el silencio, de dejar de mirar el móvil cada cinco minutos -leí una noticia hace unos meses en la que se afirmaba que mirábamos el móvil, de media, 200 veces diarias-, de esperar, de pie o sentado, sin estar contestando un mensaje o lanzando otro o jugando al Candy Crash o… (sé que se os ocurren decenas de ejemplos más); no puede hacer una sola cosa cada vez: el tiempo es demasiado valioso y hay demasiadas fuentes de estímulos, ¿quién se sienta delante de la televisión, por la noche, y no echa mano del móvil de vez en cuando? ¿Cuántos de vosotros leéis, escucháis música o un podcast, chequeáis el Whatsapp o el correo y, si os descuidáis, subís un par de fotos al Facebook, todo al mismo tiempo?; nuestra realidad está mediada por pantallas: primero la televisión, después el ordenador de sobremesa, el portátil, el móvil, la tablet, el mp3/4… Después, las gafas de realidad aumentada y, muy pronto, esas pantallas ubicuas e inmateriales que aparecen en las películas futuristas del tipo “Minority Report”; y, por fin, estamos sobreultramegaarchiinformados o eso nos creemos (espero que os guste la palabra, la acabo de inventar).

Tomando una foto con el móvil

El móvil nos permite tomar fotografías en cualquier instante y enviarlas en el momento (Madrid, entre Cascorro y Tirso de Molina)

El ciudadano 3.0: para algunos, una pesadilla; para otros, un sueño. Soledad vs nuevas formas de sociabilización; pérdida de la cercanía humana vs interconectividad con cualquier punto del planeta; exceso de información paralizante vs riqueza informativa y de puntos de vista; pérdida de los conceptos de atención y reflexión vs aprovechamiento sistemático del tiempo; crisis de los valores tradicionales vs renacimiento de nuevos valores universales. Se me ocurren cien comparaciones más pero no quiero aburriros porque el resultado va a ser siempre el mismo: por cada punto positivo, aparecerá uno negativo; por cada ganancia, una pérdida. No estoy segura de que podamos elegir cómo vamos a actuar frente al desarrollo de la tecnología; de hecho, creo que es imparable y que, subidos en el auto, aceleramos cada vez más. Lo que sí que creo es que, al menos, debemos ser conscientes de las implicaciones que tiene el devenir tecnológico, ése que está constantemente a la vuelta de la esquina, llegando, alcanzándonos. Me pregunto si alguien, en algún lugar, llámese Silicon Valley o de cualquier otra manera, estará pensando ya en la web 4.0.

Recetas contra el aburrimiento

Viendo el tiempo pasar, Estambul (Turquía)

Viendo el tiempo pasar, Estambul (Turquía)

Previsión meteorológica: cielos encapotados, viento racheado y fuertes lluvias. Lo de la marea vamos a dejarlo que, de momento, no vamos a echar la barquichuela al mar.

Miras por la ventana para chocar con un techo de nubes grises que no dejan penetrar ni un misérrimo rayo de sol. Hace un rato parecía que sólo chispeaba pero, ahora, el fuerte repiquetear de las gotas contra el alféizar y los cristales de la ventana consigue incluso interrumpir tus pensamientos. Menudo fin de semana me espera: o me encierro en casa o cojo una pulmonía. Bueno, esto lo piensas si eres, como yo, de secano; los del norte sonríen ante nuestras siluetas amilanadas frente a un triste txirimiri (o calabobos para los que nos cuesta pronunciar la “tx” y preferimos no hacer el ridículo con nuestro sonido “ch” que más parece un escupitajo que una letra del alfabeto).

Una vez que has desechado la osada idea de ir a danzar bajo la lluvia, desnudo, con sombrero y gabardina -“Singin’ in the rain”, para que caigan chuzos de punta- o pertrechado con paraguas y chubasquero, te quedan las opciones de interior. Dejemos a un lado la bucólica imagen de la chimenea en la que chisporrotean los maderos ardientes y las dos copas de vino francés de 150€ la botella. Seamos realistas; acordémonos de aquella vez que intentamos recrear esta escena y descubrimos que hacer un buen fuego es mucho más complicado que hacer un montaje con Photoshop de esa misma chimenea y dos enamorados besándose al calor de las llamas -ni siquiera éramos nosotros los de la foto, ¡hay que fastidiarse!-; evitar que se queme la alfombra o el parqué con las chispas que saltan es tarea ardua -y que no se te olvide que tienes que estar vigilando el fuego y, por supuesto, dejar apagados los rescoldos antes de acostarte-; elaborar una pantagruélica cena gourmet con los 25€ de presupuesto que tenías quedaba en manos de la diosa Fortuna; y, para terminar, ¿no discutiste con tu pareja por alguna estupidez? Olvidémonos del romanticismo tanto si has tenido que pasar por una situación así como si has tenido la suerte de esquivarla. Llueve, el día está gris, nos amenaza la melancolía, ¿qué hacemos?

Otoño en el jardín del Castello Sforzesco (Milán, Italia)

Otoño en el jardín del Castello Sforzesco (Milán, Italia)

 Inventario de un día de lluvia

Una ronda de clásicos: lee un buen libro -o uno malo, hay que esperar a la página 30 para saberlo-; visiona la última película que te has descargado -¿alguno va todavía al videoclub? Esta pregunta es mera curiosidad; hay quien me ha asegurado que todavía queda alguno abierto, luchando contra tempestades más terribles que la tormenta que nos ha hecho quedarnos en casa-; sumérgete en el mundo artificial de un videojuego -en tu consola o en línea-; invita a algunos amigos y monta una timba de cartas, de dominó, de parchís, de cualquier juego de mesa o de rol; haz palomitas, encarga telecomida; sube el volumen y escucha cuatro álbumes que te encantaban años ha y que habían quedado sepultados por las novedades del último lustro.

Invita a tus amigos a casa (o convéncelos para que monten algo en sus respectivos nidos): retoma las ideas de “ronda de clásicos”, esta vez en compañía. Acuérdate de que la última vez tardásteis dos horas y media en decidir la película que íbais a ver -a consecuencia de lo cual se hizo tan tarde que tres de tus colegas se quedaron dormidos en el sofá nada más empezar a verla- así que vete haciendo un Doodle para que todo el mundo opine de forma previa y gane la cinta más votada.

Improvisa una fiesta, haz un llamamiento a través de las redes sociales, di que es una apuesta, que tienes que juntar el mayor número de botellas de X -tu bebida favorita- en el menor tiempo posible. Si alguien pregunta cuál es el premio, hazte el sueco -otra duda que me asalta, ¿alguien sabe de dónde proviene la expresión “hacerse el sueco”?-

Enciende el ordenador -o coge el móvil-, abre el navegador -o entra en el historial de Whatsapp- y ponte al día. Ya no hay excusa, por fin tienes tiempo de ver, leer y consultar las decenas de vídeos, imágenes, enlaces y noticias que han ido dejando tus amigos, tus contactos de Linkedin, tus twiteros y blogueros favoritos y, si te descuidas, algún miembro de tu familia. Ya que te pones, añade tu granito de arena al mundo social virtual reenviando todo lo que puedas de ese “nuevo” material a tus contactos.

Dedícate a cocinar, prueba a hacer recetas nuevas, enciende el horno -agradecerás el calorcito que emana de él-, estrena aquel molde que compraste hace tiempo para magdalenas y que nunca estrenaste; consulta el blog de algún chef o las recetas de toda la vida de la abuela de algún internauta; desempolva el cuadernillo de espirales que te regaló tu madre cuando te independizaste, ese en el que ella apuntó con mimo los pasos a seguir para que pudieras hacer los ahora llamados platos tradicionales: legumbres con verdura o chorizo, pescado al horno o a la sal o a la espalda, croquetas de bechamel ligada en la sartén -de la era pre-Thermomix-. Haz un postre y sorprende el lunes a tus compañeros de trabajo, endúlzales la semana con una tarta de manzana o unas rosquillas o ese bizcocho de zanahoria -integral- que, incomprensiblemente, aparece en las dietas más rigurosas.

Abre el cajón de los recuerdos, vacía el altillo, dale la vuelta a los cajones de la estantería de la habitación del fondo. Haz limpieza, tira lo que ya no quieres o guárdalo en bolsas y monta un mercadillo de trueque el próximo fin de semana; entretente con los álbumes de fotos de antaño, con esos que ya has dejado de apilar en lo alto de la estantería porque, hoy por hoy, ¿quién imprime en papel las fotografías?

Cuélgate al teléfono, aprovecha ahora que tienes tarifa plana y pagas lo mismo por un minuto que por seis horas. Acuérdate de cuando te pasabas horas hablando con tus amigos y tus padres querían ahogarte enrollando el cordón del aparato alrededor de tu cuello cuando el banco les cargaba la factura a final de mes.

Crea: escribe una canción, un poema, una carta o la entrada de un blog; haz manualidades, construye una lámpara con pinzas de tender la ropa, da vida a un cisne siguiendo un tutorial de origami japonés, compón un ramo de flores hecho con globos de colores; arráncale unas notas al teclado, al violín, a la flauta, al djembé que tienes en el rincón del salón, cogiendo polvo.

Duerme. Tengo entendido que las horas de sueño perdidas no se recuperan así que, supongo, lo contrario también será cierto: por mucho que duermas, no estás echando horas de sueño de más.

Sueña: piensa en lo que vas a hacer cuando escampe, en tus próximas vacaciones, en la tarde del sábado que viene, en cada momento de tu vida que quieres arrebatarle a la rutina fagocitadora.

Hacía tiempo que no te alegrabas tanto de que lloviera.